
Bestiario artificial. 28 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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“El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad”.
Émile Cioran
“El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”.
Victor Hugo
Dorotea perdió a sus padres en un calamitoso incendio. Ella apenas contaba con dos meses de vida. La habitación en la que dormían empezó a arder por una sobrecarga eléctrica en una regleta de enchufes. Los vecinos avisaron a urgencias. Cuando los bomberos lograron extinguir el fuego, encontraron los cadáveres calcinados del matrimonio y el cuerpo gravemente herido de la bebé. Sus padres le habían salvado la vida creando un espacio protegido con sus cuerpos. Aun así, las consecuencias físicas y cerebrales fueron demoledoras. Gracias a la rápida intervención, a los prodigiosos avances y a las muchas operaciones llevadas a cabo con éxito, lograron al cabo de unos años que Dorotea funcionara satisfactoriamente como la primera mujer biónica del orbe. Tanto su masa neuronal —que convivía con chips y sensores— como sus articulaciones, y varios de sus órganos vitales que eran biónicos, configuraron su nueva identidad. En ella cohabitaba la evolución genética con la incorporación masiva de tecnología de alto rendimiento. Una máquina que no lo era del todo podía controlar su quehacer diario. Se convirtió en una persona con menos vaivenes emocionales que el resto, que rendía por encima de lo normal en situaciones extremas, que también mostraba algunas limitaciones imaginativas en el aspecto humorístico y artístico. Su cuerpo contaba con menos piel de la habitual y con una tecnología integrada nunca vista hasta entonces en un ser vivo. Esa serie de componentes mecánicos y tecnológicos, que por sí solos eran chatarra inservible, en ella cobraban vida humana. Un híbrido que estaba llamado a ser una experiencia maravillosa e inédita. Con Dorotea se ha conseguido que no todos seamos iguales en la mesa de autopsias. Sólo por eso deberíamos pararnos a dedicarle canciones o invitarle a dar el pregón de las fiestas patronales.
Es de cara alargada, pómulos y barbilla prominentes, ojos fríos, algo inexpresivos. Su media melena es de pelo negro implantado. Se muestra ágil, dinámica, segura en sus movimientos. Tiene unos pechos pequeños, ideales para cualquier mujer a partir de los cuarenta. Viste con sencillez y pragmatismo, femenina sin usarlo como arma. Piensa sobre sí que es anterior a los elementos de los que está hecha, piensa que es necesaria la suma de todos y cada uno de ellos para obtener el resultado que se refleja en el espejo cuando posa desnuda ante él. Pero no sólo la suma de todos los elementos es suficiente, hace falta algo más, un objetivo final, una razón inicial, una unión entre dos perspectivas diferentes.
Su tía soltera la adoptó. Se crio con ella y con su primo en una ciudad mediana, sin frío ni calor, en provincias, que es donde nacen los personajes conservadores tan necesarios antes de avanzar. Su tía se sintió durante un tiempo como la Virgen María. No tenía claro si su sobrina iba a ser el centro de atención social al estilo de la mujer barbuda o sería tratada como la elegida de los dioses. Pronto descubrió que Dorotea, a pesar de las circunstancias especiales que le rodeaban, y que supo manejar con inteligencia, era una muchacha como las demás. Su primo, hijo único de su tía, pasó olímpicamente de ella, primero por celos y luego porque la consideraba un bicho raro.
Dorotea tuvo que aprender, como cualquier otro niño, a adquirir habilidades físicas; en su caso a manejar las prótesis, a integrar los añadidos chips cerebrales y mecánicos. Las órdenes e impulsos llegan a sus miembros por la armónica combinación neuronal y computacional, la conexión con sus órganos vitales es programada con más eficiencia que en la manera tradicional, donde cuesta en ocasiones observar un mal comportamiento de las funciones físicas y mentales. En Dorotea, el aviso de un deficiente mecanismo es instantáneo.
Las personas más ignorantes, y por lo tanto más temerosas, veían en Dorotea un peligro para la propia especie humana. “¡Como si fuésemos una especie destinada a no extinguirse!” Otros, en cambio, veían en Dorotea una esperanza de supervivencia de la especie humana en condiciones diferentes y con posibilidades de alcanzar partes del universo hoy ni siquiera soñadas.
