Pedro Porras acudió ayer tarde, invitado por una antigua compañera y amiga de la universidad, a un encuentro de cultura menstrual. La mujer se puso en contacto con él sabedora de que era una persona de mente brillante y abierta, además le constaba su influencia en redes, calculando que sería conveniente para la publicidad de la empresa que movía al grupo: la causa menstrual ecofeminista. Pedro se mantuvo en segundo plano en la sala abarrotada de mujeres entusiastas y hombres sumisos. Escuchó con atención los objetivos del encuentro: Visibilizar las necesidades y conflictos económicos, políticos, laborales y sociales que viven las personas que menstrúan en el territorio español. Hubo un par de conferencias. Una rezaba en su encabezamiento: El género como forma jerárquica y binarista, opresivo para muchas subjetividades. La otra decía así: Las personas menstruantes como objeto político.
Pedro Porras cogió a su amiga en un aparte para confesarle que no se veía capaz de asimilar semejante cóctel especulativo y se marchó sin participar en el encuentro. Según volvía a casa, iba preguntándose si no se estaría haciendo viejo con 35 años.
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Observa el montón de notas que hay sobre el escritorio cuando se acomoda en su silla giratoria. Ha estudiado bien la intervención que le toca grabar hoy. Enciende la cámara de su ordenador e inicia el vídeo que luego colgará en su canal de YouTube. Pedro Porras es doctor en física teórica, trabaja como profesor suplente en la universidad, publica en diferentes medios artículos con propósito didáctico y es considerado una persona influyente en los nuevos medios de comunicación. Su principal fuente de ingresos actualmente son sus plataformas digitales. Los tiempos cambian tanto que todo sigue igual. Pedro Porras es liberal, listo, con reflexiones a contracorriente, minucioso, un poco lunático, tripolar: sube, baja y hace olas en cuestión de horas. Viste una camiseta marrón con el lema PROTONES en color blanco en mitad del pecho. Pedro Porras es muy amigo del “amigo de Wigner”, una paradoja entre otras paradojas que al final convierten la excepción en regla. Pedro Porras, llamémosle PP, no es demócrata cristiano. La cámara de su ordenador está encendida, detrás de ella se supone están los anónimos ojos que lo siguen. Mira a la cámara como observador de la materia oscura, el amigo de Wigner que observa a Wigner; en este caso, a PP. Y llegados a este punto, la cabeza nos explota. PP hace con las manos el gesto de explosión. Las versiones de la realidad que manifiestan los actores de la escena son tan diferentes, incluso tan contradictorias, que algunos caen en la tentación de pensar que no existe una realidad objetiva, y que todo son interpretaciones parciales. PP añade en su vídeo que la conciencia de la realidad construye realidad y que el amigo de Wigner corresponde a la conciencia universal que otorga realidad objetiva a la Luna aunque no haya nadie mirándola. Si la Luna no estuviera ahí cuando no la miramos, podríamos viajar a ella en un abrir y cerrar de ojos. El peldaño de la escalera da por cierta la existencia del peldaño anterior a él y el siguiente a él. Nada más. Sólo una conciencia externa e interna al mismo tiempo, una conciencia global para los peldaños, explica la existencia de todos ellos unidos por un hecho real no perceptible desde la parte, que es la escalera. Además intuye una conciencia inaprensible que pertenece al que programó por hecho evolutivo la existencia definitoria de la escalera. No encontrar la forma de ponerse de acuerdo sobre el hecho objetivo no impide que haya un hecho objetivo. La teoría del todo sigue buscándonos. Pedro Porras no se considera religioso ni se contempla a sí mismo practicando ritos, pero sí tiene presente la trascendencia, lo que permanece obvio, ensanchándose, estrechándose; incluso maneja la idea de la santísima trinidad para explicar la paradoja cuántica donde conviven tres en uno: el hecho físico (hijo), el observador (espíritu santo) y la conciencia una (padre) que posibilita al observador y a la forma observada.
