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Una pecera de podredumbre
(sobre La pecera de los bagres, de Francisco Arévalo)

martes 2 de abril de 2024
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Francisco Arévalo
En su novela La pecera de los bagres, el venezolano Francisco Arévalo traspapela con pulso exacto la realidad de Ciudad Guayana, que engloba dos ciudades como lo son San Félix y Puerto Ordaz.

“La pecera de los bagres”, de Francisco Arévalo
La pecera de los bagres, de Francisco Arévalo (Sultana del Lago, 2020). Disponible en Amazon

La pecera de los bagres
Francisco Arévalo
Novela
Sultana del Lago Editores
Maracaibo (Venezuela), 2020
ISBN: 978-1980848738
508 páginas

¿De qué trata esta novela de Francisco Arévalo, La pecera de los bagres, mamotreto de quinientas cinco páginas? En esencia el personaje protagónico es Ciudad Guayana. Las ciudades, esos cuerpos de concreto armado, cabilla y asfalto, son importantes no debido a sus calles, ni por sus edificios, mucho menos por los bellos lugares que tienen; tampoco cuentan sus plazas o sus sitios históricos. Las ciudades son destacables por la gente que en ellas aman, odian, viven/malviven, mueren. En otras palabras, la gente, en su trajinar diario, en su convivencia con los demás, dejando ventilar sus grandezas (o sus pequeñeces) espirituales, van dándole esa fisionomía característica que tiene cada ciudad. Una ciudad siempre es un caldo de cultivo con sus villanos y sus anónimos personajes estelares o de comparsa. Todos interactuando para ofrecer ese mapa de la convivencia donde el infierno se reparte a cuotas y el cielo (o la poesía) son un sueño lejano.

En la novela La pecera de los bagres hay un complejo hervidero de personajes. La voz cantante del libro la tiene la periodista Elizabet y el poeta Fabricio Adman, alter ego por supuesto de Francisco Arévalo. La periodista narra desde las entrañas (y con poco corazón) las vicisitudes de su vida personal, que no tienen nada de especial por lo demás, y de todos esos cafeseros que han pasado por el velorio de sus pasiones. Arévalo narra desde una voz femenina, que por supuesto tiene mucho de sus arrebatos verbales y de sus puntos de vista siempre con un sesgo interesado.

La pecera de los bagres traspapela con pulso exacto la realidad de Ciudad Guayana, que engloba dos ciudades como lo son San Félix y Puerto Ordaz. Los personajes que por ella desfilan son tan reales como don Quijote, los Tres Mosqueteros o doña Bárbara. Recuerden que toda novela no es más que un ramificado cuento de hadas en que la realidad se vuelve difusa y en ocasiones fantástica. Muchas series y películas, que se ven por esos canales de streaming, van precedidos de una coletilla que informa: “Basado en una historia real”. En muchas novelas la realidad es importante, pero más determinante es aquello que se inventa desde ese flujo implacable de la imaginación, de un escritor tratando de contar una historia desde ese forcejeo espléndido con el lenguaje hasta convertirlo en obra de arte. Vladimir Nabokov escribió: “Un gran escritor es un encantador, y aquí es donde llegamos a la parte verdaderamente emocionante: cuando tratamos de captar la magia individual de su genio, y estudiar el estilo, las imágenes, y el esquema de sus novelas o de sus poemas”. Mentir con arte la realidad es la misión destacable de cualquier novelista. Por eso siempre es necesario guardar las distancias cuando de una novela se trata. Esta novela de Francisco Arévalo es tan estéticamente mentirosa que el único amante competente, de los muchos que tiene la periodista, es Fabricio Adman.

Por esta pecera nadan/conviven empresarios, politicastros de oficio, capitostes de la burocracia gubernamental y toda esa fauna exótica artística y cultural que puebla estos “parajes de hormigón”, como bien denomina a la ciudad el propio Francisco Arévalo. Aparece un cronista amigo, ya fallecido, como un pervertido seductor de jóvenes periodistas:

Por cierto que ayer fui a la presentación de un libro de historia en la Librería América; estaba el viejo periodista que fue amigo de mi papá, el mismo que trató de cogerme o violarme, qué más da, cuando yo apenas empezaba a tener tetas, le tengo asco, siempre le tuve asco, me manoseó más de una vez, como siempre fui precoz, me di cuenta enseguida de sus intenciones morbosas (…).

De igual modo un amigo fotógrafo aparece como un ratero de joyas familiares y centenarias:

…un pintoresco fotógrafo y supuesto artista que estaba ligado al partido de la R dis­minuida, lo ocupé en algunos reportajes especiales (…); antes me había robado unas prendas heredadas de mi abuela que se negó hasta lo último a entregarme, me choreó como dicen por allí. Luego me enteré de que es bipolar y en sus estados depresivos suele inventar este tipo de historias para conmover, conmigo no le funcionó (…).

Aparece ese famoso escándalo que destapó el informe Espinoza, digo el informe Escalante, y que involucró al famoso zar de Guayana Leopoldo Sucre Figarella y cuyos adláteres lo defendían con una frase-eslogan que rezaba: “Robó, pero hizo”:

…me usaron con aquel famoso informe Escalante, en el fondo eran chismes hasta mal confeccionados y que hicieron mucho daño sacarlos a luz pública, me usaron a mí como canal reproductor, yo era una carajita que vivía pendiente era de que se notase que estaba en la ciudad y tenía el puesto de su difunto padre no heredado sino ganado con el supuesto talento que traía por pedigrí y por desarrollo propio (…).

Por La pecera de los bagres van desfilando/nadando los personajes más variopintos de la ciudad. En el país, pero sobre todo en Ciudad Guayana, los peores mueven los hilos amparados por un poder putrefacto y perfectamente se podría parafrasear fragmentos de ese poema de William Butler Yeats: “Los mejores carecen de toda convicción, / mientras los peores / están llenos de intensidad apasionada”.

Como en toda novela son personajes reales, pero tienen mucho de personajes ficticios.

Como en toda novela son personajes reales, pero tienen mucho de personajes ficticios, incluso la periodista, que es de carne real, la cual carga con buena parte de la novela. En paralelo a la narración de la periodista se insertan cartas, poemas, textos de Fabricio Adman.

El argumento es más o menos así: el poeta Fabricio Adman está hospitalizado. La periodista Elizabet, que al parecer tiene una relación íntima con el poeta, tiene la clave de su computadora y mientras narra su historia se apropia (o lee) de algunos textos de Adman —poemas, fragmentos de textos, cuentos—, que también el lector va leyendo a lo largo de la novela. Su justificación tiene este tono:

…sacarme tanto resentimiento que llevo por dentro y que me oprime al punto de convertirme en este ser solitario que se corroe todos los días. Sé que estoy haciendo mal metiéndome en el correo electrónico de Fabricio, aga­rrando su trabajo, integrándolo al mío, pero es la única manera de que la gente lea su novela, que quedó colgada entre la confusión tecnológica de estos tiempos. Ustedes se acuerdan que les dije que era arbitraria, mis textos, mi manera de escribir, es así, un ultraje a la respiración, todo esto, escrito sin punto y aparte (…).

La novela es una especie de elepé​, esos discos de color negro fonográfico con microsurcos de vinilo de larga duración y treinta centímetros de diámetro, con un lado A (“del disco de vinil que es la vida. El alfabeto es de ella”) cuyos capítulos se distinguen por letras del alfabeto desde a la letra A hasta la Ñ. El lado B (“del disco de vinil que es la vida. La pecera está llena”), dividido en seis partes para cerrar con una posdata.

Aunque no hay música sí existe una cierta armonía narrativa que intenta tener atado todo el cúmulo de narraciones dispersas (o incorporadas) a la narración central. Cada parte narrativa de la periodista va precedida de un poema, inigualable esqueleto poético de la novela; del resto es prosa chirriante y despiadada. Los poemas pertenecen a nuestras más destacables poetas. Mujeres cuyo verbo poético de aguerridas formas hacen juego al tono destemplado de la novela.

