
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Tuve una infancia feliz por simple ignorancia sobre el mundo al que vine. Estaba refugiado en una inocencia banal y amparado en el cariño y en la protección de mis mayores, quienes dentro de sus posibilidades me blindaban del ámbito exterior. Como una suerte de intrascendente Siddhartha Gautama. Aun así fui testigo de varios incidentes que, como pantallazos de otras realidades, me dejaban más atemorizado que sorprendido. Soy biólogo, me adentré en la teoría biológica del comportamiento con una visión inicial más bien ingenua, producto de aquello que viví en los inicios de la vida. Específicamente me hube dedicado a hallar lo bueno o positivo en las relaciones entre animales, incluyendo al humano, y también en los animales como seres individuales, convencido de que la bondad es una característica predominante además de innata. Es sabido que siempre se encuentra aquello que a priori uno se propone hallar, y no pocas veces cegándose a evidencias contrarias. No fue distinto conmigo. De hecho, mi memoria de grado fue sobre el altruismo en animales no humanos basada en ejemplos específicos ampliamente documentados, pero nada más que anecdóticos; bien poco demostraban un comportamiento generalizado. El que hubiese podido exponer mi memoria con éxito y que fuese aprobada con distinción es testigo de lo anterior, y me sostuvo por casi toda mi vida académica. Casi toda, hasta mis encuentros, primero con un paño bordado con flores y luego con quien decía llamarse de Hans.
No inicié mi camino en las teorías biológicas del comportamiento por un ingenuo idealismo, sino por una utópica pero sólida convicción que, como ya lo mencioné, era consecuencia de haber vivido hasta entonces una existencia encapsulada, la cual me daba la percepción de que mis creencias eran la realidad, y me cegaba a cualquier evidencia contraria. Ello, unido a las casualidades, acaso no casuales, de la vida, hizo quien fui.
En efecto, desde mis años de fin de la escuela secundaria me ha gustado hurgar en las librerías de usados a la procura de tesoros ocultos; veía con asombro las láminas de diseños trazados a mano en libros de más de un siglo de vida. No los entendía, pero me maravillaban. Uno en especial me cautivó desde que lo abrí y decidí llevármelo: era un tratado antiguo de biología el cual traté por meses de entender, pero sin mucho éxito. No obstante, me sedujo y para allá fue mi vida. También las cautivadoras librerías de viejo de la calle San Diego, en mi mágica ciudad Santiago de Chile, fueron mi adicción, y hasta ahora me sumerjo en ellas. Fue en la de don Alfonso donde vi el paño bordado con flores desconocidas; estaba por deshilacharse y era realmente horrible, lo habían suspendido de la pared para ocultar manchas de humedad, no por otra cosa. Don Alfonso me lo vendió por casi nada cuando le dije de mi curiosidad; había estado allí por años y no se convencía de que era la primera vez que yo lo notaba; él ni idea tenía del origen de la tela, pero estuvo de acuerdo conmigo en que era realmente horrible. Hasta en la fealdad yo trataba de hallar belleza; lo llevé a casa y lo colgué frente a mi escritorio. En ese momento, sin siquiera sospecharlo, se empezaron a desenmarañar los verdaderos designios de mi vida que me llevaron a una conclusión pavorosa, al inicio poco creíble, pero se fue haciendo más y más plausible con el tiempo. Hoy ya no me cabe duda de que es verdadera. Por otro lado no pretendo engañarme, ni menos aún engañar, sé perfectamente que no hay verdades totalmente objetivas, menos todavía verdades sin corroboración; no obstante, y a pesar de ello, la rigurosa lógica no admite otro camino, habiendo podido eliminar todos los caminos alternativos.
***
No recuerdo bien cuánto tiempo pasó desde que la tela de flores estuvo frente a mi escritorio sin mayores contratiempos, hasta que un día de fin de primavera abrí la ventana lateral para coger una de las primeras brisas tibias, la que alborotó la tela y de pronto en vez de flores había un escrito en latín. Algo pude entender con mi latín rudimentario de los dos cursos universitarios que hice, pero no mucho; lo empecé a transcribir literalmente y de pronto mi gato Olaf pensó ver algo en el aire y su instinto de cazador urbano le hizo dar un brinco para atraparlo, de paso hizo caer la tela. La recogí, solamente había flores en ella, el texto había desaparecido; por más que la sacudía, la soplaba y la colocaba de costado para que la brisa la volviese a agitar, las flores con porfiada persistencia no daban paso. Lo que logré con todas esas maniobras fue que la tela de pronto se desmembró y de un momento a otro quedaron solamente hilachas sueltas en el piso. Pensé que al menos lo que hube transcrito salvaría parte del mensaje pero, en su torpeza, mi gato Olaf tropezó con el tazón de té que tenía en el escritorio y encharcó todos los papeles. Yo tengo la costumbre de escribir con pluma fuente y tinta, con lo que mis documentos se hicieron una sola mancha azul. Antes que la memoria deslavase, hice anotaciones dispersas de lo que recordaba y de lo que había podido entender del mensaje, luego las fui haciendo un relato lo más coherente que pude.
El mensaje era parte de la bitácora del capitán de una cañonera portuguesa que por 1650 encontró una isla no consignada en ninguno de sus mapas. Tuvo curiosidad. Navegó alrededor de la isla, la que no era muy grande, en busca de mar raso para anclar. No le fue posible hallarlo, toda profundidad era de mar abierto. La isla, conjeturó el capitán, era flotante, acaso artificialmente fabricada. Después de asegurarse de que los cielos de plomo no pronosticaban borrascas, dejó al segundo de a bordo encargado del navío y con cinco hombres se acercó en uno de los botes de arrimo a un punto propicio de amarre. Saltaron el manglar a las arenas firmes.
La isla los dejó maravillados. Vegetación exuberante, aromas desconcertantes, un bálsamo sanador en el aire, cielos diáfanos, como si hubiesen traspuesto un umbral a otro mundo. De pronto un grupo de hombres blandiendo hachas y machetes les salió al encuentro; el fuego de los mosquetes portugueses los desbandó en pánico. Regresaron más tarde a recoger a sus muertos mirando con terror y veneración el destacamento portugués.
Al recorrer la isla, absortos en su paradisíaca belleza, descubrieron que aquella opulenta perfección escondía la cruel indiferencia de sus habitantes, incluso humanos, por el sufrimiento que causaban a los demás o entre ellos mismos. No hubo intento de dilatar el informe con testimonios. Para comprender, o al menos tratar de hacerlo, capturaron a uno de los aborrecibles humanos. Se comunicaron por señas y esbozos en la arena. El cautivo, amedrentado y despavorido, con balbuceos ininteligibles apuntaba al cielo con su dedo indicador. Por fin entendieron, o acaso solamente creyeron entender, que “los de arriba” aparecían acompañados con quienes serían sus menores a enseñarles lo que sucedía en la isla (tal vez creada por ellos); no era exageración el entrever que destacaban lo más atroz.
Nada más logré rescatar, a pesar de fatigar mi memoria por horas.
