
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Tardé mucho en insertar la llave en la cerradura. La puerta se abrió sin queja y una oscuridad amable me abrazó antes de cruzar el umbral. Aspiré hondo buscando el aroma a hogar que tanto anhelaba, pero un vaho de humedad me enfrentó al hecho de que el hogar no lo conforman muebles y cortinas, sino personas.
A tientas traté de encender la luz de la sala, pero avancé en la dirección errada y tropecé con la consola de entrada. Ceniceros, floreros y papeles cayeron sobre la alfombra, amortiguando su impacto; retrocedí dos pasos y entonces, sin vacilar, extendí la mano y presioné el switch. La lámpara parpadeó y perforó con impaciencia la oscuridad.
Contra la pared del fondo, al lado derecho del retrato de mis padres, aleteaba ella. Un sudor frío se deslizó por mis piernas cuando, atraída por la luz de la lámpara, ella se dirigió hacia mí. Traté de huir, de salir por donde había entrado, pero Francisco y mi maleta me cerraron el paso.
—¿A qué le tienes miedo? ¿A la mariposa? —preguntó con un tono en el que se mezclaban la compasión y la ironía. Asentí con brusquedad y retrocedí hasta el pasillo.
Mi hermano entró y terminó de encender todas las luces del apartamento. Regresó por mí y por la maleta. Me aseguró que no había otras mariposas adentro y me advirtió que debía aprender, de una vez por todas, que los octubres lluviosos llenan de mariposas las casas abandonadas si cuando las abandonan se dejan abiertas las ventanas.
Poco a poco fui recorriendo la casa. Tras recibir una llamada en su celular, Francisco me prometió que me recogería en dos horas, tiempo suficiente para que yo revisara mi correo, comprobara qué estragos habían hecho las lluvias de la temporada y preparara otra maleta con ropa limpia suficiente para continuar mi cura de reposo en su casa de la playa.
Me precipité con ganas al estudio y encendí el computador. Pareciera que la línea telefónica se solidarizaba con mi ansia porque conectó inmediatamente y, aprobando usuario y contraseñas, comenzó a bajar el correo. 137 mensajes y ninguno de él. Suspiré con algo más que decepción y dejé que la pantalla se llenara de mensajes que ya no leería esa semana.
Volví a la sala, y allí estaba ella. Posada sobre el doblez que hacen las cortinas al rodear la columna de la ventana. Mientras no se moviera ni se desprendiera de la cortina, creí que podía medir fuerzas con mi enemiga. Noté que otra vez el sudor frío se aferraba a mis tobillos y trepaba por mi espalda.
La mariposa era tal vez la más grande que había visto. O el terror que me causaba hacía parecérmelo. Resuelta a enfrentar mis temores y vencer de una vez por toda la fobia que me causaban, me concentré en determinar su especie y en voz baja fui recitando:
—Primera etapa, identificarla y determinar su naturaleza o apariencia —me mojé los labios y continué—. Heteronympha merope bis, ejemplar en etapa adulta de la orden de las lepidópteras, suborden ditrysia, del género attacus nefandus, de unos 85 milímetros de envergadura, que por acción refleja se encuentra en posición diagonal a la fuente de luz más cercana. Por mimetismo batesiano presenta dibujo simétrico que semeja falsos ojos de color negro, círculos imperfectos no concéntricos de color beige y ocre que se alternan hasta el borde de sus alas.
La mariposa, sintiéndose invocada, se despegó de la cortina y aleteó hacia el cielo raso, justo sobre la lámpara. Corrí hacia mi cuarto y me escondí bajo la cama. Cerré los ojos con tal fuerza que hubiera jurado que nunca más vería la luz del sol.