Conozco a la periodista que sirve a Francisco Arévalo para delinear a la periodista de la Pecera, y tampoco me parece tan monstruosa como la pinta el poeta, mucho menos le he notado esa belleza de mujer fatal; es, si se ha de ser exacto, una buena periodista cuya existencia, sin ser excepcional, es similar a la vida de muchas de nuestras mujeres en el país.

 

Leyendo La pecera de los bagres recordé, salvando las distancias, circunstancias históricas y estilos, la novela Política feminista o el doctor Bebé, de José Rafael Pocaterra. Lo escrito por Luis Barrera Linares sobre la novela de Pocaterra es bastante exacto, e incluso se le podría endosar a la novela de Arévalo:

Con una orientación paródica innegable, El doctor Bebé es una novela relevante de la década de 1910 en Venezuela. Un marco de referencia sobre las implicaciones entre autoritarismo, corrupción política y deterioro social. Más allá de su estructura, que no deja de ser convencional, habría que resaltar los recursos narrativos y estilísticos de los que se vale el autor para desarrollarla; la manera de plasmar caricaturescamente el ambiente, las costumbres de la época (intrahistoria), y de convertir a personas en personajes de ficción, siempre con la salvedad de que en ello no hay necesariamente correspondencia unívoca. Esto será respaldado por el hecho de que, en la misma década, publica una segunda novela en la que aplica estrategias narrativas similares, pero ahora ambientadas en otra ciudad venezolana, Maracaibo (Tierra del sol amada, 1918).

Si Pocaterra caricaturiza al camaleónico y desproporcionado politicastro de oficio, el doctor Samuel Eugenio Niño Sánchez, quien asumió la presidencia de la entidad carabobeña en diciembre del año 1907 y fue el artífice de una red de amiguismo, corruptela y complicidad que le permitió codearse con la sociedad de la ciudad de Valencia durante su mandato, algo similar ha hecho Arévalo con La pecera, pero su caricatura se ha quedado a veces en el chisme pueblerino, en la hablilla disfrazada de buena literatura. Es rescatable de La pecera su sentido hostigador, en ese esfuerzo por dejar al desnudo a los farsantes de siempre buscan su propio beneficio sin importarles nada. Arévalo, al igual que Pocaterra, ha bosquejado arquetipos sicopáticos más que personajes y no por azar en el prólogo de la novela El doctor Bebé el propio Pocaterra anota: “En cuanto al escenario donde se desenvuelve la farsa, lo mismo que Valencia pudiera ser Caracas, Maracaibo o Ciudad Bolívar. No hay, pues, preferencias malsanas. De igual manera, si alguno se viere retratado en estas páginas, no lo considere oficiosidad del autor, quien no se ha propuesto retratar personas, sino fijar tipos”.

 

Lo revolucionario de una novela no es aquello que busca denunciar, o colocar en la picota de la crítica. La cuestión es algo más ininteligible y tiene que ver con el discurso novelesco.

La novela parte de hechos y personajes reales, todos con nombres cambiados, por supuesto. Y en verdad más que personajes son tipos en ese sentido de Pocaterra, para develar un microcosmos pleno de vicios y corruptelas. Disfruté bastante esos textos, esas historias, insertadas a lo largo de la novela, y esa selección de poemas que en sí son una especie de mínima antología de poesía femenina que no tiene desperdicio.

Por lo general he pensado que lo revolucionario de una novela no es aquello que busca denunciar, o colocar en la picota de la crítica. La cuestión es algo más ininteligible y tiene que ver con el discurso novelesco, o si se quiere de esa manera en que el escritor busca nuevas formas de narrar para que la realidad y la ficción se reorganicen desde el oficio de escritura y así ofrecer al lector esa belleza incomparable de las palabras como arte dando cuenta de una buena historia.

Aunque esta novela de Arévalo es un abultado volumen, desilusionará a sus enemigos (o a quienes lo entrecomillan como un novelista más de provincia), debido a que no es un objeto para acuñar puertas, sino un discurso literario profuso y de gran riqueza verbal que se disfruta sin concesiones y donde la realidad parece un invento y lo ficticio tiene ese pavoroso barniz de lo real.

Carlos Yusti
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