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Hojas sueltas

viernes 22 de mayo de 2020
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Hojas sueltas, por Aglaia Berlutti
Nadie sospechó que el Apocalipsis podía ser un lento estrato de tedio silencioso. Un pequeño purgatorio simple de calles sucias y ojos asustados sobre máscaras blancas. Fotografía: Aglaia Berlutti

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

No, este no es un diario de la cuarentena ni pretende serlo. En Venezuela, nada funciona como debería hacerlo, de modo que la idea de que se cumpla un plazo cualquiera sobre un sistema estructurado de medidas legales o sociales es impensable. Lo que sí podría decir son estas líneas apresuradas, es una forma de recordar lo que ocurre. Este es un país con una memoria muy corta. Tanto que olvida sus tragedias con las heridas todavía abiertas. Y aunque la pandemia no es exclusividad de nuestro territorio o una crisis que podamos llamar “nuestra”, sí lo son nuestras reacciones. El temor de lo que empieza sin que sepamos cuándo puede terminar.

Es el atardecer del primer día real de lo que los medios de comunicación y las redes sociales llaman “distancia social”. Dicho de esa forma, es más o menos lo que he hecho durante los últimos quince años de mi vida: mantenerme apartada de todo contacto social, aislada y protegida en mi trabajo, esforzándome por evitar la vida más allá de las ventanas de mi estudio. Pero ahora el mandato me supera, es un silencio que se extiende más allá de las ventanas cristaleras. La sensación es singular, dura y amarga: ¿no decía Oscar Wilde que cuando los dioses nos quieren castigar, cumplen los deseos?

Hoy es el primer día puertas adentro para todos los demás. El primer día de asumir que fuera del mínimo espacio de lo doméstico, hay algo aterrador, que acecha y que aguarda.

¿Qué deseo pedí, sentada a solas en esta habitación repleta de libros, a diario, todos los días? ¿Que el mundo fuera un poco más como este espacio que sólo me pertenece? ¿Que se pareciera más al silencio en fragmentos que protegió a medias mi cordura por casi década y media? Jamás pedí algo semejante. Lo imaginé. Lo escribí en docenas de ocasiones distintas. Pero jamás quise que… ¿qué cosa? ¿Esta placidez engañosa? ¿El mundo cristalizado en una especie de ámbar turbio de una emergencia impensable?

La última hora del día en Caracas durante el mes de marzo es muy hermosa. Es radiante, dorada, nimbada de grises y plata, con un toque de radiante cobre que se desliza entre la montaña y el perfil de la ciudad. Hoy es el primer día puertas adentro para todos los demás. El primer día de asumir que fuera del mínimo espacio de lo doméstico, hay algo aterrador, que acecha y que aguarda.

Bienvenidos a mi mundo.

A mi pequeño castillo de la memoria.

 


 

Es el tercer día de la cuarentena para la mayoría. El tercer día con las calles más o menos vacías, en el que es obligatorio llevar mascarilla y guantes, cuando el gobierno tomó las calles con su herramienta favorita, la represión. Para buena parte de todos en Venezuela, lo que ocurre no es otra cosa que una capa más de la crisis. Un pequeño pliegue en medio de una historia larga que ya conocemos demasiado bien. De modo que continúan tomando todo el asunto como una mezcla entre vacaciones inesperadas y un fragmento de ciencia ficción. He visto mascarillas médicas caseras, confeccionadas con telas multicolores, guantes con dibujos y dedicatorias, gente que todavía se abraza (eso sí, por menos tiempo), mientras el mundo transcurre a una velocidad más lenta, pero al final, sigue en su trayecto a ninguna parte. Incertidumbre de nuevo, pienso mientras mastico el trozo de fruta de la mañana. De eso los venezolanos sabemos mucho.

