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Migajas
(del libro Cuentos de casino y las trampas del azar, de Adriana Boccalon-Acosta)

domingo 14 de septiembre de 2025
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“Cuentos de casino y las trampas del azar”, de Adriana Boccalon-Acosta

El sueño me venció al amanecer. Desperté cerca de mediodía. Mi cabeza daba vueltas, era un torbellino, y no por los efectos del alcohol, pues no había bebido ni una gota de licor la noche anterior. Dormité unas pocas horas, pero el pírrico descanso no me había servido de mucho; no lograba poner en orden mis ideas. Seguía aturdida, asustada, arrepentida, ¡qué sé yo! Pero también agradecida. Me estremecía aquella voz clara, pastosa y fuerte de Francisca Duarte. ¡Me erizaba recordarla! Aún me eriza...

Mientras preparaba café para espabilarme y tratar de despejar mi mente amotinada, repicó el teléfono. Era Libia. Ella tampoco había podido conciliar el sueño sino hasta muy avanzada la madrugada, quizás despuntando el alba, pero la mataban las ganas de regresar al casino, o a la escuelita, como lo llamábamos en público para despistar a la gente. Supongo que ya sabíamos que algo estábamos haciendo mal, pues preferíamos mantener en secreto que visitábamos con frecuencia aquel lugar.

Me contó que, cuando finalmente la venció el agotamiento y entró en una especie de sopor, tuvo una visión tan auténtica, tan absolutamente inmaculada, que apostaba a que no era más que una magnífica premonición. En aquella revelación onírica se le aparecieron en fila india los cinco lagartos de la maquinita que dejó entendiendo la noche anterior. ­“...Y me gané el pote, el pote buchón, un realero, porque para coronar se asomaron con los tres comodines”, me dijo con tanta convicción que juré que se lo estaba creyendo. Claro, pensé, es la ilusión de todo jugador; imposible desdeñarla.

“Cuentos de casino y las trampas del azar”, de Adriana Boccalon-Acosta
Cuentos de casino y las trampas del azar, de Adriana Boccalon-Acosta (Letralia-FBLibros, 2025). Disponible en Amazon

Cuentos de casino y las trampas del azar
Adriana Boccalon-Acosta
Narrativa
Alianza Editorial Letralia-FBLibros
Caracas (Venezuela), 2025
ISBN: 979-8292970972
250 páginas

—Amiga, ¿y si nos desquitamos hoy? —me propuso Libia—, y no es que tenga mucha plata, sólo cargo encima lo que le debo a mi tía Blanca, pero necesito recuperar lo que perdí anoche y presiento que hoy es mi día de suerte. Tú me conoces, sabes que soy una guerrera con mucha fe. Además, ya tengo lista la macumba. Imagínate que en cuanto me levanté me eché un baño de vainilla, canela y miel de abejas, y lo puse superpoderoso con esencia de mandarina, todo dulcito para espantar la pava y atraer la buena vibra. Y claro que para completar el ritual les prendí velas a todos los santos invocando la fortuna; una grandotota amarilla para la abundancia y el dinero.

—Ay, Libia, tú y tus vainas tan locas —dije bostezando.

—Está bien, no me creas, pues... pero ya verás cómo funciona. ¿Y entonces?, yo estoy casi lista, dime a qué hora vienes a buscarme y te espero en la puerta. Ah, y otra cosa, no creas que te dejé por fuera, aquí te tengo tu frasquito con esencias dulces para que te las eches encima. Puedes estar tranquilita porque no vas a andar por ahí oliendo a bruja; te juro que no vas a espantar.

Libia no tenía compón. Me divertían sus prácticas esotéricas porque no hacían mal a nadie. Lo que definitivamente sí rechazaba mi sensible olfato era la hediondez a tabaco rancio, y a esencias aceitosas y pócimas florales baratas. Sobre su propuesta, que no era una orden sino una tentadora invitación, acepté. Entre su entusiasmo y mi fascinación por los juegos de azar, hora y media más tarde estábamos entrando juntas al casino. De cualquier modo, quizás hubiera ido sola, como prefería hacerlo.