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A las cuatro de la madrugada del viernes, un grupo de personas —la mayoría mujeres—, lanzaron huevos a las ventanas del primer piso de la calle Betoño, domicilio de Pedro Porras. Él saltó de la cama sin saber bien de dónde procedía el ruido, si de dentro de casa o de fuera. Cuando se asomó a la ventana para inquirir una explicación al vandalismo, le lanzaron insultos como ¡fascista!, ¡machista!, ¡cobarde!, ¡cerdo capitalista! Aporrearon el timbre del portero automático y cuando una de ellas localizó su coche aparcado en la calle de enfrente, le pincharon las ruedas y volcaron un bote de cinco kilos de pintura roja por todo el vehículo. PP llamó a la policía, también otros vecinos lo hicieron. Para cuando llegaron las fuerzas del orden, ya todo estaba en orden y el mal hecho. En este sistema que vivimos se te impide defenderte por ti mismo, has de solicitar la presencia policial que siempre llega a plazo vencido. Los que rompen el ritmo de los demás y se saltan las reglas del juego tienen ventaja, y su impunidad genera frustración en el ciudadano, que se siente un mero “pagaimpuestos”. PP bajó a la calle a mirar con estupefacción su coche “artístico”. Miró hacia sus ventanas y vio la fachada del edificio manchada de huevos estrellados. Los vecinos trataban de consolarle y solidarizarse con él en la impotencia, mientras la policía tomaba declaraciones para rellenar informes inútiles.
—¿Tiene usted idea de quiénes han podido hacer esto?
—Tengo idea, sí. Pero las ideas, está claro, son ofensivas hoy en día.
—¿Puede darnos alguna pista para hacer averiguaciones?
—No me dé falsas esperanzas, agente. Usted y yo sabemos que esto acaba aquí.
PP estaba obligado a entenderse consigo mismo, no a dar bola a cualquier imbécil en su continuo proceso de estulticia. PP se negaba a perder el tiempo intentando comprender por qué ese grupo de intransigentes se creía con derecho a violar su intimidad y atacar su casa y su coche. Tendemos a considerar que el agredido ha cometido errores que propician otro error como reacción. Pero el error está en las cabezas desatendidas, convirtiendo a unos cuantos débiles mentales en fanáticos peligrosos que se juntan para hacer piña, grupo, secta.
Hablando en la acera con los vecinos, PP dejó caer que hacía unos días había sido invitado a un acto de flujo sanguíneo femenino en el que no debió cumplir con las expectativas de las organizadoras. Los vecinos no supieron si hablaba en serio o en broma. Pedro Porras desdramatizó con rapidez el asunto para evitar caer en depresión. Pero está preocupado. “Quizá sea esta una época donde la autocensura sea imprescindible como arma de protección personal. No se puede ir a contracorriente de quienes han decidido convertir cualquier ocurrencia en dogma social. Son tiempos en que, si no te muestras como soldado entusiasta de la causa, ya eres un enemigo”.
Esta mañana se ha desayunado con un hackeo masivo a su página web, a sus redes sociales y a su canal de YouTube. Está intentando recuperar su espacio con la ayuda de las plataformas donde opera. Sus nuevos enemigos le han declarado la guerra porque quieren verlo irrelevante o sumiso. Pedro sabe que tener razón no impide la arbitrariedad, no cambia las circunstancias que nos rodean, ni sirve para nada. Cuando una sociedad apuesta por la sinrazón, es hora de hacerse a un lado y esperar a que la virulencia del atropello remita y la destrucción rampante se quede sin nada que asolar. Aunque haya voces que se rebelen al principio de este proceso de locura generalizada, son voces que serán apagadas de un manotazo. La sinrazón es considerada sensata, el fascista grita ¡fascistas! a los demás, el violento se considera víctima y da lecciones sobre lo que denomina “libertad”. Pedro Porras no es libre, ya no, es enemigo de la libertad imperante, así que o calla o le callan. Pedro, aunque le ayudaron a recuperar sus cuentas de comunicación digital, hizo un estudio de la situación y se recetó la medicina que creyó mejor: dejó de significarse, guardó silencio, observó el hecho físico y fue consciente de la observación de la que era objeto por la conciencia general. La sociedad en la que nos movemos ha dejado de creer en valores absolutos y levanta a cada paso dioses de barro a los que adorar con una vehemencia que no permite irreverencias ni apostasías. La sociedad, bien por hastío, bien por falta de retos, ha renunciado a la búsqueda de la verdad, y con ello se dirige a un suicidio planificado.