Sólo que en esta ocasión el miedo no es exclusividad de este, el parque temático comunista más grande del mundo. Es algo global, un fenómeno progresivo que comenzó como una noticia marginal y terminó convertido en una realidad con la que se debe lidiar a diario. Hace poco leía sobre la “fractura de la realidad”, esa hito que abre en dos lo que hasta entonces creíamos del todo normal y cotidiano. Me pregunto, con cierto sobresalto, si en el país eso nos ha ocurrido tantas veces que ya no nos importa otra nueva grieta. Como si el muro de los lamentos de los grandes dolores mundiales nos quedara corto.

Esa es una imagen bonita, me digo mientras me lavo las manos durante los reglamentarios veinte minutos bajo agua muy caliente. No he salido a ninguna parte, pero soy incapaz de no hacerlo. No puedo contener la ansiedad. De modo que dejo las palmas abiertas bajo el agua hirviendo y vuelvo a la imagen que vi en mi mente por un momento. Un enorme muro de decisiones equivocadas, de terrores y angustias, que se alza en el mundo con un peso infranqueable. Buena parte de esa construcción es nuestra, me digo con cierto sobresalto. Hechura Venezolana. Y no se trata de un desborde de arrogancia ególatra. Por veinte años, pasamos de ser un país de adolescentes malcriados a una población traumatizada y pesimista que siempre espera lo peor. De modo que la gran crisis mundial es otra de las tantas. Una de las cientos de formas que toma el caos en nuestra vida.

Cierro el chorro de agua caliente. Tengo la piel enrojecida, brillante y un poco inflamada. Pero limpia, pienso con cierto reborde de sadismo sutil. La salud cuesta sus dolores. Ah, qué bonita frase para este tercer día, tan extraño, tan átono e incoloro.

Una grieta en la pared del desánimo.

 


 

Hoy comienzo a tener los primeros síntomas de ansiedad, lo cual es inevitable si sufres de un trastorno psiquiátrico como el mío. Estoy “loca”, para no entrar en términos más amplios. Baste con saber que no sé diferenciar la ansiedad y el miedo que pueden provocarme la caída de una taza y un conflicto nuclear. Como una pandemia está entre ambas cosas, supongo que hay una especie de… ¿qué? ¿Inevitable posibilidad de terror? Ah, sí, vamos a darle un nombre práctico. Estar “loca” es mucho más poético que sufrir de un trastorno de ansiedad generalizada (TAG, para los entendidos) que me obliga a estar medicada y en terapia la mayor parte de mi vida.

De modo que durante una emergencia sanitaria a gran escala, era cuestión de tiempo que simplemente mi poca resistencia mental se viniera abajo. Desperté entre temblores por cólicos estomacales, náuseas y unos deseos irreprimibles de llorar. Fuera, el cielo es más azul que nunca, la calle es de una placidez ultraterrena. Pero sé que bajo todo eso se esconde el peligro. Repta un tipo de amenaza inexplicable que puede muy bien hacerse inmensa, voraz, fatal.

El mundo está roto, me digo. Una píldora para tranquilizar los temblores, las lágrimas, el puro pánico.

Qué dramático ha sonado eso. Pero me tiemblan las manos. Pienso en las historias de mi abuelo de la Segunda Guerra Mundial, cuando las medidas de austeridad y prevención llegaron a su natal Florencia, una ciudad museo que vive del turismo y que florece como pétalos cristalinos e intocados en cualquier situación. Recuerdo que me habló de cuando los hombres de Benito Mussolini llegaron a la ciudad para cerrar las tiendas exquisitas, romper los cristales ingrávidos, gritar amenazas. Guardias de verde oliva, con botas pesadas y rudimentarias en mitad de la cuna del Renacimiento.

—Supe que había llegado el miedo —murmuró en esa ocasión—, que el mundo estaba roto.

Mi abuelo no se llamaría a sí mismo poeta, pero amaba la poesía y le gustaba adornar las palabras con esa belleza tierna de cierto melodrama callejero. Pero esa frase me sorprendió y me asustó. La llevé conmigo cuando estallaron crisis grandes y pequeñas en el país. Cuando Venezuela se desplomó en una hecatombe de proporciones incalculables, cuando comencé a vivir en los límites de un país rodeado de pequeños horrores cotidianos.

