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La pregunta

domingo 23 de agosto de 2020
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Le aburría la gente, y no solamente de ahora último, sino desde más de la mitad de su vida, antes le temía, le amedrentaba, le apocaba, quería ser como todos eran, aceptado. Últimamente, la gente le irritaba con sus pláticas y dichos insulsos, pero el tener que responder a las preguntas de quienes estaban participando en el lanzamiento de su último libro de poemas le desagradaba sobremanera, era no obstante parte de lo que él aceptaba como un pacto faustiano. Su editor condicionó la publicación a una vernissage, como pomposamente le llamaba, para al menos vender unas pocas copias. Este sería sin duda su último libro, estaba casi al final de la vida, y quería creer que se iría sin arrepentimientos ni deuda alguna, a pesar de los tantos arrepentimientos que tuvo que navegar y las muchas deudas aún impagas, ninguna de ellas sin embargo relacionadas con el dinero.

Miraba la boca de la mujer, la cual parecía ser periodista, quien le hizo la pregunta, y de pronto todo quedó estático y lejano.

Una mujer, quien parecía ser periodista, le hizo la infaltable pregunta, la pregunta a la que tantas veces se hubo enfrentado y para la cual nunca había tenido una respuesta más allá de un gesto entre ignorancia y desprecio, alzaba los hombros, apartaba los brazos con las palmas de las manos hacia arriba, levantaba las cejas, abría grande los ojos y quedaba en silencio mirando a quien hubo preguntado, hasta que una nueva cuestión se hacía del momento, pero esta vez estaba dispuesto y a la vez preparado para responder. La mujer quien parecía ser periodista, de ojos algo desencajados, como de eterna perpleja, voz que sonaba algo parecido al graznido del cuervo y labios finos que al hablar ambos los movía en concierto, y hablaba mucho, le recordó la boca de los peces en las peceras del padre de su primera novia, quien nunca en realidad fue su novia, en aquel tiempo cuando lo que él más deseaba era ser parte, pertenecer, y no estar viviendo al margen de la vida. Por fin salió la pregunta de la boca como de pez en el agua boqueando por algo de oxígeno llamándole de profesor, cosa que él nunca fue, ni cerca estuvo de ello.

Simuladamente solícito le regaló una sonrisa de apariencia bonachona, que en realidad era de desdén. Hubo un silencio denso, él, para dar mayor efecto a su respuesta hizo como estarlo pensando, ponderando, se deleitaba por dentro, y con voz pausada como de muy sabio vendría su respuesta, una respuesta que a todos dejaría atónitos, paralizados, mudos, anonadados. Miraba la boca de la mujer, la cual parecía ser periodista, quien le hizo la pregunta, y de pronto todo quedó estático y lejano como si el universo hubiese detenido su inexorable deambular y volvió al casi olvidado entonces de su primera novia, quien nunca lo fue, y a los tres acuarios con peces de colores de su padre, quien conocía con solamente verlo el nombre científico de cada tipo de pez, a quien ella ayudaba un domingo al mes a asear las peceras; transferían primero todos los peces de una de ellas a una gran vasija con agua, cazando cada uno con una red sujeta a un largo mango, vaciaban el acuario y limpiaban meticulosamente las paredes internas, lavaban las piedrecillas coloridas del fondo, volvían a llenarlo con agua fresca y limpia, y de vuelta echaban los inquilinos. Así, una tras otra saneaban cada uno de los tres acuarios, un trabajo de buena parte de la tarde, y cuando finalizaban, lo iban a celebrar yendo a la heladería a dos cuadras de la casa a servirse un helado de fresas. En realidad su primera novia nunca fue su novia, acaso fue una ilusión que él mismo se creó y en la cual terminó creyendo, lo que mucho tiempo después supo es lo cerca que estuvo ella de serlo. Todo empezó una noche tibia de inicio de verano, una noche de sábado en una de aquellas fiestas, que nada más el nombre guardaba, por en realidad ser bien poco lo que tenía de festivo, era una suerte de reunión bailable con un tocadiscos berreando las músicas de moda. Él llegó allí en la incertidumbre de no saber bien por qué, blindado como siempre lo hacía, blindado por apocamiento, se fue a un rincón a esconder el hecho de que nunca en su vida había bailado, y a platicar de lo que estaba convencido eran ideas y conceptos profundos, pero que nunca lo fueron; con ello acaparaba a los muchachos quienes estaban seguros de que las discusiones intelectuales los hacía parecer sabios a los ojos de las jóvenes, pero al contrario, a ellas las irritaba y mucho por quedarse sin pareja de baile. Él lo hacía para no quedar solo y amedrentado mientras los demás se divertían, en esos momentos invariablemente se arrepentía de haber decidido participar en la fiesta. Fue entonces, quien él por un tiempo creyó su novia, se le acercó coqueta y desafiante tomándole de la mano decidida a enseñarle a bailar, era una música suave, no de aquellas en que se debían hacer movimientos de contorsionista los cuales él en su infinita torpeza nunca logró aprender, ni en aquel momento ni nunca en la vida. Pero para su alivio era una música lenta, cadenciosa, “un paso así, otro asá”, le instruía ella abrazada a él, y le hizo sujetarla de la cintura, de propósito o no, para que él sintiera sus movimientos, el cimbrear de sus caderas, la firmeza de su carne, todo ello a él lo embriagaba junto a la fragancia tibia del cuerpo de ella, perfumado de fresco limón y de su aliento quemándole las mejillas al seguir con las instrucciones en un susurro sensual al oído. Pero a pesar de todo aquello y de sus indomables dieciséis años, la ansiedad de hacer bien el baile evitaron que la naturaleza le traicionara, si lo hubiese hecho, ella quien estaba ajustada a su vientre no podría dejar de notarlo y el bochorno de él hubiese sido insalvable. Pero no fue así, ni siquiera fue carnal lo que él experimentaba, era una alegría y a la vez una angustia sin fondo, tremenda, y sin saber cómo negociarlo, equivocaba el paso y lo volvía a equivocar, hasta que ella con una risa demoledora le dijo “viste qué fácil que es”, ambos sabiendo que no lo fue. Así sucedió, él quiso creerla su primera novia, ella quien le sacó del margen de la vida en aquel momento de su primer baile para hacerle sentir acogido, y fue a quien, aún embriagado por su aroma, le escribiría la primera serie de poemas, melosos y malos; al cabo de unos años hizo ceniza aquella su primera serie de poemas, avergonzado de haberlos escrito. Sin embargo ella guardó copias, y muchos años más tarde su hija las descubrió y nada más se le ocurrió decir, con un destello de ironía en la mirada: “No puedo creerlo, mamá, que tú tuviste dieciséis años”.

El primer libro de poemas lo publicó solamente a los cincuenta años, tenía el sabor de un amor contrariado, pero no lo era, tarde vino a entender que fue quien le dio más de lo que podía dar. Fueron poemas de un erotismo atroz y a la vez conmovedor nacidos del desengaño de una obsesión mentirosa. Los otros amores que él tuvo, casi todos breves, le hacían sentir más angustias que placer, así para la noche de sus sesenta años, solo en su departamento con la música que le empañaba el corazón con recuerdos imposibles, decidió por alquilar los favores generosos de una mundana, siempre la misma, a quien contactaba la víspera para tener la seguridad de ser el primero del día, así se sujetaba al menos a la absoluta certeza de evitar humores ajenos, además de creer salvar contagios nocivos. El último libro de poemas le llevó más de diez años en verlo publicado, lo escribió de corrido un fin de tarde hasta el amanecer del día siguiente, ocho años pasó corrigiéndolo para dejarlo a punto hasta que nada pudiese ser agregado ni menos aún quitado, y dos más en hallar editor. Fue lo mejor de su pluma, tanto así que en nada recordaba los libros anteriores.

Demoró más en sacársela de dentro de él de lo que duró con ella, pero para decir verdad nunca logró sacársela de raíz de sus sueños, fantasías y recordaciones.

Desde los doce años escribía poemas, casi todos los guardaba en una caja de madera, a los dieciocho años hizo una selección de ellos para llevarlos a un concurso municipal, nada muy importante pero para él sí que lo era. Esperaba ganar para poder salir de orillar la vida y ganar algo de estima, pero eran tan malos que no solamente no ganó el concurso, sino cuatro años más tarde hizo una pira funeraria con todos ellos, absolutamente todos sus poemas, con el propósito de hacer arder en ella el poeta que llevaba dentro, así como si fuese el rito funerario de un vikingo con el cadáver de él como poeta. Desde entonces, y por mucho tiempo, se dedicó de lleno a su carrera de abogado, primero a los tediosos años de estudio de las leyes, y luego a ejercerla en un bufete que abrió en un local alquilado en la calle Providencia, el cual mantuvo hasta su último momento en este mundo.

No bien pasó de los 45 cuando, en un día luminoso de invierno, helado y diáfano después de las lluvias de la noche, se encontró con ella, o acaso fue ella quien lo encontró a él. Ella, de un metro sesenta a lo más, carnuda pero no voluptuosa, muy por el contrario, cintura no tenía por ser una sola línea del torso a las caderas, cabeza más bien grande para su cuerpo, cara de luna llena redondeada por una papada generosa, y cabello algo ralo, pero algo en ella le fue irresistible, nunca supo bien qué, pudo ser su boca pequeña de labios generosos o sus ojos de miradas insinuantes o acaso las promesas que creía adivinar en su voz sugerente, tal vez fue la manera de pestañear bajando la mirada o la caída de hombros al fingirse ingenua; más tarde descubrió que era de senos mustios, aplastados, y nalgas caídas, pero ni eso disminuyó su obsesión por ella, al contrario se hizo aún más tenaz. No lograba comprenderse a sí mismo, le producía repugnancia al tenerla desnuda y entregada, pero al mismo tiempo le entraban unos deseos atroces, casi dementes de poseerla, de subyugarla, de hacerla su esclava, de humillarla, de destruir su dignidad y de por fin desbravar ese inmerecido y usurpado orgullo que tanto le enfurecía. Demoró más en sacársela de dentro de él de lo que duró con ella, pero para decir verdad nunca logró sacársela de raíz de sus sueños, fantasías y recordaciones. Tarde, muy tarde, entendió que ella fue, desde el inicio mismo, su sumisa esclava, eso ella buscaba ser, pero para entonces en ella quedaba nada más que rescoldos fríos de un amor que la dañó. Aquel su primer libro de poemas, el cual ella le inspiró, fue el más espontaneo y real, salido del pantano de los deseos dementes no solamente del cuerpo de ella sino que de sus pensamientos, sus secretos, sus sueños, ilusiones, recuerdos, todo, hasta la más íntima fibra de ella misma, poemas feroces que laceraban el corazón. Vendió quince magras copias y necesitó adquirir las ochenta y cinco restantes cumpliendo con lo acordado en el contrato de publicación. No supo qué hacer con ellas, las fue desperdigando poco a poco en bibliotecas de barrio, dejándolas como olvidadas en cualquier lugar, hasta quedarle no más que cinco ejemplares, los cuales ocultó entre los tomos de su biblioteca.

Escribiendo poemas, buenos o malos, se fugaba del tedioso oficio de abogado y se sustentaba en las tardes desconsoladas de otoño cuando de la conciencia de otro año que se le había ido sin darse cuenta de ello, naufragado en lo irrecuperable de un pasado que añoraba con desesperación. Pero no ignoraba que la nostalgia es siempre por algo, alguien, acaso un tiempo que nunca existió, por su memoria haber sido contaminada con nuestra porfiada recordación. Por unos meses entretuvo la posibilidad de jubilar y dedicar todo el tiempo que aún le quedaba al placer de escribir, pero en un acierto certero tuvo la luz de que entonces el hacer sus poemas sería su nuevo oficio, el cual indefectiblemente se terminaría trasformando en un hábito nuevamente tedioso.

