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Reynoso: la fortaleza de la soledad

domingo 11 de octubre de 2015
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Oswaldo Reynoso
Reynoso: Vivo plenamente y lo seguiré haciendo aunque encuentre soledad cuando escriba.

¿Quieres saber de mi vida? Anda pregúntale al mar.

La sala donde escribe Oswaldo Reynoso parece haber sufrido un accidente. La luz del invierno limeño entra a raudales a su departamento, identificado con el número 101, en la primera planta de un edificio en el distrito de Jesús María. Dos dragones salvajes bullen en la puerta. “Pasa”, saluda Reynoso, “ponte cómodo”. El living es pequeño, casi un ambiente compartido con la cocina. Hay una repisa, a cuatro niveles, donde reposan suvenires y el peluche de un personaje de Discovery Kids. Hay otra repisa más pequeña, a tres niveles, donde reposa un retrato al óleo y nueve placas de reconocimiento. Hay un armario con motivos chinos —nújais con kimono, flores barrocas— donde, además de algunas ediciones de sus novelas, Reynoso guarda un cisne de porcelana, un retablo ayacuchano, un Buda en miniatura. Todo lo demás son libros emplazados por accidente: en la mesa principal, al lado de la puerta y en otra mesa frente a la cocina. Algunos autores de provincia suelen regalárselos para que les alcance su opinión por e-mail. Él reconoce que no llega a terminar ni la mitad. “En el Perú hay prosistas prosaicos”, sonrió hace unos años en una entrevista.

Los amigos que me visitan dicen que vivo en medio de desorden, pero el orden está en la cabeza. Con eso basta.

“Sólo tengo los que me hacen falta al momento de escribir”, dice esta mañana de invierno limeño, mientras hace espacio en la mesa —apila libros, arruga papeles— y se deja caer en una silla de madera. Frente al ventanal que lo baña de una luz límpida, se lo ve dinámico, lúcido, envuelto en una camisa a cuadros y pantalón gris. Cuando escribe, en cambio, anda en pijama, despeinado, en esta sala o tendido sobre su cama. Reynoso no tiene biblioteca. “Los amigos que me visitan dicen que vivo en medio de desorden, pero el orden está en la cabeza. Con eso basta”. Tampoco muebles ni televisor en la sala, pero todas las cosas están dispuestas en un lugar común, el lugar que les asigna alguien que vive solo, que despierta pasadas las nueve, que cada mes sale de casa, toma un avión y viaja a provincias sólo para encontrarse con sus lectores.

Oswaldo Reynoso acaba de ser traducido, por primera vez, al italiano.

Además de ser considerado, junto a Vargas Llosa y a Bryce Echenique, como el escritor vivo más importante y leído del Perú, es un chico de cabellera ochentera que no visita museos para evitar sentir el aroma del mundo que fue. A excepción de la limpieza, que la hace una trabajadora, él se encarga de las demás cosas de la casa. Quienes lo conocen dicen que cocina delicioso, y su especialidad son las pastas. Escribe todos los días, incluso cuando está fuera de casa. A veces una línea, a veces veinte hojas que puede desechar en un chasquido de dedos. Cuando descansa, sin embargo, prefiere corregir. Dice: “La inspiración llega en la etapa de corrección”. Ha recibido homenajes en Chile, Argentina y México; ha publicado más de una decena de libros y además se lo puede leer en braille, aunque nunca le han gustado las poses acartonadas. Reynoso toma el transporte público, va al mercado, es cliente de los bares del centro de Lima.

No tiene hijos. No se casó. Hace treinta años le detectaron un tumor en el estómago y los médicos indicaron que debía someterse a una operación donde perdió sesenta por ciento de caudal sanguíneo: le hicieron un tajo en la espalda, le extrajeron una costilla. Quienes estuvieron en la sala del hospital recuerdan que pidió que no le hagan misas en su nombre, que no lo lloren, que arrojaran sus cenizas al volcán Misti si moría.

Ahora, en su departamento, dice que solo quiere morir sin dolor.

Son las diez de la mañana de un viernes. Por la ventana se ve un pájaro que se escabulle en su pecho y se arranca, delicado, una pluma. Las hojas de los árboles brillan por la lluvia del día anterior. Adentro, en la mesa, saltan a la vista un envase de Sugafor —Reynoso es diabético— y, detrás de la puerta, un cartel. Él mismo lo ha escrito con plumón color rojo. “Hay que llevar la LLAVE”, se lee. Días después, Reynoso me dirá que suele darse cuenta tarde de ciertas cosas. Entonces, por ejemplo, fue la primera vez que notó este detalle: que el mantel de su mesa, la carcasa de su celular y la tapa de los borradores de su novela llevaban el mismo color. El rojo.

