Saltar al contenido
Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Luis Carlos Azuaje: “La historia y la literatura no escapan a la lucha por el poder”

• Domingo 1 de julio de 2018
Luis Carlos Azuaje: “El pasado también está en disputa”.

El 19 de abril de 2013, un joven se coló en la toma de posesión de Nicolás Maduro como presidente de Venezuela y, haciéndose del micrófono, interrumpió el acto oficial para pedirle al nuevo jefe del Estado una casa para su mamá. No era la primera vez que Yendrick Sánchez, nativo de Maracaibo, interrumpía una actividad pública. Pero su atrevimiento le llevaría a la cárcel.

El acontecimiento, que miles de venezolanos pudieron ver en vivo por televisión, inspiró a Luis Carlos Azuaje (Maracay, 1983) para escribir El gran farsante, novela que acaba de ser publicada en España por el sello EDA Libros y que fuera presentada el 7 de junio en la Casa de América, en Madrid. En la novela, Júnior Mata —el personaje construido por Azuaje sobre la base de la historia real y absurda de Sánchez— cuenta desde la prisión las circunstancias que lo llevaron a interrumpir la toma de posesión del mandatario y esboza toda una teoría del manejo de los medios de comunicación como herramienta de rebeldía.

Egresado del Pedagógico de Maracay como profesor de lengua y literatura, Azuaje se marchó a Buenos Aires en 2015. Hoy conversamos con él sobre el proceso de creación de El gran farsante y el camino que recorrió esta novela hasta ser publicada.

 

En principio, hablemos un poco del origen de la novela.

Todo comenzó en 2013. Yo acababa de leer la novela Rating, de Alberto Barrera Tyszka. Recuerdo que al protagonista, un productor de televisión, se le ocurre hacer un reality show con mendigos. Esta joya tremendista me hizo pensar en todo lo que son capaces los medios para ganar audiencia y en la relevancia de éstos en la cultura del venezolano. Comencé a escribir una historia de un chico que, para ganar unos minutos de fama, se arriesga a hacer cosas muy vergonzosas en escena. Intentaba mostrar que no es lo mismo hacer el ridículo que hacer el ridículo en la tele. Ese ingenuo orgullo que experimenta alguien que acaba de saltar a una piscina llena de alacranes, que lo bañan en huevo y empanizan con cal, y que al final de todo sonríe y agradece. De eso quería hablar.

Intenté no solamente formar una idea de por qué Yendrick cometió esta imprudencia (que le costaría años de cárcel) sino del impacto que provocó.

Justo en esos días aparece Yendrick Sánchez en el Palacio Federal. Se atraviesa en pleno acto de juramentación del presidente, le roba el micrófono y pide una casa para su mamá. Ahí comencé a pensar que después de todo hacer el ridículo podía ser subversivo. Me bastó ver la cara de susto de Maduro cuando vio a Yendrick aproximarse.

A los pocos meses Tamsamqa Janjie, otro espontáneo, se hace pasar por intérprete de signos en el funeral de Mandela. Estuvo horas batiendo las manos en televisión sin que nadie alcanzase a notar el agravio. Sólo le faltó bailar la Macarena.

Entonces pensé: tengo que escribir algo relativo al shock mediático, a estos espontáneos y sus ocurrencias, y a la sensación de vacío que produce el sinsentido, lo absurdo.

Comencé a leer las noticias de Yendrick y a escribir una historia (que supe desde el inicio iba a ser de largo aliento) a un ritmo vertiginoso, de a dos y tres páginas diarias. En aquella época vivía con una adorable mujer, ingeniera en producción (de tradición fordista), que se tomó muy en serio mi novela, al punto de que supervisaba el producto final al llegar a casa y colocaba el resultado en un calendario que había pegado a la nevera. La escribí en las vacaciones, por supuesto. Para ella era un lujo que yo pasara el día escribiendo. Fueron dos meses arduos.

En el texto intenté no solamente formar una idea de por qué Yendrick cometió esta imprudencia (que le costaría años de cárcel) sino del impacto que provocó. Para mí representa dos cosas muy importantes: la primera es que esta interrupción de Yendrick es refractaria a interpretaciones lineales (nadie sabe por qué Yendrick hizo lo que hizo). Necesitamos una explicación coherente para todo y este tipo de cosas producen desconcierto, perplejidad. Por lo tanto, el sinsentido es subversivo porque se trata del quiebre de la hipnosis, de que por fin veamos el teatro de operaciones, la producción de la realidad o la realidad mediada por los intereses corporativos.