***
Una de aquellas tardes ahogadas de febrero, con el calor agobiante de las cinco, entré a buscar alivio en cierta taberna, de las que quieren imitar a las alemanas, a cuadras de la Plaza de Armas; pedí un cáliz de cerveza de barril, llegó helada y deliciosa, me la bebí de tres sorbos, y allí llegó la dueña del local, con su estampa de gruesa valquiria y un nuevo cáliz rebosante de frescura; “si algo saben estos alemanes, es de cerveza”, me dije. A dos mesas de distancia un señor ochentón levantó su bebida en ofrenda de un brindis acompañado de una sonrisa algo desdentada; por cortesía retribuí el ofrecimiento, se acercó muy a mi disgusto, arrastró una de las sillas de madera y se sentó frente a mí. Hans mintió diciendo que así se llamaba. Su anillo de iniciales W. T. delató la mentira. Le mentí de vuelta con el supuesto nombre de Juan. Coincidencia, dijimos, más por saber que ambos mentíamos que por la inexistente casualidad de nombres. Me habló nostálgico en un castellano perfecto con sonsonete alemán de su niñez en Tubinga, Alemania, lo que me pareció un tanto ostentoso, por mal habernos encontrado. No fui menos y sin falso orgullo adelanté mi pasión de toda la vida, que era hallar la bondad en el alma humana y en el instinto animal, desde el punto de vista biológico, evolutivo, eso sí, no teológico. Se atragantó con el sorbo de cerveza y me miró con una sorna de apocarme, diciendo que en su larga vida había visto a muchos perseguir imposibles, pero ninguno tan imposible como el mío, ni tan absurdo. Nunca me habían hecho una crítica de forma tan descarnada, casi una burla, pero no me ofendió, supuse que la guerra le hubo endurecido el corazón, y no estuve muy lejos de la verdad.
—¿Por qué lo dice? —le pregunté más por cortesía que por estar interesado en su opinión.
—Porque le vi la cara a Dios —me respondió de sopetón, dejándome sin argumentos.
En ese momento apareció la valquiria con sendos cálices rebosantes de cerveza y me pareció que reprendió al supuesto Hans, a quien seguiré llamando así, en alemán, lengua que no comprendo; él le salió al paso igualmente en alemán con palabras aparentemente duras, por lo que ella se alejó refunfuñando. En el pasado, al terminar de leer algo, algunas veces acostumbraba a desecharlo diciéndome que me había desagradado, que no tenía valor, que no debió haber sido escrito; ahora, sin embargo, con modesta soberbia me escudo en la convicción de no haberlo entendido; así me sucedió con ambos alemanes, quienes en el fondo me fastidiaban, pero me elevé en la conveniente comodidad de no entenderles.
—Hay que callar frente a los demás, me ordenó quien se hace llamar de Gerda —me dijo Hans—; sí se hace llamar de Gerda, pero no es éste su verdadero nombre —y continuó mirando a la mujer, quien estaba enrojecida observándonos desde la distancia—; hay que callar porque aquello que sucedió es sagrado —le hizo una mueca de desprecio a Gerda o como sea que se llamaba—, ¡el fanatismo ciego! —me miró y creí ver un destello de compasión en sus ojos, ahora pienso que fue de desdén—, y usted, Juan, cree que hay bondad en el alma humana.
Recuerdo que en mi profunda ingenuidad le respondí seguro de mí mismo que sí, que había una fuente infinita de bondad en el alma humana. Después de todo estamos hechos a la imagen y semejanza de Dios.
—Pues sepa usted, Juan —continuó Hans como si no hubiese escuchado mis palabras, y si las oyó las ignoró—, sepa usted que yo le vi la cara a Dios —sonrió con una mueca de dura crueldad—, y tras aquella cara nada había, nada, solamente un vacío enorme, un vacío sideral, la cruda y eterna manifestación de la indiferencia.
Me miró fijo a los ojos y lo que vi en ellos fue atroz, me sobresaltó.
—Sí, la indiferencia, Juan —la voz se le endureció—; la indiferencia, la fuente inagotable de toda maldad.
Lo encontré fantasioso, acaso una alucinación de uno que debió asirse a quién sabe qué para poder sobrevivir de alguna manera el horror de la guerra. Por decir algo en el silencio incómodo que sus palabras dejaron le pregunté si entonces él, a pesar de todo, aún creía en la existencia de Dios.
—Barruntar la existencia de Dios no está en juego —dijo con una voz fatigada—, lo que uno se debe preguntar es si es un Dios de bondad infinita.
