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Steiner bajo el puente

viernes 6 de noviembre de 2020
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George Steiner
George Steiner fue un militante ejemplar del humanismo.

En los remates de libros ubicados bajo el puente de la avenida Fuerzas Armadas conseguí un ejemplar de Extraterritorial de George Steiner. En esos días me interesaban el ensayo como género y el ajedrez. Recordé esto mirando la miniserie Gambito de dama, basada en una novela de Walter Tevis.

Retomando a Steiner, subrayo que el libro me asombró, y hoy todavía lo releo y me parece una compilación de ensayos redondos, por no decir perfectos. El interés del Steiner ensayista, escribió algunos cuentos y parábolas, es el lenguaje. Sin embargo su curiosidad es un abanico de muchos y sutiles colores que abarca temas desiguales; por supuesto le interesa la creación literaria desde esa posibilidad creativa que trabaja el lenguaje y del escritor como artesano de las palabras mutado en un artista rotundo, casi monacal, al estilo de Henry James.

En mi desajustado código de apreciación tengo el libro Extraterritorial de George Steiner como un manual atípico de lingüística, como una novela de la lengua.

El libro expandió de algún modo mi visión sobre la flexibilidad del ensayo para abarcar temas ajenos a lo literario, pero que de alguna manera se interconectan a través de un malabarismo intelectivo que sólo el ensayo puede brindar. Por ese motivo en Extraterritorial se exploran las posibilidades del lenguaje desde esa condición de escritores exiliados como Vladimir Nabokov o Samuel Beckett; de escritores que se mueven con soltura en la literatura de otras latitudes como Jorge Luis Borges; de Louis-Ferdinand Céline sobre sus cualidades de gran escritor en contraposición de su “barbarie política” (así la denomina Steiner); pasando por el lenguaje animal y el de los hombres, el ajedrez con su mundo de sombras chinescas donde genio, locura y estética se funden, para finalizar en ese extraña línea de la vida y las distintas teorías sobre su evolución en nuestro planeta. Grosso modo un libro heterogéneo, pero cuya indagatoria sobre el lenguaje deviene en una aventura intelectual bastante abierta.

En Extraterritorial la rigidez profesoral está latente entre líneas. No obstante los distintos temas no buscan armar un rompecabezas coherente, aunque en el prefacio Steiner trate de unificarlos aduciendo: “…están relacionados de modo excepcional con el acto de hablar, con el logos”. Para Steiner ese interés por la lingüística, que al momento de escribir los ensayos que conforman el libro en distintos años se ha convertido en una revolución planetaria que buscaba devolverle al lenguaje su majestad, tan maltratado luego de la Primera Guerra Mundial, o como él especifica: “Esta colección de artículos es un ensayo preliminar para una historia de los cambios de percepción del lenguaje, en la manera como la cultura vive en el lenguaje, cambios que han ocurrido desde el último decenio del siglo XIX”.

En mi desajustado código de apreciación tengo el libro como un manual atípico de lingüística, como una novela de la lengua, con sus capítulos que se cierran en sí mismos. Los escritores, y jugadores de ajedrez, sometidos al escrutinio, pueden ser perfectamente tomados como personajes de ficción. Hay tal fluidez novelesca en Extraterritorial que uno se deja ir en esa corriente caprichosa e intelectual en la cual el lenguaje es también un personaje rocambolesco y plural.

 

Los ensayos son una inquietud/desvelo sobre el lenguaje, pero a su vez son una precisa observación sobre lo literario, en que determinados autores representan visiones particulares sobre ese trabajo estético con el lenguaje, especie de trinchera humanística para enfrentar las arremetidas de la brutalidad militar o política, con su quincallería de muerte y destrucción a cuestas. La literatura sirve a Steiner para reflexionar sobre la sensibilidad humanística que se lo juega todo, pero siempre frágil y en peligro.

El texto sobre Louis-Ferdinand Céline gravita en torno a una frase de Sartre: “Nadie puede suponer por un solo instante que sea posible escribir una novela en alabanza del antisemitismo”. Steiner busca dilucidar algunos de estos dilemas con un antisemita de marca mayor como Céline y que también fue/es un buen escritor. Y quien de paso jamás dio muestras de arrepentimiento alguno por sus libelos en los que trataba a los judíos como escoria de la humanidad.

Steiner explora todos los elementos literarios, y todos esos lugares comunes (espejos, laberintos, tigres, etc.), tan particulares de Jorge Luis Borges.

