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Un escritor tapa amarilla

sábado 9 de abril de 2016
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Rafael Bolívar Coronado, por Carlos YustiComo viajero frecuente del transporte público escuché a dos damas conversar. Una le decía a la otra: “¿Te acuerdas de Manuel, con el que salía?; bueno, en la cama resultó todo un tapa amarilla”.

Hubo un tiempo, lejano, muy lejano, en que los anaqueles se vieron invadidos por unos productos de limpieza (cloro, desinfectantes, etc.) carentes de marca y cuyo único distintivo era una tapa de color amarillo. Eran más económicos y su calidad era un tanto desigual. Se hizo común utilizar lo de la tapa amarilla como signo de calidad dudosa, o sin ningún rasgo sobresaliente.

De pronto recordé a Rafael Bolívar Coronado (1884-1924). ¿Hay un escritor más estrambótico, atronado y alucinante que el autor de la letra del Alma llanera? Si tienen interés en conocer los entretelones de un escritor que rompe los esquemas, de un polígrafo inverosímil, deben leer el libro de Rafael Ramón Castellanos, Un hombre con más seiscientos nombres (Rafael Bolívar Coronado) o el libro El hombre que nació para el ruido. Biografía de Rafael Bolívar Coronado, de Oldman Botello.

Sus pecados como escritor fueron muchos, pero el peor quizá sea la letra del Alma llanera. Escribió con un buen número de seudónimos (más de 600 si se consideran los datos investigados por Castellanos), sin mencionar que usurpó la identidad de otros escritores para estamparla a sus libros, cuentos y artículos.

Sin amigos ni empleo y perseguido por los patriotas cooperantes del gomecismo, Bolívar Coronado está decidido a no regresar al país y se declara antigomecista, revolucionario y anarquista.

Nació en Villa de Cura, estado Aragua. Su madre fue Emilia Coronado y su padre Rafael Bolívar, quien fue escritor costumbrista que ejerció el periodismo a la vez que era comerciante y político. Bolívar Coronado comenzó a escribir en los periódicos de su localidad. Pronto buscará nuevas rutas para su inigualable talento como trampista y buscavidas profesional. Ah, claro y como escritor nada convencional. En Caracas sus textos consiguen espacio en diferentes revistas y diarios. Escribe cuentos, crónicas, artículos e incluso una zarzuela (Alma llanera) en un acto y tres cuadros, con una sobredosis de clorofila y campo, que se representa con música de Pedro Elías Gutiérrez. El éxito de la pieza fue relativo, pero la música era un tanto pegajosa. Obtuvo incluso un premio como cuentista con jurado de lujo: Santiago Key-Ayala, Jesús Semprum y Laureano Vallenilla Lanz.

Coqueteó con la dictadura de Juan Vicente Gómez y gracias a sus contactos en el régimen consigue dinero para embarcarse a España. En Madrid, luego de algunos meses, rompe sus nexos con sus antiguos aliados. El poeta Francisco Villaespesa, director de la revista Cervantes, lo recibe y le ofrece trabajo como corrector. La revista se edita y todos los escritores que en ella colaboraron montan en cólera. Los textos no fueron corregidos y salió plagada de errores. Como es lógico Villaespesa, molesto, lo despide. La excusa del escritor es que él en verdad no sabía un ápice de corrección, pero necesitaba el trabajo. Bolívar Coronado debió ser un tipo hábil con el verbo. Quienes le conocían sabían a todas luces que era un mitómano y un escurridizo embustero, sin embargo sus cuentos e historias (sin asidero real por supuesto) eran cautivantes. Villaespesa le perdona debido a que le gustan sus salidas ingeniosas y sus historias siempre chispeantes. Escribía crónicas de viaje sin moverse de Madrid. Describía al detalle costumbres, sitios (sin equivocarse) de ciudades españolas que nunca había visitado. Hay que considerar que hizo esto sin el Internet y de seguro debió meterse por horas en alguna biblioteca para recabar información. No cabe duda de que debió tener una mente prodigiosa.