Dorotea refutaba los miedos de los críticos asegurando que en ella no había nada que no fuera totalmente humano en sus diferentes manifestaciones: unas evolutivas y otras inventivas. “En mí, aunque hay una integración real, sigue existiendo una sutil diferencia entre mi parte biológica y técnica. Y sí, la biológica es extremadamente más compleja, y por lo tanto, de más difícil manejo. Las hormonas, las células, su magnífica conectividad con el resto de componentes internos y externos y sus infinitas variantes, hacen del aprendizaje un trabajo proceloso, aunque emocionante”.
Su forma de ser enamoraba y persuadía. Pronto los críticos fueron perdiendo fuerza y los hechos fueron desmintiendo sus apocados alarmismos.
Estudió en esa mediana ciudad de la que no hemos hablado porque no aspira a estar en las guías turísticas. Cursó la enseñanza básica, la media y la universitaria. Dorotea, la chica biónica, el exponente orgulloso del avance médico y científico, se licenció en Filosofía. Y es que pretendía poner algo de entendimiento a su caso. Había aprendido a acompañarse de los filósofos clásicos en sus reflexiones. Sin pretender ser como ellos, sí se veía con fuerza para arriesgar pensamientos novedosos, compartirlos y comprobar cómo los demás les daban vuelo o los enterraban por inútiles. Más que filosofía, ejercitaba un estado mental rayando los límites del vacío generado desde el chip integral. Pensaba que si tienes sólo una educación formal y reglada no se pueden esperar sorpresas de ti. “¡Y necesitamos sorprendentes saltos de calidad para sobrevivirnos! El relato que hacen de nosotros las sombras nos aturde por su simetría siniestra. Necesitamos un salto, un giro inesperado, algo más que matices, revoluciones que den dolor de cabeza. Ya llegará el tiempo en que los individuos casen con esa contribución intrépida. No es magia, ni inspiración ociosa. La información está ahí. Es necesario concentración, trabajo, fe, una mirada prístina y no estar restringido por las teorías expuestas hasta el momento. Cuando eres el primero en ver algo, debes asegurarte de que no estás siendo víctima de un autoengaño, luego vendrá la tarea de esperar la comprensión de los demás. Convencer en ocasiones es vencer, y para vencer hay que pelear. Agotador. Muchos ni lo intentan. La sociedad del bienestar, de la que nos sentimos tan orgullosos, está entorpeciendo la inteligencia. Cuando los retos son menores, el esfuerzo es menor. Y la inteligencia es el fruto del ejercicio de un músculo y de mirar al vacío en busca de respuestas. El arte es inteligencia decorada, la ciencia es inteligencia constatada, la emoción es inteligencia recompensada, la mística es inteligencia sublimada. La inteligencia es la salsa con la que damos sabor al mundo que nos rodea. Nos hemos acostumbrado a temer lo que no se ve. En la película Tiburón, de Spielberg, el miedo que provoca ver arrastrar los bidones es mucho mayor que la imagen del propio tiburón. Pero debemos superar ese miedo y adentrarnos en lo que no vemos con la certeza de que ahí se halla nuestro futuro”.
La única regla que Dorotea se imponía era respetar las reglas por las que no se sentía concernida. Aún no sabía verbalizarlo con coherencia, pero sufría diarreas mentales como todo hijo de vecino. Los pensamientos rebozados vienen en días húmedos donde no acaba de llover con rabia. Dorotea, en días así, bebía licores con cierto desparpajo. Se regalaba esa distensión. No le preocupaba bajar la guardia, aprender a desprenderse de sí misma para no perder nada de la verdad.
El espíritu del humano, que muchas veces se humaniza en exceso, está capacitado para ir desvelando misterios que le hacen mejorar la calidad de su mirada hacia lo intangible. Las mejoras exigen más responsabilidad sobre lo observado. Con la preparación van llegando las herramientas que nos permiten abrir puertas que antes eran inexpugnables al entendimiento, puertas que quedaban en fábula, superchería o religión. El espíritu de su ser biónico le ha susurrado a Dorotea un secreto, quizá el definitivo: que llegará una puerta, no sé sabe cuál, no sé sabe cuándo, para la que, no estando aún listos, los humanos intentaremos forzar con ganzúas ilegítimas, llevados por nuestra prepotencia y prisa. Una puerta ante la cual no sabremos esperar para abrirla. Y esa desfachatez, en nombre del pensamiento y la ciencia mal entendidos, nos costará caro, la puerta se nos cerrará en las narices cuando vayamos a cruzarla y lo pagaremos con una involución de milenios.
Dorotea no sólo estudió filosofía y le añadió una mano de pintura original. “El espíritu humano —pensaba— tiene potencial, sin duda, pero nuestro envoltorio lo cohíbe, lo somete, lo banaliza. Cuando mezclas un chocolate negro del mejor cacao con trazas de heces, todo se convierte en una gran mierda. Por qué se ve degradado el espíritu humano a caminar con unos zapatos varios números más pequeños. No lo sé, no lo entiendo, no se lo merece. Quizá no tenga nada que ver con los merecimientos, sino que entre en liza la caridad, esa herramienta ilógica que nos convierte en solidarios porque del éxito del otro depende el nuestro, porque creemos en un plan que ninguno de nosotros conoce íntegramente”.
A Dorotea le faltaba dejar un legado. Y se fijó en una muchacha en la que se veía, en parte, reflejada. La descubrió paseando por el cementerio. A ambas les une la muerte antes de haber empezado a vivir. La chica se llega hasta la tumba de su padre. Viene sola, es valiente y no teme a la orfandad de la vida. Sólo al olvido. Hace poco que se cortó su infantil melena. Ahora lleva el pelo corto, los pantalones vaqueros raídos y la camiseta con el estampado de una película de ciencia ficción. Trae un libro de poemas en la mano, uno de Pessoa.
Dorotea ha colocado, antes de que la chica aparezca, un jarrón con gladiolos en la tumba de su padre. Seguro que se alegra de verlos. A diferencia de lo que haría cualquier adulto, la muchacha no se pregunta de dónde han salido. Los gladiolos crecen en forma de espiga, como si quisieran ser lanza que se proyecta hacia lo alto. Está ahora plantada ante su padre muerto. Contempla las flores blancas cuyo nombre desconoce. Contempla la foto de su padre en la que aparece con una franca sonrisa. Se la hicieron en las fiestas del pueblo. Había ganado ese año el concurso de lanzamiento de gavillas. Por eso muestra una sonrisa despejada de nubes. Se acuerda de ese día, ella tenía nueve años. Su padre parecía el hombre más fuerte, más vital del mundo. Luego llegó aquella devastadora depresión que le hizo saltar de un sexto piso dejando una nota en la que pedía perdón y declaraba un extraño amor hacia su mujer e hija.
La muchacha abre el libro de Pessoa y lee dos estrofas que traía subrayadas del poema titulado “La partida”:
Cuando abandone mi ser como una silla cuando me levanto
Y deje atrás el mundo como un cuarto de donde salgo,
Y abandone toda esta forma, de sentidos y pensamiento, de sentir las cosas,
Como una capa que me prende.
Cuando vea mi alma llegar a la superficie de mi piel
Y dispersar mi ser por el universo exterior,
Sea con alegría que yo reconozca que la Muerte
Viene como un sol distante en la alborada de mi nuevo ser.(...)
Siéntete victorioso con los colores de la luz y el fuego,
Que la muerte es la vida que vino enmascarada,
Y el más allá será esto, esto mismo, en otro presente
No sé de qué nuevo modo diversamente.
Gritad a las alturas,
Gritad por los valles,
Que la muerte no tiene ninguna importancia,
Que la muerte es un disparate,
Y que si todo esto es un sueño, la muerte es un sueño también.
A la muchacha le brillan los ojos cuando termina de leerle esos versos a su padre muerto. No quiere llorar. Ya vale. Se nota que el poema había cogido forma viva en la soledad de su habitación. Y ahora, al recitarlo en voz alta, sabe que las cosas van en serio. Cierra el libro, besa la foto de su padre y se marcha corriendo. Llega tarde a clase. Ha aprendido mucho fuera de las aulas, no de la forma que tienen quienes afirman aprenderlo todo en la escuela de la calle, en los libros de las tapias. No, esos acaban sin saber qué hacer con las bes y las uves, se creen contraculturales y sólo son amantes de la ignorancia por pereza. No, ella ha aprendido de verdad, a través de experiencias duraderas, no como una pose.
Dorotea, desde su escondrijo, la ve marchar mientras se pregunta por sí misma: “¿Habrá un epílogo adaptado para la mujer biónica? ¿Moriré o me oxidaré? ¿Me enterrarán o me reciclarán? ¿Quién es esta que se hace preguntas en un cementerio?”.
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