Reynoso cree en el socialismo. Es el sexto de ocho hijos criados en el seno de una familia culta y tradicional, en una casa del barrio San Lázaro, en Arequipa, al sur del Perú. Luis, su padre, fue un contador a quien acusaron de espía chileno y apresaron después del levantamiento del cincuenta. Rosa, su madre, un ama de casa diligente que escribía poemas y pintaba cuadros. Los Reynoso Días tenían una biblioteca profusa, aunque fueron pocos, muy pocos, los libros que lograron rescatar cuando terminó su huida.

—Toda mi vida he estado al borde del abismo. Mi familia y yo fuimos escapistas en nuestra propia tierra.

Escapistas en nuestra propia tierra, ha dicho Oswaldo Reynoso y suspira. Su padre viajó a Bolivia buscando un lugar parecido a un refugio, enterado de que estaba obligado a servir en el ejército chileno durante los años de la ocupación. Su madre trepó en un tren hasta Arica, luego de que los chilenos pintaron una cruz con alquitrán en la fachada de su casa. La cruz significaba que estaban en el ojo del ejército chileno. Oswaldo Reynoso no entendía por qué huían de casa. Muchos huían. Entonces empezó a rezar. En Arica hicieron trasbordo a un barco que envió el entonces presidente Augusto B. Leguía. De Arica siguió Mollendo. De Mollendo, Arequipa. Siempre escapando en su patria. “Mi patria no es la del papel, ni del pisco, ni de la marinera”, diría Reynoso años después.

Cada vez que habla, barre el aire con sus manos salpicadas de pecas marrones.

Se había criado en un hogar riguroso, católico, y había empezado a estudiar la primaria en un colegio donde le inculcaron el miedo al infierno. Por las tardes se sumía en los libros que había en casa. A veces mamá le leía poemas de Chocano. A los diez años empezó a frecuentar la biblioteca de Arequipa, donde leyó a los poetas malditos, a los clásicos. Pronto se introdujo en los paisajes imposibles de la biblia y en el pensamiento barbado de Marx. Se confesaba puntual, llegó a ser monaguillo, incluso ingresó al seminario con la idea de hacerse sacerdote. Pero un día fue con unos amigos a una playa de Mollendo, se masturbaron frente al mar picado y se bañaron desnudos gritando Dios no existe.

—Vivo plenamente y lo seguiré haciendo aunque encuentre soledad cuando escriba.

Es mediodía y Oswaldo Reynoso tiene sed. Cuando vuelve de la cocina dice que todos sus libros giran en torno a un leitmotiv: la culpa.

 

2.

Es un sobreviviente y lo dice sin aspavientos. Tenía dos años cuando el nazismo. Ocho cuando la Segunda Guerra Mundial. Diez cuando el Holocausto. Veintisiete cuando la Revolución Cubana. Treintaiocho cuando la llegada de Armstrong a la luna. Cuarentainueve cuando el inicio del terrorismo en el Perú. Cincuentaiún cuando la Guerra de Las Malvinas. Sesentaiséis cuando la oveja Dolly.

Se ha ganado muchos enemigos, algunos críticos le han dedicado líneas viscerales, y han llegado incluso a quemar sus libros en la procesión del Señor de los Milagros, la más concurrida del Perú, donde además pidieron al Ministerio de Educación quitarle el título de maestro. El escritor Manuel Gutiérrez, en un artículo titulado Fascinación por el mal y nostalgia de la inocencia, señala: “Ninguno de los narradores peruanos importantes de la Generación del 50 ha sido tan injustamente tratado por los críticos y estudiosos como Oswaldo Reynoso (…); si se quiere utilizar la vieja metáfora, es el único entre los narradores peruanos que se ha atrevido a merodear por los primeros recintos del infierno”.

Quién es Reynoso. De qué está hecho.

