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Negro mano chusa

jueves 22 de mayo de 2025
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Negro mano chusa, por Julio Carreras
En la puerta de la salamanca hay un diablo vestido de paisano, montando guardia. Está sentado sobre una piedra.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Ese mozo que baila
de pie tan fino,
cómo será de churo
pa’ coliar vino.

Copla anónima.

1

Cómo habrán sido de baqueanos los dos que estuvieron toda la noche, hasta el amanecer, y ninguno se pudo ganar. La gente que se había dormido mirándolos se despertó, los paisanos pusieron las pavas para tomar mate y ellos seguían zapateando. Siempre con mudanzas nuevas.

Así estuvieron tres días. Hasta que se hizo un hoyo en el lugar y tuvieron que parar, porque estaba brotando agua del suelo.

Al negro que te cuento le decían Uta y nadie le había podido ganar jamás. Sin el menor esfuerzo y sin mover el cuerpo de la cintura para arriba hacía mudanzas que te dejaban cruzando los ojos. Era capaz de pasar días zapateando. Bastaba con que le dieran vino y una tirita de costilla de vez en cuando.

Era negro en serio. Motoso. Para mejor usaba ropa negra. Ah, pero eso sí, muy pituco, muy arreglado. Tenía rastra de plata sujetando la bombacha negra, de seda, que terminaba metida cuidadosamente bajo las botas charoladas, con espuelas haciendo juego. Usaba camisa blanca y encima chaleco negro manga larga. El facón también era de plata y el sombrero negro. El único toque de color en su cuerpo era un pañuelo colorado que llevaba anudado al cuello. Ah, y los dientes de oro. Tenía un montón de dientes de oro, que le brillaban cuando sonreía. O sea casi siempre, porque casi siempre andaba con la risita burlona en la boca. Se ponía serio solamente cuando peleaba. Y era veloz para el tajo, te lo aseguro.

Era zurdo, no sé si de nacimiento o por necesidad, pues la mano derecha la tenía seca. Muy pocas veces la había mostrado y menos si había mujeres; la llevaba siempre envuelta en un pañuelo negro. Pero yo se la vi una vez. Era algo muy feo de ver. Como una rama seca, del codo para abajo era como una rama seca y podrida, terminada en tres dedos pequeñitos, sarmentosos. No sé por qué uno no podía mirar ese muñón sin que le dieran ganas de vomitar.

—Con esta manito l’hei pegao a la Virgen —decía el negro y largaba la risita. Es que el negro Uta había estado en la salamanca.

 

2

Dice que en la puerta de la salamanca hay un diablo vestido de paisano, montando guardia. Está sentado sobre una piedra, haciéndose el que trenza un lazo para rebenque, pero siempre espiando para ver quién viene.

—Buenas, paisano —saludó el Uta.

—Buenas —contestó el otro.

Y se quedaron mirándose, Uta sin saber qué decir, porque él ya maliciaba que el otro era un diablo (a quién iba a joder que iba a estar ahí, trenzando un rebenque, solo en medio del desierto, si no era un diablo). Pero no sabía qué decir. Se bajó del caballo y se acercó.

—Qué lo trae por estos pagos, amigazo —dijo el otro.

—Ando buscando la salamanca —contestó el Uta, decidido.

Y el otro se rio:

—¡Y quién le ha dicho que la salamanca está por aquí!...

—Me lo han dicho de buena fuente —dijo el Uta sin reírse—. Y me corto un güevo si usted no es un diablo.

El otro se quedó mirándolo con sus ojitos de lagartija y masculló entre dientes:

—Me parece que le ha hecho mal el sol al mocito.

Pero algo debe haber visto en el Uta, porque enseguida le preguntó:

—¿Y se puede saber, si no es indiscreción, para qué quiere encontrar la salamanca?

—Quiero hacer un pacto con Mandinga —contestó el Uta.

—¿Y qué clase de pacto, si se puede saber?...

—Menos pregunta Dios y perdona —dijo el Uta, pero se arrepintió enseguida, porque la cara del otro se puso verde, se le arrugó y el tipo rodó por el suelo atacado por convulsiones como de epiléptico.

—¡Epa, qué le pasa, amigo! —decía el Uta mientras le ayudaba a chuñar golpeándole la espalda.

—¡No menciones más ese nombre aquí! —jadeaba el otro—, ¡ese nombre es prohibido! Cuando volvió completamente en sí, el diablo le explicó que para poder entrar a la salamanca tendría que insultar y escupirle en la cara a un muñeco y abofetear a una muñeca que iba a encontrar en la puerta de la cueva.

El muñeco era Jesucristo y la muñeca la Virgen María. Estaban tan bien hechos que parecían vivos.

Uta le escupió en la cara a Jesús y le dio una tremenda cachetada a la Virgen María.

Y entró.

 

3

Era un hueco en el suelo, escondido detrás de unos jumeales. Se bajaba por una escalera de piedra, hasta una especie de descanso, donde comenzaba el túnel.

Al pie de la escalera lo estaba esperando el Manchachicoj. Era un enano cabezón, vestido de frac y galera.

—¿Así que vos sos el que quiere hablar con Mandinga? —le dijo.

—Ahá —contestó el Uta.

—Vamos a ver si llegas.

Y le explicó que para poder hablar con Mandinga primero tenía que pasar cinco pruebas. Uta dijo que estaba dispuesto y el Manchachicoj lo llevó por un túnel lleno de enredaderas negras, hasta un pozo.

—Tienes que saltar este pocito —le dijo. El pozo tenía unos dos metros y medio de ancho.

—¡Guah! ¿Esito nomás es? —dijo el Uta y se dispuso a saltar.

Pegó el brinco seguro de que llegaría al otro lado. Pero cuando estaba en el aire una garra se aferró a su pie y lo zambulló en el pozo.

En el acto una horda de bichos que parecían humanos pero tenían colas y garras de animales se le echó encima chillando, tratando de hundirlo en el líquido negro, como petróleo, donde chapoteaban. Menos mal que el Uta se acordó de sacar el facón y empezó a revolear hachazos a diestra y siniestra porque los bicharracos ya lo tenían mal. Le cortó la cabeza a uno, le abrió la barriga a otro y ya no les gustó nada. Comenzaron a recular, y de pronto se zambulleron en el aceite y desaparecieron. El Uta se quedó solo, con el facón en la mano y la ropa enchastrada, metido hasta la cintura en aquel líquido oscuro.

El Manchachicoj se desternillaba de risa en la orilla del pozo. Le tiró una escalera de soga y el Uta subió.

 

4

Tuvieron que atravesar un largo pasillo bordeado de árboles. Estaba oscuro y en las ramas de los árboles, en las paredes y por donde uno posara la vista podían verse millones de serpientes, boas y pitones, cobras, yararás y de la cruz, grandes y pequeñas, que se retorcían, reptaban, subían y bajaban silbando y enseñando los dientes, en un espectáculo alucinante.

Uta se quedó duro en la puerta, sin poder hablar ni mover los pies.

—No tengas miedo —le dijo el Manchachicoj—, lo peor que hay es tenerles miedo. Vení, vamos a pasar. Pero que no se den cuenta de que les tienes miedo, porque ahí sí que vas a sonar. Hagan lo que hagan, vos quedate tranquilo.

Las víboras se apartaban amenazantes al paso de los intrusos y había que poner el pie con un cuidado bárbaro para no pisarlas. Se le subían al Uta por la pierna, se le metían por la bragueta y le salían por un agujero que tenía en el bolsillo. Se le enrollaban en el cuello, le metían la cola en la nariz y en la oreja, pero el Uta ni se mosqueaba. Así llegaron al final del pasillo, donde les esperaba la segunda prueba.

Tenía que subir hasta la punta de un eucalipto como de seis metros y largarse de allá en las aguas de un estanque.

Se sacó la ropa y subió.

De arriba se veía chiquitito el estanque, pero no lo pensó mucho, porque si uno piensa mucho las cosas, al final no las hace, y se largó. Cuando venía en el aire se dio cuenta de que el estanque ya no estaba más; en su lugar se alzaban unas piedras puntiagudas como cuchillos.

“Bueno, alguna vez hay que morir”, pensó el Uta; “lo único que siento es no haberla podido voltear nunca a la Jacinta”. Y cerró los ojos.