 

***

 

El 18 de febrero, semanas antes del inicio de su primer año de estudios en la escuela de leyes de su elección, despidió en el puerto de Valparaíso a su amigo de infancia y juventud, Darío Urzúa, quien salía en un navío rumbo a San Diego en los Estados Unidos. También Laura estaba allí, la novia durante los últimos dos años de Darío Urzúa, la cual inexplicablemente le llevó hasta la plataforma misma de embarque sin un solo indicio de tristeza. Darío Urzúa había sido su amigo del alma desde los primeros años de colegio, acaso el único amigo verdadero que tuvo en la vida, juntos se sostenían estudiando por las tardes aquellas monótonas y fastidiosas materias que se les imponían, descubriendo un cálido vínculo entrañable. No solamente envidiaba a su amigo, con una secreta envidia algunas veces poco saludable, pero también tenía por él una admiración que poco faltaba para llegar a la veneración. Para Darío Urzúa todo parecía ser fácil, lograba lo que se proponía casi sin esforzarse, las calificaciones en todas las materias del colegio eran insuperables, los profesores le trataban con cariño y respeto, se destacaba en todos los deportes y, no podía ser de otra manera, conquistó el amor de Laura, la más hermosa, vivaz y altiva de las jóvenes del colegio. Todo lo recibía como quien recibe los primeros soles cálidos de la primavera, con placer y naturalidad; él veía cómo el universo consentía a su amigo y ello lo apocaba aún más de lo apocado que ya era, las muchachas suspiraban por su amigo; en cambio a él, si no lo ignoraban, le miraban con desdén. Con Darío Urzúa era el único con quien él se abría confidenciando su amor por ella, lo cuanto soñaba con ella, lo cuanto la extrañaba sufriendo cuando pasaban algunos días sin verla, lo que no daría porque ella lo quisiese a él como él a ella.

Nada más había logrado en la vida que ser un abogado, no de los peores pero apenas un simple abogado.

—Tú te convenciste a ti mismo de estar enamorado de ella —le dijo Darío Urzúa en un acierto certero el cual él no compartió— solamente para poder sentir que estás enamorado; el día en que ella te llegue a querer a ti verás cómo se te esfuma el amor —sentenció con una crudeza demoledora.

Fue una profecía cumplida, y él la iría a recodar con algo de nostalgia el día aquel en que por un acaso de la vida se encontró con ella, de quien creyó estar enamorado, en el mismo café en el cual se hubieron despedido muchos años atrás, cuando ella salió con su esposo a vivir lejos de Chile, ella le confesó en ese fugaz cruce lo poco que faltó entonces para enamorase de él con el ingenuo quijotismo de los diecisiete años, pero un percance la llevó por otro camino. Fue un encuentro fortuito donde lo que más pesó fue la indiferencia, se despidieron prometiendo luego volver a verse, pero nunca más quisieron hacerlo. Él no pudo menos que sentir una falta enorme de su amigo, del cual por tanto tiempo nada sabía. Algunos meses más tarde, luego de años de ausencia, se sorprendió con Darío Urzúa en el teléfono de su bufete, conectaron una cita en un restaurante aledaño y puntualmente a las seis de la tarde allí ambos estaban sin poder evitar conmoverse por la evidente faena del tiempo que cada uno vio en el otro, pero a los pocos minutos ello lo olvidaron y ya era como si nunca se hubiesen separado. Darío Urzúa había llegado aquella misma mañana con una invitación para dar un curso de dos semanas sobre sexualidad humana, era doctor en biología del comportamiento y docente en alguna universidad del Canadá la cual él no reconoció ni tuvo interés en saber de ella. Le habló de su travesía del Ecuador, la llegada con su familia a San Diego donde su padre iba con contrato de trabajo, sus años de universidad, y no escondió sus logros profesionales. El apocamiento de él fue tajante, nada más había logrado en la vida que ser un abogado, no de los peores pero apenas un simple abogado, además de un par de libros de poemas publicados de los que mal vendió unas pocas copias y una vida provinciana en Santiago de Chile. Una vida harto pobre a decir verdad.

—¿Y Laura? —le preguntó él—, nunca entendí por qué se separaron sin más después de un romance de años.

—La verdad, amigo mío —respondió el otro—, Laura fue en quien me oculté, a mí siempre me gustaron los hombres, no las mujeres —sonrió con una mirada traviesa al ver que su amigo se ruborizaba— y en ese tiempo, ¿me vas a creer? Estaba enamorado del guatón Rodríguez.