Sin amigos ni empleo y perseguido por los patriotas cooperantes del gomecismo, está decidido a no regresar al país y se declara antigomecista, revolucionario y anarquista. El percance con la revista Cervantes no le sirve de escarmiento ni nada que se le parezca. Para conseguir dinero, o “para sacarle las telarañas a las muelas”, como escribiera con lacónica ironía, urdirá nuevas triquiñuelas, pero todas circunscritas al ámbito literario.

Por ese tiempo Rufino Blanco Fombona dirige la Editorial América y una de sus secciones es La Biblioteca Americana de Historia Colonial. Blanco Fombona lo emplea en la editorial y pronto Bolívar Coronado comienza a desempolvar manuscritos (alrededor de siete) escritos por cronistas de la colonia en la Biblioteca Nacional y con esmero los copia para ser editados. Rafael Ramón Castellanos escribe: “Lo que ignoraba Blanco Fombona es que había sido engañado, ya que no existían los autores de tales libros ni los añejos originales, pues fueron producto de la mente de Bolívar Coronado, quien confesó mucho tiempo después esta y otras travesuras literarias, como creador de obras apócrifas”. También para la misma editorial escribió El llanero adjudicándoselo a Daniel Mendoza e hizo lo propio con Letras españolas de Rafael María Baralt y Las obras científicas de Agustín Codazzi. La acotación de Castellanos es oportuna: “…pero no puede pasar inadvertida la encomiable circunstancia de este hombre que en tres o cuatro semanas era capaz de producir textos que, por mal o por bien, le aseguraron a ser digno de una biografía”.

Pero estas trapacerías literarias no eran tan ingenuas como la de la revista, sin mencionar que Blanco Fombona no era una caricatura de escritor. Era un fortachón de irascible carácter, pendenciero armado con fama de duelista y uno que otro muerto. Descubierto el timo, Fombona buscó afanosamente a Bolívar Coronado por Madrid para reclamarle con una bala entre ceja y ceja, pero éste había huido a Barcelona. Para vengarse Fombona, publicó Memorias de un semibárbaro en la que Bolívar Coronado hace un recuento de su desencuadernada vida. Como era de esperarse allí le atribuye frases a escritores connotados que son de su invención nítida y galopante.

En Barcelona recurre a las antologías poéticas para redondear su trabajo como articulista de prensa y corresponsal de guerra. Con su estilo inconfundible, nunca estuvo en el frente de batalla. Se iba al puerto disfrazado de bucanero venido a menos y conversaba con los marineros que sí estuvieron allí y armaba las crónicas. Daba datos de bajas, número de combatientes, estrategias militares de ambos bandos y nunca se equivocaba. Las antologías poéticas se denominan Parnaso y recopiló varias: El Parnaso Boliviano, El Parnaso Ecuatoriano y El Parnaso Costarricense. También llevó a cabo una antología de poetas americanos. Cuando le faltaba algún poeta sencillamente lo inventaba y con él sus poemas. Pasada la página de los “parnasos” escribe artículos y entradas para la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-americana de Espasa-Calpe.

Bolívar Coronado fue un escritor inigualable del pastiche. Su estilo cortaypega llega incluso a imitar sin rubor al escritor Arturo Uslar Pietri, lo que dice bastante de su osadía creativa. Era un adelantado en eso de la hipertextualidad. Escribía cualquier género y hasta hizo lo propio con dos libros infantiles: Los cuentos de Fernandillo y El baúl maravilloso. Incluso redactó una biografía, a dos manos, sobre Lenin (Vladimir Ilich Ulianov), quien por esos años todavía no despuntaba como una figura sobresaliente en la foto de la revolución rusa.

Nunca comprendí a cabalidad esa paranoia de Bolívar Coronado por ser muchos escritores para al final no ser ninguno. Se ocultaba (o mejor dicho ocultaba su obra) con una suma suculenta de seudónimos, voces y heterónimos, que Fernando Pessoa haga su cola respectiva y se quite el sombrero.

