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“Ahora soy Vincenzo Downey y basta”

domingo 13 de diciembre de 2015
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Vincenzo Downey: apátrida hasta los veinte años.
Vincenzo Downey, o Jimmy: apátrida hasta los veinte años. Elisabetta Battista
“Buffalo Soldier, Dreadlock Rasta
There was a Buffalo Soldier
In the heart of America
Stolen from Africa, brought to America
Fighting on arrival, fighting for survival (…)”
Bob Marley

A los soldados afroamericanos Bob Marley los inmortaliza en una canción, en Buffalo soldiers. Se dice que el apelativo nace de los indígenas cheyene, que en el ochocientos llamaron búfalo a los soldados afroamericanos por sus fuertes características físicas y el cabello rizado.

Durante la segunda guerra mundial varias divisiones de soldados afroamericanos llegaron a Italia; el documental Inside Buffalo, del realizador Fred Kuwornu y disponible en Internet, reporta la historia de estos soldados afroamericanos que por ser los años 40 tiempos de segregación racial su participación en el conflicto bélico fue completamente invisibilizada. También la película Miracle at St. Anna, del director estadounidense Spike Lee, cuenta de la presencia de soldados afroamericanos durante un dramático ataque a un pueblo de Toscana.

La estadía de los soldados afroamericanos en Italia dio vida a varias historias de amor, pues muchos de estos soldados se enamoraron de mujeres de este país con las cuales tuvieron hijos, como es el caso del famoso músico de jazz napolitano James Senese, o de Jimmy, sobre quien les contaré a continuación.

Tres años atrás, durante la puesta en escena de un proyecto didáctico que tenía como objetivo trabajar el tema del prejuicio entre espacio y tiempo, conocí a Jimmy, un hombre de sesenta y seis años de edad con una historia bastante particular. El espectáculo teatral realizado por veintiún estudiantes del liceo Sandro Pertini de Génova, guiados por la profesora de psicología Elisabetta Battista, contaba al público la historia de este hombre nacido de un amor entre una italiana de Bari, un pueblo del sur de Italia, y un afroamericano de Rochester, un soldado de la Segunda Guerra Mundial. Jimmy, el personaje de la vida real sobre el cual se basaba la historia, también formaba parte del grupo de estudiantes-actores, estaba en el escenario porque allí él hacía el papel de director, protagonista y espectador de su propia vida, y al finalizar la recitación me le acerqué y le hice las siguientes preguntas:

En enero de 2012 se estrenó una obra sobre la vida de Downey.
En enero de 2012 se estrenó una obra sobre la vida de Jimmy. Elisabetta Battista

—¿Qué estudiaste?

—No estudié mucho, en un colegio de Gorizia casi terminé el quinto grado; de allí, antes de terminar el tercer trimestre, me enviaron a un instituto de Roma donde me aplazaron y donde además tuve muchas dificultades porque no entendía el italiano, hablaba sólo dialecto de Gorizia y fue por esto que perdí el año. Más tarde logré terminar el quinto grado, pero a mí no me gustaba mucho el estudio, para escribir no soy bueno, lo que me gustaba era trabajar, pero nadie entendió ese particular de mí y en aquel tiempo, en vez de inscribirme en un instituto industrial, me colocaron en uno comercial donde me volvieron a aplazar. A los trece años empecé a trabajar como carpintero en el taller de un artesano, sólo que este artesano era comunista y los sacerdotes, notando aquel particular, me retiraron y me mandaron a Neptuno, cerca de Roma, en otro taller que era de un carpintero socialista; prácticamente no cambié casi nada —recuerda Jimmy sonriendo—. Fue donde este último que aprendí completamente el oficio de la carpintería. Después me transfirieron al centro Villaggio del Fanciullo (La Aldea del Niño), de Trieste, pero constatando que tenía mucha destreza manual para trabajar la madera no me pusieron a frecuentar las aulas sino que enseguida empecé a trabajar como obrero y asistía al centro sólo para dar los exámenes; en el Villaggio del Fanciullo estuve dos años. Finalmente a los diecisiete años regresé al sur, a mi casa en Bari, y comencé a trabajar en una mueblería. Recuerdo muy bien que no pude trabajar como carpintero en las naves militares Miguelangelo y Raffaello, que en aquella época estaban construyendo en Monfalcone, porque yo no tenía documentos de italiano, fui apátrida hasta el momento en que formalicé mi inscripción en el ejército.