Cargar con el compromiso moral de acompañar al compinche que, como en el caso de Libia, agotaba su dinero muy pronto contando con fondos ajenos, por ejemplo, con los míos, suele ser un estorbo para un apostador de oficio. Dado el caso, cualquier excusa es buena para evadir el tácito convenio del subsidio, una pesadilla para quien sólo está dispuesto a costear su propia adicción, no la ajena. Si el dinero rinde, no será para financiar a los amigos, sino para estirar la propia permanencia en el casino tanto tiempo como sea humana y materialmente posible.

El sueño de todo jugador es pegarse un pote bien gordo. Lo que ocurre es que, si corre con esa suerte, es muy raro que abandone el casino con el botín intacto. Casi siempre cobra el dinero y se mantiene al pie del cañón tentando a la fortuna. Quiere más, mucho más, más adrenalina, más emoción, más placer... Entonces ¿por qué desperdiciar la buena racha y la fascinante sensación de seguir apostando por más recompensas que supone bien merecidas? La ilusión se potencia, la seducción no se agota. Ilusión y seducción se amalgaman para arropar a sus víctimas con un hechizo que deshilacha sus vidas, mientras estas desgastadas existencias se aferran con locura a una quimera que acaba por asestarles un duro golpe que puede resultar mortal.

Mentes retorcidas merodean por los pasillos del casino. Saben cómo mover sus piezas. Conocen la naturaleza humana y apuntan a sus víctimas para aprovecharse de su flaqueza. Tientan al incauto a aceptar dinero en calidad de préstamo a intereses monstruosos por horas contadas minuto a minuto. Apostador que se rinde ante tan seductora propuesta, se encarama sobre un tortuoso camino de destrucción progresiva que sobrepasa su capacidad financiera. También agota su propio ser, su integridad, su entorno familiar y social, su vida laboral, su mundo afectivo. Pero de algo hay que vivir, dirán los prestamistas, y por qué no hacerlo a expensas del sueño del ludópata que fragua en mentes frágiles, vulnerables, de seres humanos que terminan perdidos en los intrincados laberintos de los juegos de azar, viviendo en soledad, tristes, a oscuras, en ruinas...

Por aquel entonces no había cabida para tan profunda reflexión. Así que Libia y yo regresamos al casino dispuestas a recuperar lo perdido la víspera. Apenas traspasamos el umbral, ella no dio un paso en falso para enfilarse hacia la máquina que dejó abandonada la noche anterior. Por suerte para ella, digamos, estaba disponible, pues de otro modo la habría carcomido la impotencia. Era su ilusión y quién mejor que yo para entenderla. Ella estaba tan segura de que el cajón le asomaría los cinco lagartos con los comodines que le triplicarían el premio, que no me molesté en sugerirle algo diferente. La acompañé un rato porque me había contagiado su entusiasmo y no quería perderme el placer de disfrutar su sueño hecho realidad.

—Mira, mijita, hoy no tengo mucha fuerza para darte de comer, así que destácate, por favor, y mejor si lo haces rapidito porque la semana pasada me tragaste el alquiler de la casa, hace dos días te comiste la plata del mercado y ayer te quedaste con la mensualidad de la escuela de la chama —le reclamaba Libia a la máquina dándole golpecitos por los lados y sobando la pantalla que tenía frente a ella, con cara de esperanza infinita—. ¿No crees que eso es como mucho con demasiado? Hoy vengo con la plata que le debo a Blanquita mi tía, así que ni se te ocurra dejarme mal parada. Confío en ti; mejor pórtate bien.