Y la segunda es su indiscutible valor simbólico al tratarse no de cualquier interrupción sino de la interrupción de un acto protocolar, que constituye un ritual de paso. Los rituales de paso marcan una transición entre un estado y otro. Las graduaciones, los matrimonios son actos públicos que marcan el pasaje de los sujetos a otra condición social, a otro estado. El presidente pretendía legitimarse nada menos que como el heredero de la revolución y el plan le salió mal. Quien debía entregar el testigo a Maduro había fallecido y en su lugar se aparece este gracioso personaje que provocó la estruendosa y grandilocuente reacción: “Me han podido matar, falló la seguridad”. Esta frase fue una especie de premonición de lo que sería luego su gobierno: paranoia y persecución. Pensar en las implicaciones de esta ruptura que había propiciado Yendrick era parte de mis objetivos.

De allí la idea de asociar a Júnior Mata a un plan subversivo. Él va a formar una agrupación, La Máquina de Hacer Churros. Leerán testimonios de insurgentes y tomarán por asalto los medios por vías muy poco convencionales. Su objetivo será ganar audiencia, pero con un fin político, detrás del cual hay un sustento ideológico del que nadie sospecha.

 

El gran farsante

Paco Torres, el responsable de Eda Libros —el sello que publicó tu novela en España—, dijo en la presentación que esta obra ilumina su catálogo. ¿Cómo llega El gran farsante a esta editorial malagueña?

En 2008 estudié en Madrid. En mi estancia allí conocí a una estudiante de doctorado que estaba abriendo una agencia literaria. Nos hicimos amigos, le mostré un par de mis cuentos y ella a su vez se los mostró a un catedrático de la Universidad de Barcelona, especialista en narrativa breve, que rápidamente se interesó en mis textos. Su nombre es Fernando Valls. Luego, Valls me incluyó en una antología que apareció en una editorial granadina, Cuadernos del Vigía, junto a autores de renombre.

Ana creyó que yo tenía talento. Por entonces casi no escribía otra cosa que no fuera poesía. Fue su estímulo el que me llevó a experimentar un poco más con la prosa y así fue como, tras un intento con un libro de cuentos, le mostré este texto en 2013 y ella de inmediato reaccionó con entusiasmo. Pero no fue sino hasta 2018 cuando por fin la novela consigue un editor. Un lector apasionado, desmedido, como creo debe ser todo editor.

 

La historia de Yendrick Sánchez, en quien se inspira Júnior Mata, el protagonista de El gran farsante, es quizás absurda y rocambolesca como buena parte de la historia reciente de Venezuela. ¿Cómo compite la literatura con eso?

Justamente. Me pareció que Yendrick tenía todos los atributos de un personaje de ficción y eso me daba material para cuestionar la veracidad de la realidad. Entonces mi novela (no sé si la literatura) no compite con esa realidad rocambolesca, la complementa.

Nuestro pasado reciente es casi realismo mágico. La ficción para mí tiene al menos dos caminos, o corre hacia senderos surreales, maravillosos, o se encarama sobre el lomo de esta realidad perversa. Yo preferí lo segundo.

A fin de cuentas, lo que llamamos “hechos” son en realidad versiones imperfectas, políticamente condicionadas, y contadas con el mismo instrumento que la ficción: el relato. La Historia no es más que una narrativa legitimada, autorizada, pero no por ello inmutable. Me pregunto si estos ejercicios ficcionales no arrojan luces sobre aquella Historia que nos contaron una vez como La verdad y sobre los hechos olvidados.

 

El humor tiene un importante papel en la novela, incluso en los momentos de corte más dramático.

Júnior Mata es un personaje quijotesco. Júnior cree en utopías, produce su propio espectáculo, lucha contra los poderosos. Esto para mí era material para la sátira más que para una tragedia.

Mi objetivo fue narrar una farsa de principio a fin, una farsa muy verosímil, donde las fronteras entre lo que es documento y lo que es invención se borrasen. Yo quería demostrar que ambas, Historia y Literatura, son construcciones que no escapan a la lucha por el poder. El pasado también está en disputa, se resignifica. Eso me interesa mucho, los usos públicos de la memoria.

Pienso que el humor me ayudaba a crear esta atmósfera delirante que tienen las hazañas de Yendrick, resultaba más coherente con el gesto de interrumpir actos públicos y reírse de todos. Lo que él hacía tenía mucho de burlesco y de irreverente.

Molière muere en escena representando una comedia. Me pregunto si esto no sirve como metáfora del humor, siempre lesivo, siempre en el brocal de la muerte.

 

Hay muchas maneras de conquistar esa libertad, algunas de ellas: denunciar las maniobras del poder, repensar nuestros símbolos, utilizar la palabra para levantar el espíritu (alicaído) de los venezolanos.

“Cuando sea grande quiero ser un pran”, dice Júnior Mata en algún punto de la novela refiriéndose a esos líderes siniestros y violentos de las cárceles de Venezuela. ¿No es esa una de las grandes tragedias del venezolano? Me refiero a la exaltación de la fuerza.