El mundo está roto, me digo. Una píldora para tranquilizar los temblores, las lágrimas, el puro pánico. Una grieta que lo atraviesa de arriba a abajo y nos deja abandonados en medio de un campo minado de pura incertidumbre.

¿Qué hay más allá?

 


 

Cada media hora o menos, un camión de la Guardia Nacional Bolivariana pasa por la calle en la que vivo, con un chorro de agua a presión y un anuncio grabado en el que invita a los ciudadanos “a permanecer en sus casas” en prevención de un posible contagio. El vehículo se detiene en cada esquina, y un hombre envuelto en un uniforme que a la distancia de diez pisos parece plástico blanco restriega el concreto con un escobillón industrial durante unos minutos. Cumplido el trámite, vuelve a subir al camión, que continúa su ronda.

Tiene algo de irónico que quienes llevan a cabo estas ¿estrictas? medidas de limpieza sean los mismos que arrojaron bombas lacrimógenas caducadas contra las fachadas de los edificios de esta misma avenida. Que golpearon rejas, ciudadanos. Uno de ellos, con el rostro cubierto por la pantalla de plexiglás del casco, me tomó del brazo y me arrastró por el suelo cuando no le entregué mi teléfono celular. Como nadie vino para ayudarle a levantarme del suelo o arrastrarme hacia el módulo policial, unos metros más allá, me pateó al estómago. “Eso es para que sigas protestando, puta e’ mierda”, dijo mientras yo me hacía un ovillo y me protegía la cabeza. La bota me golpeó en el plexo solar y el dolor me recorrió como un hilo rojo que se retorció hasta el pecho y el hombro. No pude respirar por unos segundos y estuve segura de que moriría. El hombre se quedó a mi lado, sacudió el arma de reglamento que sostenía entre las manos —escuché el chirrido del metal contra el metal y me eché a llorar de puro pánico—, se dio la vuelta y se fue.

Me pregunto si es uno de los uniformados con traje blanco y capucha con abertura de plástico que restriegan el piso. Si está allí, con el rostro que le chorrea de sudor mientras restriega a fondo las calles rotas, las esquinas con el concreto hecho pedazos por las bombas que arrojó. ¿Cómo aceptar que quienes cuidan de ti en una coyuntura como esta son también capaces de matarte sólo porque así lo desean?

No van a cambiar, me digo. Estoy desnuda frente al espejo. El violento puntapié del guardia nacional me dejó hace años un moretón gigantesco que abarcó todo el plexo solar. Una isla púrpura y tumefacta que apenas me permitía dormir. El médico se preocupó por que la agresión pudiera haber lesionado alguna de las pequeñas placas fibrosas que sostienen los pulmones. Pero no ocurrió. “Sabe en dónde golpear”, murmuró mientras me envolvía en un vendaje apretado que en realidad tenía como único objetivo ocultar el aparatoso moretón y evitar que me produjera un acceso de ansiedad incontrolable. “Te dolerá unos días”.

Me dolió semanas. Incluso meses después todavía había señales del moretón. No lo escribí en ninguna parte, no se lo mostré a nadie. Me aterrorizaba la posibilidad de que se presentara a la puerta de mi edificio uno de los grupos entrenados para ¿qué?, ¿hacer callar?, ¿desaparecer testigos? Todo parece poco en medio de una situación como la que vive Venezuela. De modo que tomé la decisión de guardarme un secreto por todas las veces que denuncié, que utilicé mis recursos para mostrar mi miedo, para intentar crear un choque de conciencia. Ese único secreto, que dolía por las noches, que en ocasiones me hacía complicado respirar. Tomaba el medicamento antiinflamatorio a escondidas. Me paraba erguida delante de mi familia. Y hervía de odio. De uno visceral, monstruoso, inquietante.

Apago la luz del baño. Pero la cicatriz que no es cicatriz está allí. La frontera a ninguna parte.