No sintió nada.

Cuando abrió los ojos, se encontró sentado en el suelo, con el Manchachicoj que se encorvaba de risa a su lado.

—Te has salvado porque no has tenido miedo —le dijo el Manchachicoj—. Si te hubieras asustado, a esta hora estás destripado... ¡Ji, ji, ji!...

 

5

Pasaron por un túnel tapizado de arañas pollito. Al final del túnel, había una mujer hermosa, rubia, vestida sólo con una túnica transparente a través de la cual se percibían como en un sueño sus formas perfectas. Estaba sentada en un gran sillón de vidrio, rodeada de perros negros, inmensos. Un perro peludo metía la cabeza por debajo del vestido en medio de sus piernas, y le lamía las partes y ella se reía.

—Es la Reina de las Almamulas —explicó el enano. Entonces el Uta se dio cuenta de que los dientes de la mujer brillaban como el fuego—. ¿Ves esas mujeres? —preguntó el Manchachicoj—. Tienes que besarles la cola una por una. ¿Te animas?

—Cómo no —dijo el Uta. Eran viejas, gordas y roñosas, pero no era cuestión de volverse atrás a esta altura del partido.

Cuando oyeron eso, las viejas se pusieron muy sumisas, en fila, se agacharon y se alzaron las polleras hasta la cintura.

Se levantó un olor a pescado muerto.

El Uta contempló horrorizado esas nalgas grasosas, los rollos en las piernas que temblaban como un flan y las matas oscuras de pelos cochambrosos que asomaban por entre los glúteos.

—Bien en el medio —oyó que le decía el enano y comenzó.

Eran como cuarenta. Cuando besó a la primera, sintió que le lanzaba un chorro de orina como ácido en la cara. Consternado, lo miró al Manchachicoj.

—Seguí —le dijo éste. Se reía a carcajadas.

Chorreándole la orina por la cara, con la camisa húmeda y hedionda, llegó a la última, por fin. Esta prueba fue muy dura para el Uta.

 

6

Cuarta prueba. Un diablo peludo, con patas de toro y astas de carnero viejo, tenía que violarlo.

Protestó el Uta:

—¡Eso sí que no lo acecto!

—Bueno, como quieras —replicó el Manchachicoj—. Pero vas a perder todo lo que has ganado hasta el momento. Una lástima. Porque te vas a convertir en un desgraciado. Con los de arriba ya has quedado mal hace rato. Y ahora que estabas a un pasito de ganarte a los de abajo, te arrepientes. No te van a querer ni los perros cuando vuelvas.

Se quejaba el Uta:

—¡Pero es mucho lo que me pides!

—¡Bah! —decía con voz melosa el Manchachicoj—. ¡Algunos lo hacen gratis en tu tierra! ¡A vos, después de estas pruebas te esperan el poder y la gloria! ¡Solamente un tonto puede hacerse problema por una cosa tan pequeña! Además, aparte de vos y yo, ¿quién se va a enterar?

El Uta lo pensó detenidamente. Luego preguntó:

—¿Seguro que no me va a doler mucho?

—¡Nooo! —contestó el enano.

Pero dice que le dolió bastante.

 

7

A lo lejos destellaba deslumbrante el trono de Mandinga. Sobre la cima del monte, se levantaba el pedestal amplísimo. El trono se destacaba, en el centro, alucinante de oropeles y pedrería. A su alrededor, trajinaban como hormigas los servidores, jóvenes de movimientos tan armoniosos que parecían bailarines. Doncellas bellísimas, cuyos cuerpos turbadores se insinuaban bajo los vestidos transparentes, servían, en bandejas chispeantes, manjares y bebidas variadísimas al Rey de los Infiernos.

Sobre las laderas de la colina se habían tallado largas escalinatas y unos seres, que a la primera mirada desde la distancia parecían algún extraño tipo de reptiles, ascendían dificultosamente, parándose de tanto en tanto a descansar de sus desfallecimientos. Eran hombres. Hombres y mujeres, viejos, desnudos, con la piel arrugada y los rollos de grasa colgando de sus vientres, sus muslos y sus nalgas, babeándose y jadeando, mirando con ojos vacíos algún lugar fijo e inexistente.