Le respondí con mi indomable y cándida lógica que sí, que Dios era la fuente, la única fuente de bondad infinita, en ello se sostenían todas y cada una de las religiones, sin duda era lo que definía a Dios. Me miró con una burla muy peculiar en los ojos, hizo un gruñido de desprecio y sacudió la cabeza como quien desecha a un necio insalvable.
—Yo viví el horror indescriptible de los campos, la deshumanización del ser humano —me dijo mirándome con fiereza a los ojos—, y cuando pensé que ya no quedaban más atrocidades posibles, fui trasladado a Mittelwerk Dora.
No entendí lo que me estaba diciendo; yo sabía de las bárbaras monstruosidades de los nazis, pero de Mittelwerk Dora nada. Creí que Hans había sido prisionero, llevado de uno a otro campo, y sobreviviente. Vi un agua glacial en los ojos de Hans y una expresión inescrutable en su rostro.
—La indiferencia, Juan, la indiferencia —continuó con voz pausada—; el dar el tormento más atroz, más cruel, sin odio, sin sentimientos, solamente con indiferencia —agregó ahora visiblemente alterado—, sólo indiferencia, como si fuese un hecho banal, insustancial, en nada distinto de un bostezo, de mirar un árbol, ausente en la indiferencia —bebió de un sorbo sonoro el resto de la cerveza—, la indiferencia fue lo realmente atroz dentro de todas las indescriptibles atrocidades.
La matrona alemana volvió, comenzó a regañar a Hans en alemán y con gestos le indicó que abandonara el local. Él la miró desdeñoso, con ánimo pendenciero.
—¿O qué? —preguntó en castellano, tal vez para que yo entendiese la riña.
—O llamo a la policía —respondió ella también en castellano, golpeando las palabras—, y les relataría una que otra cosita de un tal...
—Y yo de una que dice llamarse Gerda —interrumpió el otro—, unas historias que a la policía les iría a interesar, y mucho.
Siguió una leve trifulca en alemán, la mujer con el rostro enrojecido parecía que de un momento a otro iría a caer ahí mismo en un síncope fulminante, pero al par de minutos dejaron el desencuentro por eso mismo, algo se dijeron en alemán, y ella nos trajo nuevos jarros espumando cerveza fresca.
—Quisimos quitarles hasta la última brizna de humanidad —confesó Hans con una sombra de amargura en la mirada— y fuimos nosotros quienes la perdimos.
Por unos instantes, como en un trance imposible, me vi en uno de aquellos campos y no era la indiferencia de mi verdugo lo que me tenía perplejo, era la indiferencia de todo lo que nos rodeaba, de los árboles, de las nubes, del aire, de los estorninos que hacían catedrales en el cielo, del rumor de un agua, del mono cautivo con el que los guardias se divertían haciéndole dar contorsiones a cambio de sobras de comida. Fue atroz, pero pude entender, sentir, en grado mínimo es cierto, lo del relato de Hans. Y de vuelta a mi realidad, desde ese momento, al mirar el cielo, las nubes, los pájaros, las flores de la primavera, oír las músicas de grillos y cigarras del verano ya no era más la expresión magnífica de la divinidad que nos regalaba con generosa belleza. Era el espejo irrefutable de la más cruel indiferencia.
Hans, o quien fuese, se recostó en la incómoda silla de madera, y acaso por el vapor de la cerveza que destrabó las reservas aprisionadas en los escondrijos de su memoria, sorbiendo lento su bebida y sin motivo, me hizo un relato sucinto de su vida. Aún ignoro sus razones, pero ello de un modo asombroso dio un giro a mi vida, inconcebible horas atrás. Es un relato trivial, sin nada de memorable, pero que junto al mensaje en el paño de flores horribles me hizo repensar no solamente mi vida, sino también la razón misma de vivirla.
