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La noche de los supositorios

sábado 23 de mayo de 2020
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La noche de los supositorios, por Luis Alfredo Castellanos
Cargué contenido a la cafetera y busqué en la alacena algo que comer y de unas viejas galletas, cereales a punto de expirar, leche en polvo y sopas instantáneas, no pasaban mis provisiones.

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

Tenía mucho calor. Menos mal que el aeropuerto, para mi sorpresa, lucía bastante transitable. Pero en esta época del año no había aire acondicionado que hiciera frente a estas altas temperaturas propias de la época y del trópico. Revisé el celular y eliminé el modo de avión y lo activé a la cuenta de datos que manejo.

La mujer tras la ventanilla, una sexagenaria cuyo rostro apenas dibujaba algunas arrugas y otras por la costumbre del ceño fruncido, suponía que la estaba pasando mal con este clima y evidenciaba una fatiga cancerígena. Lo que a mí me ayudaba un poco es que pude dormir toda la travesía del vuelo. Me entregó mi pasaporte y apenas musitó con una indiferencia mortuoria: “Bienvenido”. A lo que repliqué con una sonrisa armada con piezas de lego.

Inicié mi marcha al parqueo cuando recibí la llamada de Manuel, mi hermano mayor.

Manuel conocía mi carácter de pasar de un monje de la orden de los cartujos a un incendiario del nivel de Atila.

—¡Hola!, ¿dónde estás? —preguntó.

—En el aeropuerto, ahora voy a buscarte.

—¡Detente ahí! —gritó.

—¿Qué pasa? —interrogué molesto.

—No estoy en el aeropuerto.

—¡Y por qué me avisas hasta hoy!

Manuel conocía mi carácter de pasar de un monje de la orden de los cartujos a un incendiario del nivel de Atila en cuestión de cero a un segundo, por lo que me insistió en que me calmara.

—¡Por favor, Manuel!, ¿cómo me pides eso en este momento?     

—¡Deja que te explique, hombre!

—¡Si era por cuestión de dinero lo hubieras mencionado y te habría dado lo que pidieras!

—¡Hombre, no es el fin del mundo!

—¡Claro que no para vos porque no estás aquí… —veo rápidamente mi reloj— a las siete con quince de la noche!

—¡Antonio!, ¡deja de gritar! —y su voz me pareció tan corpórea en ese momento que me detuve y separé el celular de mi oreja y vi la pantalla para clarificar mi impresión—. ¿Estás ahí? —me preguntó.

Acerqué el teléfono nuevamente y respondí.

—Escúchame bien, Antonio, y quiero que respondas lo que te pregunte. ¿Entendiste?

Respondí con desgano.

—Sé que estás molesto y no te culpo, pero necesitas saber algunas cosas.

Suspiré mirando a todos lados.

—Dime.

—¿Dónde has estado?

—Anoche te lo dije.

—Repítelo otra vez.

—Concursé por una estancia de escritores de dos meses para producir un trabajo en Málaga y lo gané, ayer terminó y hoy estoy de vuelta.

—¿Viste noticias?

—¡Qué preguntas, Manuel!

—¡Contéstame, sí o no!

Por ser el hermano mayor le permitía ciertas libertades a Manuel, él quedó a cargo cuando mamá se iba a trabajar al supermercado en la sección de carnes y aún más luego de que papá nos abandonara para contraer segundas nupcias con una compañera suya en la compañía tabacalera donde era el responsable del comercio internacional.

—¡Responde de una vez!

Y ahora la voz que sonaba no era la de Manuel sino la de Carlos.

—¡Y eso en qué te importa a vos! —grité—. ¡No te metas en esto!

Carlos era el segundo, Cristina le sigue, aunque ahora vive en Australia con su marido, tres hijos y mi madre; pero con él la relación nunca fue muy buena, especialmente cuando descubrimos que a ambos nos interesaban las letras, se generó una competencia muy desleal por robarnos las ideas, participar en los concursos literarios de los que procurábamos no informar a nadie para tener la oportunidad de ganar, pero el demonio nos jugaba las cartas y ocurría que ganaba él o yo o ambos perdíamos ante otro, en fin, no en balde se menciona que en una familia no debe haber dos escritores.

Nadie se atrevía a contradecir a una mujer empedernida coleccionadora de Selecciones y lectora infatigable de todo libro con marca de España.

—¡Seguramente ustedes ignorantes como el casquivano de su padre no saben de la existencia de los hermanos Grimm! —nos gritaba mamá dejando de lado El jinete polaco de Antonio Muñoz Molina, mientras en nuestros adentros renegábamos de la descendencia materna y paterna que nos enlazaba como familia—, ¿por qué no pueden llevarse tan bien como lo hacían las Brontë?, Anne, Emily y Charlotte Brontë, quienes colaboraban entre ellas y son las hermanas literarias celebradas por la crítica y creo que algunos libros de ellas habrán leído si quieren llamarse escritores ¿o son solamente de aquellos que escriben sus porquerías y no tienen ojos para leer a los clásicos?; y hay más, junto a ellas están Nancy y Jessica Mitford; ¡y supongo que no sabían que Thomas Mann era el hermano pequeño de Heinrich Mann, un escritor muy popular en Alemania!; ¿y seguramente se acuerdan de los hermanos Machado? ¡Y puedo seguir, inmigrantes del mismo conducto vaginal!

Nadie se atrevía a contradecir a una mujer empedernida coleccionadora de Selecciones y lectora infatigable de todo libro con marca de España y renuente a interesarse por las vanguardias, las que profesábamos, según ella por la haraganería de empaparnos del clásico alejandrino y de la construcción sintáctica propia de la novelística rusa del siglo XIX.

A ella le aguantaba todo, menos a Carlos que empezaba con sus discursos sofisticados del formalismo de Tzvetan Todorov para criticar mi trabajo.

—¿Y? —preguntó Carlos.

Volví a la pregunta y también a mi agenda en Málaga: despertaba a las seis de la mañana, luego me iba a nadar un rato a la piscina de la residencia donde hacía mi estancia, desayunaba a las siete y desde las ocho hasta la una estaba enfocado en escribir en mi habitación; almuerzo de las trece horas hasta las quince, luego pasaba a la biblioteca a leer e investigar o a seguir escribiendo hasta las ocho, hora en que tomaba la cena y disponiendo de un reproductor de música clásica o viendo películas previamente seleccionadas de las décadas de los treinta hasta los noventa del cine español, europeo, latinoamericano y estadounidense hasta las diez con treinta, hora en que me retiraba a descansar. Y así fue de lunes a domingo sin excepción.

Esa era la condición, respetar ese horario para producir en el período establecido de sesenta días una obra, sin teléfono, Internet, periódicos o televisión, un aislamiento total, para concentrarme en mi proyecto: una novela negra corta. Luego se regresaba a los países a organizar con el editor la publicación del trabajo, contando con el financiamiento de los organizadores de la estancia; realmente era un buen premio, del cual gozamos cerca de veinte autores de diferentes partes del mundo: ingleses, africanos, norteamericanos y por supuesto tres latinos, con apenas coincidencia en las comidas, excepto las que se las saltaban por dieta o escrúpulos alimenticios porque les parecían muy exóticas, pero buena parte de la dieta malagueña está marcada por su vecindad con las playas como San Julián y Guadalmar: espetos de sardinas, porra antequerana, ensalada malagueña, boquerones fritos al limón, entre otros; la piscina, y un breve saludo en la biblioteca.

—No he visto noticias —respondí.

Y puedo jurar que al otro lado escuché a alguien suspirar, pero no me atreví a preguntar quién lo hizo.

—¿No sabes algo sobre el virus? —preguntó Carlos.

—¿El virus?

Recordé que algo de eso escuché antes de entrar a la beca de autor y algunos viajeros, a lo lejos, lo mencionaban en sus conversaciones en Málaga.

—¿Pero no se trata del virus de China? —interrogué.

—¡Ese mismo! —dijo Manuel—, entonces ya lo sabes, ¡qué alivio!

—Sí, alguien habló de eso en el avión, acerca de que quienes lo adquieren se mueren, pero eso es allá.

—Pero necesitas saber otras cosas —agregó Carlos.

—¿Saber qué? —la llamada me parecía inoportuna porque estaba sin transporte confirmado de regreso.

Manuel intervino y comenzó a explicarme que recién había terminado una conferencia de prensa del gobierno y el presidente había decretado el cierre del aeropuerto, las fronteras terrestres y los puertos y que todos los que provenían de naciones con reportes de contagio deberían someterse a una cuarentena para evitar la propagación del virus que era muy fácil de esparcirlo mediante saludos táctiles, estornudos o tos, y que estaba resultando mortal debido a que los seres humanos no contaban con defensas ante este nuevo padecimiento, por lo que se establecía el confinamiento y distanciamiento social.

—Debes reportarte con la autoridad, Antonio.

Molesto cancelé y noté que todo a mi alrededor se volvió un alboroto. Policías y enfermeros corriendo en todas direcciones.

—¡Estás loco, Manuel, necesito llegar a casa y ver a mi editor!, ¡mi trabajo no se va a retrasar por una enfermedad!

—¡Esto no es un juego, Antonio! ¡Esto no lo hemos visto antes, no te lo puedes imaginar, los países la califican de pandemia! ¡La gente se está muriendo en cuestión de horas si no recibe la atención médica necesaria!

—¡Cállate, Carlos, que esta es tu oportunidad para tranquearme mi obra con tus falsos consejos de hermano mayor!

—¡No deberías preocuparte por eso en este momento! ¡Debes cuidar tu salud y la de los demás por si estás infectado!

—¡Tú no sabes nada, Manuel, ahora comprendo por qué no viniste por mí!, ¡son unos hipócritas miedosos!

Molesto cancelé y noté que todo a mi alrededor se volvió un alboroto. Policías y enfermeros corriendo en todas direcciones. Intenté ocultarme por si empezaran a buscar a los recién llegados y busqué una renta de autos a la que tuve que correr porque estaban cerrando.

El encargado no se veía muy entusiasmado por alquilarme un auto.

—Sólo es por un par de horas, además pueden recogerlo en la Colonia Layco número…

—Ya existe una indicación sobre esta situación… —dudó—. Me metería en problemas si registro esto en la computadora.

—¡Necesito llegar a casa!, ¡no lo entiende!

Pero poco estaba logrando con exponerme tan vulnerable y alterado, por lo que le sugerí que asumiera que el sistema se había caído y que por lo tanto hizo un contrato manualmente y señalara una hora muy anterior a la restricción impuesta y que por ello le pagaría el doble del alquiler completamente en efectivo, y eso no habría que pensarlo mucho que se trataba de una propina muy generosa por su disposición.

El hombre pareció que sonrió con mi idea y en el acto sacó de su escritorio un legajo de papeles que firmé sin leer y luego me dio la llave y tarjeta de circulación de un sedán azul del dos mil. Di las gracias y ofrecí mi mano, la que sin consideración rechazó por los consejos para no contagiarse. En otras circunstancias me habría ofendido, pero en este caso estaba preocupado por llegar a casa.

Tenía que evitar a toda costa que me llevaran a uno de los centros de contención de los sospechosos o enfermos y meterme en mi habitación a trabajar virtualmente con mi editor, al que llamé sin suerte. Identifiqué el auto asignado y lo abordé para escapar de esta locura. El motor sonaba muy bien.

—Veamos, muchacho, lo que puedes hacer por mí —dije.

Inmediatamente sonó mi celular.

—¡Hola…!

—¡Antonio!, ¿dónde estás?

Era Manuel. Él no perdía su rol paternal de hermano mayor y de conciliador entre los conflictos que se daban entre Carlos y yo.

—¡No te preocupes, estoy bien, gracias por nada porque ya voy camino a mi casa!

Y lo apagué para evitar distracciones y me fueran a multar por sorprenderme usándolo.

El calor seguía insoportable y ya que lo único disponible era un auto sin aire acondicionado, tuve que bajar manualmente la ventanilla del conductor para que refrescara.

Encendí la radio y lo primero que salió fue la canción de Rod Stewart “I am sexy” y estuve tentado a dejarla y cantarla, pero debía actualizarme con la realidad de mi país, por lo que busqué noticias hasta encontrarlas.

En ese momento, la mayoría de las estaciones que sintonicé presentaban fragmentos de la conferencia presidencial o hacían evocaciones y en casos extremos perífrasis ridículas que no hacían más que repetir descaradamente lo del gobernante en los medios de comunicación: distanciamiento social, medidas higiénicas, uso de mascarilla, el inicio de una cuarentena domiciliar, entre otras.

La carretera estaba bastante libre para un fin de semana, lo que aproveché para subir a noventa kilómetros por hora en la autopista de Comalapa, pasando Olocuilta y su pupusódromo; Santo Tomás, dejando esa vía que lleva al Rancho Navarra para introducirme en el casco urbano de San Marcos; seguir por San Jacinto, Candelaria, pasar tres calles abajo de la Catedral Metropolitana hasta cruzar la alameda Juan Pablo II e incorporarme desde un costado del parque Centenario hasta la 27 calle poniente, donde se empezaban a avistar vehículos policiales y del ejército.

De unas viejas galletas, cereales a punto de expirar, leche en polvo y sopas instantáneas, no pasaban mis provisiones.

Al doblar la última calle para estar de frente a la casa, un auto venía a toda prisa en dirección contraria, pero con las luces altas, lo que me encegueció por unos instantes a punto de hacerme perder el control, por lo que hice un viraje repentino a punto de chocar con el árbol de almendro que da sombra a mi yarda de estacionamiento.

Aparqué con violencia y me introduje casi corriendo a la vivienda.

Encendí las luces del interior para no llamar la atención de los vecinos con las lámparas del frente.

Cargué contenido a la cafetera y busqué en la alacena algo que comer y de unas viejas galletas, cereales a punto de expirar, leche en polvo y sopas instantáneas, no pasaban mis provisiones.

—Resolveré todo con domicilio —me dije—. ¡Lo importante es que ya estoy en casa!, eso es lo que me debe aliviar por el momento y a enfocarme en mis asuntos cuanto antes.

Pero entonces descubrí con sorpresa que por bajar a toda prisa dejé mis cosas en el auto.

—¡Rayos! —expresé.

Me acerqué a la ventana solaire exterior, separé un poco los vidrios, lento y muy quedito, la calle seguía vacía y de los que temía alguna reacción, continuaban con sus casas cerradas y algunos habían apagado las luces de fuera.

Todo estaba a mi favor, por lo que decidí salir. Me alejé de la ventana y en el momento en que iba a abrir la puerta, los sonidos de unos autos frenando me detuvieron, volví a la solaire y policías bajaron de sus patrullas para rodear el vehículo al que registraron y extrajeron mis cosas.

—¡Otra vez rayos!

Ahora se dirigían a la casa.

Cerré con cuidado la ventana y me dispuse a irme al interior.

La vivienda no era de una arquitectura extraordinaria, pero sí de una distribución de los espacios en la que éstos se volvían independientes al cerrar los accesos con puertas que nunca había usado, hasta hoy. Por ejemplo, tenía un vestíbulo que me servía para recibir a los mensajeros o los paquetes de correo; seguidamente estaba la sala, que tenía un baño social compartido con una biblioteca personal que simulaba mi espacio de estudio, la puerta que cerraba este acceso y daba paso a un pasillo con una altura de un metro en el que se separaban, a su lado izquierdo, la cocina, y frente a ésta, el comedor; para cerrarlo y seguir con el pasillo de metro y medio que separaba dos habitaciones con sus baños; cerrando esta puerta se pasaba al patio interno que se abría en un espacio de cinco por diez metros cuadrados, ocupado por un juego de desayunador y jardineras colocadas a las orillas, con una barda de tres metros de altura; en un extremo un lavatrastos y lavamanos y otro baño social. En conclusión, para llegar hasta el jardín debían cruzarse cinco puertas, desde la principal hasta el fondo.

Y eso fui haciendo, a medida que avanzaba, corría los cerrojos con doble seguridad, apagaba las luces y llegaba a la siguiente a hacer lo mismo. Fue en la cocina donde escuché los primeros golpes en la puerta principal, por lo que me apresuré a llegar al baño social del jardín y a punto estuve de no desconectar la cafetera.

No pude evitar recordar, en mi agitación, las situaciones que Cortázar describe en “Casa tomada” y de hacer las comparaciones con la llegada de los ruidos y el consecuente abandono de los espacios que me estaba tocando vivir, similar a los familiares argentinos huyendo de los intrusos que se apropian de su posesión más querida, la casa paterna.

Las voces eran secas e ininteligibles, aunque podía imaginarme lo que se estarían diciendo. Lo más perceptible eran los intentos de abrir las puertas, las que terminaban con las cerraduras destruidas por los balazos que me llegaban con una claridad espantosa.

Comprendí que mi escondite no me garantizaba salvarme. Salí y moví la mesa de desayuno a un costado del muro e intenté alcanzar su altura. Necesitaba treinta centímetros para lograrlo. Si saltaba, la mesa de metal posiblemente soportaría ese intento, y lo hice mientras los ruidos llegaban a la última puerta.