En 1952, a los veintiuno, llegó por primera vez a Lima, esa ciudad a la que definió como Babilonia de porquería, para estudiar en la Escuela Normal Central de La Cantuta donde, dos años después, se graduó como profesor de lengua y literatura. Al poco tiempo publicó su primer libro, un poemario que tituló Luzbel en el que expresaba esa convulsión interior que cargaba en sus espaldas, que le hincaba como una aguja ardiente en la ingle. “El pecado hace del cuerpo un fruto oloroso”, “Blanca la tarde / la lluvia / los cerros / el viento odoroso / que incendia los cuerpos”. Luzbel salió publicado en Ediciones Jueves, en un formato pequeño del que casi no se habló ni comentó sino hasta su reedición, publicada en 2010. Pero fue con Los inocentes o Lima en rock por el que Reynoso se hizo conocido. El libro se presentó en 1961 en el bar Palermo, cerveza y brindis de por medio, en presencia de Eleodoro Vargas Vicuña, Manuel Baquerizo, Carlos Torne, el psicólogo Luis Alberto Peláez, Nicomedes Santa Cruz, José María Arguedas y Martín Adán.

—Martín Adán —recuerda Reynoso— me dijo que había leído el libro con mucha atención y que sufriría mucho como escritor.

Julio Ramón Ribeyro celebró el uso de la jerga como lenguaje poético, como lo haría después Vargas Llosa. José María Arguedas, en el suplemento dominical del diario El Comercio, escribió: “con Los inocentes empieza un nuevo ciclo de una obra que puede llegar a ser tan importante para la literatura como para el estudio de los problemas sociales de la capital. [Reynoso] ha descrito la nata, y sólo de un sector: esa espuma que flota sobre las corrientes o las aguas en reposo por las cuales puede hacerse un diagnóstico aproximado de la naturaleza de las aguas”.

El crítico literario José Miguel Oviedo, por su parte, le dijo marxista rabioso. También lo calificaron como coprolálico y corruptor de menores por hurgar en el despertar sexual de la juventud en una época que se sabía modesta. Aún con las diatribas a cuestas, Manuel Scorza realizó una segunda edición por Populibros con el título Los inocentes, Lima en Rock y un postón advirtiendo “Sólo para mayores” que logró vender cuarenta mil ejemplares: un éxito rotundo que aún sigue vigente al punto que, sin contar las ediciones piratas, Los inocentes ya superó la veintena de reimpresiones y ha hecho que a Oswaldo Reynoso se le considere como el autor de best-sellers clandestinos.

—Reynoso no escribe sólo contra ese régimen opresivo sino que, a través de cada conferencia que da en todo el país, está aguijoneando a toda la juventud o a los mismos viejos, haciendo gala de ese compromiso social que en él siempre está presente —dice Houdini Guerrero, escritor y director de la revistas Sietevientos.

—Lo de Reynoso es una llama interna —dice Maynor Freyre, escritor y colaborador de Narración, la revista que Reynoso fundó en noviembre de 1966—. Aunque algunos de la época insistan en lo contrario, él es un escritor de culto.

Freyre recuerda que hace algunos años el escritor y periodista Gustavo Faverón le dijo a Reynoso justificador de terroristas. Recuerda también que los críticos José Miguel Oviedo, Abelardo Oquendo y Julio Ortega lo hicieron añicos en sus columnas, que el alcalde Jacinto Muro invalidó la feria del libro de Ferreñafe, un pueblo al norte del Perú a donde Reynoso había sido invitado, que la revista Caretas lo invitó a jurar en un concurso de cuentos, y ahí estaba otra vez Reynoso, mandando a la revista a la mierda, sin metáforas ni prosa barroca, porque lo eludieron.

Libia, una de las sobrinas de Reynoso, cuenta que los primos recortaban artículos de las revistas y periódicos donde salía el tío Oswaldo hablando de literatura, de la vida, de la cerveza, de los ataques que recibía. “Hicimos un álbum grande que le entregamos la última vez que llegó a mi casa”, dice Libia —Liby—, y agrega que la familia solía reunirse en su casa de Arequipa: escuchaban música instrumental, a Demis Roussos, a la Sonora Matancera; el tío Oswaldo tomaba vodka con jugo de naranja, dice, pedía chupe de camarones, ají de lacayote, sudado de machas, esos platos típicos de la ciudad donde nació. “Me parece verlos en el comedor: todos reunidos con los primos, las tías, etcétera, pero no quedan más que recuerdos”.

Desde octubre de 2002, la Escuela Académico-Profesional de Lingüística de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos celebra el Coloquio de Lexicología y Lexicografía, en el cual se presentan investigaciones acerca del estudio del léxico peruano en sus distintas manifestaciones. El décimo segundo coloquio, a cargo de los lingüistas Ramón Trujillo y Luisa Portilla, estuvo dedicado a Oswaldo Reynoso “por la vigencia de sus expresiones coloquiales y populares” más de 50 años después de que salieran a la luz, las mismas a las que los críticos se referían como coprolálicas, indecentes, etcétera.

“No nacerá ninguna persona”, me dijo Reynoso aquella mañana en que lo visité por primera vez, “que con sus insultos impida el goce fáustico que siento cuando escribo”.

 

Oswaldo Reynoso
Reynoso: Martín Adán me dijo que sufriría mucho como escritor.

3.

El hombre que olvida sacar las llaves de casa ha mandado a rodar a varios periodistas. Les ha pedido, con la tranquilidad con que se toma las cosas a sus 83 años, que si no lo leyeron antes, por favor, no le hagan perder el tiempo. Les ha hecho apagar sus grabadoras. Por encender el debate, a Reynoso lo han sacado del aire de un programa de televisión. En un colegio adonde había llegado a hablar de literatura, los alumnos terminaron preguntándole si la masturbación era buena o mala porque, en Los inocentes, uno de los personajes se masturba tendido en el pasto de una plaza luego de perder una apuesta. Se ha quedado en calzoncillos frente a una mujer policía que controlaba el ingreso de pasajeros en la puerta de embarque del aeropuerto. Un día una niña le regaló un bombón para uno de sus personajes; quería que Cara de Ángel, el personaje, ya no estuviera triste. “Dime qué escritor del país ha coleccionado vivencias de ese tipo”, me dijo Esperanza Ruiz.

Dijeron que el único destino del libro era la basura. Reynoso se mantuvo en silencio durante los años siguientes.

Esperanza Ruiz tiene setentipico, el pelo blanco peinado ligeramente a un costado, una chompa roja, debajo de una chompa a cuadros, debajo de una casaca ocre que hace juego con su pantalón oscuro y sus botines altos de cuero marrón. Titus, su perro Shih-Tzu de diez años, se recuesta en sus pies. Si quieres saber más sobre Reynoso debes entrevistar a Esperanza Ruiz, me dijo la periodista Charo Arroyo, y Esperanza ahora está en la sala de su casa de San Isidro: paredes amarillo maíz, el piso como tablero de ajedrez, ventanales, maceteros y una biblioteca en la que se leen títulos de libros de historia, literatura y pintura. Esperanza es la mejor amiga de Oswaldo Reynoso, la mujer que lo aconseja.

—Me lo presentó Eleodoro Vargas Vicuña. Ellos acababan de venir de Arequipa, rodeados de una aureola porque habían aceptado la rebelión de los estudiantes del colegio Independencia y habían participado en el repudio que el pueblo arequipeño le hizo a Odría. Eleodoro me llamó por teléfono y me avisó: te lo voy a presentar en el local Versalles. Pero ese día Oswaldito no se animó a entrar y pasó de largo. Tuvimos que salir a darle el alcance. Decía que tenía asuntos familiares que ver y yo pensé: este es un chico tímido. Pero era alto, buen mozo, pesaba setenta kilos. No como ahora que está gordo, gordo.

Esperanza Ruiz sonríe, los labios como un pequeño corazón rojo.

—Después lo volví a ver incorporado en el bar Palermo. Éramos solo tres mujeres las que nos reuníamos en el patio de letras de San Marcos y nos íbamos con los chicos al Palermo. Ahí empezamos a hacer vida social. Conocí su casa. Almorzaba con su mamá, sus hermanos y con su hermana Marita. Yo le llevaba el amén: me interesé por él, lo cuidaba. Íbamos por la playa con su mamá, una mujer bonachona que les preparaba leche nevada y, cuando niños, les transcribía poemas de Chocano, ese de la magnolia, por ejemplo, para leérselos después en voz alta —agrega Esperanza Ruiz—. Un día le dije: Oswaldito, casémonos pues. Sí, casémonos, me dijo. Yo quiero heredarte mi pensión de jubilada, le dije. Es que es un amigo de lujo.

Oswaldo Reynoso, su amigo de lujo, fue también profesor principal de literatura en la Escuela Normal Central de La Cantuta, jefe del Departamento Académico de la Lengua y Comunicación, decano de Humanidades y director de Proyección Social. Poco después viajó a Venezuela, de donde regresó en 1964. Con el pretexto de que no era periodista pero sabía escribir, ese año pidió a Walter Peñaloza trabajar en el diario Expreso y publicó crónicas en Sucedió en Lima, un espacio que duró hasta que un editor, dice, le jodió su texto. Apenas tres meses. En 1965 publicó En octubre no hay milagros, su tercer libro que, presentado otra vez en el bar Palermo, provocó que la crítica de la época se levantara. Esta vez llegó más lejos: dijeron que el único destino del libro era la basura. Reynoso se mantuvo en silencio durante los años siguientes. En 1977, cuando era vicerrector de La Cantuta, los militares tomaron la universidad y aceptó una propuesta de trabajo de la embajada china. Viajó al país de Mao para trabajar como corrector de estilo en la agencia de noticias Xinhua. Vivió ahí doce años. Durante ese tiempo visitaba la biblioteca de la embajada de México, algunos chinos le sobaban el vientre porque creían que era un Buda revivido, no escribía mucho. Al Perú llegaba de vacaciones por un mes, una vez al año. A Esperanza Ruiz todas las navidades le llegaba, puntual, una postal con dedicatoria de su parte. Una tarde, mientras almorzaba con Esperanza Ruiz, Oswaldo Reynoso se enteró de la muerte de Marita.

—Salimos corriendo a su casa. Fue la primera vez que lo vi llorar.

Marita fue la única hermana de Reynoso. Marita y él, me dijeron, eran cómplices. Le tenía tanto cariño. Era alegre, delicada. Ella le regaló un perro llamado Láizer, un pastor alemán con quien Reynoso se sacó fotografías. Una de esas fotos —Láizer tendido sobre un sofá junto a él, pura felicidad— está en la contratapa de la última edición de En octubre no hay milagros. Láizer murió de cáncer un octubre, doce años después de llegar a casa. Reynoso dice que está reuniendo dinero para hacerle un monumento en el parque Alberti, que está al frente de su departamento. La vez en que lo visité me contó que una mañana estaba descansando y Láizer entró a su cuarto con la típica premura de un pastor alemán. Sus ladridos advertían algo, una amenaza tal vez, entonces fue a la sala. Se habían entrado tres palomas.

“Mira cómo son las cosas de la vida”, me dijo Esperanza Ruiz, “él ha visto morir a los suyos, a sus buenos amigos. Dice que me ría de la muerte. Yo lo intento, pero bueno. Quién sabe si me verá morir a mí”.

 

4.

Hubo un tiempo en que Oswaldo Reynoso dejó de frecuentar los bares limeños debido a la diabetes. A veces, algunos de sus lectores le toman fotos bebiendo cerveza y las suben a Facebook, ese barrio donde tiene 2.613 amigos. Rosita, su sobrina, hija de Marita, trabaja en una clínica y es amiga del doctor que lo trata. Cada vez que ella ve esas fotos se pone seria y habla fuerte, y Reynoso asiente como un niño reprendido. El escritor irreverente sólo se disciplina ante su sobrina. Dice que se llama cariño.

Pasaron dos meses desde la primera entrevista. Es medianoche. Todas las miradas lo han seguido hasta el fondo del bar Sabor del Norte, donde acaba de pedir una cerveza. Ha mirado la calle, ha mirado el reloj, ha contestado dos llamadas. Ahora, mientras marea los cubos de hielo, dice que suele reunirse con sus amigos en algún bar antes de empezar a escribir un cuento, una novela.

—Cada vez que lo cuento lo voy perfeccionando más, hasta que llega un momento en que ya está maduro y lo escribo.

—¿Funciona siempre?

—Como la vida intensa y la cerveza.

Quién es. De qué está hecho.

Hace unos años, en 2006, el Instituto Nacional de Cultura le rindió homenaje en su condición de alto exponente de la Generación del 50, y su fondo editorial publicó Las tres estaciones, cuatro cuentos que seleccionó de entre las setecientas páginas que había escrito en Arequipa y que su hermano había guardado en cajas, por más de cuarenta años, con la intención de que algún día vieran la luz. Entonces Reynoso no pensaba en que iba a dedicarse a la escritura ni que lo iban a reconocer con un honoris causa.

Ahora toma cerveza. Después cuenta un viaje, habla sobre unos predicadores (“llegaron a mi casa y les dije váyanse porque mi religión me permite matarlos”), sobre un calambre (“en un hotel de provincia me dio un calambre en la pierna y me quejaba y alguien gritó a la puerta: no se permiten putas, y yo les dije: no son putas, señor, es el calambre”). Los parlantes rugen reggaetón, salsa, rock, una cumbia. Entonces Reynoso se levanta, sale a la calle y toma un taxi. No sé si meó la calle, no recuerdo.

Desde adentro, un dedo de luz galáctico apunta su cabellera.

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