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La transición de Vicente

domingo 15 de enero de 2017
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Vicente Valero
Vicente Valero: “La palabra es música tanto en verso como en prosa, pero sus objetivos musicales son muy diferentes”.

Tres décadas de poesía consolidaron a Vicente Valero (Ibiza, 1963) como uno de los poetas españoles de mayor relevancia entre las voces de su generación, reconocimiento muy bien cimentado gracias a importantes títulos como El libro de los trazados, Vigilia en Cabo Sur o Días del bosque. Luego de su séptima entrega poética, Canción del distraído, el autor parece haber encontrado feliz refugio en la narrativa ofreciéndonos lo mejor de ese intenso y boscoso paisaje interior muy presente en su obra, pero con una cadencia y modulación diferente. Siempre de la mano de la editorial Periférica, ha publicado este año Las transiciones, su tercera novela, con la que se abre paso en este género en el que continúa cosechando éxitos y reediciones.

—Acaba de publicarse Las transiciones, tu tercera incursión en la narrativa, por lo que ya no puede decirse de que se trata de una feliz casualidad. ¿A qué se debe que de pronto la ficción ocupa un lugar importante en tu obra?

La realidad se pone en manos de la ficción para poder ser expresada de la mejor manera posible.  

—Mis narraciones vienen a ser una extensión de mi mundo poético. Tengo la impresión de que allí donde termina mi poesía se abre la narración, seguramente para decir aquello que la poesía no puede decir o es mejor que no diga. Mi poesía no es narrativa y antes de transformarla en narrativa he preferido explorar en el relato y la novela, desarrollar mi mundo poético en otros géneros.

—¿Cómo se produjo tu paso hacia la narración, fue acaso largamente meditado o se dio de forma espontánea?

—Algunas de las historias que cuento en Los extraños y en El arte de la fuga las llevaba en la cabeza desde hacía unos quince años… Y Las transiciones se basa en un texto que empecé a escribir hace también más de una década y que abandoné. Pero necesitaba una prosa para estas historias, un ritmo que ha tardado en llegar, la voz de un narrador que no fuera la del poeta, aunque ambas compartan un mismo mundo. Finalmente, estos libros los he escrito en muy poco tiempo pero puede decirse que no han aparecido de repente ni porque sí.

—Tu reciente novela está erigida sobre un concepto fundamental: la memoria.

—Sí, también Los extraños. En poesía, es fácil que la memoria acabe en elegía. Especialmente si se trata de recordar un mundo “feliz” o idealizado como el de la infancia en una isla alegre… La novela, en cambio, me permite indagar en los recuerdos de aquel mundo evitando la nostalgia, más allá incluso de los sentimientos o de la búsqueda de esencialidad. La narración me permite acceder a mis recuerdos de un modo diferente.

—Tanto Los extraños como Las transiciones nacen del recuerdo. Personalmente, ¿en dónde crees que está la línea entre ficción y realidad?

—Bueno, el acto de recordar episodios de la infancia ya es en sí mismo un acto que parece más ficticio que real… Y no hablemos ya del acto de llevar esos mismos recuerdos al texto escrito, a la construcción de un relato que dé forma a la memoria. Digamos que la realidad se pone en manos de la ficción para poder ser expresada de la mejor manera posible. No veo muy clara la línea, al menos en estos dos libros que indagan en mi pasado. Esa línea, en cualquier caso, pertenece al ámbito de la literatura, que es lo que en definitiva yo pretendo hacer. No he pretendido hacer una “autobiografía” o un “libro de memorias”, sino construir relatos a partir de experiencias que ya sólo pueden llegar hasta mí en forma de recuerdos.

—Tengo entendido que durante la composición de Los extraños y de El arte de la fuga viajaste a los lugares donde tuvieron lugar algunos de los hechos que narras. ¿Puedes explicarnos un poco mejor cómo son tus procesos de creación?

—Me gusta ver, oler, tocar los lugares de los que hablo. Si mis personajes estuvieron en Burdeos o en Cabo Juby, me gusta haber estado allí también, saber cómo es la luz en esos sitios, el mar, los ríos… El provecho literario que extraigo de estos viajes tal vez no sea gran cosa después, porque lo que voy buscando es una atmósfera, una idea, un punto de partida a veces, el nombre de una calle, la distribución de los nichos de un cementerio, los árboles, etc. Los viajes me han ayudado a reforzar la memoria y en ocasiones a darle a ésta una estructura narrativa.