Desde luego, es este uno de nuestros peores males. Pero esta violencia se nutre de un imaginario bélico que está presente en nuestra Historia. Nuestros próceres civiles, por ejemplo, son prácticamente desconocidos y no hay una sola plaza en este país donde no ocupe un lugar central algún militar.

Asimismo, el imaginario malandro es un modelo de referencia en nuestra sociedad porque representa algo así como el subyugado que se rebela contra un Estado excluyente y además es ocurrente y cínico. La diferencia entre éste y el líder político es que al segundo lo impulsa un partido, pero ambos roban. Al menos el malandro te lo dice: “Te estoy robando”.

A mi mamá la asaltaron en su propia casa hace algunos años y mientras los tipos robaban ella les ofrecía jugo y galletitas. Al salir ellos le pidieron la bendición. La violencia está naturalizada en un Estado que nos desprotege y el malandro es alguien con el que hemos aprendido a negociar.

 

Para tener un poco de contexto, ¿desde cuándo resides en Buenos Aires y qué estás haciendo allá?

Resido en Buenos Aires desde hace tres años y soy profesor de español para extranjeros, una actividad que me llena mucho. Me vine en 2015 después que los conflictos sociales se agudizaron. A mi vecino, Pedro Maury (“El taxista”), vi cómo se lo llevó el Sebin una noche de mi edificio. Lo acusaron de colaborar en un presunto intento de golpe. Para mí era la prueba de que este aparato represivo paranoico buscaba imponer el miedo.

A varios estudiantes de mi universidad, la Upel, se los llevaron también. Algunos han sido juzgados en tribunales militares. Digamos que intuía —y este es un aspecto muy personal de mi novela— que el próximo era yo. Entonces en Júnior despliego todo lo que Luis Carlos no fue, por eso la épica presente en la novela, la heroicidad de Júnior.

Cuando mataron a esos ciento cincuenta jóvenes en el año 2017, también murió ese Luis Carlos que quería luchar —cuerpo a cuerpo— por la libertad. Acá nació otro que entiende que hay muchas maneras de conquistar esa libertad, algunas de ellas: denunciar las maniobras del poder, repensar nuestros símbolos, utilizar la palabra para levantar el espíritu (alicaído) de los venezolanos. Después de todo, como dijo Javier Cercas: “Los jóvenes parten al frente y matan y se hacen matar por palabras, que son poesía, y por eso son los poetas los que siempre ganan las guerras”.

 

¿Llegará a Venezuela El gran farsante?

Lamentablemente por el momento es imposible, a no ser que la lleve “de contrabando” el año próximo. La editorial que la publicó es pequeña y ha hecho importantes esfuerzos para comercializarla; en Europa se puede adquirir por Internet, mientras que en América Latina será distribuida en Argentina, México y Perú. Dadas las dificultades que existen en Venezuela para importar libros, no podrá llevarse al país. Sin embargo yo tengo mucha esperanza de que podamos sacar una edición digital o que lleguemos a un acuerdo con alguna editorial venezolana que la publique.

Jorge Gómez Jiménez

Jorge Gómez Jiménez

Editor en Letralia
Escritor venezolano (Cagua, Aragua, 1971). Dirigió entre 1989 y 1990 la Peña Literaria Cahuakao, en Cagua y, entre 1990 y 1993, el semanario El Tabloide, de la misma ciudad. Desde 1996 edita en Internet la revista literaria Letralia.com, la primera publicación cultural venezolana en la red. Ha publicado, entre otros títulos, los relatos Los títeres (Baile del Sol, España, 1999) y Juez en el invierno (Lector Cómplice, Caracas, 2014), la antología de narrativa venezolana Próximos (Embajada de Venezuela en China, 2006), la novela El rastro (Libros del Sur, 2009), y la plaquette de poesía Mar baldío (Taller Editorial El Pez Soluble, Caracas, 2013). Además, textos suyos han aparecido en diversas antologías dentro y fuera de Venezuela. Ha obtenido, entre otros, el primer lugar en el X Concurso Anual de la Universidad Central de Venezuela (Maracay, 2002) y en el Concurso de Minicuentos Los Desiertos del Ángel (Maracay, 2012). Además, con Letralia.com recibió el Premio Nacional del Libro (Caracas, 2007) y ha sido en dos ocasiones finalista, y una vez mención honorífica, de los premios Stockholm Challenge (Estocolmo, Suecia, 2006, 2008, 2010). Su novela El rastro, publicada en Internet entre 1996 y 2008, recibió en 2007 el puesto Nº 32 en la lista “Las mejores 100 novelas de la lengua española de los últimos 25 años”, de la revista Semana, de Colombia. Textos suyos han sido traducidos al francés, inglés, italiano, catalán, esloveno y chino.
Jorge Gómez Jiménez

Textos recientes de Jorge Gómez Jiménez (ver todo)