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Reflexiones en cuarentena

viernes 22 de mayo de 2020
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Reflexiones en cuarentena, por Adriana Boccalon Acosta
El 27 de marzo de 2020, durante una conmovedora ceremonia en la plaza San Pedro de Ciudad del Vaticano, el papa Francisco bendijo a sus feligreses y les concedió la indulgencia plenaria o el perdón de los pecados. ¡Podemos ir en paz!

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

Pandemia y fe

“Y la gente se quedó en casa. Y leyó libros y escuchó.
Y descansó y se ejercitó. E hizo arte y jugó.
Y aprendió nuevas formas de ser”.

Poema de K. Omeara, año 1800
Epidemia de la fiebre amarilla

En días pasados me desperté recordando un pasaje que me hizo reflexionar sobre la fe en estos enrevesados tiempos de pandemia.

Ocurrió un día de agosto, a media tarde, hace más de cinco años. Aunque el frío invernal me congelaba los huesos, caminaba sin apuro por una estrecha callecita, cuyo nombre no recuerdo, hacia Sidney Rd, donde tomaría el tranvía de la línea 19 para llegar a la city de Melbourne; es decir, al mero centro de aquella espléndida ciudad multirracial ubicada al sureste de un extenso territorio que, sin pedir permiso, hace tiempo bauticé como un lejano planeta llamado Australia.

Mientras andaba despreocupada calle abajo, sin ninguna prisa, un hecho inusual llamó mi atención. Un auto que venía de frente frenó en seco, repentinamente, y se orilló rozando los cauchos contra la acera. ¡Chillaron las gomas! Yo también me detuve en seco. Del auto bajó apuradísimo un hombre como de unos 45 años, calculo. Entre su premura y mi susto, no atiné a detallar sus facciones. Sin darle mucha vuelta al escenario, eligió un recodo contra la pared de un edificio de tres pisos, extendió un tapete de oración y, de rodillas con la cabeza en reverencia orientada hacia la Meca, oró.

Aunque pueden orar a voluntad, los musulmanes deben cumplir con cinco oraciones diarias en horarios precisos.

Nunca había visto a un musulmán en oración y mucho menos en plena vía pública. Creí que sólo rezaban en las mezquitas o templos sagrados. Curiosa, al regresar a la casa de mi hijo —el extraterrestre que vive en aquel lejano planeta— busqué información sobre el ritual del rezo del Islam, el salat, que conecta a los mahometanos, o fieles a la religión de Mahoma, con el propósito de la vida que, según leí, es servir a Dios y alejarse del pecado.

Aunque pueden orar a voluntad, los musulmanes deben cumplir con cinco oraciones diarias en horarios precisos. La primera es el salat al fajr o la oración del alba antes del amanecer, luego el salat dhuhr a mediodía, después el salat asr entre 3 y 4 de la tarde, le sigue el salat maghrib que es el rezo del atardecer y, por último, el salat isha’a alrededor de las 8 de la noche. El adhaan es el llamado a la oración que se escucha en todas las mezquitas del mundo a la hora que corresponda orar. Además, hay apps que avisan a los fieles que llegó la hora del rezo, recordándoles que, más que su religión, el Islam es su estilo de vida.

 

Mente inquieta, tormenta onírica

Es increíble el poder que un germen microscópico ha ejercido sobre la humanidad entera. Podría decirse que es un microbio tan democrático que elige a sus víctimas en modo random. Me permito utilizar esta palabrita anglosajona tan actual en nuestra lengua para destacar no sólo el factor sorpresa, el azar, sino la ausencia de método y criterio que caracteriza a esta peste que viaja por el mundo como si fuera un ente inmaterial, en secreto, imperceptible.

¿Será una guerra biológica provocada por el hombre? ¿O acaso será un designio divino para sacudir al mundo, eliminar las raíces del mal y darle un nuevo sentido a la creación purificando a la humanidad?

A cualquier hipótesis podemos otorgarle el beneficio de la duda. Pero sí está científicamente comprobado que el Sars-CoV-2 es el agente patógeno de la enfermedad Corona Virus Disease 2019 o Covid-19, con un nivel de contagio exponencial tan feroz que en apenas poco más de tres meses se convirtió en una pandemia universal que ha puesto al mundo patas para arriba. O, quizás, también lo ha puesto de rodillas.

El mundo moderno no estaba preparado para afrontar el ataque de esta minúscula alimaña. Ni los sistemas de salud de países del primer mundo han sido capaces de anular la posibilidad de contagio y reducir significativamente la muerte de enfermos por Covid-19. Se han decretado tiempos de cuarentena voluntaria o no, según el caso, para ralentizar el proceso de contaminación mientras se crea una vacuna o se produce la inmunización colectiva. Para la vacuna habrá que esperar alrededor de un año. Para la inmunización colectiva hará falta el contagio del 60% de la población mundial. ¿Qué llegará primero?