Era domingo y el casino, como era usual los fines de semana, rebosada de gente. Dejé a mi amiga entretenida con su monólogo y sus lagartos para iniciar el periplo de costumbre. Antes de instalarme en alguna estación decidí dar una vuelta por la sala para sentir cuál de las máquinas desocupada me cautivaba, dónde podría apostar a ganador. Era un buen momento para aprovechar mi percepción extrasensorial y las bondades de las esencias dulces que Libia había preparado para mí. Entonces no sabía que, indistintamente de mi selección, acabaría atrincherada en territorio enemigo.

Sin perder detalle, con un puñito de billetes apresados en mi mano izquierda, recorrí el escenario disfrutando las emociones que se destapan ante tan coloridas opciones, siempre alerta a la ansiada señal. Unas más, otras menos, pero todas las maquinitas tienen su potencial, todas encierran la posibilidad de una agradable sorpresa. Y entonces me dije: “Hoy alguna de estas cajitas de Pandora me tiene reservado el gran premio, ese que espera por mí, el que me corresponde después de tanto insistir. El merecido premio a mi perseverancia”.

Libia había quedado atrás regodeándose en su quimera. Ya aparecería cuando se ganara el pote o cuando se quedara sin dinero. Cualquier cosa podría ocurrir, pero ojalá fuera lo primero. Caso contrario no sólo tendría que aflojarle billetes de mi bolsillo en calidad de préstamo olvidadizo para que siguiera apostando hasta la hora que a mí me provocara salir de allí, sino que seguramente se endeudaría con alguien más para poder llevar comida a su casa al día siguiente.

Me abrí paso a través de un estrecho corredor donde estaban dispuestas dos filas de fascinantes máquinas que dan juegos gratis que triplican los premios, una frente a otra. Caminé lentamente sorteando la humanidad de hombres y mujeres con miradas inquietas, andares extraviados y algún billetico en mano, quienes se tropezaban buscando una rendija libre para dejar colar por allí su ilusión. ¡Y es que todos íbamos a la caza de una efímera recompensa!

Para transitar por aquel pasillo también había que esquivar mesoneros malabaristas que sostenían bandejas llenas de platicos con pasabocas fríos y vasos rebosantes de bebidas espirituosas de esas que, a veces, le borran a la gente hasta el nombre propio. Son tentempiés que cortésmente obsequia el casino para mantener contenta a la clientela y, por supuesto, seducir voluntades flexibles, hambrientas de placer.

Y ni hablar de alguna que otra anfitriona mal parada, además de mal pagada, harta de fingir sonrisas al responder al llamado de apostadores impacientes que, habiendo ganado algún premio, reclamaban el pago de inmediato. Creo que de esas caras ácidas sólo se salvaban, o se salvan, los clientes generosos que acostumbran a aflojar buenas propinas.

Atascada en mitad del pasillo, y enredada entre el gentío que iba y venía, me resultó difícil recomponer en segundos la locura que sucedía en mis narices. Lo que estaba observando era un episodio que superaba mi capacidad de asombro, un hecho inesperado que nada tenía que ver con la voz clara, pastosa y fuerte que la noche anterior me había advertido de un peligro inminente. Sin poder dar crédito a lo que veían mis ojos, inmóvil y pasmada sin entender qué ocurría y, por supuesto, sin saber qué hacer o hacia dónde echar a correr, terminé involucrada en un hecho totalmente ajeno a mí.

—Desgraciada, imbécil, eres una cretina, una ladrona. ¿Con que es aquí donde te gastas mi dinero? ¡Ya me lo sospechaba yo! Estúpida, irresponsable, así era como te quería encontrar. Ahora entiendo todo, pero ya verás, ¡ya verás, mujer miserable! Yo que tanto me jodo trabajando como un animal para que vengas tú a botar el dinero como si yo no me lo sudara, ¡como si lo cagara, carajo! Camina, imbécil, que esta mierda se acabó hoy —gritaba aquel energúmeno fuera de sí a la que parecía ser una esposa humillada, avergonzada, enmudecida.

