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En la pista de los libros de artista

viernes 16 de septiembre de 2016
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En la pista de los libros de artista, por Carlos Yusti

Comencé a interesarme por los libros-objeto y los libros de artistas gracias a un texto de James Joyce que aparece en el capítulo 17 del Ulises. Leopold Bloom escudriña las gavetas de la cocina:

¿Qué contenía el primer cajón abierto?

Un cuaderno de caligrafía de Vere Foster, propiedad de Milly (Millicent) Bloom, algunas de cuyas páginas llevaban dibujos esquemáticos, subtitulados Papi, que mostraban una gran cabeza globular con 5 pelos de punta, 2 ojos de perfil, el tronco completamente de frente con 3 grandes botones, 1 pie triangular: 2 fotografías amarillentas de la reina Alejandra de Inglaterra y de Maud Branscombe, actriz y belleza oficial: una tarjeta de Pascuas con una representación pictórica de una planta trepadora, la inscripción Mizpah, la fecha Navidades de 1892, el nombre de los remitentes: de Mi. y Mis. M. Comerford, el versículo: Que estas Pascuas te traigan paz, felicidad y júbilo venturoso: (…) algunas monedas austrohúngaras heterogéneas: 2 papeletas de la lotería patrocinada por la Corona húngara: una lupa de poca potencia: 2 fotolitografías eróticas mostrando a) coito bucal entre señorita desnuda (presentación trasera, posición superior) y torero desnudo (presentación delantera, posición inferior) b) violación anal a cargo de religioso varón (enteramente vestido, ojos turbios) de religiosa hembra (parcialmente vestida, ojos diáfanos), adquiridas por correo en el Apartado n.º 32, Estafeta de Correos de Charing Cross, Londres, W. C.: un recorte de periódico de una receta para la restauración de botas viejas marrones: sello adhesivo de 1 penique, de color lila, del reinado de la Reina Victoria: (…).

Y así otros etcéteras.

Lo que me gustaba era la descripción que convertía en visual una serie de objetos, fotos y papeles variados agrupados sin conexión alguna.

El otro hilo, de este zurcido un tanto descolocado, fue un documental del escritor Arno Schmidt, considerado como el “Joyce alemán”. Cuando Schmidt comenzó a escribir y a realizar su primeros textos experimentales no había leído a Joyce. Luego de leerlo subrayó mucho más su experimentación estilística y su libro Zettels Traum (o El sueño de la ficha) es (grosso modo) un monumental (1.330 páginas) ensayo sobre Edgar Allan Poe. Para tal fin su autor redactó a mano 130.000 mil fichas y que mecanografiadas llegaron a la cifra de un millón ciento treinta con un formato de 33 x 44 cm. El derrotero temático del libro se podría simplificar así: una pareja de traductores están en los preparativos para iniciar la traducción de las obras de Edgar Allan Poe. Como parte del trabajo visitan a un anciano y ermitaño polígrafo, aparte de buen conocedor de la vida y obra de Poe, Dän Pagenstecher, para solicitarle algunas orientaciones. Durante un día completo (los acordes joyceanos son innegables) el lector participa de paseos, conversaciones, sospechas amorosas entre Dän y la hija del matrimonio, de dieciséis años, la visita a una feria campestre y casi siempre discusiones, citas y comentarios sobre Poe. Lo singular es que Arno Schmidt utilizó tres columnas, que se entrelazan, para desarrollar el libro. La columna central de la página desarrolla la acción externa e interna, la anécdota junto con el diálogo y el monólogo interior del anciano polígrafo. A la izquierda encontramos la discusión sobre Poe, llena de citas, y en el margen derecho se desarrollan los comentarios adicionales, las notas al pie y las acotaciones del propio escritor. Además cada página está llena de subrayados, líneas e incluso dibujos sin contar los neologismos y las palabras inventadas por el autor.

Los artistas que conformaron las vanguardias estéticas europeas retomarían el libro para plasmar desde lo estético sus concepciones sobre la realidad y las posibilidades del arte.

Esto me llevó hasta el artista Ed Ruscha, quien veía al libro no como Borges, para quien era “una extensión de la memoria y de la imaginación”, sino como una composición repetitiva de palabras y páginas, especie de objeto curioso y estético. A Ruscha le fascinaba ese sentido casi mecánico del libro con hojas y palabras produciendo una frecuencia repetitiva. Con esta idea elaboró su primer libro: Twenty-six Gasoline Stations, (Veintiséis estaciones de gasolina, publicado en 1963) como una composición de repetición. Eran 26 fotos cuyo tema eran gasolineras un tanto desoladas, ubicadas en la ruta 40 entre las ciudades de Los Ángeles (donde vivía) y Oklahoma (lugar de residencia de su madre), por las que pasaba cada vez que la visitaba. Realizó una autoedición con tiraje de 400 ejemplares y luego los colocó en cada una de estas gasolineras para su venta. Sus otros libros también eran de fotografía, como Todos los edificios de Sunset Strip, del año 1965. El libro presentaba en un formato panorámico la totalidad de los edificios a ambos lados del bulevar californiano de Sunset Strip. Lo interesante es que el interior del libro está encuadernado en forma de acordeón, mediante la unión de nueve fragmentos de papel doblados en veintisiete pasos, con una longitud total de unos ocho metros. Las imágenes que contiene recogen todos los edificios de la calle mencionada en el título en un rango de números, que van del 8024 al 9156, para los pares, y del 8101 al 9145 para los impares. Cada una de las secuencias aparece impresa en una larga fila, arriba y abajo de la página (esta última invertida), de modo que tienen absoluta autonomía. El texto del libro sólo ofrece información de los números de las casas fotografiadas y de las calles transversales que cruzan la calle principal. Este recorrido el artista lo hizo con una cámara montada en un camión; el tiempo que le tomó conducir los dos o tres kilómetros del recorrido y volver fue apenas de 35 minutos. No obstante, armar las fotos, unirlas, luego doblar y pegar las hojas impresas a mano le llevó alrededor de nueve meses. Ya el lector no sólo vería el libro, sino que lo manipularía como un artefacto que se despliega y el cual tiene que girar. El artista confeccionó un libro a su gusto, o como él lo dijo: “No soy un gran lector, pero amo los libros, los que son como objeto físico”.

Los antecedentes del libro de artista apuntaban a Giovanni Battista Piranesi y sus grabados sobre esas cárceles imposibles y laberínticas. Aparecieron impresas a mitad del año 1740. Goya hizo lo propio que Piranesi con sus Caprichos. Agrupó un conjunto de ochenta grabados, un tanto oscuros y grotescos, para ser vendidos como una obra en su totalidad en cuanto a coherencia y temática. Goya se preocupó por los temas y las tonalidades de la tinta que tendría cada dibujo. Luego estaba William Blake, cuya idea de crear libros con textos e imágenes se asume a plenitud. Blake creó sus conocidos Libros Iluminados (Illuminated Books), denominados así debido a que el poeta creó una técnica de impresión al emplear una solución, que él mismo concibió, que le permitía combinar, en una misma laminilla de cobre, texto y dibujo. Otro nombre en estos antecedentes fue el de William Morris, que concibe el libro desde una visión arquitectónica; retoma la ornamentación de los libros medievales y lo lleva a un grado de excelencia y barroca belleza. Por último, el poeta Stéphane Mallarmé concibió dos libros (Igitur y Un golpe de dados) que de alguna manera esbozaban sus preocupaciones sobre el libro. Jorge Luis Borges lo cita en su famoso texto sobre el culto a los libros: “En el octavo libro de la Odisea se lee que los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte algo que cantar; la declaración de Mallarmé: El mundo existe para llegar a un libro, parece repetir, unos treinta siglos después, el mismo concepto de una justificación estética de los males”. El libro Igitur o la locura de Elbehnon es extraño; escrito por Mallarmé en el año 1867, nunca fue publicado en vida del autor y es una obra algo resbaladiza. Con respecto al texto el propio poeta escribió: “Es un cuento con el que quiero aplastar al viejo monstruo de la impotencia y su tema con objeto de enclaustrarme en mi gran tarea…”. Su preocupación por escribir un libro total será su drama como creador. Luego de escrito Igitur hay un silencio prolongado hasta la publicación en una revista del poema “Un golpe de dados”, con una distribución espacial, casi pictórica, del poema, que lleva a escribir a Paul Valery: “Mallarmé me dejó ver por fin cómo había colocado las palabras en la página. Me parecía tener frente a mí la forma y el modelo de un pensamiento puesto por primera vez en un espacio circunscrito. Era el propio espacio el que hablaba, soñaba, daba vida a las formas temporales (…). Expectativa, perplejidad, concentración eran todas cosas visibles… Con mis propios ojos he podido ver los silencios que las formas asumían, instantes imperceptibles se hicieron claramente visibles: fracciones de un segundo durante el cual la idea viene y se va, átomos de tiempo que funcionan como gérmenes de infinitas consecuencias”.

Los artistas que conformaron las vanguardias estéticas europeas retomarían el libro para plasmar desde lo estético sus concepciones sobre la realidad y las posibilidades del arte.

Hoy la Internet copa el espectro comunicacional y el libro electrónico ha venido para quedarse, pero la transición será larga e incluso en un futuro ambos libros, el de papel y el electrónico, coexistirán, pero el libro de artista, con todo su trabajo artesanal a cuestas, será una rara joya, un artefacto insólito tanto de la literatura como del arte.

En la pista de los libros de artista, por Carlos Yusti

Carlos Yusti

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