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Dos relatos de Matilde Rubio

jueves 28 de marzo de 2024
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¡Mamá, la abuela no está en su habitación!

Desde el techo, en la penumbra, observo a mi hijo que irrumpe en el salón y deja su mochila tirada en el suelo. Su madre, desde la cocina, le ordena con voz firme que recoja sus cosas, se lave las manos y ponga la mesa. “¡Mamá, la abuela no está en su habitación!”, grita mi hija desde el pasillo. A lo lejos, una enorme araña viene hacia mí deslizándose, lentamente, por la húmeda y pegajosa maraña de finos hilos en la que estoy envuelto. Intento despegarme, pero apenas sí puedo moverme y grito desesperado. No se inmutan. Mi mujer sigue en la cocina, la oigo cantar y mi hijo está ahí abajo, colocando los platos y los cubiertos sobre la mesa. Vuelvo a gritar, pero esta vez lo hago con tanta fuerza que siento cómo me retumban los oídos. Es inútil, nadie me oye. Tengo la sensación de ser, totalmente, invisible. De hecho, hace tiempo que mi mujer me ignora y que mis hijos me ningunean. Y para colmo, mi suegra, que se vino a vivir con nosotros hace más de dos años, me odia. La enorme araña está más cerca, puedo sentir su fétido aliento en mi cara. Abajo, mi familia continúa con su rutina. Mi mujer entra en el salón, se sirve un vaso de agua y se acomoda en el sofá. Mi hijo coge el mando y enciende la televisión y mi hija, sin levantar la mirada del móvil, se desploma en el sofá. La enorme araña ya está aquí y me observa con sus abismales ojos negros. Creo que me voy a desmayar. Cierro los ojos y siento un fuerte pinchazo en mi brazo izquierdo que paraliza todo mi cuerpo. Intento gritar, pero no tengo voz y, entonces, me concentro y pienso con todas mis fuerzas: “Por favor, que alguien me mire. Estoy aquí, aquí arriba”. Pero es inútil. La araña ha comenzado a envolverme en su pegajosa tela y un débil y agónico sonido gutural que escapa de mi garganta se convierte en un triste lamento. De repente, mi mujer levanta la mirada y grita: “¡A comer! ¡Todo el mundo a la mesa!”. “¡Abuela!”, vocifera mi hija. “¡Voy!”, responde la araña.

 

Toda una vida de cosas

Metí en la maleta un puñado de cosas, las mismas que llevaría a un viaje de una semana, pero sin billete de vuelta. Y después de eso, ya sólo me quedaba deshacerme del resto de cosas. Así que decidí regalarlas todas y, durante varios días, vi pasar delante de mis ojos toda una vida de cosas. Muchas cosas, demasiadas cosas, montones de cosas que parecían multiplicarse, exponencialmente, en cada mudanza. Entonces recordé que cuando llegué a esta ciudad sólo traía conmigo una pequeña maleta con algo de ropa, un montón de ilusiones y dos pares de zapatos, uno para patear la ciudad y otro, de tacón alto, que me prestó mi hermana para las entrevistas de trabajo. Y ahora, treinta años después, volvía a meter, en esa misma maleta, un puñado de ropa, un par de zapatos y otro montón de ilusiones. Y el resto de cosas, las que usaba, las que ya había usado y las que nunca usé, desfilaban una detrás de otra sin contemplaciones, sin remordimientos y sin ningún tipo de apego. Ropa de primavera, de verano, de otoño, de invierno, de entretiempo y también de hacía mucho tiempo. Muebles y libros, muchos libros, montones de libros, cajas y cajas de libros. Y después, todas esas otras cosas que no son libros, ni ropa, ni muebles, ni plantas, pero con las que puedes llenar fácilmente otras tantas cajas, y todas atestadas de recuerdos, de esos de los que crees que jamás podrás desprenderte. ¡Pero lo haces! Y al salir me despedí del eco que, como un okupa sigiloso, se había ido instalando en aquella casa vacía. La misma que durante años fue mi hogar y que, ahora, no era más que un espacio desnudo y despojado de personalidad. Cuando el ascensor abrió sus puertas él ya estaba allí, esperándome, con esa mirada oscura y desafiante; pensé en bajar por las escaleras, pero no lo hice, di un paso al frente y entré en el aquel incómodo y reducido espacio, dejé la maleta y pulsé el cero. “Cerrando puertas”, anunció una voz femenina con acento metálico. Las puertas se cerraron y los números comenzaron su cuenta atrás 8, 7, 6… Durante el trayecto, no podía dejar de pensar que él seguía ahí, detrás, y que su olor había comenzado a contaminar todo el espacio; entonces, con un repentino giro me coloqué frente a él y le miré directamente a los ojos, sin parpadear. El ascensor se detuvo y en la quinta planta se bajó el miedo. Mientras el ascensor volvía a cerrar sus puertas, miré aliviada a la mujer del espejo y ambas sonreímos; luego, observé mi maleta, y pensé que todo lo que necesitaba cabía en ese pequeño espacio, y la sensación fue liberadora a la vez que evocadora de una juventud en la que fueron más protagonistas los sueños que las cosas… 2, 1, 0… Abriendo puertas.

Matilde Rubio
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