Lo que siempre me ha intrigado de Bolívar Coronado es su desapego a escribir una obra. Derrochó esfuerzo, tiempo y talento escribiendo textos espurios y obras apócrifas sin otro fin que el de ganar algunas monedas. Esta actitud despreocupada por la alta literatura lo hace actual y lo acerca bastante al dadaísmo, al surrealismo y a ese grupo experimental OuLiPo: “(acrónimo de Ouvroir de littérature potentielle, en castellano Taller de literatura potencial) es un grupo de experimentación literaria creado en 1960 y formado principalmente por escritores y matemáticos de habla francesa” (el maestro Wikipedia dixit). OuLiPo asumió la literatura como un juego combinatorio, especie de rompecabezas cambiable en contraposición de la literatura formal un tanto tiesa, pero utilizando con creatividad el pastiche, el lipograma (que no es más que escribir eludiendo una determinada letra), el S+7 que es tomar un texto escrito por otro autor y a cada sustantivo encontrado sustituirlo, de manera deliberada, por el que aparece en séptimo lugar en el original o en un diccionario cualquiera. Esta manera de asumir lo literario desde la invención y el descubrimiento, como lo postularon en uno de sus manifiestos, fue para no apegarse a recetas gastadas, para darle otra vuelta de tuerca a los géneros y otorgarle un descanso a la inspiración para crear desde ese costado de inventiva imaginativa y tener el texto como un aparato desmontable que se crea y volatiliza sobre la marcha. Para Bolívar Coronado la literatura era también un divertimento que se podía alterar, agregar, combinar (estilos, frases, modos, estructuras, etc.) y crear algo distinto, quizá no con la calidad del obsesivo meticuloso, sino más bien con esa pasión del quisquilloso curioso y risueño.

Bolívar Coronado siempre estuvo consciente de que esta escritura de toma y daca no cumplía con los estándares de calidad necesarios, pero él tenía como acicate su estrechez económica. Escribir era sólo un trabajo a destajo. Escribía con una efervescencia de poseído y con regularidad redactaba en una mañana cinco o seis artículos; luego los enviaba para distintos periódicos españoles. Cada texto era firmado con algún nombre inventado. Bolívar Coronado sabía que este trabajo duro e impaciente de calderilla era efímero. Las musas lo visitaban mucho y le mostraban sus encantos, pero él escribía como un perturbado sin plazo, sin tiempo desechando la inspiración y practicando eso que Arturo Pérez-Reverte denomina “el plagio entreverado y el picoteo de lo ajeno”. Tuvo claro que su escritura tapa amarilla no era para la posteridad, sino para resolver el día a día. En una carta, al referirse a las antologías poéticas, escribe: “Estas antologías las hice en poco menos de veinte días; ¡considere usted cómo habrán quedado! Mas estos horrorosos pecados me los absolverá usted al evocar el principio alemán cuando el brusco levantamiento de Bélgica: la necesidad carece de ley. Y más si se entera usted de que yo carecía de todo”.

Nunca comprendí a cabalidad esa paranoia de Bolívar Coronado por ser muchos escritores para al final no ser ninguno. Se ocultaba (o mejor dicho ocultaba su obra) con una suma suculenta de seudónimos, voces y heterónimos, que Fernando Pessoa haga su cola respectiva y se quite el sombrero. Bolívar Coronado estaba en ese estadio conceptual, algo así como esos artistas conceptuales actuales, los cuales se interesan no tanto por la obra en sí como por la idea que la motoriza. Bolívar Coronado estaba en esos abismos. Sin duda especulo y quizá sólo escribía por eso de la paga, pero no es normal que pasara horas escribiendo libros, artículos, crónicas y reportajes para ganar unos pocos centavos. Tenía que haber algo más de fondo.