La experiencia me dejó una pequeña marca. Una línea rosa que baja desde el punto más alto del costillar derecho hasta casi el centro de la placa de músculos bajo mis pechos. No es una cicatriz, tampoco es un moretón, es sólo un trozo de piel de color distinto para el que no tengo nombre. Una vez pensé llamarla la cicatriz del odio, pero me aterroriza la idea de llevar a Venezuela —esa Venezuela— a todas partes, toda mi vida. De modo que la bauticé como “la frontera”. ¿Entre cuáles territorios? No lo sé. ¿La ingenuidad y el cinismo? Quizás. Hay mundos dentro de los mundos. La piel que es una estepa, un valle desigual y doloroso, un territorio de nadie, los pequeños horrores secretos convertidos en puertas cerradas.

Me cubro con mis capas de ropa habituales: camiseta, suéter, una pequeña bufanda verde para el toque de color que evite que todo parezca un sueño doloroso. Hay frío en Caracas, en pleno marzo, aunque no me explico el motivo ni tampoco si tiene algún significado. Apago la luz del baño. Pero la cicatriz que no es cicatriz está allí. La frontera a ninguna parte.

 


 

Mis horarios y rutinas (que con tanto cuidado ordené por años) se trastocaron por completo durante esta primera semana de cuarentena. Lo primero que ocurrió es que mi apetito desapareció o, en realidad, mutó a una especie de ráfaga de necesidades poco claras, más parecidas a impulsos que a una verdadera necesidad de comer. De modo que despierto a mitad de la noche, con una insaciable necesidad de comer combinaciones demenciales de alimentos, que mezclo en los finos platos de porcelana que me regaló mi madre, en una especie de festín sin sentido. Supongo que esto es lo más parecido que estaré a estar embarazada, pensé anoche mientras comía pepinillos con mostaza, pastrami y una crema agria que conoció una mejor vida y que por milagro no me envió al baño con retortijones insoportables.

Comer, en medio de situaciones de emergencia, es importante. O mejor dicho, la manera como comes. Eso lo aprendí en Venezuela, cuna de las situaciones de emergencia del continente. Durante los golpes de Estado, períodos de crisis, apagones y demás situaciones extremas que hemos atravesado los últimos veinte años, aprendí que la forma en que comes es un recordatorio de que tu cuerpo intenta sostenerse de alguna manera más o menos estable, en medio de una circunstancia que juzga de amenaza. Por supuesto, también está la ansiedad.

De modo que volví a comer con hambre del miedo. Lo hago a toda hora. Y por supuesto, no tengo el menor apetito relacionado con el orden rítmico de lo doméstico. Como de madrugada, casi al amanecer, sólo para volver a hacerlo a mitad de la tarde. Bebo café a jarras, muy azucarado y caliente. Mastico pedazos de pan con relleno de mascarpone, que antes de la debacle epidémica se mantenía congelado para grandes platillos futuros. También como cerezas confitadas; anoche bebí una copa de un champagne Veuve Clicquot que me obsequió un cliente hace mucho tiempo. Quedaban unos cuantos dedos color de rosa al fondo y lo bebí como siempre quise hacerlo: en una copa alta, barata y un poco mellada que compré porque me agradó el color rubí que tenía. No tenía sabor, pero la sensación me agradó. Una cierta felicidad simple.

Pero hablaba de las rutinas. De las perdidas, de las que se desmoronan. Mi madre me llama a diario, aterrorizada porque ya no tiene más habitaciones que ordenar ni tampoco ropa que lavar, libros que leer o música que escuchar. Apenas en una semana, pienso mientras la escucho, un poco aburrida de su cantaleta. Qué poco caritativo ese pensamiento, me digo con un suspiro. Pero en realidad, es lo que me preocupa: apenas ha transcurrido una semana. Aún restan tres, en el mejor de los casos. Ya la novedad doméstica acabó para la mayoría y comienza a quebrarse poco a poco la supervivencia de heroica obediencia por el bien mayor. Hasta en mi caso, que soy una agorafóbica con experiencia, el prolongado encierro comienza a hacerme un poco de daño. Me pregunto si debería salir, en pijamas, el cabello sin peinar, sin máscara ni guantes, enfermar de una vez, terminar encerrada en uno de los lugares que el gobierno utiliza para —secuestrar— retener a los enfermos.