Intento de abrirla, la puerta no cedía, disparo, salto, pasos ingresando, gritos, alcancé el muro, luces sobre mi humanidad, mis dedos se clavan en hileras de clavos, más gritos, por mis manos corre la sangre que mana de mis dedos, halan mis piernas, el dolor me obliga a soltar mis dedos de los clavos, lámparas en mi cara, preguntan mi nombre, respondo mientras las luces amarillas me obligan a cerrar los ojos y el calor sigue siendo tan insoportable…

Abro los ojos y una luz brillante me cocina la cara, los cierro e intento reaccionar, pero mi mente se torna convulsa con tantos pensamientos que se encuentran para darle sentido a este momento.

Abro los ojos y la luz ya no está en mi cara y veo el rostro de una mujer, creo que es una enfermera quien me entrega un celular.

¿Estoy en Málaga aún?, ¿sigo en el avión?, ¿llegué al aeropuerto?, ¿vino o no Manuel por mí?, siento que estoy en una cama, ¿estoy en casa?

Ordenar el tiempo y los lugares en una línea cronológica que le diera sentido a mi existencia, era necesario para comprender el aquí y el ahora.

Suena un teléfono.

Una voz femenina dice que conteste.

Siento que alguien me toca.

Abro los ojos y la luz ya no está en mi cara y veo el rostro de una mujer, creo que es una enfermera quien me entrega un celular.

—Hola… —dije, carraspeé, acostumbrándome a mi voz, la cual después de varias horas sin hablar o también por hablar mucho terminaba dándome unos falsetes dignos del coro mormón.

—¡Antonio!, ¡por Dios, qué susto nos has dado!

Era Manuel.

—¿Por qué no contestabas?, ¿dónde estás?

—Yo… no sé, creo que en el hospital… —vi a la enfermera—. ¿Dónde estoy?

—En el hospital de la Asunción, señor.

Manuel replicó el nombre, parece que escuchaba sin dificultad y le oí decir que conocía la dirección.

—Pues ven por mí —le ordené.

La enfermera intervino:

—Usted no puede retirarse, debe cumplir con el protocolo establecido para su condición.

—¡Y cuál es mi condición! —y ahora empezaba a recordar—. La policía me sacó de mi casa sin ninguna orden, por lo que estoy contra mi voluntad.

La mujer me miró con extrañeza y revisó un folder colgado en la cabecera de la cama una nota.

—Aquí dice que usted se encontraba en un auto.

—¡Eso es mentira! —respondí—. ¡Vea mis dedos, están cortados porque…! —y se los mostré.

—…¿de dónde están cortados? —preguntó revisándolos.

Y antes de mostrarlas las vi y no había tal cortadura como recordaba, mis dedos estaban en perfectas condiciones.

—Yo… estaba en casa —balbuceé.

Ella mirando el informe.

—Según esto usted nunca entró a la casa, se detuvo frente a ella, en efecto, frente al árbol de almendro, y se desmayó.

—¿Me desmayé?, ¿cómo?

—Según esto —señalando el documento—, usted ingresó al hospital con una temperatura de casi cincuenta y desvariaba con una luz, el personal creía que se estaba yendo al más allá —sonrió seguro para hacerse la simpática, pero a mí se me estaba volviendo una pesada—, y después continuó señalando en el vacío con unos sonidos que se estaban acercando a usted y hacía intentos de correr, tuvimos que sujetarle los pies a la cama.

—Pero ¿cómo dieron conmigo?

Me señaló el teléfono.

—Yo llamé a urgencias, Antonio.

Era Carlos.

—¡Son unos malditos desgraciados! —les grité.

La enfermera desaprobó con un gesto mi acto.

—De veras que hay parientes mal agradecidos. Usted debería cambiar de actitud hacia sus familiares.

—¡Por qué!, ¿por arruinarme la vida?

Los hermanos pueden ser unos desgraciados, como en toda familia, pero al final son tus parientes.

—Con una temperatura de ese nivel se marea, se deshidrata gravemente, el riesgo de un derrame es latente, seguramente usted tuvo una convulsión que le llevó a perder el control del auto. Si usted hubiera permanecido cinco minutos más sin atención médica, esta conversación no existiría. Ahora responda, ¿no le han dado una segunda oportunidad para seguir con su vida? Desde anoche usted estaría en la morgue y, sin embargo, helo aquí quejándose como todo un adulto mal criado sin ningún afecto por los que se sacrifican por él.