Ficharlo como un escritor raro sería lo más benevolente, pero tampoco encaja del todo en los parámetros si se revisa lo escrito por Cecilio Alonso en su texto Sobre la categoría canónica de raros y olvidados: “El concepto de la rareza literaria tiene un precedente en el Rubén de Los raros (1896). Raro en toda la extensión de la palabra, es no canónico, no aceptado en su contemporaneidad: Verlaine, Lautréamont, Ibsen, Nietzsche en 1896 eran desconocidos para la mayoría de los lectores hispanos y hoy son indiscutibles en el canon occidental. La excelencia de aquellos predestinados se confirmó con el tiempo. Pero raro es también quien se prodiga poco, quien se esconde o no congenia con la común opinión de críticos y lectores, lo que comporta cierto grado de autoexclusión que conduce al olvido. Ahora bien, poquísimos escritores, por rebeldes que sean, suelen renunciar a la pequeña porción de gloria que pueda proporcionarles su propia rareza. Sin contar que cuanto más raro más original”.

Bolívar Coronado supo defenderse de la jauría de lobos de su tiempo, tanto exteriores como internos. Entró en ese laberinto de la escritura y no salió jamás, se perdió en su euforia de nombres y voces.

Ahormarlo en ese recuadro de escritor de culto tampoco es hacerle un favor, además para eso ya tenemos al friki pavoso (aparte de gomecista) de Ramos Sucre, cuyo insomnio y sus poemas escritos con diccionario y enciclopedia universal le han permitido salir del armario del olvido y colarse en nuestros cibernáuticos días.

Bolívar Coronado, hay que decirlo, es nuestro escritor maldito por excelencia. Echó por tierra esa pomposidad vanidosa de ser autor de una obra, de ser el comodín letrado a la diestra del poder, de convertirse en el secretario acucioso de la sociedad, o en el peor de los casos en el mecanógrafo tarifado que escribe sin faltas ortográficas ni políticas para no inquietar a la administración. Era un artesano de la escritura, un jornalero de las palabras, y su meta fue malvivir de escritor a tiempo completo. Era un maldito con una desazón quemante y la cual sobrellevó con un humor desfachatado de encantador de serpientes. Era un escritor que perfectamente puede formar cofradía con ese grupo de escritores malditos que han atravesado la literatura sin tiempo. Leila Guerriero ha escrito que a los escritores malditos “los une, a veces, esa materia que se llama olvido, esa cosa esquiva que se llama genio, y una forma, muy humana, del desasosiego, de la insatisfacción y de la rabia”. Bolívar Coronado cumple con el perfil. En él hubo como ese punto de quiebre que lo impulsaba, o como lo dijo la misma Leila en una entrevista: “Los malditos tienen que tener, inevitablemente, un punto de tortura interna, estar a la intemperie, ser frágiles para resolver cuestiones que a otros no les cuestan demasiado, un retorcijón fuerte de la conciencia, del ánimo, una sensibilidad exacerbada, son sobrevivientes de ellos mismos, gente muy arrojada a los lobos…”.

Bolívar Coronado supo defenderse de la jauría de lobos de su tiempo, tanto exteriores como internos. Entró en ese laberinto de la escritura y no salió jamás, se perdió en su euforia de nombres y voces. Fue muchos escritores y ninguno. Fue un hombre dotado con un enorme talento para escribir, pero nulo para ser un autor de gloria póstuma. Dotado de un luminoso ingenio para el timo literario, para el cuento oral y la mitomanía. El éxito literario nunca fue el incentivo de su trabajo, era algo más. Su obra, si es que la hubo, se ha desencuadernado en muchos nombres, se ha desparramado en mucho poeta inventado, en mucha enciclopedia olvidada. Su vida tiene la fetidez de un folletín de aventuras, sin duda lo único salvable. Fue un escritor tapa amarilla, pero con un malditismo fuera de serie y una genialidad extravagante. Quizá a futuro se convierta en una atracción insólita e importante de nuestro circunspecto circo de acróbatas (para conseguir premios), contorsionistas (para colarse en la foto con el poder), equilibristas (para ser ni fu ni fa), hombres bala (dan en el blanco para la zancadilla), magos (desaparecen a los enemigos en las instituciones culturales), malabaristas (con las becas y las prebendas culturales), tragasables (tragando grueso para no opinar), etc., y que algunos con ridiculez pomposa de selfie llaman letras nacionales. Ante semejante panorama se debe colocar a Bolívar Coronado en un altar, como joda, claro, para amargarle el día al dueño del circo.

Carlos Yusti
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