Saltar al contenido

No soy un monstruo

jueves 29 de mayo de 2025
¡Comparte esto en tus redes sociales!
No soy un monstruo, por Matilde Rubio
Extrajo las rebanadas de la tostadora, encendió la cafetera y, mientras vertía la leche en el vaso, su mano izquierda comenzó a temblar; tanto, que tuvo que utilizar la otra para sujetarla y, de nuevo, su corazón palpitó a gran velocidad.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
Lee o descarga el libro completo aquí

Cuando despertó su corazón palpitaba a tanta velocidad que pensó que iba a desmayarse. El sudor había empapado las sábanas y un incontrolable escalofrío recorría todo su cuerpo. Tenía la sensación de que algo terrorífico había sucedido, tal vez en sus sueños, o tal vez no.

Desorientado y muy nervioso, se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño, frente al espejo, secó el sudor de su rostro y contempló al hombre que le observaba; era un hombre de mirada perdida y de aspecto cansado. Se acercó para verlo mejor; había algo en sus ojos, algo inquietante que le hizo estremecer... Y se acercó más, tanto, que pudo ver su oscuridad.

Salió del baño y caminó hacia la cocina. Y, como cada día, se dispuso a preparar el desayuno, primero el de su esposa y luego el suyo. Mientras calentaba la leche, pensó en ella y en el día que la conoció. Le encantaba verla reír, era lo más parecido a un estallido de alegres notas musicales. También recordó sus ojos, grandes y azules, y el contagioso entusiasmo que había siempre en ellos. Su humanidad y su empatía junto a su gran sentido del humor la hacían una mujer admirable y muy deseable. Estaba convencido de su suerte y haberla conocido fue el mejor regalo que le había dado la vida.

Mientras colocaba las rebanadas de pan en la tostadora, recordó la visita al médico y cómo, después de ese día, sus vidas dieron un giro inesperado. Los años siguientes fueron muy complicados y la incertidumbre y el miedo se instalaron en sus vidas como okupas en mitad de la noche. Un fuerte olor a quemado irrumpió en sus pensamientos. Quiso salvar las tostadas, pero ya estaban demasiado quemadas. Abrió el congelador y, del último cajón, sacó otras dos rebanadas que deslizó entre las ranuras de la tostadora; seguidamente, sacó la mantequilla y mientras la untaba sobre el pan carbonizado volvió a hacer memoria, aunque esta vez un profundo sentimiento de tristeza y de dolor acompañaban aquellas imágenes, el mismo sentimiento que durante más de quince años fue protagonista de sus vidas. Pudo verla cuando la lavaba, la peinaba y le daba de comer, también cuando lloraba desconsolada porque el dolor se cebaba con ella y la iba devorando... Y cuando, entre sollozos, pedía perdón por ser una carga, suplicando que todo aquello terminara pronto... Tiempo después, cuando quedó postrada en la cama sin apenas poder articular palabra, los días comenzaron a ser todos iguales... Se sucedían unos a otros y se convertían en semanas y las semanas en meses y los meses en años. Y todo ese tiempo quedó reducido a un solo recuerdo.

La mantequilla se había derretido y colocó todo el desayuno sobre la bandeja; luego, cogió un par de servilletas y salió de la cocina. Cruzó el largo y oscuro pasillo hasta llegar a la habitación del fondo. Al entrar miró a su esposa, tumbada en la cama, con la almohada tapando todo su rostro y, luego, observó las bandejas repartidas por toda la habitación, cada una de ellas con dos tostadas, y todas quemadas; al lado, un vaso de leche cuyos grumos podían verse a través del cristal. Un hedor con sabor a leche cortada invadía aquel espacio. Buscó un lugar donde dejar la bandeja, con las tostadas recién hechas y el vaso de leche humeante y, después, salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.

De nuevo en la cocina, extrajo las rebanadas de la tostadora, encendió la cafetera y, mientras vertía la leche en el vaso, su mano izquierda comenzó a temblar; tanto, que tuvo que utilizar la otra para sujetarla y, de nuevo, su corazón palpitó a gran velocidad. Podía sentir cada latido sacudiendo su pecho y también oír su sonido, hueco y profundo.

—No soy un monstruo —exclamó mientras colocaba el desayuno sobre la mesa—. No soy un monstruo —repitió muy nervioso y con la voz entrecortada.

Se sentó frente al televisor y dejó la bandeja apoyada sobre sus piernas. La encendió y subió el volumen, tanto, que dejó de oír sus pensamientos y, con la mirada fija en la pantalla, mojó la ennegrecida tostada en el café.

Matilde Rubio
Últimas entradas de Matilde Rubio (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio