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Grass y Galeano al oído

lunes 14 de septiembre de 2015
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Günter Grass y Eduardo GaleanoEn literatura los universos paralelos se tocan. En abril murieron dos escritores distintos en cuanto a su literatura, pero bastante similares en lo referente al compromiso de la escritura; de esa escritura al servicios de quienes son demolidos y humillados por esa maquinaria implacable de la historia.

Leí bastante joven Las venas abiertas de América Latina y aunque era un ensayo de ajuste de cuentas contra el imperialismo estaba también narrado que el libro se dejaba leer como una novela fragmentada. El libro era un compendio mágico y extraordinario de la historia de Latinoamérica siempre saqueada y vejada desde tiempos inmemoriales. Estaba lejos de ser un panfleto y con el devenir de los años se convirtió en un clásico con mucho veneno histórico y la mejor literatura. Escribió otros muy buenos libros marcados con esa impronta política de inteligencia, poesía y crítica en las que en ocasiones se asoma el periodista y el buceador de historias, pero de esas historias tachadas de la memoria y de los libros de historia. Cualquier libro de Eduardo Galeano posee el estilo de inigualable literatura.

En la escritura de Grass y Galeano la historia se fue imponiendo a regañadientes.


Galeano como pudo se aferró a un consejo de Juan Rulfo: “La brevedad la aprendió de Juan Rulfo, que le dijo: ‘Se escribe por la otra punta del lápiz, la que tiene la goma de borrar’ ”. Y sus libros son como un collage de historias breves, de apuntes escritos en volandas con la precisión y exactitud de esa metáfora oculta en la cotidianidad. De todas sus historias y anécdotas hay una que el propio Galeano narra en una entrevista: “A finales de septiembre, en Perú, una maga me leyó la suerte. La maga me anunció: ‘Dentro de un mes recibirás una distinción’. Yo me reí. Me reí por la palabra distinción, que tiene no sé qué de cómica, y porque me vino a la cabeza un viejo amigo del barrio, que era muy bruto pero certero, y que solía decir, sentenciando, levantando el dedito: ‘A la corta o a la larga, los escritores se hamburguesan’ ”.

Günter Grass
Carlos Yusti
Si Eduardo Galeano buscaba la síntesis, Günter Grass era todo lo contrario. Grass era un polígrafo y sus novelas son extensas como en el caso de El tambor de hojalata, El rodaballo o Años de perro. Sus libros tomaban algo de los cuentos de hadas tradicionales, pero luego él retorcía y amasaba todo aquello con una verborrea galopante y fluida para hurgar sin miramientos en las heridas; para volver sobre esa historia que Alemania sólo desea archivar en el desván del olvido. Grass fue un escritor que a su vez fue testigo de los entuertos políticos de su época, y por esa razón fue el secretario, en el sentido balzaciano, de un tiempo histórico polifónico bastante tentador para un escritor con incontinencia literaria. Grass, al igual que Galeano, quería disipar la niebla del olvido, quería echar sal de la mejor literatura sobre las heridas, buscaba destronar las mentiras en todos sus frentes e incluso ventiló sus trapos sucios sin el menor recato. Siempre tuvo en cuenta que a veces los autores son menores, e incluso en cuanto a calidad, a sus libros o como él mismo lo escribió: “Los libros son más complejos y sin duda más ricos, cuando no más listos, que el autor, que sin duda ha participado en su nacimiento con perseverancia y a menudo gimiendo como un sometido a servidumbres físicas, y que no obstante recuerda que el manuscrito, especialmente cuando parece logrado, se cuenta a sí mismo y conoce impulsos más fuertes que la ambición del autor, motor que sólo sirve para tramos cortos. Por eso no diré nada muy profundo acerca de mis novelas, relatos o incluso poemas, pero sí quiero desnudar por un instante el yo del autor y su vulnerabilidad, esbozar sus movimientos evasivos, pero también decir algunas cosas sobre las condiciones de la escritura: por ejemplo, sobre un atril que va cambiando de lugar, y ello porque durante más de veinte años he visto Dinamarca, o más exactamente la isla de Mon, como un lugar maravillosamente hospitalario en cuya apartada ubicación se ha instalado, al principio improvisado sobre cajas, pero ahora ya de forma bastante estable, uno de mis tres atriles. Está en una habitación más bien diminuta, con vistas a una amplia pradera que da paso a las dunas de la playa, pradera sobre la que, aparte de un rebaño de terneras que rumian la hierba y el tiempo, grandes y pequeñas poblaciones de gansos salvajes ensayan su migración otoñal en incansables maniobras de despegue y aterrizaje”.

En la escritura de Grass y Galeano la historia se fue imponiendo a regañadientes. Grass parece que siempre estuvo huyéndole, pero siempre la historia volvía como una pesadilla, o como él escribe: “Desde que la escritura se convirtió para mí en proceso consciente —entretanto han pasado ya cincuenta años—, la historia, sobre todo la alemana, se me ha interpuesto. No había forma de esquivarla. Hasta las escapadas artísticas más audaces volvían a llevarme, una y otra vez, a su transcurso meándrico. Desde mi primera novela, El tambor de hojalata, hasta el último hijo de mi capricho, que lleva el posesivo título de Mi siglo, yo he sido su rebelde servidor”.

La literatura tiene su ritmo y creo en esa profecía de Grass: “En definitiva, la novela de todos nosotros debe continuar. E incluso aunque un día no se escriba o pueda escribirse o imprimirse ya, cuando no se disponga ya de libros como medios de supervivencia, habrá narradores que nos hablarán al oído…”. Narradores como Grass y Galeano que nos hablaron a ese oído indispensable de la memoria.

Carlos Yusti
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