Saltar al contenido

El legado

viernes 30 de mayo de 2025
¡Comparte esto en tus redes sociales!
El legado, por Nery Santos Gómez
Sé que Quico no me haría daño; él es mi gnomo. Uno de los de verdad, que se escapó de un cuento o bajó de los cráteres de la luna y no sabe cómo regresar.
Dioses y monstruos, 29 años de LetraliaDioses y monstruos. 29 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
Lee o descarga el libro completo aquí

Las sábanas mojadas se pegan a mi cara mientras corro entre la urdimbre de cuerdas. Mis uniformes escolares, de cuadros negros y blancos, se mecen al viento como ahorcados. Mi madre riega a baldazos las enredaderas que cuelgan desde la azotea hasta el primer piso, como largas trenzas de princesas prisioneras. La sigo hasta las lavadoras mientras voy dando vueltas y saltando. Entre las dos máquinas jubiladas está la que aún sirve. Me meneo al ritmo del sonido que produce el movimiento del rodillo. También se balancea Quico. Yo le sonrío y él trata de imitarme con el hueco salivoso y oscuro que tiene por boca, mostrándome el único diente que tiene. Golpea la taza contra las barras de la jaula para exigir su alimento. Mamá me pide que baje a buscarle avena, mientras ella agrega panela de jabón rayado a la ropa en remojo. Cuando regreso con la comida se la alcanzo a Quico metiéndola entre las rejas y le acaricio la mano.

Mamá grita de espanto y me regaña:

—No te atrevas a meter la mano en la jaula. Mira lo que me pasó por hacer eso —dice, mientras me muestra unas marcas en el antebrazo de un color morado, como las bromelias que sembró abuela antes de morir. Retiro la mano, pero sé que Quico no me haría daño; él es mi gnomo. Uno de los de verdad, que se escapó de un cuento o bajó de los cráteres de la luna y no sabe cómo regresar.

Mamá prepara la manguera para bañarlo. Quico grita con pánico. Le teme al agua, pero se debe limpiar toda la inmundicia que deja en la jaula.

Es media noche y otra vez me despiertan los gritos de Quico desde la azotea. Tal vez tenga frío. Mamá cubrió con cartones de huevo toda la habitación que lo encierra, para evitar que los vecinos se quejen de sus gritos. Sin embargo, contra todas las precauciones, los alaridos se escapan y suenan como gatas en celo.

Subo de puntillas. Quico se calma cuando me ve. Le meto una cobija entre los barrotes. Le digo que abriré la ventana si se está callado. Un rayo de luna se filtra entre las sombras. Le cuento que escuché en la escuela que están haciendo una nave espacial para viajar a la luna. Que tal vez descubran a los que son como él, viviendo allá arriba. Quizás vengan encaramados en un rayo de luna y se lo lleven a jugar. Le prometo que en la luna no hay mangueras, sino piscinas de agua caliente. Quico se calla y escucha como si me entendiera. Mamá dice que él no entiende nada, pero sé que desde que le conté lo de la luna quiere que le abra la ventana todas las noches y suspira a través del hoyo negro que tiene por boca, mientras le cae la saliva sobre su mano torcida.

Es carnaval. Mamá y yo subimos a la azotea con los bultos de ropa de la semana. Como ya estoy grande le ayudo a cargarlos.

Mi madre asea y alimenta a mi gnomo. A éste le lagrimea el único ojo que puede abrir y no hay nada que podamos hacer para remediarlo. Vamos juntas a regar las enredaderas y desde arriba vemos un grupo de marineros con sus uniformes blancos. Mamá no se resiste y les lanza un balde de agua. Nos escondemos desternillándonos de la risa. Los hombres gritan de sorpresa y con furia tratan de descubrir de dónde vino el golpe de agua. Nos quedamos acuclilladas un rato mientras a lo lejos vemos los barcos anclados. Ella me abraza y se pone triste de repente. Conociendo su añoranza, le pregunto por mi padre y por qué no está con nosotros.

—Era un hombre muy guapo —me dice—, con unos ojos azules como los tuyos. Usaba un uniforme como los hombres que acabamos de mojar. Quería llevarme a recorrer el mundo, pero la jaula de Quico no cabía en su embarcación.

Yo le prometo que cuando crezca me montaré en un barco de esos e iré a buscarlo. Y se lo traeré de vuelta, así tenga que recorrer el mundo entero. Día tras día ayudo a mamá y le subo la comida a Quico. A menudo es una papilla de arroz. No puede tragar nada muy duro. Mi pequeño gnomo se pasa la mano por la cabeza gigante y monda, a la vez que lanza tres chillidos de alegría cuando me ve. Mamá, como siempre, me previene con su letanía de que no me confíe y que no meta la mano en la jaula, pues es peligroso.

Hoy amaneció gris y lluvioso. Mamá se está muriendo; lleva varios meses en cama. Por suerte ya estoy crecida y puedo ocuparme de todos los asuntos de la casa. Mamá me llama a su lado y me entrega su reloj de oro y sus aretes de diamantes. También me da las llaves de la casa y de la jaula. Me pide perdón por hacerme lo mismo que su madre le hizo a ella, al encomendarle el cuidado de su hijo. También dice que no cree que Quico dure mucho y que tal vez entonces pueda yo lanzarme al mar a recorrer el mundo.

Avanza la noche y subo a la azotea a llorar mi desgracia. Quico suelta lamentos estridentes como siempre. Abro la ventana y veo un rayo de luz colarse en el cuarto.

—Tal vez los que son como tú se deslicen por un rayo de luna y vengan pronto a buscarte, Quico.

Nery Santos Gómez
Últimas entradas de Nery Santos Gómez (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio