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Aprisionados

miércoles 27 de mayo de 2020
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Aprisionados, por Ronald Hernández Campos
Yo no entendía los problemas de Tita porque no podían ser iguales que los míos… ¿yo tengo algún problema en realidad? Diría que mi mayor dilema es no poder decir lo que me molesta. Fotograma de “Como agua para chocolate” (1992), de Alfonso Arau, basada en la novela homónima de Laura Esquivel

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

“Atrapada” fue una de las palabras más extrañas que llegué a escuchar y a entender en las últimas semanas; no creo haber tenido necesidad de usarla nunca y tal vez por eso Lucía jamás me la había enseñado. Elegir letras del tablero que dicta la computadora en mi cabeza para poder decir lo que pienso es demasiado tedioso; sé reconocer lo que me dicen las personas, pero escribir es una tarea superaburrida y me cansa… ¿Habrá otras muchachas como yo? No conozco a ninguna, pero de ser así, me gustaría que todas pudieran vivir como yo… El cole se acabó de repente y no he vuelto a ver a nadie más que a mi familia. ¿Mis compañeros se habrán olvidado de mí?… No creo…

Cuando las personas me hablan, prefiero responder que sí o que no a lo que me preguntan, nada más, sin ponerme a pensar tanto en las letras y palabras que debo elegir en mi cabeza: me da pereza hacerlo, no puedo mentirme a mí misma. La mayor parte del tiempo me gusta reírme de las personas sin que se enteren del porqué. Siempre me ha gustado asimilar conceptos diferentes, aunque en principio no los pueda expresar o escribir con exactitud; sin embargo, no siempre ha sido sencillo para mí comprender el significado de lo que pueden decir todas las palabras. Las palabras que no me han enseñado me generan grandes problemas. Atrapada es una palabra que no sabía cómo usar hasta que llegué a verla frente a mí.

Moví mi brazo izquierdo hacia el frente y mi voz de alguna manera emitió un sonido que Lucía interpretó como un sí.

Desde que tengo memoria, la gente ha ido y venido de un lado a otro a mi alrededor, en mi casa, en el cole, en los hospitales, sin que yo sintiera la necesidad de levantarme; bueno, tampoco es algo que pueda hacer, a menos que me pongan de pie en el stander de madera que usa la muchacha que me ayuda en las terapias físicas, la cual me sostiene con un arnés y logro estirarme como todos por unas horas; me basta seguir las voces y los movimientos con el oído y lo que me permiten captar mis ojos de las personas que deambulan por mi casa: mis papás siempre corriendo para su empresa, mis hermanos, empleadas. No es algo que me ponga triste porque puedo ver a mis hermanos la mayor parte del tiempo. Ellos me preguntan por mi día, juegan y bromean conmigo; me gusta verlos reír cuando los engaño con respuestas a sus preguntas. Mi risa me delata. Josué a veces me pregunta “¿me estás vacilando?” y no puedo hacer más que reírme desde mi cama o mi silla.

Últimamente no veo a mis amigos del cole, ni a Lucía, mi amiga. Se supone que es quien se encarga de llevarme a clases en el cole, pero para mí es mi confidente. Después de haber tenido no sé cuántas educadoras especiales encargadas, algo en ella me hizo querer aprender a escribir, a hablar. El día que la trajeron a mi cuarto para presentármela, porque empezaría a ir al cole con ella como mi sombra, me puse a llorar: yo no quería ir al colegio ni mucho menos con una muchacha que me llevara a todas las clases. Escuché la palabra berrinche en los labios de mami, un suspiro como de cansancio; Lucía le pidió a mi mamá que no interviniera, se acercó a mí, buscó el ángulo donde puedo ver mejor y sostuvo mi cara:

—A ver, Naty… ¡Naty! —me gritó y me sostuvo con fuerza—. ¡Necesitamos que te calmés ya! No podemos hablar con vos si no te tranquizas en este momento… —bajó el tono y algo instintivamente me hizo querer dejar de llorar—… No te estamos obligando a ir al cole si no querés; yo te voy a acompañar si así lo querés. De lo contrario, me voy a ir, no te voy a conocer y aquí murió todo… —se acercó con un pañuelo, secó mis lágrimas, me limpió la boca y me preguntó si quería ir con ella al cole. Ahí supe que quería que fuera mi amiga: me relajé, moví mi brazo izquierdo hacia el frente y mi voz de alguna manera emitió un sonido que Lucía interpretó como un sí. Mi mamá parecía estar feliz. De eso hará unos cuatro años, creo; ella me ha enseñado a llevar la cuenta… sé que después de eso, mami la contrató y eso me puso contenta.

Obvio, el tiempo no me es indiferente: en las últimas semanas no entiendo bien las palabras que usan en mi casa y eso me pone de mal humor: contagios, pandemia, aislamiento, ¿qué es todo eso? En mi vida había escuchado nada parecido. Es tedioso ver a todos corriendo por la casa alistando maletas, como si fuéramos de paseo; mientras tanto, yo en mi cuarto, igual que en mis días normales, los observo hacer y de vez en cuando me echo una carcajada para que noten que sigo aquí, no porque en realidad nadie haya hecho algo de lo que valga la pena reírme, como darse un golpe en el pie con la cama o tirar al suelo algo importante.

Escuché que en estos días nos moveremos todos a la casa de la playa para pasar juntos unas semanas; mi abuelita, con tal de verme alegre mientras me pone la sonda y me pasa el licuado, se pone a recordar nuestras vacaciones juntas en la playa… ¿Creerá que yo no las recuerdo? Me río para verla feliz, pero sé que está bastante preocupada; el problema es que no he asimilado el motivo. Nadie me explica. Me harta no saber qué está pasando. No he acabado de comprender bien por qué en tiempo de clases vamos a la playa. No me molesta en lo absoluto: a mí me da igual no ir al cole —me agradan mis compañeros, aunque estoy bien sin ellos—, por eso me muestro tan satisfecha como en realidad me siento para que nadie se extrañe de mi asombro. En estos últimos días he escuchado a mis papás muy tensos en las mañanas…

—…No podemos hacer nada, sino esperar a que todo se normalice —mi papá se dirige a todos mientras desayunan. Yo los acompaño desde mi silla, con la empleada, la sonda y el licuado.

—Ah, ¿sí? Contame: mientras tanto, ¿qué hacemos? Estamos atrapados aquí, sin poder hacernos cargo de las empresas, sin poder tomar decisiones, ¡¿qué va a pasar con todo?! —mi mamá respondió agitada a lo que papi dijo, pero creo que él no la escuchó…

—No digás que vas a estar atrapada: la casa es muy grande, hay buen Internet, tenemos la piscina… podemos caminar en la playa… iremos con Naty a ver la marea, podemos cocinar… —mi abuela intervino y al parecer les hizo un gesto que me implicaba a mí—. ¿Verdad que sí, mi chiquita? —mi abuelita Delia se dirigía a mí; obviamente le respondí que sí, un sí demasiado efusivo, la verdad. A veces mi cuerpo me ayuda. El desayuno terminó como siempre…

Atrapada era otra de esas palabras inútiles que me habían enseñado en el cole y no me había tomado la molestia de escribir con mi tablero.

Mi mamá podía ser muy dramática a veces. Lo sé desde que aprendí a distinguir sus preocupaciones reales de las inventadas, como cuando descubrió que yo no era como los demás y lloró por muchos días, o eso me contó en secreto Lucía cuando empezamos a tener confianza. Mami no siempre estaba conmigo. Le costaba mucho aceptar que yo no podría levantarme y correr como Nadia o Josué, ni hacerle desastres en su ropero, en su bolso, agarrarle sus papeles importantes. Luego de mis primeros años, los difíciles, aprendí a verla llorar sin sentirme triste de rebote.

Con los años se fue acercando más a mí. Mami es muy cariñosa, pero siempre está ocupada en la empresa para la que trabaja. Ahora que la veo casi todos los días y la escucho quejarse de no poder ir a su trabajo, me pregunto por qué… ¿Por qué habrá dicho que se sentía atrapada? ¿Qué habrá querido decir? Yo no veo cuál sea el problema de pasar los días en la casa: no tengo que madrugar, no tengo que bañarme tan temprano, ni que me metan la sonda y el licuado, ni mucho menos tener que ir a estudiar. Yo no sé qué sea lo que haga ella en su trabajo, pero debe ser sumamente aburrido.

Atrapada era otra de esas palabras inútiles que me habían enseñado en el cole y no me había tomado la molestia de escribir con mi tablero. Aprendí la palabra de mi profesor de Lengua: recuerdo que días antes de que ya no fui más al colegio, unos días antes de que mis papás nos llevaran a la casa de la playa a mí, a mi abuelita Delia y a mi hermana Nadia, el profe Roy comentó su explicación del pasaje de una novela que no terminó de leerme porque ese día tuve una terapia: “…Tita se sentía atrapada en el rancho por la prohibición de casarse que había decretado mamá Elena”. Yo no entendía a qué se refería él con esa palabra. ¿Qué significa estar atrapada?… ¿Quién se sentía atrapada?… Es una palabra extraña.

Para mí, lo mejor del libro que él se esmeraba por que yo disfrutara eran los platillos que preparaba la protagonista. Yo no podía entenderla: su llanto no me importaba, ¡qué muchacha más rara! Llorar porque no te dejen casarte, ¡una completa tontería, la verdad!; yo no entendía los problemas de Tita porque no podían ser iguales que los míos… ¿yo tengo algún problema en realidad? Diría que mi mayor dilema es no poder decir lo que me molesta. De esa clase, sólo recuerdo lo que vino junto con la última pregunta de profe Roy:

—¿Te está gustando la novela, Naty? —se acercó el profe Roy a preguntarme, con esa cara de miedo que siempre tenía; él titubea a veces porque siento que no cree ser capaz de hablar conmigo; Lucía lo ayuda. Por eso tomó mi brazo para esperar mi movimiento habitual y escuchar el gemido ahogado que salía por mi garganta que ellos interpretan como un sí de afirmación. Su cara siempre se iluminaba cuando me veía moverme en mi silla, con el esfuerzo suficiente para articular el ansiado sí y que Lucía sirviera de intermediaria entre él y yo.

—Dijo que sí, profe Roy… —contestaba ella cuando el profe no podía entenderme, porque Lucía ya sabía mis mañas y movimientos como si yo hubiera venido con un libro de instrucciones que le tomó años descifrar; era como si tradujera algún idioma imposible de articular para otros. Lucía fue la primera educadora que me vio como una muchacha común y corriente y me enseñó a reírme, o en realidad ella aprendió mis claves y secretos para poder burlarme de la gente… Tita atrapada: ¡qué estupidez! Parece mi mamá…

—Me alegro de que te esté gustando. ¿Te gusta el personaje o las recetas que prepara? —preguntó el profe Roy—. ¿El personaje? —hice el movimiento que indica “no” y el sonido que puedo producir y que Lucía interpreta como tal cuando me ve contraerme en mi silla—. ¿Las recetas, entonces? —pude contestar que “sí” apenas con el movimiento ascendente de mi cuerpo; me salió un gemido ahogado que el profe Roy pudo interpretar como afirmación. ¡Es obvio que me encantan las recetas! ¿Por qué me importaría la protagonista? ¿Ella, atrapada por su madre? ¡Qué ridiculez!

—Me parece que por hoy hemos terminado, Naty. Acordate de leer en tu casa —concluyó el profe Roy. Pero con mi mano le pedí a Lucía que lo detuviera, antes de que recogiera sus cosas y se fuera.

—Espere, profe. Naty le quiere preguntar algo…

El mundo que se encuentra afuera de mí está lleno de palabras que no puedo usar, o cuyo significado no entiendo y no puedo expresar. Mi boca, mis cuerdas vocales, mis labios, no me ayudan a pronunciar nada de lo que me gustaría decirles a los que me acompañan todos los días. Atrapada no me había llamado la atención jamás; ni cuando mi abuela Delia me leyó la historia de Tita la escuché, estoy casi segura; creo que es una palabra que nunca les había escuchado a mis profesores; nadie la decía en mi casa, ni siquiera las muchachas de la limpieza, o la que me bañaba y me vestía; tampoco mi abuelita o mi mamá (hasta que estuvimos en la casa de la playa). Mucho menos yo sabía qué podía significar la palabra atrapada.

Lucía tenía que saberlo, pero nunca me habían dicho esa palabra en mi vida, ¿cómo me la iban a enseñar a usar? A través de la computadora podría intentar deletrearla para que Lucía o el profe me dijeran lo que deseaba saber. La computadora empezó a emitir sonidos: A – C… R – A… P – A…T – A… no pude seguir. Es demasiado difícil retener sonidos y buscarlos. Me pareció que Lucía entendió.

—¡Ah! No se escribe “acrapata”, boba. Es A-T-R-A-P-A-D-A. ¿Cierto?… —Lucía captó mi sí de inmediato; siempre puedo contar con ella para traducirles a los lentos que no pueden seguir mi ritmo—. Okey… Profe, Naty quiere saber qué significa la palabra atrapada

Yo, que nunca he podido hablar o andar como lo hacen los demás, creo que nunca me he sentido atrapada en toda mi vida.

—Está bien, Naty… —profe Roy se dirigió a mí—, atrapada es alguien que huía y fue tomada… más bien, Naty, creo que la palabra correcta que debí usar es aprisionada. Tita se sentía aprisionada por mamá Elena. Aprisionada quiere decir que pierde la libertad. ¿Entendiste? —el sí fue bastante evidente—;  perfecto, mi chiquita. Creo que no nos vamos a ver por un tiempo. Voy a mandarte trabajo con Lucía para que continués tu lectura… —el “no” se me escapó del cuerpo, ¿quién querría trabajar desde la casa, donde lo único que hago es ver tele, jugar con mis hermanos y comer las delicias que cocina mi abuelita?—. ¿Cómo que “no”? Eso lo entendí perfectamente, señorita. ¡Tenés que leer y trabajar en tu casa!…

Aprisionada es alguien que ha perdido su libertad. Atrapada es alguien que huía y la agarraron. Me fui con esas ideas en la cabeza y a los días llegó la noticia de que nos marcharíamos con todo y mi abuelita a la casa de la playa. En la clase de Lengua aprendí algo fundamental: que no iba a estudiar ni hacer nada de lo que profe Roy ni otro profe me mandara. No entendí el concepto de atrapada o aprisionada con el personaje de la novela que me leía el profesor. Creo que él tampoco sabía la diferencia y el drama de Tita podía importarme menos que las deliciosas recetas que se preparaban en su historia; además, al escuchar a mi mamá decir que se sentía atrapada tampoco podía comprenderla: ¿de quién podía estar huyendo mami para creerse atrapada en la casa? En lo que a mí respecta, eso es bastante absurdo.

Yo, que nunca he podido hablar o andar como lo hacen los demás, creo que nunca me he sentido atrapada en toda mi vida. Siempre ha sido normal para mí ser cargada por las manos de alguno de los empleados de mis papás, o ser llevada en mi silla por Lucía, mis hermanos o mi abuelita Delia. Por mucho que lo piense, el significado de la palabra atrapada no tiene ninguna relación conmigo o mi familia. Aunque ahora en la casa de la playa, viendo a mi mamá angustiada, a mi papá tenso, a mi abuelita preocupada acompañándonos, principalmente a mí, creo que entiendo que lo que quería decir mami era que se sentía aprisionada…

Ronald Hernández Campos
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