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Carta a Corín Tellado

sábado 22 de mayo de 2021
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Corín Tellado
Quiero que mi recuerdo sobre tu figura siga siendo el de una niñita de ocho años que, leyendo las novelas de Corín Tellado, se enamoró profundamente del sentimiento del amor.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

Apreciada señora Corín Tellado:

He repasado un millón de maneras distintas para empezar a escribir esta carta y la verdad es que he optado por elegir la espontaneidad total. Comencé por un saludo que me pareció apropiado, pero decidí tachar dos palabras. Primero, señora, y segundo, Tellado. Y no porque no corresponda lo de señora Tellado, sino porque durante tantos años la he sentido tan cercana que, con todo el respeto que merece, decidí tratarla de tú. Quizás parezca que soy bastante lisa, como decía mi abuelita para referirse a aquella persona desvergonzada o de pocos escrúpulos, pero no se trata de eso. Ya te iré contando, querida Corín…

¿Sabes? cuando la revista Letralia convocó a los colaboradores a participar en la edición aniversaria para celebrar sus veinticinco años, y leí que esta vez el tema era la lectura, enseguida pensé en ti. Hasta yo misma me sorprendí de la velocidad con la que mi mente voló en retrospectiva. Apenas tenía ocho años cuando comencé a leerte. Desde entonces han transcurrido más de cinco décadas. ¡Qué de recuerdos! Todo comenzó con un pastel de chocolate, relleno de chocolate, con cubierta de chocolate, que me preparó mi abuelita para complacerme el día de mi cumpleaños. Pero comí tanto chocolate que terminé enferma con hepatitis y tres meses de reposo absoluto en cama para que el hígado no se resintiera más.

En las casas de aquella época había un solo televisor que, usualmente, estaba ubicado en la sala donde la familia se reunía a ver el mismo programa. Hoy en día es diferente, pero no viene al caso. Como te contaba, yo estaba aburridísima en mi confinamiento forzoso, pues a nadie se le ocurría ponerme un televisor en el cuarto, que era lo que yo deseaba. Sin embargo, mi papá llegó una tarde con un magnífico radio para que me distrajera escuchando música. Enseguida me aprendí la letra de mis canciones favoritas, hasta la lírica de Payaso, de Javier Solís, que me inspiraba miedo a la oscuridad y dolor por la soledad. Un día, dándole vueltas al botoncito del dial, descubrí la magia de las radionovelas que me trasladaban a escenarios inimaginables. La que recuerdo de manera especial, y no precisamente por amable, es El hombre de la cuerda de nylon, que transmitía Radio Continente. Era la historia de un asesino que ya sabrás cómo ahorcaba a sus víctimas.

Más allá de la academia quiero darte las gracias a ti, Corín, porque tú me enseñaste a leer, tú despertaste en mí la inquietud por conocer qué ocurre en las vidas ajenas.

Mis papás no sabían qué hacer conmigo para mantenerme entretenida. Obviamente, no querían que yo me quedara enganchada a esas radionovelas tétricas y, además, ya le temían a la música que me animaba tanto, pues más de una vez me cacharon bailando twist en solitario. Por supuesto, derecho al lecho con mi bolsita de caramelos rellenos de miel de abeja. ¡Qué pesadilla! No recuerdo claramente, pero supongo que los libros de texto del colegio apestaban. Entonces, mi mamá tuvo una idea genial y se fue por todo el vecindario recolectando revistas viejas. ¿Sabes qué me llevó? Pues un enorme cartapacio repleto de Vanidades. Y fue entonces cuando tú, Corín Tellado, entraste a mi vida.