Steiner tantea un terreno sinuoso y se adentra en esos cambios que puede realizar una obra de arte (o de la literatura) en algunas personas y de esas otras que pueden apreciar el arte, e incluso exteriorizar con lágrimas la deslumbrante belleza ante un cuadro o ante un fragmento de una novela, pero que son capaces de entregarse a los actos más viles. En su libro Errata, que es algo así como un repaso personal de su vida, Steiner escribe: “El reto fundamental que yo lancé entonces —¿cómo podemos comprender psicológicamente, socialmente, la capacidad de los seres humanos para actuar, para responder, por ejemplo, a Bach o a Schubert por la noche y torturar a otros seres humanos a la mañana siguiente? ¿Hay congruencias íntimas entre las humanidades y lo inhumano?— fue recogido por otros, por lo general sin hacer referencia alguna a su fuente”. Pero aparte de ser pionero sobre esas interrogante sin respuesta escribe, en el mismo ensayo, sobre un escritor, Lucien Rebatet, que sería algo así como un imitador de Céline: “Durante la Ocupación, Rebatet colaboró activamente con los nazis (…), la alegría que sentía ante la muerte de judíos y de rehenes hizoque el nombre de Rebatet se convirtiera en el más odiado de Francia”. Luego de la liberación Rebatet fue detenido y sentenciado a muerte. Con los pies encadenados a enormes grilletes escribió una novela de más de mil páginas, mientras llegaba el momento de su ejecución. La novela en su forma y estructura es de gran belleza y en ella resuena esa música del gran arte. Steiner escribe que lo de Rebatet forma parte de eso que los teólogos llaman un “misterio”. Pero ese misterio siniestro, como escribe Steiner, “vuelve a poner en contacto el estudio de la literatura con la oscura tela de nuestra vida”.

En el ensayo dedicado a Borges está el lector que llega a las profundidades de la obra de un autor que se ha convertido en una industria de comentarios, tesis, hagiografías, artículos en torno a su escritura y a su porte de personaje universal. Steiner explora todos los elementos literarios, y todos esos lugares comunes (espejos, laberintos, tigres, etc.), tan particulares del escritor argentino. Este ensayo es, y seguirá siendo a futuro, el mejor ejemplo de abordaje de la obra y del estilo de escritura de Borges. Es un texto crítico que posee una peculiar belleza y en el que pueden leerse fragmentos impecables: “El espacio de acción en donde se mueven las figuras de Borges es mítico y nunca social. Cuando se inmiscuye un escenario cuyas circunstancias son locales o históricas, lo hace a base de impactos que flotan libremente, exactamente igual que en un sueño. De ahí el frío y extraño vacío que exhalan muchos relatos de Borges, como una ventana abierta de repente en la noche”.

 

El artículo sobre el ajedrez se adentra sobre esas valoraciones de un juego que para algunos es una ciencia, para otros un arte y para aquellos jugadores, con un talento excepcional, es un universo autónomo y cerrado, especie de abismo, que explica y resuelve las incógnitas de la vida y la muerte en ese recorrido luminoso de las 64 casillas de las que consta el tablero de juego. Las elucubraciones de Steiner sobre el juego, y su propia experiencia como jugador, convergen en la literatura, debido a que recorre las partidas de novelas sobre dicho juego en autores tan dispares como Vladimir Nabokov, Stefan Zweig y James Whitfield Ellison.

A Steiner se le leerá siempre por su prosa elegante. Sin embargo yo disfruté muchos de sus libros desde otra perspectiva.

Los lectores (y admiradores) de Steiner le preguntaban, en algún simposio, cuáles eran sus ideas políticas. A este respecto escribió, sin engaño o remordimiento: “…mi conducta, mis escritos, mis enseñanzas han sido las de alguien a quien Aristóteles hubiera descrito como un ‘idiota’, el hombre que se queda en casa, que rechaza tomar parte en los asuntos y responsabilidades de la ciudad. Aunque se da cuenta de que esta negativa, esta adhesión a la privacidad, hace posible, y en cierto sentido justifica, que los déspotas, los corruptos y los mediocres accedan al gobierno, a los cargos públicos. Al elegir quedarse ‘confinado en casa’, el hombre y recientemente la mujer que se niega a toda participación en el proceso político es, en lo esencial, un mirón. Convierte en un deporte de espectador las fuerzas que de hecho condicionan buena parte de nuestra existencia”.

En lo personal creo que Steiner fue un militante ejemplar del humanismo. En una entrevista final se lamentaba de un error: su falta de valor para asumir la literatura creativa, o como él lo dijo: “De joven escribí cuentos, y también versos. Pero no quise asumir el riesgo trascendente de experimentar algo nuevo en este ámbito, que me apasiona. Crítico, lector, erudito, profesor, son profesiones que amo profundamente y que vale la pena ejercer bien. Pero es completamente diferente a la gran aventura de la ‘creación’, de la poesía, de producir nuevas formas. Y, probablemente, es mejor fracasar en el intento de crear que tener cierto éxito en el papel de ‘parásito’, como me gusta definir al crítico que vive de espaldas a la literatura. Por supuesto, los críticos (lo he subrayado varias veces) también tienen una función importante; he intentado lanzar, a veces con éxito, algunos trabajos, y he defendido a los autores que creía que merecían mi apoyo. Pero no es lo mismo”.

A Steiner se le leerá siempre por su prosa elegante, por su estilo cincelado entre el profesor de cátedra y el poeta, por sus juicios críticos siempre potentes y asertivos. Sin embargo yo disfruté muchos de sus libros desde otra perspectiva, buscaba en ellos la pasión de un gran lector, esa fe inquebrantable hacia esa belleza que se apoya en la palabra escrita para crear una música distinta que se escucha con los ojos.

El dueño anterior del libro subrayó (soy poco dado a tan tosca afición) con tinta negra de bolígrafo algunos pasajes, pero mi preferido es este: “Donde reinan las mentiras o la censura, la poesía puede convertirse en fuente de noticias”. Frase en la que brilla el compromiso político y la precisión sensible del poeta.

Carlos Yusti
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