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El futuro que nos espera según las novelas posapocalípticas

lunes 25 de mayo de 2020
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El futuro que nos espera según las novelas posapocalípticas, por Esther Domínguez Soto
En la mayoría de estas novelas, una peste de origen desconocido provoca las pandemias que dejan el planeta como un erial. Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee en “The Road” (John Hillcoat, 2009), adaptación cinematográfica de la novela de P. D. James

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

Siempre hay preguntas que evitamos plantearnos, tal vez porque sabemos las respuestas y no nos gustan. Por eso, mejor no preguntar. Esta actitud digna de un avestruz es disculpable ya que todas esas respuestas son, seguramente, inquietantes y desmoralizantes. ¿Qué quedará cuando todo esto haya pasado? Es una de las interrogantes que surgen en estos momentos en que estamos soportando una pandemia de gripe muy virulenta que nos obliga a vivir encerrados en nuestras casas, bajo la amenaza perpetua de contagio, alejados de familia, amigos o compañeros de trabajo y sin olvidar el inevitable quebranto económico que suele acompañar a la paralización de casi cualquier actividad comercial. Una epidemia que ha convertido el mundo en una cárcel global donde ni siquiera nos queda la esperanza de huir a un lugar lejano y limpio de enfermedad en busca de refugio como hicieron los protagonistas del Decamerón. Por todo esto, muchas veces, nos conformamos con vivir el día a día, sin pensar en el porvenir, hasta el momento en que el tiempo nos eche en brazos de la cruda realidad.

La lista de las enfermedades que se llevaron por delante a millones de personas desde el principio de los tiempos es bastante larga: peste negra, poliomielitis, cólera, lepra, tifus, viruela, fiebre amarilla y gripe, entre otras.

Si nos interesa conocer la historia de las diferentes pestes que asolaron a nuestros antepasados, ahí están la Biblia y los historiadores, Tucídides o Procopio entre otros muchos, que no nos ahorran las descripciones más espeluznantes. Si eso no nos parece suficiente, podemos entretener el aislamiento forzoso con la lectura de diarios o memorias de personas que pasaron por la misma situación que nosotros sufrimos ahora. El diario de Samuel Pepys no sería una mala elección. Ya saben, mal de muchos… Y si aun así no tenemos bastante, y en un ataque de masoquismo queremos seguir con las emociones fuertes, siempre nos quedará la ficción. Hay infinidad de novelas que —a veces con un realismo desasosegante— nos cuentan las penurias de aquellas personas atrapadas en ciudades donde la muerte se pasea imparable por las calles a la búsqueda de nuevas víctimas. ¡Ojo! Los espíritus sensibles eviten La peste de Camus y El diario del año de la peste de Daniel Defoe. Dormirán más tranquilos.

En las Memorias de ultratumba, Chateaubriand habla de los tres sentimientos que nos invaden en momentos de pánico ante una situación que escapa a nuestro control: la indiferencia, el cinismo y el miedo. Los jóvenes que se refugian en una pequeña villa cercana a Florencia y matan el tiempo narrando hasta un centenar de cuentos, muchos de ellos, picantes a más no poder —El Decamerón (1351-53)—; Banquete en tiempos de peste (1830) —con un brindis por la muerte y el chirrido del carro de los muertos como música de fondo de la celebración— de Pushkin o La última cena de Sergei Aleksandr (1937) —del autor ucraniano Bergchenko— son buenos ejemplos de dichas actitudes ante la muerte y el horror. La siguiente pregunta sería, ¿qué provoca una mortandad tan elevada? La lista de las enfermedades que se llevaron por delante a millones de personas desde el principio de los tiempos es bastante larga: peste negra, poliomielitis, cólera, lepra, tifus, viruela, fiebre amarilla y gripe, entre otras. También lo es la relación de novelas que giran alrededor de estas pandemias, pero hay algo que echamos de menos. Ninguna —ni los testimonios reales ni las obras de ficción— se centra en el día después, cuando la muerte se ha retirado a sus cuarteles de invierno y podemos abandonar el aislamiento. El día en que los supervivientes se asoman al exterior y se enfrentan a la nueva situación. Cuando tengamos que dar o recibir el pésame de amigos y conocidos, acompañar a los que se han quedado solos, se enfrentan a la ruina de sus negocios o han perdido su empleo. Algo que nosotros tendremos que hacer en un plazo más o menos cercano.

Para encontrar un posible adelanto de lo que nos espera debemos recurrir a la novela posapocalíptica o distópica. También aquí, la lista de obras que se asoman al futuro tras la epidemia es bastante larga, por lo que se impone una selección. El último hombre (1836) —Mary Shelley—, La peste escarlata (1912) —Jack London—, La tierra permanece (1949) —George R. Stewart—, Soy leyenda (1954) —Richard Matheson—, El cuento de la criada (1985) —Margaret Atwood—, Hijos de hombres (1992) —P. D. James—, Ensayo sobre la ceguera (1995) —José Saramago—, La carretera (2006) —Cormac McCarthy— y Los que duermen en el polvo (2017) —Horacio Convertini. Entre la publicación de la más antigua y la más reciente han transcurrido ciento noventa y un años y, en ese espacio de tiempo, los autores han ido incorporando a los argumentos los avances tecnológicos y biomédicos que cambian, no sólo la forma de morir, sino también las causas de esos fallecimientos y el número de víctimas. Son retratos truculentos de un planeta devastado en el que la vida se ha tornado casi imposible por diferentes causas: cambio climático, violencia desmedida, abusos o despoblación. Pero todos reflejan el mundo que Albert Einstein entrevió: “No sé cómo será la tercera guerra mundial, sólo sé que la cuarta será con piedras y lanzas”. Echemos un vistazo a qué nos espera en un futuro cercano según estos nueve autores.