No lo haré, claro, me digo. En lugar de eso, insisto en continuar. Voy de un lado a otro. Escribo más que nunca. Escribo tanto y por tanto tiempo, que a veces el codo y el hombro sufren calambres tan dolorosos que me dejan rígida. Me inclino sobre el teclado, aprieto los dientes. Dolor, coño. Esto es dolor. ¿Alguna enfermedad? No le preguntaré a Google, lo prometo. Lo prometo de verdad, me digo mientras me miro de nuevo al espejo. Mi imagen se hace borrosa, pasa el tiempo, es el vapor del baño muy caliente que tomo. Ya es una semana sin salir de casa.

No sé qué ocurrirá en un país en el que te llevan detenido por estar enfermo, en el que las calles tienen un fulgor engañosamente bonito en soledad.

Vamos, he pasado mucho más tiempo sin hacerlo. Pero esta vez es distinto. La salud de otros depende de mi capacidad para cuidar de la mía. Mis vecinos son ancianos, mi madre sufre una condición cardíaca, mi roomie es una fumadora empedernida. Grupos de riesgo. De modo que debo seguir la rutina del encierro para salvaguardarme a mí y a ellos.

Ahora como pollo frito. Cortado en cuadritos, salteado con harina y pimienta. Lo hago, escondida bajo mi escritorio, mientras escribo en mi portátil esta sensación de naufragio, de pieza rota. Me quedo sin ritmos, me quedo sin pautas. Me quedo sin hábitos. Me quedo a solas. No sé qué ocurrirá después, no sé qué ocurrirá en un país en el que te llevan detenido por estar enfermo, en el que las calles tienen un fulgor engañosamente bonito en soledad.

Oh, mierda, ¿ahora voy a llorar? Pues claro.

 


 

Hoy es otro día de cuarentena y el segundo de la cuarentena en mi cuerpo. De pronto, todo se volvió no sólo complicado sino también extravagante, lo cual en un país y en una situación donde ya de por si cualquier cosa resulta mucho más complicada de lo que podría hacerlo en uno normal, es hasta risible. O al menos me produce cierta gracia, una sensación cruel casi humorística. Soporto una cuarentena confinada en mi cuerpo, mientras en las calles de Caracas también existe un tipo de cuarentena irregular, desordenada y por supuesto militarista, que hace que todo sea mucho más claustrofóbico de lo que temía. El aislamiento en un país acostumbrado el totalitarismo es sólo una extensión de todo lo que puedes temer y lo que debes temer y, de hecho, ahora mismo me pregunto si todo lo que está ocurriendo alrededor de la pandemia y de la emergencia sanitaria mundial en la que Venezuela está excluida forzosamente no es otro capítulo del control y el dominio que el poder en Venezuela ejerce sobre el ciudadano común.

Lo pensé ayer mientras, en medio de un dolor insoportable, tuve que explicar a más de un funcionario en uniforme que debía llegar un centro médico para ser atendida. Más de una vez me pregunté si en todos los lugares del mundo los pacientes, o cualquier otra persona en una condición vulnerable como la que yo estaba, debía atravesar semejante juego de obstáculos para llegar a un lugar seguro o al menos encontrarse lo suficientemente cerca de un lugar en que pudiera ser atendido.

Por supuesto exagero. Nunca dejo de pensar que miro a Venezuela desde la dimensión de ser una rehén en mi propio país durante casi veinte años. No es una sensación sencilla, tampoco es algo que puedas explicar con facilidad a cualquiera que no lo había vivido antes, pero en Venezuela el dominio, la sujeción al poder, son parte de la normalidad que nunca aceptaré, pero que de algún modo está presente en todas las formas en mi vida.