A la derecha del monte, se elevaba una ciudad como el Uta nunca volvió a ver. Las alturas de sus edificios se esfumaban entre las nubes. Se advertían titilando en la semioscuridad del atardecer millones de luces, de carteles de colores, que prendían y apagaban, prendían y apagaban. Flotaba en el aire de la ciudad un humo negro, de millones de cigarros, que estarían siendo fumados por millones de bocas; de millones de máquinas complejas que funcionaban al unísono, y el rumor de millones de hombres y mujeres que trajinarían, día y noche, en la ciudad, en la gran ciudad, en la ciudad feliz, adonde era posible encontrar cualquier objeto que uno pudiera imaginar, y aun alguno inimaginable. Y cualquier pecado. Pero el pecado es dulce, ya se sabe.

Sobre el lado izquierdo, una gran pista de baile. Mozos y chinitas jóvenes, vestidos a la criolla pero con un despliegue de perlas y sedas enceguecedor, bailaban un gran Pericón. Inmediatamente seguía otra pista, y otro grupo, más numeroso aún, de jóvenes no menos bellos, practicaban la Chacarera. Relumbraban las espuelas reflejando la luz como un espejo y en las mediavueltas las polleras de las chinitas dejaban, por un segundo, el espejismo de sus formas parpadeando en el cerebro. Sobre un terraplén, elevado unos cincuenta centímetros por encima del nivel de los demás, estaban los zapateadores. Vestidos todos de negro, danzaban la monotonía de su danza con movimientos medidos, con gravedad de rito, el rostro serio, majestuoso, la mirada ensimismada, bajo el rítmico golpetear del bombo. Cada sector tenía su orquesta. Los del Pericón, piano, violín, arpa y contrabajo y los músicos de frac. Los de la Chacarera, guitarra, bombo, violín y acordeón, los músicos con hermosos trajes de paisanos. Un viejecito, del que si no hubiera sido por el movimiento activísimo de sus manos se hubiese pensado que era una estatua, se encorvaba sobre el bombo, marcando el ritmo del malambo. Un negro alto y delgado lo acompañaba con guitarra.

Alrededor de los escenarios, por caminos preciosamente dibujados entre jardines y arboledas hormigueaba el público: un público selecto, entre el que podía hallarse al mismo tiempo el refinamiento más exquisito en los modales y los vestidos más ricos y variados que mente humana pudiera imaginar.

En los claros del parque, mesas anchas y maravillosamente provistas sostenían los manjares más exóticos. Una hilera de ciervos dorados al vino, con racimos de uvas rojas bajo las orejas, estaban siendo prolijamente trozados por caballeros de blanco y consumidos por rozagantes comensales que reflejaban en sus rostros colorados todo el placer y la tranquilidad posibles... Hermosas mujeres nórdicas con los pechos desnudos los servían, recibiendo de vez en cuando y entre risitas una caricia o un mordisco.

A lo lejos, un extraño cortejo compuesto por hieráticos personajes de pelucas empolvadas y trajes de púrpura barrocamente bordados en oro, sentados sobre literas transportadas por rubios esclavos de librea, ascendía con lentitud exasperante una pequeña colina. Cuando llegaban a la cima, volvían a bajar de la misma forma, para después subir de nuevo; así hasta el infinito.

Entre las hojarascas del vergel parejas de amantes copulaban febrilmente al ritmo de las músicas.

Nubes de colores calidoscópicos iluminaban con reflejos fantasmales la gigantesca escena.

Un raro lago de aguas ocres separaba al Uta y Manchachicoj de la Ciudad y sus placeres.

—Esta es la última prueba —dijo el Manchachicoj—: cruzar al otro lado.

Ya no sonreía. Se quedó mirándolo, anhelante, como si esperara que el Uta protestara o dijera algo. Del lago se levantaba un hedor de mil cadáveres.

Despaciosamente el Uta se sacó la ropa.

—¿Qué es eso? —preguntó señalando el lago.

—Mierda.

En la otra orilla apareció una banda de música compuesta por muchachas desnudas con flores en sus cabellos. Podía advertirse el temblor de las hermosas nalgas de la directora a cada movimiento de batuta; ella, como si hubiese adivinado que el Uta la estaba mirando, se dio vuelta y le sonrió.

