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Almazuela, de Nery Santos Gómez
(selección)

jueves 25 de enero de 2024
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“Almazuela”, de Nery Santos Gómez
Almazuela, de Nery Santos Gómez (Pigmalión, 2023). Disponible en la web de la editorial

Almazuela
Nery Santos Gómez
Narrativa y poesía
Pigmalión
Madrid (España), 2023
ISBN: 9788419370990
174 páginas
Puedes adquirir tu ejemplar
en la web de la editorial
o escribiéndole a la autora

Lluvia

Mojada e insistente golpeaba sin cesar, siempre con el mismo tintinear. Decidí ignorarla. Entonces ella protestó y desató su furia de rayos y vientos. Aunque estaba asustada fingí que no la escuchaba y subí el volumen del televisor. Ella, furiosa, rompió cables, apagó las luces y abrió mis ventanas de golpe. Se metió sin permiso y mojó mis alfombras. Decidí entonces hacerle caso. Abrí la puerta y tímidamente la saludé. Me dejé empapar con sus aguas. Bailé con ella. Entonces se calmó agradecida. Se fue despacio, como cuando no te quieres ir. Cuando me devolvía a mi casa me volteé y ella me regaló un despliegue de siete colores que secó mi corazón empapado.

 

Mantenerte viva

Y así, de pronto, tus recuerdos pasan a ser mi único bien. Me aferro a ellos y me atrevo a engañarme, dándoles realidad de presente. Descubro que juntando lo habitual de tu figura con el misterio, se hace más tolerable el agujero del pecho.

Te presto mi cotidianidad para que sigas viviendo, y si cocino, tú eres la que coloca la sal, si hay música tú eres la que canta y si escribo tú la que me lees. Si por un momento esta cabeza desjuiciada ajusta los tiempos y desapareces, me quedo temblando; como una hoja otoñal, temiendo soltar su rama.

Ese helado instante hace mella en el vestido que coloqué a tu fantasma. Y eres tú la hoja que no regresa a mi árbol desnudo, mientras crece el miedo (que me come a pedazos) de que tu rostro, como esas fotografías antiguas, vaya desvaneciéndose.

 

Lee también en Letralia: reseña de Almazuela, de Nery Santos Gómez, por Alberto Hernández.

Atrapar un instante

(Para Lidia Corcione, fotógrafa y escritora)

Se levanta de madrugada, cuando aún está oscuro, y se sitúa en su puesto privado desde donde domina el horizonte. Esa línea que parece querer sumergirse en el mar.

Está preparada para pescar rayos de sol. Quiere atrapar ese momento mágico cuando el astro se derrama sobre la oscuridad para vencerla. Es testigo de esa batalla que se libera cada amanecer y donde siempre la luz sale vencedora. Su cámara atrapa y guarda esos sublimes tonos dorados como espadas centelleantes o rojos de sangre que se tornan anaranjados y rosados mientras se diluyen en el agua. El sol chantajea a la noche para que se marche sumisa, prometiendo que la dejará regresar en unas horas. Ella dispara a un instante. Este sucumbe, transformándose en una imagen quieta y sin movimiento y con ello se eterniza.

Esa luz mañanera y triunfante, como siempre, la envuelve. Se marcha en el frescor del día amanecido. Se marcha con los bolsillos llenos de poesía y con los ojos abiertos a la maravilla. Se desliza, dejándose llevar por el viento de la rutina con las velas izadas. Atravesando la vida con ese instante guardado en el bolsillo para combatir los días tristes.

 

Cosechas y fuentes

Un paisaje recurrente,
nuestro oasis privado.
Toma de mi pozo inacabable. Riega nuestras viñas.
Cosecha besos de uva, abundantes como racimos.
Abona mis campos, siembra el trigo.
Mécete en mis espigas.
Llena mis despensas.
Nunca más tendremos hambre o sed.

 

Tomarte en cada sorbo

Te toqué por las avenidas de tu cuerpo con la intensidad de mi mirada y se encendieron luces y se iluminaron señales.

Te saboreé en los ríos y los estanques que sueles llenar en días de lluvia y con la sed de mis ojos te bebí en cada mirada.

Te miré intensamente recogiendo estrellas y esparciendo semillas. Sembrando sonrisas y anidando vientos. Con una mirada posada en el borde de la taza en donde te tomaba en cada sorbo. Y sabías a fruta madura, a trigo, a polvo de esas estrellas.

Te sentí dentro del hueco de mis manos, donde cabías todo, y el olor del vino derramado se esparció por mi cuerpo dándome escalofríos. Te besé con lástima porque no estabas. Te besé con mis ojos y tu sabor estaba en aquella taza. Y tu piel en la copa de vino y su esencia en la semilla, y tu figura en la estrella.