Lo anterior se hace más evidente mientras voy de un lado para otro con el hombro derecho envuelto en un vendaje tan apretado que apenas me permite mover los dedos de la mano. La sensación es cuando menos aterradora: me pregunto si la lesión curará del todo. Si tendré que recurrir a la medicina escasa, sin recursos y en medio de una situación de perpetua emergencia. Me aterra el pensamiento de que en algún punto en el futuro el dolor logre doblegarme, si aceptaré esta anormalidad que ahora llamo cotidiana. ¿Qué ocurre si se convierte en algo más que una simple condición pasajera? Hay algo de puro pánico en las pequeñas rutinas rotas y la necesidad de escribir sin poder hacerlo, en incluso los pequeños detalles como no poder cubrirme con las sábanas con mi propia mano o tener que dormir en una posición tan increíblemente incómoda que incluso añoro mis noches de insomnio sin motivo alguno. No dejo de preguntarme si sanaré: es una pregunta que me persigue a toda hora. Quizá es puro miedo. Una especie de cárcel dentro de la cárcel en la que apenas la mano izquierda me permite tocar el mundo.

 


 

El dolor continúa. Y supongo que será inevitable que lo haga, sin control y de forma abstracta. Lo mismo que la cuarentena real, que me rodea como una especie de gran casa inamovible. Un poco astillada por mi mal humor y, sobre todo, agrietada por los intentos de continuar a pesar de todo. Lo hago incluso con la precariedad de solamente poder utilizar la mano izquierda, moverme con una torpeza mayor del habitual y en medio de esta sensación de fragilidad que no puedo superar a pesar de toda mi voluntad.

Esta dependencia involuntaria de la amabilidad de otros, de la compasión e incluso del amor de quienes me rodean, me supera.

Nacimos frágiles. En una ocasión leí que Kafka solía decir que comprender nuestra propia vulnerabilidad es el camino directo a mirar la superficie de un mar íntimo y sin fondo discernible. Me pregunto si esta sensación constante de estar a punto de empeorar o, simplemente, jamás llegar a mejorar, sea el punto más oscuro del océano silencioso y denso con el que soñé semanas atrás. Una extensión radiante de agua negra que miraba asombrada y desconcertada. El pensamiento me hace reír con tristeza. ¿Llegué a ese punto del miedo en que comenzamos a buscar símbolos en donde no los hay? Tal vez eso sea necesario para entender la pequeña crisis existencial que atravieso, pero sin duda es un poco melodramático. Un terror cursi, medio infantil, con algo de simplicidad primitiva. Y, supongo, por un buen tiempo: no hay manera de soslayar la sensación de que el sufrimiento físico es una forma de ver una frontera que debo cruzar y asumir como una parte de mi vida.

La mayoría de la gente que conoce sobre mi pequeño y estúpido accidente me recuerda de la fragilidad del ser humano. Todos nos hemos caído alguna vez. Todos hemos sufrido dolores alguna vez o simplemente todos estamos expuestos a que nos ocurra antes o después. Me lo repiten como una forma de consuelo que en realidad no lo es. Quizás toda esta sensación de derrota tiene relación directa con el pensamiento de la independencia. Siempre he apreciado mi soledad, la necesidad de hacer las cosas a mi modo y, en la medida de lo posible, según lo que creo conveniente. Esta dependencia involuntaria de la amabilidad de otros, de la compasión e incluso del amor de quienes me rodean, me supera en tantas formas que, llegado a determinado momento, me pregunto si se trata de una réplica de esa otra cuarentena en la que cientos de pacientes —millones tal vez— dependen de la amabilidad de extraños de los que trabajan día tras día, con la certidumbre de hacer algo en medio de una situación de emergencia que nos supera a todos.