La música que tocaban era tan sensual que erizaba la piel.

El Uta se largó. El excremento, espeso, lo tragó como una ciénaga, pero él comenzó a nadar. El olor era casi insoportable. Una sensación de asco incontenible lo acometió y comenzó a vomitar. Pero se recuperó y siguió nadando. El horrible elemento se pegaba a su piel y le hacía dificilísimo el braceo. Cada vez que disminuía el ritmo amenazaba hundirse y la mierda le manchaba el cuello, los cabellos... Convencido de que ya había hecho la mayor parte del trayecto, levantó la cabeza para tomar resuello. Casi gritó al comprobar que apenas había avanzado unos tres metros. Desde arriba de su trono de brillantes Mandinga contemplaba divertido esta escena. Las muchachas de la orquesta acompañaban el ritmo de la música con suaves movimientos, que descubrían en rápidas visiones por entre los instrumentos las partecitas más adorables de sus cuerpos. El Uta siguió nadando, enardecido. De pronto sintió un dolor y un tirón en los testículos y se hundió. Algo, algún bicho se le había colgado de allí y lo arrastraba hacia el fondo. Luchó, desesperado, pero el monstruo era demasiado fuerte. Comenzó a faltarle el aire y el asqueroso elemento se le metió por la nariz y por la boca cuando trató de respirar. Estaba ciego. Las venas de las sienes le latían como un bombo bagualero. Iba a morir. Iba a morir. Estallidos rojos en su cabeza le anunciaron que los pulmones estaban a punto de reventar. Iba a pedirle ayuda a Tata Dios, pero se acordó de que no podía. Hizo un esfuerzo desesperado; con la cabeza ya por explotar se sacudió la garra que lo atenazaba.

Y sorpresivamente se sintió libre. Casi desvanecido, sintió que emergía. Levantó los brazos y se sacó a manotazos la mierda de la boca y los ojos. Respiró. Chapaleando para no hundirse, respiró. En la orilla la muchacha rubia que dirigía la orquesta volvió a sonreírle. Los movimientos de las que tocaban los instrumentos se habían vueltos eróticos en un grado exacerbante.

Pero el Uta se rindió. No quiso seguir más y emprendió el regreso.

Maltrecho, arañado y lleno de sangre, con los testículos ardiéndole y el cuerpo desnudo embarrado de arriba a abajo en mierda, cayó, agotado, a los pies del Manchachicoj.

El enano estaba sombrío.

La música se había apagado.

El Uta volvió la cabeza a tiempo para ver las espaldas de las mujeres que se retiraban con paso aburrido hacia la Ciudad.

A lo lejos, titilaba la Ciudad. Ruidos de motores, atenuados, llegaban hasta el lago. Carteles que prendían y apagaban formaban dibujos multicolores en el cielo ceniciento. En lo alto de su trono, Mandinga estaba ya entretenido en quién sabe qué cosa que sucedía en otra parte. Hermoso, como esos actores de los gringos, presidía aquel reino de estructuras infalibles y placeres inagotables.

—Has fracasado —dijo el enano.

—¡Dame otra oportunidad! —gimió el Uta.

Sonrió el Manchachicoj. Pero ya no con la sonrisa de antes. Esta era apenas una mueca triste.

—Vas a recibir el don del baile. Es lo único que te puedo dar para que te defiendas en la Ciudad.

—¿La Ciudad? ¿Me van a dejar entrar en la Ciudad? —jadeó el Uta.

No contestó el enano y un fogonazo que pareció estallar en su cerebro lo dejó ciego al Uta por un rato. Cuando abrió los ojos, se encontró de nuevo en el desierto. El caballo mordisqueaba unos yuyos secos, atado por las riendas en las ramas de un vinal.

No había nadie alrededor.

Por un momento Uta creyó que había soñado. Pero se miró la mano y vio que la tenía como si se le hubiera achicharrado.

—¡Con esta manito l’hei pegao a la Virgen! —sabía decir el Uta, cuando le preguntaban.

(del libro de relatos El Malamor; 2021).

Julio Carreras
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