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Villoro y el arte de vender tentaciones

viernes 9 de agosto de 2019
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Juan Villoro
Las situaciones narradas por Villoro en su libro ¿Hay vida en la Tierra? son algo caprichosas y apelan a lo personal para darle su respectivo contorno de credibilidad.

El libro de Juan Villoro ¿Hay vida en la Tierra? recopila varios textos (cien en números redondos) que serpentean entre el artículo de costumbre, un tanto hoy en desuso, el ensayo, el columnismo de prensa y el cuento. Textos elaborados con los universos subalternos del entorno inmediato, incluyendo datos, fechas y hechos. Hay una mezcla de géneros donde una fluida creatividad convierte el relato en un dispositivo literario de precisión y sutileza. Son relatos semejantes a un fotomatón donde se obtiene una imagen instantánea de un hecho determinado y sin otro propósito que presentarlos/retratarlos para que el lector descubra esa poética tatuada en la piel del momento que pasa.

A veces las historias de ¿Hay vida en la Tierra? están metidas en las uñas del día a día y el escritor revela que no era su intención estructurar cuentos desde lo imaginario.

Las situaciones narradas por Villoro en el libro son algo caprichosas y apelan a lo personal para darle su respectivo contorno de credibilidad. Con puntuales pinceladas de humor el autor despacha la vida (desde su tarantín de quincallería exclusiva). Para el escritor mexicano la existencia tiene sus ondulaciones/modulaciones y él trata de escribirlas con cierta relajada música. Reconoce, en una especie de prólogo, su deuda con el también escritor y periodista mexicano Jorge Ibargüengoitia y esos textos un “tanto personales que redactó para el periódico Excélsior”.

A veces las historias están metidas en las uñas del día a día y el escritor revela que no era su intención estructurar cuentos desde lo imaginario y quería, en todo caso, buscarlos en la realidad de la vida; que los cuentos fueran a su encuentro desde las entrañas de esa cotidianidad y la cual de tan vista ya no se aprecia. Por ese motivo anota: “Empecé a mezclar realidades con la mirada del fabulador en la columna ‘Autopista’ de La Jornada Semanal, de 1995 a 1998. Luego vinieron ‘Domingo breve’, columna publicada en ese mismo suplemento, de marzo de 1998 a diciembre de 1999; ‘Días robados’, publicada en Letras Libres, de 2001 a 2004, y mis colaboraciones para el periódico Reforma, de octubre de 2004 a la fecha. Ese trabajo sirvió de borrador a las historias de este libro”.

“Hay vida en la Tierra”, de Juan Villoro
Hay vida en la Tierra, de Juan Villoro (Anagrama, 2014). Disponible en Amazon

Los cuentos del libro ¿Hay vida en la Tierra? emplean como muleta el estilo del articulismo de costumbre. A partir de las premisas de este género, que es un Frankenstein ensamblado entre lo periodístico y la literatura con pinceladas de color local, el autor crea el esqueleto estilístico para sus historias. Villoro busca situarse a veces fuera de la vida para evaluar mejor sus contornos; “sólo desde fuera —ha escrito— podemos apreciar su decurso”. Otra veces hace sus cameos en la historia y de vez en cuando es sólo comparsa en un retrato grupal de vivos colores. Los cuentos están zurcidos con los retazos de ese surrealismo cotidiano y a esto se le debe agregar un buen número de frases sorpresivas, desperdigadas aquí y allá, en los diferentes relatos, y que aisladas funcionan como aforismos o sentencias.

En un ensayo de Villoro sobre la obra Hamlet escribe: “Cuando Billy Wilder vio por primera vez Hamlet, exclamó: ‘¡Esta obra está llena de citas!’”. Algo similar se podría decir de algunos de sus relatos. Frases que se trasmutan en aforismo, en citas que dan justo en el blanco de la perplejidad del lector. Para entender mejor este aspecto citemos algunas: “El hombre dormía, como si cayera dentro de sí mismo”. “Por desgracia, la dicha suele ser una convincente irrealidad”. “Vivimos en un país donde todo lo que vale la pena se pospone”. “Sería aventurado decir que las mujeres son indiferentes al bastón de mando que enciende la tele y apaga a sus maridos”. “Cada memoria sigue sus propias sendas con egoísmo”. “La autocrítica es un paracaidismo interior”. “Nuestros hogares son tan gélidos que, si uno abre la puerta, se enfría la calle”. “Sólo una cosa cuesta más trabajo que ser feliz: demostrarlo”. “Coleccionistas de desastres, taxistas y peluqueros han oído muchas tragedias que los hacen sentirse bien. Ambos provienen de la escuela narrativa rusa: los clientes felices no tienen historia”.

El libro tiene algo de bazar en el que el lector puede encontrar a una vendedora de lupas bastante especial, toparse con una hipótesis sobre los mariachis…

El escenario de estos relatos es a veces México, o cualquier otra ciudad del mundo. No obstante, lo que resulta inalterable es esa locura absurda que parece agarrar la existencia con pinzas. Esa enajenación humana que ofrece sus frutos luminosos en cualquier parte, o como mejor lo diría Hamlet: “La locura acierta a veces cuando el juicio y la cordura no dan fruto”.

El libro tiene algo de bazar en el que el lector puede encontrar a una vendedora de lupas bastante especial, toparse con una hipótesis sobre los mariachis, con peluqueros y taxistas dando cháchara sobre lo humano y lo divino o sobre el diablo al cual no se le cobra. También está el frío, la extraña invitación para llegar tarde o el hombre que se reprobó a sí mismo, y otras historias donde lo extraño tiene esa pátina improbable de normal aunque todo se encuentre de cabeza.

El libro puede clasificarse como un inventario de situaciones contrahechas, de sucesos aguijoneaos de malentendidos que con cuentagotas convierten la vida diaria en una gran fiesta de absurdos y que, según parece, fue febrilmente organizada por los custodios del manicomio. ¿Hay vida en la Tierra? dibuja ese perfil atrofiado del mundo con sus deslumbrantes excesos y sus tullidas oscuridades.

Uno de los textos del libro, impactante por su aparente sencillez, es “Las dos versiones de Oé”. Su protagonista es el escritor Kenzaburo Oé, quien, de paso por Barcelona, presentaba una de sus novelas en una sala llamada Tagore. El escritor contó que su madre admiraba a Tagore y esto le recordó un incidente. Un grupo televisivo se trasladó a la lejana aldea en la cual vivía para entrevistarla. La madre de Oé dijo durante la entrevista que el Premio Nobel distinguió el genio literario de Tagore. El periodista le aseguró que de igual manera había hecho lo propio con dos escritores japoneses y uno era hijo suyo. La mujer dijo con gravedad: “Kawabata no me interesa; en cuanto a Oé, es una basura”. Toda la sala se hizo de un silencio gélido ante la pena ajena de la traductora. Al final del acto pocas personas se quedaron con Kenzaburo, que habló de temas diversos. Para cerrar retomó otra vez el asunto de su madre y contó la otra versión. Al parecer su madre mantuvo una relación afectiva con una mujer más joven. Luego la joven se casó y se mudó a Hiroshima. Como regalo de despedida le obsequió un pino italiano. La belleza de aquel árbol deslumbró a Oé. La bomba cayó en Hiroshima. La madre de Oé buscó a su amiga y sólo encontró despojos calcinados en el sector donde vivía. El escritor fue a recibir a su madre, que estaba llorosa e inconsolable, y éste, con ironía, le preguntó sólo por el pino. Su madre lo miró con un odio contenido y “por eso cuando gané el Nobel dijo que yo era una basura”, y tomó algunas migas de pan dispersas en la mesa para que se entendiera mejor lo que quiso decir su madre. La disquisición de Villoro es notable: “Bajo la diáfana superficie del relato, circulaban tensas líneas de fuerza: el origen, el exterminio, la preservación de las cosas. Oé buscó ese tema de muerte y redención en dos versiones a lo largo de la noche”.

Juan Villoro como escritor es un excelente vendedor de duraznos.

La frase de un libro de Héctor Abad Faciolince, dicha por un vendedor de verduras (que trata de explicar su poca inclinación a hacer ventas a domicilio): “Yo vivo de sus tentaciones, no de sus necesidades”, sirve a Villoro para exponer a su vez su tesis de que los periódicos venden necesidad y tentación; es decir, que los diarios requieren noticias para cubrir esa expectativa de necesidad noticiosa que tiene la gente, pero que al mismo tiempo precisan de escritos “de antojo”, todo lo contrario a una exclusiva. Textos que deslumbran con algo que el lector ignora. Para apoyar su idea cita a escritores como Julio Camba, Roberto Arlt, Álvaro Cunqueiro, Ramón Gómez de la Serna, Josep Pla, Eça de Queiroz y Jorge Ibargüengoitia, que “perfeccionaron el difícil arte de vender lechugas por su aspecto. Sus artículos son casos de tentación artística”. Lo que lleva a escribir a Villoro: “En tiempos de comida congelada y activos mensajeros en motocicleta, las necesidades se satisfacen más y mejor que los caprichos. Los periodistas de tentación no siempre encuentran espacio para ofrecer los duraznos que frotan con esmero en sus solapas”.

El relato sobre la madre Kenzaburo Oé me llevó a recordar a mi madre. A ella le gustaba Neruda y su libro favorito era Los versos del capitán. Fue una mujer de agudeza rápida y cortante. En fin, que Juan Villoro como escritor es un excelente vendedor de duraznos. Sin duda mamá me hubiese corregido: “Escribir duraznos en los periódicos es sencillo, lo complicado es vender tentaciones desde el quiosco de la literatura”.

Carlos Yusti

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