—¡Perdóname, hermano! —suplicó Carlos—, queríamos lo mejor para vos.

Los hermanos pueden ser unos desgraciados, como en toda familia, pero al final son tus parientes. Aunque algunos amigos pueden ser como tus hermanos y eso no es malo. Lo malo sería que tus hermanos no se comporten como tales.

En este caso estaba actuando como un desgraciado rencoroso y soberbio.

—¡No! —les grité de nuevo.

La enfermera volvió a mirarme con más desaprobación. Aparté su vista de la mía y agregué abochornado:

—¡Perdónenme ustedes a mí!, ¡yo… —realmente me estaba costando encontrar las palabras adecuadas para alguien no acostumbrado a estos momentos— …disculpen mi actitud! —solté.

Miré a la enfermera y me devolvió su aceptación a mi gesto y agregó:

—Debe despedirse ya, debemos seguir con su tratamiento.

—¿Tratamiento, estoy contagiado?

—No lo sabemos, los análisis apenas comienzan. Por lo que será sometido a una cuarentena, como mínimo quince días. Estos son momentos difíciles para todos —agregó sin poses ceremoniales, pero sí convencida de lo que expresaba—, sin embargo, no hacer lo correcto porque no nos agrada sería muy desastroso para la salud suya y de sus semejantes, por lo que usted debe entender esta situación.

El dato me supo a casi destrucción. Miré a mi alrededor y descubrí mi portafolio, lo revisé, laptop, USB, manuscritos, mientras la enfermera me liberaba los pies de las ataduras.

—Carlos —dije—, tienes que venir por mis cosas y ayudarme con mi proyecto. Tienes que hablar con mi editor.

Pasaron varios segundos de silencio y creí que la llamada había finalizado y me acerqué a ver la pantalla, pero la comunicación estaba vigente.

—¿Estás seguro? —preguntó dudando.

—Si no quieres, yo lo entiendo… —intervine y vaya que negarse sería lo más natural.

—…Será un honor, hermano —respondió—, me encargaré de contactar y hablar con tu editor, ya verás que tu proyecto no se retrasa.

—No pierdas tiempo, Carlos, que con tu experiencia me darás ideas para concluirlo.

—Y hablando de no perder tiempo —dijo la enfermera—, tengo que aplicarle otra dosis que controle su temperatura.

—¿Son pastillas o inyecciones? —pregunté.

La mujer sonrió. Y sacó de un estuche unos objetos alargados de unos cinco centímetros por uno de diámetro.

—¿Esos son…?

Don Antonio, este no es el primero que le aplico, desde anoche ya lleva tres y no se había quejado hasta que lo vio.

Ella asintió.

—Supositorios, señor.

Al otro lado escuché las carcajadas de mis hermanos.

—¡Voy a hacer un cuento sobre ti! —dijo Carlos.

Suspiré.

—¿No es cierto? —la interrogué.

—Don Antonio, este no es el primero que le aplico, desde anoche ya lleva tres y no se había quejado hasta que lo vio y debo señalar que han sido muy efectivos en su estado febril, uno de los síntomas del virus.

—Mamá, Cristina y tus sobrinos te mandan saludos —era Manuel.

La enfermera me miró y con ademanes me indicó que me volteara.

—¡Ya tengo el título para tu historia, Antonio, “La noche de los supositorios”! —dijo Carlos.

No pude menos que sonreír.

—¡Manuel y Carlos! —grité—, me retracto de lo que dije antes, estaba con temperatura alta, fue un momento de debilidad, no era consciente de lo que decía —y se me salió una carcajada—, ¿me oyeron?

—Ya no vale, ya confesaste que nos quieres —dijo Manuel aplaudiendo.

—Don Antonio, por favor —me pidió la enfermera—, flojito y cooperando que ahí le va el supositorio.

Escuché cómo mis parientes decían la frase y gozaban con la misma, por lo que terminé con la comunicación.

—Flojito y cooperando —repetí—, cómo no.

Me di vuelta y comencé a extrañar los días de Málaga y cómo se me antojaban unas berenjenas en miel de caña y un gazpachuelo, ¡qué delicia!

La enfermera empujó y no pude menos que pujar. El supositorio ya estaba dentro.

Luis Alfredo Castellanos
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