Mientras tanto, el virus sigue su aciago festejo porque es una entidad viva. Mutará, probablemente. Y nosotros, la humanidad entera, sus víctimas manifiestas o potenciales, sentimos el miedo que genera la impotencia, la incertidumbre. El tormento onírico se hace entonces cargo de las horas destinadas al descanso y muchas noches transcurren entre pesadillas. Durante el día, la mente está tan inquieta que, a veces, nos juega sucio, otras veces se distrae auscultando los recodos de la memoria para rescatar pasajes tan memorables como, por ejemplo, el del varón musulmán que me inspiró a reflexionar sobre la fe en tiempos de pandemia. Creyentes, agnósticos, ateos, todos queremos una explicación convincente. Todos necesitamos creer, confiar. Todos necesitamos tener una esperanza.

 

Rastreando culpables

El gesto de aquel musulmán en oración me ha hecho preguntarme si su fervor, su fe, le está alcanzando para sobrellevar en paz esta pandemia que no dejó por fuera a países del mundo islámico. Leí que las mezquitas cerraron temporalmente, pero la oración se mantiene porque “el virus no afecta a los musulmanes que rezan, sólo ataca a los ateos y a los impuros”, según declaró a la prensa alemana una islamita convencida de que si la humanidad entera siguiera los preceptos del Islam, no habría enfermedad en el mundo.

Como todas las doctrinas, también el islamismo tiene un prisma versátil. Para el califato islámico, la pandemia es una condena de Dios contra las naciones idólatras, lo que incluye a países de occidente como Estados Unidos. Para otros grupos es la venganza de Mahoma contra los incrédulos, en general. Los yihadistas, considerados los activistas políticos más violentos del mundo árabe, perciben la pandemia como el castigo divino contra China, enemiga declarada del Islam por reprimir sin piedad a millones de musulmanes de la etnia uigur, asentados al norte del gigante asiático. No importa hacia dónde se dirijan las culpas, pues todos coinciden en que las enfermedades no atacan por sí mismas, sino por orden y decreto de Dios.

Mientras los científicos israelitas le buscan la caída al agente patógeno para crear una vacuna, rabinos, filósofos y cabalistas explican la pandemia desde el misticismo.

La religión católica también apunta hacia la conversión de la humanidad al catolicismo como el camino más noble para disipar la pandemia. ¿Es esta peste un castigo de Dios por malvados o incrédulos? ¿Acaso los muertos por el Covid-19 son un mal necesario? Si Jesucristo murió crucificado para redimir al mundo antiguo, los difuntos de la pandemia son mártires que dieron sus vidas para salvar la humanidad. Este es el trazo de la Iglesia Católica. El 27 de marzo de 2020, durante una conmovedora ceremonia en la plaza San Pedro de Ciudad del Vaticano, el papa Francisco bendijo a sus feligreses y les concedió la indulgencia plenaria o el perdón de los pecados. ¡Podemos ir en paz!

El judaísmo no se ha quedado ni callado ni de brazos cruzados. Mientras los científicos israelitas le buscan la caída al agente patógeno para crear una vacuna, rabinos, filósofos y cabalistas explican la pandemia desde el misticismo. Por ejemplo, Michael Laitman, doctor en filosofía, la interpreta como una manifestación visible de lo que ocurre dentro del ser humano cuando éste pierde la moral y se inclina hacia el mal, sacrificando entonces la integridad física, espiritual y emocional de otros seres humanos. ¡Imperdonable!

Otro judío reconocido por el carácter de sus conferencias, el rabino Ashrei Guttman, ha catalogado al virus como un gran maestro que vino a elevar el nivel de conciencia de la humanidad. Desde su óptica mística, el Covid-19 llegó para darle una enseñanza al ego universal. Dios no lo mandó, lo permite, que es distinto. El virus es el producto de las constantes violaciones del hombre a las leyes universales. Aceptar, valorar y adaptarse al nuevo escenario mundial, así como practicar la paciencia, la tolerancia y el respeto consigo mismo y con los semejantes, son los consejos de Guttman para aprender de las dificultades y alejar el miedo que genera la pandemia.

 

Interpretando lo intangible

La fe es seguridad, confianza, esperanza, y esos son factores imprescindibles para resistir emocionalmente la pandemia. Ni gobiernos ni políticos tienen propuestas enteramente fiables. Tampoco las cifras oficiales de contaminados, enfermos y fallecidos generan confianza. Las religiones hablan de un Dios creador compasivo, bondadoso y amoroso, pero apuntan hacia castigos, pecados, amenazas y arrepentimientos, ¿y eso alivia la ansiedad? Por otra parte, la ciencia no está en capacidad de ofrecernos una salida a corto plazo. Los resultados de estudios biológicos que realizan los laboratorios tomarán su tiempo, un tiempo valioso que transcurre muy pronto multiplicando contagios, sumando muertes, abonando la incertidumbre y el miedo. Pero, quizás por aquello del instinto de supervivencia, no hay asidero que se resista al ser humano en busca de tabla de salvación.