—Etapa dos —me dije—, identificación por asociación, presunción de inofensividad. Las lepidópteras se alimentan de frutas en descomposición o granos secos; no se han reportado ataques a otras especies ni se sabe que asuman conductas de depredación aun cuando en algunas regiones y estaciones puedan ser consideradas como plagas. Las mariposas son el resultado del más asombroso proceso de vida animal: la metamorfosis, que comprende cuatro etapas, a saber: huevo, oruga, crisálida e insecto alado. Según el género pueden alcanzar velocidad hasta de cincuenta kilómetros por hora y pueden recorrer sin descanso...
Perdí la concentración y escudriñé el piso a mi alrededor. Comprobé que no había ninguna sombra que se moviera ni tampoco rumor de alas porque de eso si estaba segura: un poeta es capaz de percibir la música o el estruendo de sus alas. Con una voz imposible de reconocer como propia ensayé a recitar los versos de José Asunción Silva...
Cuando enferma la niña todavía salió cierta mañana
y recorrió, con inseguro paso la vecina montaña,
trajo, entre un ramo de silvestres flores oculta una crisálida,
que en su aposento colocó, muy cerca de la camita blanca...
Unos días después, en el momento en que ella expiraba,
y todos la veían, con los ojos nublados por las lágrimas,
en el instante en que murió, sentimos leve rumor de alas
y vimos escapar, tender al vuelo por la antigua ventana
que da sobre el jardín, una pequeña mariposa dorada...
La prisión, ya vacía, del insecto busqué con vista rápida;
al verla vi de la difunta niña la frente mustia y pálida,
y pensé ¿si al dejar su cárcel triste la mariposa alada,
la luz encuentra y el espacio inmenso, y las campestres auras,
al dejar la prisión que las encierra, que encontrarán las almas?
Los últimos versos, con voz estremecida por el llanto fueron interrumpidos por el timbre del citófono. Salí de mi escondite, comprobé el estado lamentable de mis ropas y el rastro de polvo y telarañas desechas que dejaba a mi paso.
Corrí a la cocina, tomé el auricular, escuché a medias al portero que decía que mi puerta estaba abierta y que era necesario asegurarla. Fijando con insistencia la mirada en la superficie porcelanizada de la nevera, presentí, más que vi, una sombra alada balanceándose hacia mí.
Me escurrí hasta el suelo, me abracé al cable telefónico, me ovillé al pie de la nevera, volví a cerrar los ojos inspirando y expirando con frenesí, como tratando de percibir en el aire el olor de la mariposa.
—Fase tres —me dije—, asociación por superstición: en la oscuridad de los tiempos las mariposas nocturnas avistadas a plena luz del día eran tomadas como presagio de tormentas que arrasarían las cosechas, pero igualmente se consideraba que protegían a los labradores, puesto que la advertencia de tormenta propiciaba la adopción de medidas para evitar inundaciones, riadas, crecidas, huaycos que pudieran sepultar pueblos enteros...
Un viento frío con aroma a tierra mojada se coló por entre las ventanas y cerró de golpe la puerta de entrada. Al principio sopló con gentileza, y luego aumentó su velocidad vertiginosamente. Los cuadros y las tapas de las ollas iniciaron un alboroto sin pausa que amortiguó el golpe furioso de las gotas de lluvia en los cristales. Ráfagas de viento y agua me obligaron a salir de mi refugio, mientras el agua corría con libertad por las alfombras y los pisos inundando poco a poco el apartamento. Temblando, ya no de miedo sino de frío, me arrastré hasta la sala y en el espejo de la consola de entrada vi la mariposa posarse en mi espalda.
—Cuarta etapa —entoné con voz monótona—, disociación por temor infundado: en el imaginario popular el avistamiento de mariposas nocturnas en medio de tormentas son premonitorias de muerte súbita, evento que nadie ha documentado porque generalmente la víctima no vive para certificarlo.
Dos horas más tarde, cuando por fin la tormenta cedió y Francisco pudo regresar por mí al apartamento, no le fue posible encontrarme. Como él no tenía temor de las mariposas no hizo caso de los dos ejemplares de Heteronympha merope bis que se aferraban a los pliegues de la cortina en posición diagonal a la fuente de luz más cercana.
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