—¡Del guatón Rodríguez! —exclamó él entre sorprendido y escandalizado—, ¿del guatón Rodríguez? El de la voz pastosa y los ojos saltones…

—Pues así como lo oyes —le aseguró Darío Urzúa.

La sorpresa y el alboroto de él fue de casi derribarlo de la silla, no pudo seguir comiendo, las entrañas se le apretaron, Darío Urzúa divertido le dijo que con Laura había sido un acuerdo al cual ambos llegaron para encubrir quienes en realidad eran, así nadie podría sospechar ni de él ni de ella en aquellos tiempos tan puritanos y discriminadores; entre ellos nunca hubo nada físico, ni siquiera un beso de verdad. Al llegar a San Francisco, donde hizo la universidad, por fin pudo ser sin necesidad de disimularlo o de dar explicaciones a nadie.

—Pero ahora estás casado, ¿verdad? —preguntó él al notar la argolla en el dedo anular de la mano izquierda de su amigo.

—¡Ah, sí! —exclamó el otro—, ahora soy casado, y esta es una costumbre anacrónica que nos hemos permitido con mi marido —dijo mostrando la argolla.

Lo que eso pintó en la cara de él no necesitó de palabras, Darío Urzúa con una risa franca y sonora le dijo que sí, que tenía marido, con quien estaba legalmente casado por años, pero que no se confundiera, él era un hombre a quien le atraían los hombres, no tenía conflictos de género, ni él ni su marido.

—Y a propósito —agregó—, en mi laboratorio hemos podido mostrar que aquello de personas trans es en realidad un malentendido, o una falacia.

Darío Urzúa le miró con un relámpago de picardía en los ojos al ver en el otro la incredulidad haciendo que se le deformara el rostro; habían podido comprobar en el mensaje genético que, de igual forma como en éste estaba codificado el sexo de la nueva vida en gestación, también estaba codificado el género; por tanto aquello de transitar de un género a otro era un mito, un mal mito en realidad.

—Cada persona nace y muere con un sexo bien definido y un género bien definido —sentenció Darío Urzúa con una seguridad demoledora— y hay veces en que ellos no coinciden. Tan simple así.

La fría lógica reduccionista y descarnada de Darío Urzúa le defraudó, “nada en realidad es tan simple”, pensó; era la primera desilusión, y también sería la única. Darío Urzúa, ajeno al sentimiento de su amigo, sorbió lento y en un placer evidente el café negro con el que culminaron la cena, él por otro lado halló más bien manido el polvo de café con que se hizo el brebaje, y lo dejó de lado sin beberlo. Se despidieron con el compromiso de volver a encontrarse antes de Darío Urzúa regresar al norte.

 

***

 

El que en ese momento él sintiera que estaba enamorado del que parecía ser su amigo no le complicó más que verlo de pronto frente a él.

Aquella noche, en su cuarto como de franciscano, no pudo apartar los pensamientos de su encuentro con Darío Urzúa; miraba el cielo raso recordando aquel tiempo que se le figuraba como posiblemente el más feliz de su vida, cuando todo era prometedor y nada era imposible. Así cogió el sueño, y comenzó a soñar, o acaso solamente creyó que soñaba. Se encontró igualmente acostado, pero en una cama extraña, angosta y dura con una almohada más dura aún, se levantó y pasó a una sala pequeña de muebles simples que no parecían ser de madera ni brillantes como los de materiales sintéticos que le eran familiares; frente a él había un hombre mirando por la ventana abierta una llanura de pinos, pájaros y cielo claro, la fragancia balsámica del pinar, el trinar de las aves y el golpear rítmico del pájaro carpintero le dejaron inmóvil por unos instantes.

—Por lo que se puede ver desde la ventana debe ser tremendamente hermoso allá afuera —dijo él por decir algo.

—Este cuarto no tiene ventanas, ni lo tiene la casa, lo que ves no es lo que está allí afuera —respondió el hombre—, allí sólo hay viviendas como esta —terminó diciendo volviéndose, y él quedó perplejo al ver que parecía ser Darío Urzúa.

El que en ese momento él sintiera que estaba enamorado del que parecía ser su amigo no le complicó más que verlo de pronto frente a él, tampoco le agradó o desagradó, le fue indiferente como casi siempre todo lo es en los sueños. El aire ahora olía a algo desconocido para él, como un aroma consolador.

—Estás en el año 2132 —respondió quien parecía ser Darío Urzúa, cuando él preguntó dónde estaba.

—Pero entonces tú debes tener más de cien años —dijo él.

—No tengo ni cuarenta —respondió quien parecía ser Darío Urzúa—, soy bisnieto de Darío Urzúa y me llamo igual.

Atraída por las voces entró una mujer que a él lo sobresaltó. La miró una y otra vez como para convencerse de lo que estaba viendo.

—Debes ser la bisnieta de Laura —le dijo, continuando el raciocinio del momento.

—Así es, un amor diferido por tres generaciones —respondió ella acercándose a Darío Urzúa y cogiéndole de la cintura—, y también llevo el nombre de ella —Darío Urzúa la atrajo hacia él colocándole el brazo encima del hombro e inclinó la cabeza hasta tocar la de ella.

A él una descarga de celos lo remeció, pero al igual que el enamoramiento de unos instantes atrás, le terminó dejando indiferente, en ese momento un destello del pasado le llevó de vuelta al entonces ya brumoso en la memoria en el que él, ella, a quien él creía su novia, y Darío Urzúa, caminaban sin prisa por los senderos polvorientos del Parque Forestal disfrutando uno de los últimos días de la primavera, al igual que Laura lo acababa de hacer, ella, a quien él creía su novia, cogió a Darío Urzúa de la cintura y éste la abrazó posando su brazo sobre sus hombros; los celos de él fueron lacerantes, dolorosos, y se sintió más pequeño y rechazado que nunca antes. Todo por un algo banal. La imagen por fin pasó de largo y él necesitó decir algo para desterrarla de una vez.

—¿Cómo es 2132? —preguntó él curioso—, ¿muy distinto a 2020?

—No lo lograrías comprender —respondió Laura—, a pesar de ser en apariencias igual a tu tiempo.

—Todo es apariencias —intervino Darío Urzúa—, ¿verdad, Laura?

Laura, con un tono de voz pausado como acostumbrada a dar cátedra, se explayó en explicaciones, le dijo que la realidad absoluta, objetiva, es de existencia inasible, el cerebro de cada uno interpreta las informaciones venidas de los sentidos creando una ilusoria imagen de la realidad, y posiblemente no hay dos personas que la compartan. Caminó pensativa por la pequeña sala, le miró a los ojos y le dijo que por ejemplo el cerebro crea la sensación de color al recibir información del ojo estimulado por una cierta onda electromagnética, pero posiblemente a lo que todos llamamos de, por ejemplo, color azul, no hay dos personas que vean lo mismo. Salió del cuarto para volver con una especie de gorra y se la entregó a él, quien la estudió por unos momentos.

¿Qué hechos importantes sucedieron en mi tiempo? —preguntó él—, ¿guerras?, ¿desastres?

—Veo que todavía usan materiales sintéticos —dedujo él.

—Hace más de medio siglo que ya no los hay —respondió Laura—, este bonete está hecho a partir de cáscara de nueces y almendras y lleva una malla conectora con hilos de un organoconductor para la estimulación neuronal.

El diálogo lo interrumpió un gran gato del tipo angora que se refregó a las piernas de Laura. Lo miró a él con curiosidad, los ojos los hizo rodar de un lado a otro, y perdió interés.

—¡Ah! Veo que aún conservan animales domésticos —observó él.

Ellos dos se miraron algo confundidos, hasta que Darío Urzúa dio luces de haber entendido, le explicaron que hacía más de cincuenta años las mascotas vivas o animales domésticos fueron cambiados por réplicas inanimadas por consumir demasiado de los recursos necesarios para sustentar la población humana, el gato que tenía delante era una réplica inanimada pero indistinguible del animal vivo, sólo que no consumía más que algo de energía para movimentarse, energía que cogía de la luz solar. También los animales que en el pasado servían de alimento fueron sustituidos por lo que ellos llamaban de fábricas de proteína, con productos idénticos a los derivados de animales vivos pero con un mínimo de consumo de recursos y sin vulnerar a ningún ser vivo. Había granjas donde se mantenían algunos especímenes de los antiguos animales de consumo para interactuar con niños y personas necesitadas de apoyo emotivo. Él absorbía la información ávido de entender; no obstante, todo le parecía demasiado coherente para ser un sueño.