—Los viajes… las fugas… ¿consideras también la literatura como una sublime forma de escape?

—Sí, creo que sí. La palabra literaria ayuda, como mínimo, a escapar de los discursos oficiales, del discurso estándar y político al que estamos sometidos o con el que pretenden hacernos comulgar habitualmente. Yo al menos necesito huir de ese lenguaje muchas veces para, digamos, entre otras cosas, respirar.

—Tu narrativa tiende a lo clásico: temporalidad lineal, predominio por la historia antes que por la estructura, predilección del diálogo en primera persona. ¿Tienes en mente algún escritor cuando concibes una novela?

—A ninguno en particular, pero todos están presentes de algún modo en mis textos. Considero que todos los maestros son mis maestros. No se aprende de ellos en vano.

—La huella de Walter Benjamin es muy grande y notoria en tu escritura. ¿Cuáles son los conceptos que más han influido en tu obra y en ti como persona?

—La verdad es que no lo sé. Me gustaría que lo que dices fuera cierto. Admiro la integridad moral de los escritos de Benjamin, su capacidad para la síntesis y la eliminación de lo superfluo, su manera de captar una realidad total a partir de un detalle muy concreto que podría pasar desapercibido si no fuera porque aún valoramos y practicamos el arte de la atención, la idea de que la narración es una forma de transmitir sabiduría, de que la realidad espera del escritor un pensamiento que la ilumine y la haga más comprensible.

—Ciertamente, la poesía no está ausente en tu prosa. Es un deleite leer libros como Viajeros contemporáneos o El arte de la fuga, por citar solo algunos. ¿Cómo trabajas el lenguaje en tu narrativa?

Mi poesía es un viaje y la expresión de una iniciación.  

—Intento evitar en la medida que me es posible el lenguaje “poético” que tantas veces se lleva a la prosa sin demasiada consistencia. Para mí está muy claro que la poesía es un tipo de lenguaje especial y único, que sólo puede darse en la poesía y que es radicalmente distinto de cualquier otro lenguaje. A partir de aquí, hay elementos de la poesía que sí pueden ser aprovechados para la prosa: la capacidad de síntesis, la variedad de ritmos, el cuidado de la palabra, etc. La palabra es música tanto en verso como en prosa, pero sus objetivos musicales son muy diferentes. Seguramente en El arte de la fuga esta diferencia no es muy pronunciada, pero esto se debe a que los protagonistas de los relatos son poetas y a que, finalmente, el tema del libro es la poesía misma.

—Se suele decir que la musa ha abandonado al poeta. En tu caso, ¿has abandonado la poesía?

—El pasado año publiqué Canción del distraído, que es un libro formado por cuarenta poemas, algunos inéditos pero casi todos publicados en otros libros anteriores, y que viene a ser una especie de autoantología. Es una revisión de toda mi obra poética muy sintetizada, en el que los poemas, vengan del libro que vengan, estén escritos en tal época o en tal otra, y estos datos ni se mencionan, han sido reunidos para conformar un libro completamente nuevo. Y yo diría que al mismo tiempo trata de ser el cierre de una etapa de treinta años. Si se abrirá una nueva etapa o no, esto no lo sé ahora. Ojalá sí, pero por experiencia sé que la voluntad influye poco a la hora de escribir poesía.

—¡Treinta años de poesía! En opinión de la crítica El libro de los trazados y Días del bosque son tus puntos álgidos. ¿Coincides o discrepas con ello?

—Ni coincido ni discrepo. La verdad es que no lo sé. Veo mi poesía toda como una única y solitaria aventura espiritual, como la búsqueda y la expresión de esa misma aventura que se inició cuando salí de la adolescencia. Al contrario que con mis narraciones, nunca he tenido la sensación de hacer literatura cuando he escrito mis poemas, todo lo más de servirme de ella, de apoyarme en ella. La palabra poética es una forma de conocimiento y la poesía, por tanto, una indagación en lo íntimo espiritual. Hoy tengo la sensación de que lo que sé lo he aprendido de la poesía, es como si la palabra poética me hubiera llevado a ello a través de estrechos caminos en los que la cultura, el pensamiento, la experiencia, la naturaleza, las sensaciones, los sueños y la inspiración siempre hubieran estado presentes de manera muy unida, hubieran coincidido misteriosamente. Mi poesía es un viaje y la expresión de una iniciación.

Reinhard Huamán Mori
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