”¡Ya verás cuando lleguemos a casa!, y eso si llegamos, porque lo que me provoca es cocerte a golpes aquí mismo —amenazaba el hombre furioso—. ¡Ladrona!, eso es lo que eres, una ladrona malparida e irresponsable. Y ladrona por partida doble, porque no sólo me robas a mí, sino que le robas a la familia, a tus propios hijos, ¡descarada! y después quieres que te respeten. ¡Hasta cachos me habrás puesto!, pero eso no me extrañaría de ti, aunque dudo mucho que haya otro imbécil que se fije en un pedazo de loca desquiciada como tú...

De un solo tirón de cabello aquel tipo cargó con la mujer y se la llevó prácticamente a rastras a lo largo del pasillo en una carrera desatada hacia la puerta principal, atravesando la sala ante la mirada atónita de los clientes y dejando estupefactos al personal de seguridad que ya nada debían hacer para apurar la salida. El hombre iba hacia allá solito tirando de su presa mientras se devoraba la distancia a grandes zancadas y echaba por la boca cualquier cantidad de improperios e insultos con los ojos brotados por la furia indómita. En su desaforado trayecto provocó el sobresalto de muchos, la ira de otros, y la caída al suelo, a consecuencia de una brazada a la deriva, de una doña que jugaba en una máquina, totalmente ajena a la violenta disputa.

Por si fuera poco, pasmada como estaba frente a semejante muestra de poderío del macho alfa de la casa, recibí un empujón que me lanzó, sin oportunidad de librarme, contra la humanidad de un mesero cuya bandeja voló por los aires impactando contra la desgastada alfombra color rojo sangre rancia que cubría todo el piso del casino, haciendo añicos vasos y copas, y rociando virutas de vidrio y gotas de güisqui, vino, soda, té, café y agua a todo el que estaba por ahí. En ese instante ya el verdugo y su víctima estarían fuera del recinto.

Yo había visto muchas veces a esa mujer en el casino, apostando siempre en las mismas máquinas, en solitario, al igual que tantos otros jugadores. Tenía una obsesión. O una adicción, mejor dicho. Se llama Isabel. O se llamaba, ahora no lo sé... En el casino no se hacen amistades, sólo se saludan personas que se ignoran adrede fuera del recinto, si es que alguna vez se llegan a reconocer en la calle. La primera vez que me habló, quizás un año atrás, fue para pedirme candela para encender un cigarrillo. Me preguntó entonces si acaso la recordaba. Le respondí que su rostro me parecía conocido, pero nada más.

—Me llamo Isabel, y si no me recuerdas, porque yo a ti sí, es porque hace poco me cosí el estómago. Aún me estoy recuperando de la cirugía. No me da pena decirlo, era gordísima; obesa, más bien. ¿En serio no te acuerdas de mí? Antes tenía la autoestima por el subsuelo, pero te juro que ahora me siento muy bien. Claro, del quirófano salí derechito a la consulta con mi psicóloga; sin ella no sé qué habría sido de mí... ¡No te imaginas el giro que ha dado mi vida desde entonces! Me quité un montón de kilos, casi 40, ya no tengo exceso de grasa ni me cuelgan los pellejos, y aunque para mi marido sigo siendo un cero a la izquierda, yo me siento fantástica —confesó satisfecha respirando profundo tras aquella letanía.

—Sí, ¡pero claro que te recuerdo! Tu cara sí me resultaba familiar y ahora que me cuentas... La verdad es que esa cirugía te vino de perlas, estás bellísima —le dije para acariciarle el ego, pues nada más conveniente que el reconocimiento para subir la autoestima que Isabel estaría deseando fortalecer.

Ciertamente, lucía muy bien. Pero reconozco que sin su confesión no habría relacionado a una mujer pasadísima de peso, desaliñada, con el cabello largo recogido con una liguita sin ningún tipo de arte en una cola de caballo, sin maquillaje y vistiendo ropas holgadísimas para disimular su abundancia corporal que, de paso, la hacían ver más gruesa, con una tipa elegante, de buena talla, de unos 45 años, piel bronceada, cabello castaño arreglado como de salón y ojos claros maquillados sin pretensiones para resaltar una dulce pero triste mirada. Vestía falda casual por los tobillos con pretina justo debajo del ombligo, y un entallado top cuello en V que insinuaba los firmes senos de una mujer bien dotada.

Isabel era hija de españoles; hija única, la niña consentida de casa. Creció bajo la custodia de unos padres sobreprotectores que, en su afán por blindarla contra las amenazas del mundo exterior, la convirtieron, seguramente sin mala intención, en un ser vulnerable, dependiente, indefenso, que al crecer haría frente a los avatares de la vida tratando de pescar sabiduría, ánimo y fortaleza dentro de una caja de herramientas emocionales prácticamente vacía.

Creció en una burbuja de fantasía cual princesita privilegiada que no tendría que preocuparse jamás, mucho menos ocuparse, por nada en absoluto. Por encima de su madre, el artífice de su bienestar durante su niñez, adolescencia y juventud, había sido su padre. Luego, tan noble compromiso debía heredarlo un buen hombre a quien él la entregaría en matrimonio, cuando ella se convirtiera en una mujer preparada para fundar su propio hogar. A pesar de la buena intención paternal, la crianza de Isabel afectó la formación de un ser independiente con capacidad de discernimiento.

Su mundo de ilusiones era versátil, colorido. Isabel deseaba seguir los pasos de su prima andaluza, Aurora, y convertirse en una afamada bailarina de flamenco. También disfrutaba los frenéticos aplausos de un público imaginario al finalizar cada actuación sobre las tablas. Se veía encaramada sobre el escenario de un teatro más allá del que conocía en el colegio de monjas donde había estudiado toda la vida. O quizás convertirse en abogada para litigar a favor de causas nobles en su propio bufete. Pero aquellos sueños de Isabel se esfumaron. Su padre se negó a dejarla volar. Sus ideales de juventud eran ilusiones lejanas, deseos inalcanzables, sólo quimeras. Su voluntad mermó paso a paso, se sentía vacía. La frustración horadó sus anhelos hasta dar al traste con la autoestima de una mujer que consiguió aliviar sus desengaños en el mundo de las adicciones.

La gula la convirtió en obesa, pero ese asunto lo resolvió un equipo médico a punta de mucho dinero y un afilado bisturí. La conducta adictiva de Isabel se abrió en abanico y, sin apenas percatarse, un día quedó atrapada en las maquiavélicas garras de los juegos de azar. Su padre, por complejo de culpa, porque le sobraba el dinero o quizás por amor, pagó las cirugías de Isabel, sus terapias de recuperación, las consultas con la sicóloga y hasta un montón de ropa bonita para resaltar su nueva figura. Las apuestas en el casino las costeaba el marido, obviamente, sin saberlo.

De Isabel no supe nunca más. Es probable que haya cambiado de casino para evitar la vergüenza después de tan vergonzosa escena. También puede ser que su marido enloquecido la zampara de cabeza en un consultorio siquiátrico, o que haya cumplido su promesa de golpearla hasta darle muerte por disponer, a sus espaldas, del dinero de la casa y de los ahorros depositados en cuentas mancomunadas.

A veces pienso en Isabel con nostalgia, especialmente cuando evoco dolorosos relatos como, por ejemplo, el de Ramírez, un taxista que por aquel entonces trabajaba noches y madrugadas en la línea del casino. Obviamente no se trataba de Isabel, pues la nueva protagonista era una mujer de baja estatura, más redondita que estilizada pero muy bien formada, según Ramírez; de unos cincuenta años, buenamoza, de cabello oscuro, corto, y un par de enormes ojos color miel.

Adriana Boccalon-Acosta
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