—¿Qué hechos importantes sucedieron en mi tiempo? —preguntó él—, ¿guerras?, ¿desastres?

Ellos dos se miraron con una evidente intranquilidad en el rostro, no sabían cómo zafarse, por fin Darío Urzúa se atrevió a ser menos amable de lo que debía ser con un huésped.

—No podemos hablar de eso —le respondió algo apocado—, si llevas este conocimiento de vuelta al 2020… —quedó mirando a Laura sin saber cómo continuar, se sobó las manos—. Congo, es todo lo que te puedo decir, Congo.

Laura le dijo que el mundo y las gentes habían cambiado de tal forma que él no lo podría entender, en algunos casos no para mejor, le enseñó la gorra que había traído, la llamaban de la boina de los deseos o de los viajes, con ella se podía vivir, como si fuese absolutamente verdadero, lo que uno quisiese, ir donde fuese en el planeta y también en el pasado, todo por la que a él le parecería magia, pero era apenas por estimulación del cerebro a través del cráneo; la boina de los deseos hacía todo tan real y concreto como la relativa realidad que crea el cerebro estimulado por lo que detectan los sentidos. Le llevó al cuarto contiguo, le hizo acostarse en la cama en que allí llegó, le calzó la gorra y le dijo que ahora haría que se produjese en él la ilusión de estar en el año 2020, y lo podría comparar a aquello que él bien conocía.

Despertó reposado a las tres de la mañana, en su cuarto de siempre, quedó mirando el cielo raso por unos instantes sin saber si en realidad esa era su vida o no era más que una ilusión engañadora que su propio cerebro estaba creando. Se tocó la cabeza en busca de bonete de los deseos, pero nada había allí. Por lo que le quedaba de vida pasó dudando de si lo que estaba viviendo era verdadero. Pero había un recuerdo de sus tiempos de felicidad el cual siempre lo empujaba allí, y de ello se aferraba queriendo creer que aquello sí que hubo sido indiscutible.

 

***

 

Él no tuvo familia, desde que fallecieron sus mayores quedó solo en el mundo, y el sentirse huérfano y desamparado nunca le abandonó. Cuando comenzó a ejercer de abogado tomó en alquiler un departamento a pocas cuadras de su bufete, en el cual vivió hasta la última noche de su vida, era en el segundo piso de aquellas antiguas espaciosas moradas en un edificio gris construido en el año 1956, desde la sala principal se veía la sosegada calle arbolada, su dormitorio daba al patio de estacionamientos de automóviles, pero se podían vislumbrar las cumbres nevadas de la cordillera; todo era frugal, en el comedor, una mesa con cuatro sillas que casi nunca se llegaba a llenar y un par de poltronas forradas en género azul varias veces vueltas a tapizar cercaban el radio con tocadiscos adosado, ello componía la sala de estar, el dormitorio era apenas una cama estrecha y un velador con lámpara de noche. Todo era triste tal como lo era él.

La última noche de su vida llegó a su piso temprano, había cerrado su bufete a las cinco de la tarde, media hora antes de siempre hacerlo, pasado a servirse lo que para él fue su cena a las seis y media de la tarde después de recorrer una que otra casa de música en busca del mismo disco, el cual nunca pudo hallar, allí una mujer le miró con ojos dulces y le ofreció una sonrisa, pero él evadió la mirada convencido de que la realidad no es menos ficticia que sus complacientes fantasías. Camino a su morada el reflejo en una vidriera oscurecida le remeció, lo miró entristecido por uno o dos minutos. Era su propio reflejo.

—Fuiste nadie, fuiste nada —denunció a su reflejo—, nada, nadie… —sentenció y siguió su camino.

Se halló desesperado corriendo por el pasillo agobiante del laberinto tratando atormentado de encontrar la salida.

No tuvo duda, la vida hubo pasado por su lado sin siquiera él haber podido tocarla. Antes de las ocho estaba sentado en uno de los sofás azules escuchando aquella música que en su infancia sonaba en la casa de sus mayores y cuyos discos había heredado, era una noche fría y húmeda de junio. Cerca de las nueve y media engulló el puñado de medicinas que le habían recetado y se fue al sueño. Se vio de pronto frente a una construcción en piedra viva con una estrecha puerta de entrada, como se sabe en los sueños sin razón alguna, supo que era el laberinto del fauno, Laura a su lado le entregó un puñal y le instó a matar al minotauro, faltó la madeja de hilo que debía desperdigar al entrar para así indicarle el camino de salida. El pasaje era asustador, angosto, oscuro y húmedo, caminó a tientas, amedrentado pero seguro de su cometido; de pronto se encontró en el centro, un espacio amplio iluminado desde arriba por una claridad inesperada; no se amedrentó, empuñó con determinación el arma, pero allí estaba Darío Urzúa sentado frente a una pequeña mesa sorbiendo un café e invitándole a unírsele, lo cual él hizo, largó sobre la mesa la daga que ahora era uno de sus libros, pero de cubiertas difusas, no pudo ver cuál de ellos era. El café que le esperaba humeante en la mesa le resabió a nada.

—No puedes evadirte por más tiempo —escuchó que le dijo quien estaba frente a él, pero que no era más Darío Urzúa sino quien le hubo inspirado su primer libro de poemas y le miraba con un acero fulgurante y despiadado en los ojos.

Se halló desesperado corriendo por el pasillo agobiante del laberinto tratando atormentado de encontrar la salida sin poder llegar a ella. Despertó ahogado, sudando, con el corazón desbocado y el pecho oprimido. Fue a buscar el libro aquel entre los tomos de su biblioteca, lo leyó en voz alta de inicio a fin, y en un arranque de violencia lo largó fastidiado consigo mismo contra la pared, donde se desmembró esparciendo en girones las hojas por la sala.

—¡Qué ciego de mierda que fui! —exclamó, y tomó el auricular del teléfono para comunicarse con ella y decirle lo que nunca en su vida pudo decirle.

Pero eran las cuatro de la madrugada y decidió postergarlo por unas horas; hizo una anotación en su agenda para hacerlo a las diez y media de la mañana, cuando tendría un tiempo libre. Volvió a la cama para tratar de dormir un tiempo más.

 

***

 

Apoya la cabeza en la almohada, cierra los ojos, pero el sueño lo elude. El sueño demora en llegar, se resigna y abre los ojos, despierto en la oscuridad mira el cielo raso mal iluminado por un tenue resplandor que viene de fuera, le recuerda la sombra ondulante en las peceras del padre de quien él creyó estar enamorado, le recuerda asimismo la boca como de pez de quien le hizo la pregunta; sonríe al recordar el efecto de su respuesta, aún puede ver que todos quedaron desconcertados en un estupor que le divirtió; mantuvo, eso sí, circunspecto, una seria expresión de sabio, mientras se regocijaba por dentro con el efecto de su respuesta. Aquellas palabras, ahora como una cósmica llave maestra, abren una grieta irremediable en la salvaguarda que mantenía a raya su pasado, y en un cataclismo asombroso el cielo raso se separa dejando entrar un torbellino demente de imágenes, momentos, culpas, recuerdos, sonrisas olvidadas, remordimientos, lágrimas reprimidas, rostros desconocidos, quienes le cercan como si fuese un carnaval enloquecido en el cual él baila una danza de contorsiones maravillado en una felicidad como nunca antes en la vida hubo sentido; se ausculta la cabeza esperando hallar la boina de los deseos. Sus últimos instantes son de una dicha delirante, acaso inmerecida.

En la mañana siguiente, quienes transitan frente al departamento donde él solía vivir, se sorprenden con despojos de poemas desperdigados enredándose en las ramas de los árboles que la brisa hace girar como si fuesen pequeños barriletes. Alguien, curioso, se empina y arranca uno de ellos, en éste aún se pueden leer las palabras: “Eclipsaste la luna de mis ojos con el desconsolado color del olvido”. Lo arruga en la mano y lo desecha con desdén.

Alejandro Engel
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