
No sé si alguna vez les conté del misterio y la curiosidad que despertaban en mí los nombres de las calles de Lima durante mis años universitarios. Fueron muchas las oportunidades en que caminé por esas vías tratando de averiguar los motivos por los que llevaban esos nombres que para mí tenían un atractivo enigmático: Trapitos, Borriqueras, Melchor Malo, Mantas, La Rectora, del Gato, del Huevo o Huérfanos. Ahora hay buenas fuentes donde se exponen esas razones.
En la Europa medieval y en España las calles se denominaban con los nombres de las actividades mercantiles o gremios que allí existían. Por eso en inglés se usaban los apelativos de Fish Street porque allí se concentraban los vendedores de pescados. O Silver Street porque allí se vendían objetos de plata. O Swine Gate porque en esa calle se encontraban las carnicerías de puercos.
En Francia, sucedía algo parecido. Si en algún lugar ocurrían muchos robos, el pueblo francés la llamaba rue de la Poche Coupée (la calle del bolsillo cortado).
En la Ciudad de los Reyes, la explicación era muy parecida. Los ayuntamientos no ponían los nombres. Era el pueblo el que lo hacía.
En la carta sólo quise explicar que, si en una cuadra vivía un juez o un capitán de arcabuceros, los vecinos la eternizaban con el nombre de la calle del Oidor o la calle Zárate. Si en otra arteria existía una iglesia regida por monjas mercedarias, el pueblo la llamaba la calle de las Mercedarias... Si por algún pasaje, con la complicidad de la noche, un virrey travieso escalaba paredes para visitar a una mujer casada y se caía dándose tremendo golpe en el lodo, entonces, con mentalidad picaresca, a ese lugar los limeños de esos tiempos la designaban como la calle de los Trapitos.
Manuel Lasso: “Dos cartas sobre las calles de Lima”, en Letralia 389.
La arteria del lado izquierdo del palacio de gobierno se llama Pescadería porque era el lugar donde se vendían pescados. Muy cerca teníamos el Rastro de San Francisco porque Rastro significa matadero. Vale decir que en ese lugar había un camal y una carnicería. Por consiguiente, muy cerca tenía que existir una calle llamada Gallinazos porque en sus techos acostumbraban a vivir estas aves que se alimentaban de las piltrafas que los carniceros arrojaban a las calles. Si en una calle existía un molino que ya no funcionaba, el pueblo la llamaba la calle del Molino Quebrado. Si en una arteria vivía un malandrín de media capa y sombrero emplumado, con el buen humor que la caracterizaba, la gente la conocía como la calle de Matasiete.
Es obvio que tiene que haber existido alguien a quien se le ocurrió usar la palabra Correo por primera vez para nombrar la calle donde se encontraba el correo postal y todos los demás habitantes siguieron esa idea hasta que se volvió una costumbre que ninguna orden gubernamental ha podido remover. Es como si los habitantes no quisieran olvidar lo que alguna vez existió. La explicación podría radicar tal vez en el hecho de que en el inconsciente colectivo de la Tres Veces Coronada Villa todavía existe una afinidad y gran cariño por los antepasados que alguna vez allí vivieron.
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