—Jimmy, como cuenta este artículo de periódico de los años 50 que se expone en el espectáculo, tú eras uno de los “mulaticos” de guerra (mulattini en el original) que aparecen en la foto, ¿entendí bien?, fueron 700 los niños y niñas que, después del desembarque de las fuerzas aliadas —desde octubre de 1943 hasta julio de 1947—, nacieron de historias de amor entre mujeres italianas de diferentes regiones y soldados afroamericanos, ¿en aquella época esos nacimientos fueron censados?

—Un grupo de universitarios romanos hizo investigaciones y de ese trabajó emergió que éramos 700 mulaticos —así nos llamaban—, y pienso que sí, que se hizo un censo; donde estaba yo, en Anzio, Roma, éramos más o menos treinta varones y sabía que en Florencia existía un colegio para niñas, de otros sitios no supe.

Jimmy, al centro, con dos compañeros del colegio, en Anzio, 1957. En aquellos años hubo alrededor de 700 niños y niñas que nacieron de historias de amor entre mujeres italianas de diferentes regiones y soldados afroamericanos.
Jimmy, al centro, con dos compañeros del colegio, en Anzio, 1957. En aquellos años hubo alrededor de 700 niños y niñas que nacieron de historias de amor entre mujeres italianas de diferentes regiones y soldados afroamericanos.

—Este artículo de prensa de los años cincuenta, titulado “Mulattini di guerra”, ¿quién lo escribió?

—Nació de la iniciativa de algunos asistentes universitarios de Roma que durante el verano venían al colegio a hacer voluntariado, ellos realizaron varias investigaciones y así nació el contenido del texto; es un artículo que logra llegar a mis manos después de muchos años y gracias a la voluntad del primer director del colegio donde estuve, que quiso que no se perdiera; una persona excepcional con la cual compartí poco porque fue transferido a otro instituto, y a quien sólo años más tarde, cuando yo ya estaba casado y con los hijos grandes, vuelvo a encontrar. Este ex director estaba viviendo en el pueblo de Santa Maria la Longa, en Udine, y buscando un número en la guía telefónica —por pura casualidad— vio mi nombre; como era una persona de buena memoria se acordaba bien de mí, intentó localizarme y lo logró. Siempre les he dicho a mis hijos que estando encerrado en el colegio no me encontré bien, pero que allí había conocido a una persona de una humanidad increíble. Recuerdo que mucho tiempo después, regresando del trabajo, una tarde, mis hijos me dijeron: “Papá, un sacerdote llamó por teléfono para preguntar por ti”, yo les respondí sin atinar a dudas: “Ese es el padre Delfino, de quien siempre les he hablado, aquel de la humanidad grande”. Gracias a aquella casualidad de la guía telefónica el padre Delfino y yo renovamos nuestra amistad, la vida nos volvió a juntar y nos frecuentamos hasta el momento de su fallecimiento en Seregno. Yo lo asistí durante su enfermedad y por él algunos de los muchachos que estudiaron conmigo en el colegio nos volvimos a ver, y hasta en ocasión del Jubileo del 2000 con el padre Delfino, juntos, fuimos a atravesar la Puerta Santa.

—¿Es el padre Delfino quien te da el artículo?

—Cuando nos reencontramos ambos nos dimos a la tarea de buscarlo, ese recorte de periódico es un recuerdo muy importante, estaba en la sede del instituto Don Orione de Roma, se lo encontraron entre los papeles de un viejo archivo por desechar, en una caja ya lista para botar a la basura. El padre Delfino me hizo una fotocopia y me la mandó, y se nota que es una fotocopia de un periódico en mal estado, pero como documento es muy importante.

