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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Cuatro textos de Carmen García Valderrama

viernes 12 de noviembre de 2021

Carmen García Valderrama

De Paisajes para conjurar la soledad (Autores Editores, 2020)

Al otro lado del espejo

Esta mañana he despertado sintiendo que estoy al otro lado del espejo.

El alba llegó transparente y rasgó con delicadeza el tibio abrazo de las sábanas. Al ponerme en pie, cayeron hasta los tobillos los tules de mi pijama: la inconsciencia debió de haber desatado las cintas y de paso, mis pudores. ¿O fueron tus manos impacientes?

Mientras el café va llenando de pendientes mi agenda diaria, otra vez vuelvo a fijarme en tu ventana. El sol ha manchado de rojos tus cristales. ¿Fuiste la caricia rosácea que me perturbó esta mañana? Porque a través de esta transparencia, soy ese tinte sangriento arañando tu ventana para reposar en la tibieza de tu combate con la almohada.

Ahora saldré a caminar. A desgastar antes de las nueve mi pesadumbre de anoche. ¿Te cruzarás en mi camino? ¿Serás la estela gris que trota por la calle dejando tras de sí sus húmedas contradicciones?

 

“Paisajes para conjurar la soledad”, de Carmen García Valderrama
Paisajes para conjurar la soledad, de Carmen García Valderrama (Autores Editores, 2020). Disponible en la web de la editorial

Las calles están vacías. El rocío ha dibujado su trazo de melancolía, y me abrazo con fruición a mi desconsuelo. Preferiría estar en tu cocina, llenando de migas el mantel de lino, desliendo en la taza de café las marcas que tus labios infringieron a mis desvelos.

Mientras mi pecho se llena de ecos, mientras las líneas del pavimento se deslizan bajo mis suelas, mientras unas gotas de sudor se recogen entre mis senos… sigo a ciegas la rutina de tu mañana.

¿Qué aroma ha empañado los espejos de tu baño? ¿Silbaste en tono grave La Chica de Ipanema mientras abrías las cortinas que cubrieron tus desnudeces? ¿Vestirás una camisa lila suave? ¿De azul oscuro? Me encanta ese ceño fruncido que ensayas frente al espejo cuando te afanas por borrar la sombra de tu barba…

El tiempo anduvo a zancadas cuando yo me detenía en el pórtico de tus cotidianidades.

De regreso a mi casa, recibo el periódico, la revista literaria, el saludo mañanero de los niños que van al colegio, y la llave escapa al asombro que me produce abrir la puerta y aspirar en la estancia un fino olor a tabaco, a jazmines, a lavanda.

Cruzo veloz hasta mi habitación y tu silueta reposa todavía entre las sábanas arrugadas.

 

Instrucciones para no despertar de un sueño

Es muy posible que uno no quiera despertar de un sueño placentero. Sobre todo si ese sueño viene de lejos, allende los mares y las montañas. Despertar, pues, constituye el deseo menos importante.

Téngase una habitación con vista al mar, o al cielo infinito. Arómese con sándalo, ilumínese con velas azules, y deje sonar una suave melodía. Envuélvase en sábanas limpias, preferiblemente de sedas y repose su cabeza sobre una almohada de plumas. Sumérjase en una playa imaginaria, la playa más cercana al sol. Visualice las gaviotas, el sol cabalgando sobre las olas, las arenas besadas por la espuma y piérdase en ese horizonte.

Coloque el sol justo en el crepúsculo… y déjelo por dos eternidades. Encienda una fogata bajo las palmeras y espere allí sentado a que una gaviota plateada venga a hacerle compañía.

Regrese cada vez que lo desee… no importa que interrumpa su charla alrededor de la fogata por atender otros asuntos mundanos.

La playa más cercana al sol siempre estará allí, esperando por usted. Y usted ya no tendrá miedo de despertar de un sueño porque el sueño estará despierto dentro de usted.

 

De Amparo de tutela a favor de los puntos suspensivos (Autores Editores, 2021)

“Amparo de tutela a favor de los puntos suspensivos”, de Carmen García Valderrama
Amparo de tutela a favor de los puntos suspensivos, de Carmen García Valderrama (Autores Editores, 2021). Disponible en la web de la editorial

Amparo de tutela a favor de los puntos suspensivos

Y el mar dejase a nuestras plantas
sus indefensas olas de puntos suspensivos
L. Rosales.

No me pidas que los borre.
No están de más los puntos suspensivos.
Por el contrario,
dicen todo aquello que no alcanzo a expresar:
son la pausa para humedecerme los labios
cuando te leo un verso,
o entre un sorbo y otro sorbo de vino.

Si están en mi rutina diaria, verás,
son los granos del café que te sirvo al desayuno,
el rastro en el pocillo para adivinarte el destino,
las espigas de trigo, las semillas de millo,
ajonjolí, anís estrellado, limonaria y manzanilla…
los ocho puntos cardinales de la servilleta,
las migas de tu tostada en el mantel de lino,
el tintineo de la vajilla y los cubiertos,
el agua que gotea por tu cuerpo,
las pompas de jabón cuando te bañas,
y ese aroma, tu perfume ¡lavanda!

Son los pasos de los niños camino a la escuela,
las páginas del cuento que no terminan de leer
porque ya se han inventado otro
las chispas en el helado de ron con pasas,
las palomitas de maíz que se les escapan en el cine,
las nueces que se esconden bajo el chocolate
y las monedas que recuentan en la parada del bus para costearse el pasaje a Liliput.

Ellos, los humildes puntos suspensivos
que habitan mis poemas, pueden ser:
unos labios entreabiertos,
hasta tres lágrimas por tu adiós,
unos ojos somnolientos,
un vestido, el mío, que va cayendo,
uno a uno los botones que huyen de su ojal.

Tal vez, quizás sean:
el tiempo que transcurre entre un pétalo
que se despereza y otro que apenas despierta;
el rastro que deja en el aire una hoja seca al caer,
las huellas de mis besos recorriéndote norte a sur,
los minutos que marcan el reloj de tu insomnio,
tu mano que se extiende para tomar la mía,
el espacio entre corazón, medio y anular
y que ahora ocupan tu índice y tu pulgar.

Si están en una copla marinera,
no hay duda, serán:
castillos de arena, conchillas de mar,
restos del primer naufragio,
nudos de una red de pesca,
fragmentos de madre perla,
el contrapunteo de las olas en el muelle
o un barco pirata que leva anclas sin avisar.

Ahora bien, si lo prefieres,
son las motas de polvo que viajan
en el rayo de sol que anuncia la alborada,
las gotas de lluvia repicando en la ventana,
las sombrillas que bostezan al filo de la siesta,
los paraguas que se abren cuando llovizna la tarde,
los alfileres que marcan la ruta a ti mismo,
los clips que prensan los recuerdos,
la cerradura por donde te espía la soledad.

En los puntos suspensivos
titilan las palabras,
tus gestos inenarrables,
el preludio de un silencio,
el principio de una caricia,
la calidez de tu sonrisa,
las pecas de tus hombros,
mis pezones endurecidos,
la senda que conduce a tu bosque de espinos,
las poros que se erizan por la fanfarria del éxtasis,
la plenitud que destella en tu mirada de gozo,
y la suave miel que gotea en cada orgasmo.

Dime, pues,
esos puntos suspensivos
¿quién osará borrarlos?

 

De por qué la escritura es una maldición

Otras veces te he dicho que la escritura no es una opción que puedes dejar cuando te plazca. Es una maldición que logras exorcizar sólo cuando escribes.

Apegada a los eufemismos y por cuenta de la ingenuidad, le llamo magia blanca. Otros dirán que es una adicción o una malversación del tiempo de ocio, pero no es más que eso, una maldición.

Yo comencé a escribir a escondidas. Pasaba horas en el baño, con el bidé abierto, mientras sentada en el inodoro escribía en el papel higiénico largas declaraciones de amor en frases cortas como si fueran poemas.

Cuando padecí el primer desamor, escribí la carta de despedida más larga que escritor alguno hubiera podido escribir en papel higiénico: gasté 3 rollos y medio, cada uno de 35,40 metros, sencillo y de color rosa. No me queda duda que ese hubiese sido el mejor poema de amor desdichado si no es porque la tía Eva curiosa por mi demora forzó la puerta del baño y me obligó a verterlo en el sanitario. Hubo que contratar una cuadrilla de obreros para destapar las cañerías. Esa tarde aprendí que el amor se atasca más que la m…

Resuelta a no substraerme del ensueño que había forjado en el baño, opté por escribir en los cuadernos del colegio largas planas en letra de estilo, mientras los profesores amenazaban con contarle por enésima vez a las alumnas la misma aburrida lección de la víspera. Creo que ese tiempo el hechizo estaba en su intensidad más baja: me concentraba en escribir, en redondear cada letra y enlazarla con la siguiente con la misma pasión de un tejedor de sombreros.

Y entonces las escrituras colisionaban. De la primera página hacia delante iba copiando las lecciones y de la última hoja hacía atrás iba haciendo mis planas con frases oídas en cualquier momento o lugar pero que me impactaban por su incongruencia o sonoridad.

El día menos pensado ambas escrituras colisionaban y sobre la mitad superior de los renglones de las planas seguía copiando la lección mientras las planas se superponían a las lecciones ya aprendida. Hay que ver qué escándalo armaron las profesoras y la parentela con ínfulas de protección cuando descubrieron mi perversión “literaria”.

Mi padre, que se sentía culpable de haberme transmitido sus genes ensoñadores y dispuesto a demostrar que después de todo la escritura no era un mal incurable, me propició un mejor ambiente para mis duermevelas surtiéndome de buen material de lectura. Me regaló además una máquina eléctrica azul, con un defecto en la tecla de la tilde que saltaba al siguiente espacio y me inducía a escribir asi´. Me encimó además, una resma de papel bond amarillo.

Por esa época debí escribir unos doscientos poemas antes de descubrir que algunos eran peligrosamente parecidos a los que había leído en las clases de literatura o a las canciones que escuchaban los 10 sirvientes que quedaban en casa. Mi tío Jacinto, que los viernes llegaba a la media noche y se dormía al compás del tecleo de mi máquina, extrañado por el profundo silencio que reinaba esa vez, disipó mis temores de plagio y se comprometió a llevarle los poemas al hijo de Julio Flórez, su compadre y amigo, y pedirle su concepto sobre mi vena literaria.

El tío Jacinto volvió con el legajo amarillo y me dijo: “Julito dice que le falta ritmo a tu poesía”. “¿Qué ritmo?”, le pregunté. Mi tío se encogió de hombros. “No lo sé. A mí por ejemplo, me encanta el ritmo del teclado cuando escribes. Me parece prodigioso. Claro, es que Julito no entiende que el ritmo con el que se lee no es el mismo con el que se escribe”.

El tío Jacinto murió hace dos años convencido de que había sentado cátedra en la nueva concepción de la poesía del siglo XXI.

La prueba final y concluyente de que la escritura era una maldición la obtuve la noche del 16 de diciembre de 1987. Esa noche, mi padre me abandonó a mi suerte. Fuimos a casa de su madre a rezar la primera novena de aguinaldos.

A la voz de tutainas y villancicos, hurgué en la cartera de mi madre y saqué lo que me pareció un papel con un texto sin importancia en letra tan menuda que se me antojó que tenía el espacio requerido para escribir algunos de mis textos en colisión y con letra igualmente menuda empecé, escondida tras el frondoso árbol de navidad.

A punto de continuar la colisión literaria en el anverso del papelito, se acabaron los rezos y llegó la hora de encender las bengalas. Doblé cuidadosamente el papel y lo guardé en el bolsillo trasero de mi jean. La fiesta de las luces artificiales quedó suspendida cuando anunciaron por tv que se iniciaba el sorteo extraordinario de Navidad. ¡Quinientos millones de pesos!

Tomados de las manos, papá y mamá rogaron por ser bendecidos con el premio. Una a una las ruedas iban marcando los números que formaban la fecha de su matrimonio: 2 de enero del 52: 2152.

A la voz de vendido en Barranquilla, ambos cayeron en un trance hipnótico buscando el billete premiado… que finalmente encontraron en el bolsillo trasero de mi jean.

Ese texto resultó ser el más costoso y el más premiado de todos cuanto he escrito. Nada más que la letra menuda indicaba que el premio no sería pagado al poseedor del billete si éste tenía tachaduras, enmendaduras, manchas, escritos…

¿Comprendes? Es una maldición…

Carmen García Valderrama
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