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El humor y la circunstancia

domingo 22 de diciembre de 2024
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Héctor Acosta Martínez
Las crónicas de Héctor Acosta Martínez planean por ese estilo del artículo costumbrista, tan cultivado por muchos de nuestros insignes/clásicos de la literatura nacional.

En el barrio de mis travesías juveniles había un zoo multiforme de echadores de varilla (como diría mi madre), de cuenteros con los bolsillos llenos de chistes verdes, de jodedores sin más que hacían reír a todos en cualquier reunión. Payasos a granel, sin pintura en el rostro, que permitían acariciar a ese animal herido de lo trágico con una sonrisa. No obstante, los humoristas eran tan escasos como los servicios básicos.

La diferencia entre un humorista y gente con gracia para contar chistes, o hacer mofa de cualquier situación, son sutiles, pero abismales. El humor denuncia, de alguna manera, los desaguisados de la existencia, y recurre a la comicidad con alevosa intención. Un ejemplo podrían ser dos geniales caricaturas de Pedro León Zapata. En una caricatura se observa una hoja que se convierte en la extensión de una mano que escribe con un lápiz lo siguiente: “Es difícil hacer humor cuando lo que pasa es cómico”. En la otra caricatura es una vieja beata que le aconseja a la inocente y virginal Coromotico, que la escucha atenta: “Ten cuidado, Coromotico, el CNE es el mayor violador de la comarca”.

El humor siempre es inoportuno y va a contracorriente, no gusta a la mayoría debido a que se mete sin previa invitación donde no le llaman. El libro Un país que ríe: crónicas cotidianas del humor venezolano, de Héctor Acosta Martínez, cumple a cabalidad con algunas de estas premisas.

 “Un país que ríe: crónicas cotidianas del humor venezolano”, de Héctor Acosta Martínez
Un país que ríe: crónicas cotidianas del humor venezolano, de Héctor Acosta Martínez (2024).

Estas crónicas de Héctor Acosta se me antojan como una odisea por esos mares insólitos de la cotidianidad, pero Héctor en vez de encontrar en su viaje a cíclopes y hechiceras exuberantes se tropieza con las situaciones más absurdas. No es casual que en el prefacio Eddy Córdova escriba: “Estas Crónicas cotidianas del humor venezolano dan a conocer las peculiaridades de nuestra vida con la sencillez y profundidad de quien se piensa, se ve y se materializa en el humor inteligente, desafiante, directo y certero”.

Cuenta Héctor Acosta cómo se inició en este boxeo de sombra que a veces es el humor. Un buen día, en la antesala para una entrevista de trabajo, encontró un ejemplar de El Camaleón, un suplemento humorístico que venía encartado cada semana en el diario El Nacional, dirigido por Manuel Graterol Santander, Graterolacho. Leyendo el suplemento cayó en cuenta de que algunas de sus secciones él podría ser capaz de escribirlas. Desempleado y con las hojas del currículum vitae deslucidas de tanto “no se preocupe, nosotros le llamaremos”, decidió escribir algunos textos para colaborar con el dichoso suplemento, o como el mismo Héctor escribe: “A esa primera producción la llamé ‘Átomos’, porque trataba de condensar en poquísimas palabras la mayor cantidad de ideas sobre un tema, de forma que su sentido implícito lograra arrancarle, al menos, una sonrisa a quien lo leyera. Más tarde, con el estudio y las investigaciones, aprendí que estaba usando figuras retóricas como el retruécano, el oxímoron, pleonasmos, dobles sentidos, palíndromos y los históricos aforismos”. No resultó fácil publicar en el suplemento de Graterolacho. Hasta que un dichoso día allí estaban los átomos en el suplemento, o como anota Héctor Acosta: “Así fue como un día que andaba por Ciudad Bolívar cumpliendo funciones de ingeniero práctico en una contratista de mi hermano José, gasté el último real y medio que me quedaba en la compra de El Nacional y justo allí, en el encartado en el Nº 207, de un mes de agosto de 1993, en la página 13 de El Camaleón, estaban en la cima de la página los primeros Átomos de HAM. ¡Guao! ¡El hijo de Petra Corina lo había logrado!”.

Las crónicas de Héctor Acosta planean por ese estilo del artículo costumbrista, tan cultivado por muchos de nuestros insignes/clásicos de la literatura nacional; en ellas va desmenuzando sus andanzas, sus visiones y esas situaciones absurdas (o disparatadas) en las que en ocasiones cualquiera puede verse envuelto. Crónicas escritas sin otra pretensión que el lector disfrute. Ya G. K. Chesterton lo ha escrito: “El disparate puede definirse como el humor que, de momento, ha renunciado a toda relación con el ingenio. Es humor que abandona todo intento de justificación intelectual, y no se ríe simplemente de la incongruencia de algún accidente o broma pesada, como subproducto de la vida real, sino que la extrae y disfruta de ella por sí misma. El Galimatazo no es parodia de nada, ni los Jumblies son parodia de nadie. Son el absurdo por el absurdo, como el arte por el arte o, mejor, la belleza por la belleza; no sirven a ningún objetivo social, excepto tal vez el objetivo de un día de fiesta”. Y eso buscan estas crónicas de Héctor, que los días sean una fiesta a pesar de estos aciagos días.

Escribir es un riesgo, pero escribir humor es ubicarse en esa posición donde incomodar al poder político, militar o religioso puede traer consecuencias nada felices. Ya Voltaire lo afirmaba cuando dijo que es peligroso tener razón cuando los que están en el poder están equivocados. Esto me recuerda el atentado que sufrió el semanario francés satírico de tendencia izquierdosa Charlie Hebdo. Dos encapuchados asesinaron a mansalva a doce personas, además de herir a otras cuatro. Uno de los sobrevivientes al atentado, todo vendado y bastante herido, cuando despertó atinó a decir: “Es que me da mucha pereza morirme”. Eso es el humor: hacer brillar la risa a través del ingenio sin tomar en cuenta las más terribles circunstancias.

Carlos Yusti
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