—¿Fuiste apátrida por mucho tiempo?

—Sí, no tuve ciudadanía desde mi nacimiento, y cuando cumplí los veinte años para tener todos los derechos de un ciudadano normal tuve que escoger entre entrar a prestar servicio militar en el ejército italiano o hacer parte del ejército de los Estados Unidos. En aquel tiempo se desarrollaba la guerra de Vietnam; eso me cohibió y me decidí por el ejército italiano. Entré en el cuerpo de infantería de los Bersaglieri donde por cierto me destaqué musicalmente tocando la trompeta en las fanfarrias.

—¿En el registro civil te cambiaron oficialmente cuatro veces el nombre?

—Sí, cuando nací fui llamado James Downey Washington, el nombre que escogieron mis padres, pero el secretario del ayuntamiento les dijo que James equivalía a Vincenzo, así que me lo cambiaron a Vincenzo Downey Washington cuando tenía que ser Giacomo, porque así se traduce James al italiano. Sucesivamente me quitaron el nombre Washington porque era nombre de ciudad y en Italia no podías llamarte de esa manera, y luego, cuando mi madre se casó con su primo hermano, me agregaron el apellido de éste. La cuestión de que me quitaran el nombre Washington hizo que perdiera la herencia que me dejó mi padre, ya que según las autoridades estadounidenses el no llevar el Washington significaba que yo había renegado a mi padre.

—¡Podrías presentar un recurso para mostrar toda la documentación sobre tu historia!

—Sí, lo hice, fui a los Estados Unidos con todos los documentos, reconocieron la veracidad de los papeles, pero no lo aceptaron, porque no nací allí.

—¿Qué hace tu padre cuando termina la segunda guerra mundial y regresa a los Estados Unidos?

—Era mecánico en Rochester. Presumo que trabajaba en la Kodak, porque tenía una máquina fotográfica de esa marca, una máquina fotográfica que parecía una caja de zapatos.

—¿Lo conociste?

—No, nunca lo vi, y las únicas cosas que conservo de él son dos fotografías donde estamos juntos y muchas cartas. Mi padre y mi madre vivieron juntos en el tiempo en el cual él estuvo de servicio militar en Italia durante la segunda guerra mundial, con su partida mi madre se vio obligada a casarse con un primo y yo fui criado por tía Melina, su hermana menor que en aquel tiempo era casi una niña. El amor entre mi madre y mi padre duró toda la vida, él nunca se casó y ella, aunque se hubiera casado con otro hombre, siempre lo esperó, los dos se escribieron todo el tiempo cartas.

—¿Fue un amor epistolar?

—Sí, él le escribió cartas toda la vida aunque sabía que ella se había casado con otro, y ella le respondió siempre; se escribieron cartas continuamente hasta la muerte de ella, que ocurrió en 1977.

—¿Qué mensaje te transmitió tu madre?

—Ella siempre sufrió por protegerme. Me protegió de todo. Trató de todas las maneras de hacerme crecer como una persona de bien, trató de convertirme en lo que soy. Ella me decía: “Tú cuando empieces a trabajar si te sientes mal el lunes por la mañana ve a trabajar de igual modo, porque de lo contrario van a pensar que eres un alcohólico”.

—Jimmy, ¿tuviste la intención de emigrar a los Estados Unidos?

—Cuando me mandaron al colegio, era muy niño, mi madre le escribió una carta a mi padre refiriéndoselo, él le respondió enseguida pidiéndole que no me mandara al encierro en un colegio. Le escribió: “Si debes abandonarlo mandámelo a mí, que yo te hago llegar el dinero para que le pagues el viaje hasta América”. Esto lo supe yo por mi tía Rosaria, que me lo contó ya cuando yo era bastante grande.

—¿Tu mamá escondió este deseo de tu padre?

—Sí, y yo lo supe por tía Rosaria después de que él se murió, cuando yo ya estaba casado, cuando mi abuelo ya no existía.

—¿Te hubiese gustado vivir en la tierra de tu padre?

—Un poco sí, pero durante mi juventud los tiempos eran muy difíciles, además a mi madre le dio mucho miedo, pensó que si me marchaba a los Estados Unidos no regresaría nunca más a Italia.

—¿Cómo te sentías en la familia de tu madre?

—Me sentía aceptado, pero no amado. Con mi padre adoptivo tuve muchos problemas, tantos que con el tiempo me tocó resolver eso, sobre todo después de que mis hijos me aconsejaron: “¡Quítate ese apellido, papá, porque nosotros no queremos llevarlo!”, y así hice, aunque para lograrlo tardé muchos años.

—¿Con quién te casas?

—Con Giuliana, la madre de mis dos hijos.

—¿De qué región es Giuliana?

—Es friulana.

Jimmy en Gorizia en 1967.
Jimmy en Gorizia en 1967.

—¿Esta historia de los mulaticos de Italia la conocen en la zona donde vives?

—Quería que en Gorizia escribieran un artículo sobre este espectáculo teatral ya que se habla de un ciudadano de la zona, pero hasta ahora nadie ha escrito algo.

—¿Cómo nace la idea del espectáculo teatral La historia de Jimmy, donde se cuenta tu historia?

—La profesora Elisabetta Battista, responsable del proyecto teatral, es hija de tía Melina, la hermana menor de mi madre, la que me crió cuando mamá se casó con su primo hermano. Tía Melina era casi una niña y no sabía nada de mí, tampoco Elisabetta, su misma hija, que nace mucho tiempo después, sabía de mis orígenes; pero cuando Elisabetta se enteró de mi historia, por pura casualidad, ese día se dijo a sí misma que con la historia de mi vida podía hacer algo, y siendo testaruda, como la gente del sur de Italia, lo logró. En el liceo donde trabaja como profesora organizó este proyecto didáctico sobre el prejuicio entre espacio y tiempo que se completa con un music hall y un libro.

—¿Sientes muchas raíces?

—Un poco sí, porque tengo raíces africanas, estadounidenses e italianas.

—¿Eras hijo único?

—No, tenía dos hermanastras, y luché mucho, porque tuve muchos problemas, por tantas vicisitudes que padecí fue que mis hijos me rogaron que me quitara el apellido de mi padre adoptivo, ¡ellos no querían llevarlo! Tuve que afrontar una dura batalla para que me lo cancelaran, ¡ahora soy Vincenzo Downey y basta!, llevo el apellido de mi padre, Downey, sin el Washington. En Estados Unidos, siendo todos esclavos, tomaban el nombre del amo, mis ancestros fueron los trabajadores de un cierto Downey, mientras que el Washington lo llevan muchos afroamericanos en honor a George Washington quien fue el que abolió la esclavitud. Muchos afroamericanos por no tener una identidad tomaron el apellido de George Washington.

—¿Tienes familia en los Estados Unidos?

—No, y no sabría investigar si los tengo o no. Mi hijo ha hecho búsquedas usando la matrícula de soldado de mi padre, pero es muy difícil, no hemos encontrado parientes.

—Jimmy, una última pregunta: ¿qué mensaje deseas transmitir a los jóvenes de hoy, sobre todo a aquellos que pasan por las circunstancias de no tener una identidad, una nacionalidad, como te pasó a ti?

—Les aconsejo que luchen por su dignidad, por el propio nombre. A mis hijos, tanto a la hembra como al varón, desde pequeños les he enseñado a que se defiendan, que no se dejen meter los pies en la cabeza de nadie, si tienen razón tienen que ir adelante en sus luchas por la dignidad.

Vincenzo Downey, o Jimmy, fungiendo de director, protagonista y espectador de su propia vida en el teatro.
Vincenzo Downey, o Jimmy, fungiendo de director, protagonista y espectador de su propia vida en el teatro. Elisabetta Battista
Mayela Barragán Zambrano

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