Pedro Porras dejó de ser una prioridad para Pedro Porras. Debía crecer en otra dirección, agujerear con discreción e inteligencia el sistema que se estaba imponiendo, no exponiéndose a la intemperie donde podrían fácilmente neutralizarlo. Debía dar con otros francotiradores que hubieran comprendido el desvarío actual, y encontrar la manera de ponerse en contacto entre sí sin llamar la atención. Era hora de comenzar la resistencia, de pasar a la clandestinidad, de construir cimientos fuertes para cuando tocara construir el edificio que estos majaderos iban, desde el poder, sin lugar a dudas, a demoler.
PP controla su ira, amaina su tristeza, guía con mano firme sus propósitos. Ha cambiado de aspecto: se ha dejado barba, se ha rapado la cabeza, se ha operado la miopía, se viste de manera descuidada, no sale por las noches, no bebe en público para no cometer errores verbales que le descubran ante los oídos siempre atentos de chivatos y delatores. Ha abandonado la universidad, no escribe artículos en revistas científicas, no viaja fuera del país, no hace turismo, no muestra su cara en los foros de Internet. No se deja ver con otros resistentes ni firma manifiestos con los que algunos ilusos piensan que se recobrará la sensatez. Eso no es posible de momento, es demasiado pronto, aún van puestos de sí mismos, su arrogancia carece de límites. Aún la realidad no les ha dado collejas hasta quebrarles el cuello, aún son capaces de ordeñar la vaca que otros engordaron, y eso les permite todavía hacer discursos y gritar soflamas. Hay que ir, sigilosamente, alimentando las raíces de la nueva sociedad que a nosotros nos tocará trabajar con sudor y sangre, cuando ellos hayan agotado todos los recursos que les permiten hoy hacer retórica. Pedro Porras es joven, físico teórico, hombre concienzudo y ciudadano que espera estar bien preparado para cuando haya espacio para la inteligencia. Todavía no, son horas para sobrevivir en la sombra, en la materia oscura, en la incertidumbre, como partícula o como onda, al gusto. La locura —por mucho que lo crean los descerebrados que ahora han asaltado el poder— no es genialidad, no señor.
Pedro Porras se sabe invencible, sabe que no podrán traspasar su barricada, la conciencia de sí. Pedro Porras bosteza en público, pero vive intensamente en privado. Son tiempos para los sótanos y las habitaciones a media luz. Ha conseguido un trabajo manual de peón en un almacén de barras de acero inoxidable, maneja una grúa y trabaja ocho horas de lunes a viernes. Es un trabajo que le permite moverse sin llamar la atención. Cuando le entrevistaron para el puesto, silenció su profesión de físico y su anterior actividad en redes. Pedro Porras tiene asumido que en el poder están instalados los paniaguados que favorecen a vagos y camorristas mientras penalizan el mérito y el esfuerzo. Quiere pasar inadvertido como peón de fábrica. Ahí es imposible que le busquen la vuelta, puesto que no se acercan a un buzo ni con tenazas. Alrededor del poder se congregan los que vienen a cobrarse la adhesión sin fisuras al grito de “¡qué hay de lo mío!”, Los que hacen colas en esas ventanillas sirvieron a la causa con devoción, pero a sus líderes ya no les son útiles. Ahora les sirven los currantes, los que generan una riqueza de la que echar mano, los que ahorran para esquilmarles hasta el último céntimo.
Su capacidad de reflexión como físico teórico le sirve para hacer un preciso diagnóstico de la sociedad que le rodea, de la casta que pisa moqueta y es incapaz de no inmiscuirse en los más nimios asuntos de la gente. Son totalitarios, incompetentes, inseguros y necesitados del control total.
PP intuye lo absoluto, es allí donde va a saciar su sed. La verdadera ciencia es cuestionar las afirmaciones hechas hasta ese momento. La falsa ciencia vigente lo que hace es apuntalar afirmaciones institucionales por un puñado de euros.
“La sociedad es tan fuerte como el más débil de sus individuos. De momento —piensa Pedro Porras—, hay que esperar agazapado”.
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