Hans, no bien cumplió diez años, cuando su padre, albañil como sus ancestros, obtuvo un trabajo de restauración en el ala oeste del Palacio de Dachau, la única que aún se mantenía en pie. A unas tres cuadras de la casa que alquilaron, estaba la mansión Frankwald, donde residía la familia Brunner, Horst Brunner, su esposa Helga Hess y las dos hijas, Gretel y Anna. Descubrieron su origen común de Tubinga y, a pesar de la diferencia de rango, ambos venían de los mismos humildes arrabales; entablaron una cordial conexión que fue determinante en la vida de Hans, quien en ese entonces era un niño retraído, inmerso en la música y la literatura alemana, la cual veía como sublime, reflejo de un pueblo de magnífica civilización, de herencia noble. Para el padre de Hans, un duro proletario, su hijo se le figuraba como un débil afeminado; por ello le pidió a Horst Brunner que le hiciera endurecer para forjar en él un hombre de verdad, como todo buen alemán. Y fue así como en el campo de concentración de Dachau, donde Horst Brunner era uno de los subcomandantes, Hans se hizo un monstruo atroz y despiadado. Pero no fue de inmediato: las primeras veces, cuando llegaba a casa, se encerraba en su cuarto; imágenes atroces le corroían el corazón, lloraba en silencio, hasta que tuvo el saborcillo abyecto de una superioridad embriagadora frente a quien, desamparado, indefenso, destrozado por dentro, le suplicaba con la mirada. Él, hasta ese momento débil, apocado, hasta tal vez cobarde, fue de pronto un dios. Logró, luego de una sórdida trayectoria en campos de exterminio, pasar inadvertido cuando el régimen se vino abajo; estaba en la ciudad de Jera, la cual quedó bajo el dominio soviético. Al poco andar se incorporó al Ministerio de Seguridad Nacional, o Stasi, como se le conocía, una organización aún más nefasta que la Gestapo. Allí encontró a Ulrike Kalten; nadie en toda la Stasi había más desalmada, se deleitaba en dar tormento; Hans la reconoció como Helga Hess, la dulce y bondadosa vecina de su tiempo en Dachau, y se hundió en un pavor de muerte temiendo que ella le reconociera; sabía que si ello ocurriese ella lo despacharía de este mundo en tormentos indescriptibles para asegurarse no ser delatada. La organización ratline le llevó clandestinamente a Santiago de Chile con una nueva identidad.
El que Hans tenga la vida apacible de la que disfruta, es prueba suficiente de la ausencia de justicia divina. Nada es más real que la indiferencia.
***
Durante un tiempo he dejado que mis creencias oscurezcan los hechos. Sin duda que bastante mal habla de mi mente de científico. Pero, al cabo de casi un año, el dique saltó y el torrente de evidencias ahogó cualquier dogma que yo pudiese haber tenido y dejó en contundente manifiesto la ahora incuestionable realidad. El paño de flores espantosas y el encuentro con Hans me llevaron a estudiar la naturaleza de los seres vivos, animales, insectos y similares. Lo que vi después de desnudarme de mi sesgo fue más que revelador: la prevalencia de una cruel indiferencia en toda especie viva, la humana incluida, hasta por lo más sórdido, nefasto y atroz. No viene al caso un inventario de muestras comprobatorias, sería una soberbia inoportuna y haría interminable este relato; están a la vista de quien quisiese verlas. Sin embargo no puedo restarme a lo más cruel y desalmado de la indiferencia brutal que muestra la naturaleza por el dolor y sufrimiento con el ejemplo de la avispa Euderus set.
No me cabe duda, la vida en este planeta es un experimento, o acaso una exhibición, de la indiferencia por el sufrimiento. Acá vienen “los de arriba” a vernos como en una especie de museo y a enseñarlo a los menores, para que así aprendan a nunca ser como nosotros, o tal vez a foguearse para serlo, tal como sucedió con Hans. Solamente “los de arriba” lo saben.
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