La madre naturaleza también ha dado de qué hablar, pues la interpretación y el pensamiento son libres. El halo solar que se observó en el firmamento comenzando el mes de abril ha sido uno de los sucesos celestiales más fotografiados por los venezolanos en los últimos días. ¿Un mensaje divino? No, el Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología (Inameh) explicó que el fenómeno meteorológico se llama parahelio y se produce cuando el sol se observa a través de la refracción de luz de los cristales de hielo que conforman las nubes altas. También la reciente erupción casi simultánea de volcanes en Indonesia, Italia y Ecuador ha inquietado la psiquis colectiva. ¿El apocalipsis, acaso? A cambio, la luna rosa de abril, la más grande de 2020, llegó con mensajes de paz, amor y esperanza. La interpretación esotérica indica tiempos de intensas energías que sacudirán nuestras emociones, pero augura la salvación divina para quienes sepan manejarse con claridad y lucidez.

Ángeles y arcángeles no pasan desapercibidos. Parafraseando al arcángel Metatrón, que firma un mensaje que circula en las redes sociales, la pandemia no es real, es sólo un caos aparente, es la antesala a la apertura de un nuevo ciclo cósmico, el ciclo de luz que comenzó en 2012 y que elevará al planeta Tierra a la quinta dimensión; es decir, a un estado de conciencia sin precedentes que nos permitirá sentir la dicha de amar y ser amados en plenitud. La partida de los seres queridos es dolorosa, pero hay que aceptarla porque ellos eligieron lo que más convenía a sus almas. En estos tiempos hay que orar, meditar, beber agua, comer sano, amar al prójimo, ser humildes y practicar la aceptación porque todo lo que está ocurriendo es por el bien común.

En similar sintonía con el arcángel Metatrón, más de un millón de seres de luz o influencers espirituales del mundo aprovecharon la poderosa alineación astrológica de Júpiter y Plutón para meditar simultáneamente el 4 de abril durante veinte minutos. Este acto magnánimo dio inicio al nuevo ciclo cósmico que liberará al planeta de las obsoletas estructuras del viejo mundo, eliminará el virus, acabará con el sufrimiento, desvanecerá el miedo y elevará la frecuencia vibratoria de la humanidad. Entonces, reinará la paz. ¡Amén!

 

La evolución espiritual del ser humano no elimina el virus, pero sí alivia el tránsito de la humanidad a través de este complejo mundo en pandemia.

De vuelta a lo tangible

Convivir con la pandemia es una lección dificilísima de aprender. Sin un manual de instrucciones nos está resultando muy rudo asimilar este aprendizaje forzoso. La economía, en general, pende de un hilo; el hambre amenaza, la incertidumbre crece, hay soledad, la fe tambalea. La humanidad está de luto por los mártires insepultos y por las almas que alzan vuelo sin despedirse. Los ritos mortuorios han existido desde los tiempos más remotos. Cada cultura tiene sus propias creencias, sus costumbres, su arraigo y su modo de sepultar a sus muertos. Es cierto que los hábitos suelen cambiar con el transcurrir del tiempo, pero quebrantar las tradiciones funerarias de la noche a la mañana es un hecho trágico que dejará huellas indelebles en la memoria de los dolientes. Son tantos que viviremos un doloroso duelo compartido.

La evolución espiritual del ser humano no elimina el virus, pero sí alivia el tránsito de la humanidad a través de este complejo mundo en pandemia. No hay punto de comparación entre quienes aprenden a enfrentar situaciones extremas con fortaleza espiritual y el miedo bajo control, y quienes sucumben ante el dolor, la incertidumbre y el desaliento. ¿En quién creer? ¿En quién confiar? ¿Dónde buscar ese hilo de esperanza que abona la fe? ¿Es cierto que Dios nos creó a su imagen y semejanza? Y si Dios es justicia divina, bondad, compasión, amor, ¿por qué entonces no buscar la paz espiritual dentro de nosotros mismos? ¿Está la tabla de salvación al alcance de nuestras manos?

Pero el Covid-19 es una enfermedad real, tangible y concreta que desató su malicia contra miles de organismos vulnerables, indefensos. Es una mutación, una nueva cepa, un nuevo código genético de los coronavirus, contra el que el ser humano no tiene defensas naturales. Para neutralizar su ataque hay que comenzar el proceso de adaptación orgánico partiendo de cero, hasta que la ciencia logre concebir la vacuna o la humanidad genere anticuerpos por inmunización colectiva.

 

Sobrevivir en dos dimensiones

Esta experiencia hay que aprender a vivirla en dos dimensiones. La dimensión física, que sugiere respetar las recomendaciones sanitarias de la OMS para minimizar el nivel de contagio exponencial, que se calcula de dos a tres personas por cada infectado. Las investigaciones más recientes apuntan a que esta nueva versión de coronavirus permanece tres horas en el aire, cuatro horas en las monedas, un día entero en el cartón, y de dos a tres días en plásticos y piezas de acero inoxidable. Imprescindible higiene personal y doméstica, así como distancia social y uso de mascarillas que, aun cuando es elemento de protección, nos hace sentir seres poco amigables, ajenos al entorno. Y la dimensión espiritual, que se consigue conciliándonos con nuestra esencia más pura, con nosotros mismos, hasta encontrar la paz, la armonía y el equilibro que nos permitirá tener esperanza y abonar una fe verdaderamente inquebrantable.

Adriana Boccalon Acosta
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