 

Significados

Leer entre líneas.
Detenerse en esos espacios entre las palabras.
Espacios de agua que inundan el cuerpo.
Deshacerse las lagunas de los ojos.
Desdibujarse los significados.
Una palabra preñada de otra palabra.
Cascadas de emociones.
Beber del pozo.
Saciarse, empalagarse, nutrirse,
hidratarse.
Beberse una palabra.
Llorarla, sudarla.
Palabras vacías, palabras cargadas.
Incordios con el diccionario.
No hay una palabra igual para dos personas.
No hay dos silencios que no estén cargados
de diferentes ruidos.

 

En la librería encontré un libro y al ojearlo vi el retrato de la señora del parque en la solapa. Se trataba de una escritora reconocida.

Impresiones

Te los puedes conseguir en cualquier parte, siempre acechando, observando, como aves de rapiña. Te contaré cómo sucedió… Fue una suerte conseguir aquel departamento frente al parque. Nunca me gustó estar atrapado dentro de cuatro paredes y solo tenía que cruzar la calle para encontrarme con los árboles, los pájaros y el espacio para caminar y sentirme libre.

Llegaba del trabajo y me cambiaba a cómodas mallas de hacer ejercicio para dar una carrera o caminata (según mi energía me lo permitiera), otros días solo bajaba mi café y mi libro y me sentaba en un banco, y otras tardes hasta me acostaba en el césped a mirar las nubes. Un día descubrí a una joven que me tomaba fotos con su celular. Esto no me gustaba, así que la increpé y me dijo que escribía un reportaje sobre la vida al aire libre y le había parecido ingeniosa mi forma de habitar el parque cada día. Mi intimidad era vulnerada, y sabe Dios en dónde podrían publicarse. Mientras discutía esto con la joven, una señora ya entrada en años y pertrechada con una libreta floreada en mano, nos miraba y escribía.

La vi en los días siguientes siempre ocupada en la escritura, levantaba los ojos solo para mirarme unos instantes y volvía a su redacción.

No le di importancia y hasta la saludaba cada día.

Mi sorpresa fue mayor cuando en la librería encontré un libro y al ojearlo vi el retrato de la señora del parque en la solapa. Se trataba de una escritora reconocida. Compré el libro por curiosidad y cuál fue mi sorpresa al descubrirme entre los personajes. Ella me había retratado en palabras. Estaba seguro de que era yo. Mi costumbre de calentarme las manos con el café y de leer el periódico de atrás para adelante. La manía de usar gel para desinfectarme las manos y colocarme los pequeños anteojos luego de limpiarlos tres veces. Hasta contaba que después de terminar el periódico se lo regalaba al vigilante. Incluso hasta mis zapatos de rayas doradas que usaba para correr estaban allí descritos. Por una parte me halagaba que me viera muy elegante y delgado, y por otra me molestaba que reparara hasta en la fea mancha de nacimiento que tengo, semioculta por el cabello, en la frente. Luego de reconocerme empecé a interesarme la historia en la que me había encerrado. Lloré con el destino al que me empujó y la forma en la que diseñó la vida que me quedaba. Me había retratado mejor que la joven con el celular. Aprendí que debes tener cuidado con los escritores. Pueden hacer contigo lo que quieran.

 

Vuelven las golondrinas

El almendro florece en mi alma, pero no es mi Araguaney,
ese con mil soles repartidos entre sus ramas
que decoran el verde infinito de las jóvenes montañas.

Vuelven las golondrinas y con ellas la esperanza de mi regreso,
pero no son mis turpiales, melodiosos como orquesta
picoteando los mangos del patio.

El exquisito pan candeal se desmigaja en mi boca,
pero no es la arepa humeante que derrite mi gusto.

Mis ojos se pierden en un mar azul oscuro,
ese que va helando las arenas negras.
¿Dónde quedaron las olas mansas?,
esas que cosquillean la dorada costa
testigo de tibios besos de sal.

Procesiones que no cargan mi virgen,
vestidos típicos que no llevan alpargatas,
himnos que no rompen cadenas,
juegos que hay que aprender.

Café que no sabe a mi tierra.
Aromas que no despiertan recuerdos.
Manos arrugadas que no son las de mi abuela.
Rostros que no dicen nada.

 

Es imposible, cuando se lee tanto a otros autores, no amoldarnos a una forma y un estilo apetecido.

Sobre el arte de hilar y contar
[A modo de epílogo]

Mi madre, una costurera, no me enseñó su oficio. Ella quería que mi destino fuese distinto al de ella. Quiso cambiar las agujas que dejaban sus dedos estropeados por el estilizado lápiz, el cual, en su inocencia, creía inofensivo. Se preocupó por darme instrucción formal en las aulas y me alejó de las tijeras, los dedales, los retazos y los hilos. No contó con que “hija de gata caza ratón” y contra toda precaución me convertí en “hilandera de tramas”. A fuerza de verla en el proceso de elaboración de sus piezas, atareada en diseñar, teñir, tejer, coser, revisar, volver a coser, emparejar, cortar, revisar lo cosido y planchar; trasladé el conocimiento de la tela al papel. Y repetí todo su proceso en mis obras. Me afané en hilar historias, hacer tapetes con párrafos inspirados, bordados de palabras y cosidos de tramas.

Como mi madre, muchas veces usé los patrones. Es imposible, cuando se lee tanto a otros autores, no amoldarnos a una forma y un estilo apetecido. Pero pronto comprendí, como le vi hacerlo a ella, que había que adaptar el patrón al caso en particular. Cuando la costurera puede prescindir de los patrones para diseñar sus propias creaciones, habrá llegado el momento cumbre. Dar el paso de mero costurero a diseñador.

El buen escritor, el que impone estilos, se deja encontrar por sus obras. No copia de ninguna y copia de todas. Adapta, diseña y se sale de los patrones para crear sin miedo nuevos estilos e imponer modas. El escritor no debe dedicarse a temas impuestos, a los que crea que gustan. Solo debe escribir sobre lo que le apasiona. Debe escuchar mucho para nutrirse. Leer excesivamente, abrir los sentidos. Absorber como esponja la realidad. Debe tener un tiempo de calma, de decantación de la información, de escuchar atentamente la voz interior hasta llegar al momento preciso de exprimir la esponja para luego trasladar inmediatamente lo obtenido en papel, al igual que el diseñador, costurero y tejedor lo plasman en la pieza a crear.

Una buena pieza de vestir es aquella que se amolda a nuestro cuerpo. Que se adapta y se ajusta a las curvas. Una buena pieza de vestir no debe estar del todo hecha, debe dejar un margen para el ajuste a cada cuerpo. Vueltos por tomar o soltar, pliegues fáciles de adaptar. El costurero se convierte en sastre cuando da pie a que sus obras se adapten a cada cliente. Así mismo el buen escritor debe permitir al lector que no solo observe la obra, sino que se adentre en ella, que la pruebe y ajuste, sacando sus propias conclusiones. No todo debe estar hecho y dicho. La buena pieza necesita ajustes hechos por el destinatario.

Cuando se borda, teje o cose, así como cuando se escribe, nunca debe darse una puntada en vano, cada hebra de hilo debe obedecer a la imagen total que se quiere lograr. Información innecesaria y sin una finalidad solo acabaría por engrosar y entorpecer un relato. No hay nada más feo que un vestido al que le cuelgue tela sin propósito, o un tapete al que le sobren pedazos. No debe temerse al uso de las tijeras y de cuando en cuando afilarlas para que corten sin misericordia.

Otro asunto de importancia es la preocupación por la calidad de la obra. No debe dejarse el trabajo a medio hacer para que un editor lo termine. Debe haber preocupación por la forma y el fondo. La ortografía y los tiempos verbales. No significa que no se puedan romper reglas, pero si se hace, que sea de forma consistente y siguiendo una meta. Siempre vi a mi madre afanada por la presentación de sus prendas de vestir. Cuidar cada puntada, revisar, voltear los vestidos al revés para buscar defectos, desvivirse por lograr ojales perfectos donde cazaran los botones de forma precisa para que cumplieran su función en sujetar la pieza. En el oficio de escritor cada metáfora, cada símil, debe ajustarse como esos ojales y esos botones, permitiendo que la obra abra y cierre de manera efectiva en la imaginación del lector.

Todos ansiamos un buen abrigo en invierno, como un fresco vestido de veraneo. Telas gruesas para el frío como las finas y vaporosas para soportar los calores del verano. El buen escritor debe buscar las “telas” adecuadas para fabricar su obra. Responder a la necesidad social del entorno y, ante ella, cubrir a su lector o desvestirlo.

Un buen escrito debe levantar polémica, generar opiniones, desatar las lenguas y abrir los pensamientos. Una buena pieza de vestir o de escritura, no debe mostrarlo todo, pero ser suficientemente reveladora para causar la sensación de lo magistralmente creado.

Nery Santos Gómez
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