No tengo idea de cuántas de tus novelas rosa me leí. Muchas, muchísimas, supongo. Tampoco era que mis papás estaban encantados de verme leyendo esas cosas para adultos, pero creo que me dejaban tranquila porque mantenía mi hígado quieto y en reposo. Y cuando se ponían muy pesados, leía debajo de las sábanas. La trama siempre era el amor romántico, esa emoción que nos mueve, que nos motiva, que nos transforma. No recuerdo una historia en particular, te lo confieso, pero sí me quedó grabada en la memoria una frase que, aunque ahora me suena bastante cursi, a los ocho años me colocaba en un rol protagónico en el teatro de los sentimientos, del reconocimiento, de la esperanza y la ilusión, pero a veces también del desamor porque así es la vida de verdad, la existencia real. ¿Te imaginas a qué frase me refiero? Bueno, es esta: “…y reconocería sus pasos entre un millón”.

Volviendo a las letras que me ocupan, sé que no tendrás esta carta entre tus manos porque hace rato partiste de este plano terrenal. ¡Vaya usted a saber dónde estarás ahora! Pero igual te escribo para agradecerte por mostrarme emociones que no había descubierto aún en mi mundo, en mi limitado escenario infantil. Claro que recuerdo a las hermanas Virginia, Marcel y Elizabeth como mis primeras maestras en el colegio San José de Tarbes de El Paraíso, donde aprendí el abecedario y los números, el catecismo, buenos modales, a tejer, a bordar. Pero, más allá de la academia quiero darte las gracias a ti, Corín, porque tú me enseñaste a leer, tú despertaste en mí la inquietud por conocer qué ocurre en las vidas ajenas, qué hay detrás de la mente consciente, qué emociones mueven a los personajes sean reales o ficticios. ¡Tú me iniciaste en el hábito de la lectura!

¿Sabes que llegué a pensar que tú misma fuiste un personaje ficticio, una autora fingida? Algo así como una firma o un escritor fantasma, quizás. Pero fíjate qué emoción sentí hace pocos días cuando revisé tu biografía y supe que naciste en España, te marchaste en 2009, escribiste como cinco mil novelas de amor inspiradas en personajes de la vida real y eso de Corín es una especie de diminutivo de Socorrín que, según leí, también viene siendo otra especie de diminutivo de María del Socorro, que era tu nombre de pila. Pero, al final, tampoco quise indagar mucho más para no contaminar estas letras. Quiero que mi recuerdo sobre tu figura siga siendo el de una niñita de ocho años que, leyendo las novelas de Corín Tellado, se enamoró profundamente del sentimiento del amor.

Después de mucho emocionarme con tus letras mientras transitaba aquella hepatitis, y aun después cuando caía en mis manos alguna edición de la revista Vanidades, comencé a leer las intrigas de Agatha Christie. De ella aprendí otros aspectos de la conducta humana. ¡Realmente fascinante! Imagínate lo interesante que me resultaron sus historias policíacas, que por mucho tiempo quise estudiar para ser detective y después dedicarme al oficio despejando incógnitas en casos criminales. También Lobsang Rampa se convirtió durante mi adolescencia en un autor favorito a pesar de los rumores sobre fraude editorial, pues el hombre no era ni monje budista ni lama tibetano, y jamás había salido de Inglaterra. Pero, honestamente, eso para mí siempre fue transparente. Recuerdo El tercer ojo y El cordón de plata como dos magníficos libros sobre la búsqueda del ser interior y la espiritualidad del ser humano. Y te digo algo más, querida Corín, fraude o no, Rampa también fue significativo para mí.

Yo quería leer y leer cada día más, pero en mi hogar familiar la biblioteca era bastante reducida; sin embargo, nunca faltaba la edición más reciente de la revista Selecciones. La letra era muy pequeña para mi gusto, pero me la leía de cabo a rabo comenzando por los chistes de La risa, remedio infalible, que siempre tenía dibujitos bien divertidos. Hablando de chistes y humor, imagínate que mis ansias por leer lo que cayera en mis manos eran tan enormes, que cuando no estaba estudiando palabras nuevas en el diccionario Larousse que había en casa, me leía, con puntos y comas, las letras de los cancioneros que vendían en los quioscos por real y medio. Recuerdo uno que me causó tremendo problema en el colegio, pues tenía la foto de una Lila Morillo jovencita en bikini en la portada. Las monjas estaban tan horrorizadas con semejante desvergüenza que me castigaron, pero bueno, no viene al caso contarte esa anécdota en esta carta.

Me cautivan los libros que me mueven hasta la fibra más secreta, los que me generan intriga, los que me inquietan, los que me proponen cuestionamientos intensos.

Corín, espero no estar aburriéndote con tanta cháchara, pero tú me iniciaste en este mundo de las letras y son tantos los recuerdos, las reflexiones, el aprendizaje y mi agradecimiento contigo, que podría pasar horas tecleando. Sin embargo, sé que no debo extenderme mucho más porque, si no estás ocupada, entiendo que ya estás retirada. Pero antes de cerrar déjame contarte del tío Horacio. Él era el esposo de mi tía Lula, todo un caballero a la antigua. Imagínate que, al monsieur Poirot de Agatha Christie, yo le ponía el rostro y el porte del tío Horacio. Era introspectivo, reflexivo y analítico, de hablar pausado, humano hasta más no poder, pero también un ser muy espiritual. Él pintaba cuadros en su tiempo de relajación. Además, leía libros interesantísimos que comenzó a compartir conmigo cuando entré a bachillerato. Si mal no recuerdo, fue él quien me presentó a Lobsang Rampa, advirtiéndome sobre su verdadera biografía.

El tío Horacio también me prestó Los curas comunistas, de José Luis Martín Vigil, otro libro que recuerdo de manera muy particular, no sólo por su contenido no apto para una adolescente de la época, sino porque se me ocurrió llevarlo al colegio para leerlo en el recreo y, ¿adivinas qué ocurrió? pues, Corín, que mis queridas monjitas me lo confiscaron alegando que “sobre comunismo ni se habla ni se lee en este colegio”. La literatura permitida eran obras de Rómulo Gallegos como Doña Bárbara, Canaima y Cantaclaro, y clásicos como La Odisea, La Ilíada, Don Quijote de la Mancha y ese tipo de cosas que también hay que leer, aunque yo siempre fui muy rebelde con los escritos en general.

Me cautivan los libros que me mueven hasta la fibra más secreta, los que me generan intriga, los que me inquietan, los que me proponen cuestionamientos intensos, los que me ponen a pensar, los que me remueven las memorias. Me seduce la literatura que me ayuda a comprender al hombre y sus procesos internos, sus reacciones, sus sentimientos, los misterios del ser humano. Abrazo los libros que me ofrecen herramientas para entender la humanidad, los escritos que me abren las puertas de un escenario donde puedo elegir qué personaje caracterizar, qué rol desempeñar, con quién me identifico. Me gustan los escritos que me dan la libertad, me conducen o me empujan, da igual, a ponerme en los zapatos ajenos. Creo, Corín, que ese calzar prestado que promueve la lectura es, quizás, una de las prácticas que más favorecen el entendimiento, la compasión, la empatía.

Mi querida Corín, ¿entiendes ahora por qué siempre te he sentido cercana y por qué tuve el atrevimiento de tratarte de tú? Ya te conté cómo fue enamorarme del amor leyendo tus novelas románticas a los ocho años y cómo la emoción de tus letras despertó en mi ser la sensibilidad por la creación literaria. Leer y escribir es un arte, una expresión magnánima de sentimientos y emociones que nos alimenta el espíritu y nos eleva muy por encima de lo tangible. Por eso, apreciada señora Corín Tellado, alias Socorrín, mi más sincero agradecimiento por haber hecho acto de presencia en mi vida y, por supuesto, por haber dejado una marca imborrable.

¡Agradecida contigo, siempre!

Adriana Boccalon Acosta
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