La cuarentena dentro de la cuarentena me ha enseñado que quizás deba ser un poco menos soberbia, que debo comprender que el camino que debo seguir hacia el interior de mis razones es más fuerte de lo que suponía. Hay una salvaje necesidad de continuar creando, de seguir mi vida tal y como la dejé hace días. La humildad de mirar mi propio cuerpo como un templo en el que las puertas están rotas y las ventanas un poco desvencijadas.

 


 

La película Contagio, de Steven Soderbergh, estrenada en el 2011, fue criticada en su oportunidad por fría, distante y carecer de verdadera profundidad. O al menos esa fue la opinión de un buen número de críticos sobre la esperada versión del director de lo que podría ocurrir en el mundo contemporáneo durante una epidemia mortal de proporciones mundiales. Con sus tonos azulados, silenciosas secuencias y rigurosidad científica, el film parecía no tener mucho que ofrecer en comparación con la asombrosa e incómoda Outbreak (Wolfgang Petersen) estrenada en 1995 o, incluso, las versiones más extravagantes sobre epidemias zombis que por años llenaron la pantalla cinematográfica. Para Soderbergh, parecía mucho más importante mirar con ojo crítico, íntimo y en ocasiones cruel, los pequeños trastornos que podría ocasionar una crisis sanitaria que abarcara el planeta entero. Pero sus predicciones parecían tibias y desabridas en comparación con la espectacularidad de la ciencia ficción.

He pensado mucho en la visión del director y su guionista favorito Scott Z. Burns, durante los últimos días. La cuarentena mundial ocasionada por la pandemia del coronavirus tiene un espeluznante parecido con la película del 2011, pero mucho más con su espíritu inquietante e implacable sobre la forma en que afrontamos las tragedias que despedazan la visión de lo cotidiano. La cuarentena es un lugar anónimo, un poco como estar en ninguna parte. Tengo la sensación de que estos días idénticos son un espacio del que ninguna metáfora o símbolo ha mostrado lo suficiente. Todas las grandes catástrofes llegan a la cultura popular desde lo formidable y lo espeluznante: las decenas de cadáveres tendidos en las calles, los hospitales abarrotados y, al final, la caída en oscuridad de la civilización. Sin embargo, ninguna de esas versiones sobre tragedias imaginarias muestra el día anterior a que todo ocurriera. Nadie parece haber imaginado esta quietud de pesadilla, de la ciudad que se va quedando vacía lentamente. El lento derrumbe de lo cotidiano. Este sobresalto de despertar sin saber qué ocurre más allá de la estampa apacible y engañosa de la ciudad. Y tengo la sensación de que el último terror se encuentra en lo doméstico, en las ventanas abiertas hacia ninguna parte, en la forma en que el mundo como lo conocimos se desploma pieza a pieza.

Nadie sospechó que el Apocalipsis podía ser un lento estrato de tedio silencioso.

Es una idea casi dolorosa en su frugalidad y no hago más que pensar si antes, durante las innumerables tragedias que han azotado a la humanidad a través de los siglos, hubo una conciencia tan clara de los cambios transitorios que produce la tragedia. Este proceso de sofisticada crueldad que erosiona a fragmentos lo que somos y quizás la identidad colectiva.

Despierto tarde, desayuno con calma. Veo un poco de televisión, aunque evito las noticias. Trabajo, me dejo caer en la poca rutina que aún puede sostenerme. Pero no es suficiente. El mecanismo del mundo está roto y dudo que pueda repararse pronto o alguna vez, no lo sé. Quizás es muy pronto aún para pensar qué ocurrirá cuando la cuarentena pierda sentido y nombre, cuando la enfermedad sea un enemigo siniestro con el que se debe luchar cuerpo a cuerpo. Una idea primitiva que comienza a poblar mis sueños y algunos pensamientos diurnos. Definitivamente, las pequeñas imágenes y delirios del hombre en su expresión más pesimista sobre la oscuridad de las tragedias no nos prepararon para esto. Nadie sospechó que el Apocalipsis podía ser un lento estrato de tedio silencioso. Un pequeño purgatorio simple de calles sucias y ojos asustados sobre máscaras blancas.

Aglaia Berlutti
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