El padre y su hijo que recorren los Estados Unidos, en medio de un paisaje devastado y bajo una lluvia de ceniza, tienen que defenderse de hordas de caníbales —La carretera.

En la mayoría de estas novelas, una peste de origen desconocido provoca las pandemias que dejan el planeta como un erial. Pero, a partir de 1954, la guerra bacteriológica y la contaminación ambiental se unen a los virus de toda la vida para formar un combinado de consecuencias catastróficas. Las zonas devastadas se limitan a grandes ciudades como Los Ángeles —Soy leyenda— o Buenos Aires —Los que duermen en el polvo— y, en otros casos, el desastre se extiende a todo el territorio estadounidense —El cuento de la criada, La carretera, La peste escarlata—, al británico —Hijos de hombres— o al mundo entero —El último hombre.

El resultado es desolador y no nos referimos a un descenso más o menos brusco de la población mundial. Es que apenas hay supervivientes, lo que, a medida que avanzamos en la lectura, es algo que hay que agradecer. Veamos. El lugar de los humanos pasa a ser ocupado por roedores e insectos —La tierra permanece— contra los que los escasos individuos que se arrastran por ciudades y pueblos asolados deben luchar con dientes y uñas para sobrevivir. En Soy leyenda, encontramos un toque gore. Así, los humanos se convierten en vampiros que dedican su existencia a buscar al único hombre que todavía conserva su aspecto normal con el poco edificante fin de beber su sangre. El padre y su hijo que recorren los Estados Unidos, en medio de un paisaje devastado y bajo una lluvia de ceniza, tienen que defenderse de hordas de caníbales —La carretera—, algo que también sufren los pocos que sobreviven a la peste que ha convertido a muchos hombres en zombis —Los que duermen en el polvo.

La infertilidad condena a los escasos supervivientes de una extraña epidemia a aceptar la extinción de su especie —Hijos de hombres—, mientras que el destino que les espera a las pocas mujeres fértiles que todavía quedan en el mundo —gracias a un cóctel de enfermedades venéreas, radiación y contaminación— es bastante más trágico. Son violadas sistemáticamente para asegurar la reproducción humana —El cuento de la criada.

Ante este panorama, no debe extrañarnos que lo que llamamos civilización sufra un paulatino deterioro que nadie intenta detener —La tierra permanece. ¿Acaso se puede?, nos preguntamos mientras se nos cuenta cómo nuestra sociedad y sus instituciones languidecen hasta desaparecer. Es tanta la apatía de los supervivientes que no se producen revueltas sociales, saqueos o matanzas. Algo que sí sucede en casi todas las demás novelas donde los incendios y la violencia indiscriminada campan a sus anchas por el mundo. Ante este triunfo de la barbarie y la incapacidad para remontar tal situación, no es de extrañar que la gente se haya vuelto primitiva en sus formas de vida, que se parecen muchísimo a la de los cazadores-recolectores de las etapas más primitivas de las sociedades humanas —La peste escarlata.

Ensayo sobre la ceguera presenta algunas diferencias interesantes con las demás novelas del género. No sabemos dónde sobreviene la epidemia de ceguera. ¿Portugal, tal vez? Tampoco es un virus al uso. Los hombres y mujeres que la sufren se quedan ciegos pero su mundo no se queda a oscuras. Más bien al contrario. Es “pura luz. (…). Como el sol dentro de la niebla”, en palabras del narrador. La ceguera se extiende y, finalmente, sólo la mujer del médico podrá ver y constatar que los humanos experimentan un rápido proceso de animalización que no intentan evitar. Aquí no se cumple el refrán “en tierra de ciegos, el tuerto es el rey”. Al contrario, ver lo que sucede alrededor se convierte en una maldición. Por eso, cuando la violencia y la degradación llegan a límites insoportables, la única testigo llega a decir a su marido: “Si pudieras ver tú lo que yo estoy obligada a ver, querrías ser ciego”.

Según estos autores, el embrutecimiento generalizado, la degradación moral, las extrañas mutaciones físicas, la violencia gratuita y un largo etcétera son el futuro.

Los personajes del Ensayo sobre la ceguera carecen de nombre propio. “La mujer del médico”, “la chica de las gafas oscuras”, “el viejo de la venda en el ojo”. Así se identifican los hombres y mujeres que vagan por su mundo de forma anónima como el padre y su hijo de La carretera que intentan llegar al mar y huir de la ola de frío que amenaza su supervivencia. En otras ocasiones, únicamente los protagonistas/héroes son identificados por sus nombres frente a las hordas de nuevos bárbaros que atacan o se meriendan a sus congéneres. Isherwood Williams —La tierra permanece—, Robert Neville —Soy leyenda— o James Howard Smith y sus tres nietos, totalmente asilvestrados tras sesenta años de reinado de la anarquía —La peste escarlata. Y otra diferencia. En Ensayo sobre la ceguera la violación no se disfraza como un intento de perpetuar la especie. Es simplemente una demostración más del proceso de degradación de los supervivientes, aislados en un manicomio. Así, la situación llega a un punto en que los ciegos deben someterse a los abusos sexuales más crueles a cambio de una comida cada vez más escasa.

El panorama general es, ciertamente, desolador. Según estos autores, el embrutecimiento generalizado, la degradación moral, las extrañas mutaciones físicas, la violencia gratuita y un largo etcétera son el futuro —que, por cierto, no está tan lejos. La peste escarlata se sitúa en el año 2072, pero no se confíen: Hijos dehombres sí que está a la vuelta de la esquina: ¡2021! Sólo nos queda esperar que, en estos casos, la imaginación supere a la realidad. ¡Feliz lectura!

Esther Domínguez Soto
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