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Ray Loriga
Rendición me ha seguido durante casi siete años de mi vida

domingo 18 de agosto de 2019
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Ray Loriga
Ray Loriga: “Había algo muy raro en el tono de Rendición que me parecía muy diferente a otros tonos que yo había utilizado”. Fotografía: Kippelboy

En esta entrevista, realizada el 5 de julio de 2018 en Madrid, Ray Loriga responde a preguntas sobre su carrera como escritor, sus influencias literarias y Rendición, la novela reconocida con el premio Alfaguara de Novela 2017. Nacido en 1967, en Madrid, Loriga es autor de once novelas —Lo peor de todo (1992), Héroes (1993), Caídos del cielo (1995), Tokio ya no nos quiere (1999), Trífero (2000), El hombre que inventó Manhattan (2004), Ya sólo habla de amor (2008), El bebedor de lágrimas (2011), Za Za, emperador de Ibiza (2014), Rendición (2017) y Sábado, domingo (2019)— y tres colecciones de cuentos —Días extraños (1994), Días aún más extraños (2007) y Los oficiales y El destino de Cordelia (2009). También se ha dedicado al cine, donde ha sido guionista y ha colaborado con Pedro Almodóvar y Carlos Saura, entre otros directores. Ha dirigido las películas La pistola de mi hermano, basada en su novela Caídos del cielo, y Teresa, el cuerpo de Cristo.

 

No le veía mucho sentido a estar yendo a clase de periodismo cuando podía trabajar en un periódico. Entonces, al final me quedé en los periódicos y nunca acabé la carrera.

Ray, aunque no es necesario que los lectores conozcan los detalles de la vida de sus escritores, ¿hay algo que tú quisieras que supieran tus lectores de ti o de tu vida que les ayudaría a comprender mejor tus textos?

Siempre he pensado, como bien dices, que el autor sobra a la hora de leer un libro. Si uno tiene mucha curiosidad por la obra de un autor o una autora, a veces es el propio lector que quiere indagar o encontrar un lazo entre una historia y el hombre o la mujer que la ha escrito. Pero, en principio, yo creo que una novela, sobre todo una novela, debe ser una obra autónoma, y realmente no hace mucha falta saber, a veces ni siquiera el país, de dónde viene el escritor o la escritora. No define, creo yo, una obra. En cambio, si estudias la literatura concreta de un país específico o de una época específica, sí te interesa establecer unas conexiones, una serie de evoluciones, etc. Pero nunca he sentido la necesidad de que nadie conociera cosas o supiera cosas de mi vida para poder leer mis libros. Este es el caso de Rendición, incluso más, porque es una obra que es una fábula. Aunque ocurre dentro de nuestro tiempo, es completamente fuera de mi peripecia personal, y no tiene absolutamente nada que ver conmigo, ni con mi historia ni con mi vida personal.

 

Me parece interesante tu carrera como escritor. ¿Puedes hablar un poco de tu preparación académica?

Estudié periodismo en la Facultad de Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid. En el segundo año de periodismo, empecé a trabajar para un periódico que ya no existe, que se llamaba Diario Dieciséis, en la sección de cultura, haciendo reseñas, y luego entrevistas. Recuerdo que la segunda entrevista que hice fue con Ray Bradbury; tuve esa fortuna, de empezar por arriba, y además yo era el único que hablaba inglés en la redacción. Era verano, y ninguno ahí hablaba inglés. Yo era pequeño, tenía diecinueve años. Pero en seguida empecé a trabajar en prensa, luego con el periódico ABC y más tarde con El País. En verdad no le veía mucho sentido a estar yendo a clase de periodismo cuando podía trabajar en un periódico. Entonces, al final me quedé en los periódicos y nunca acabé la carrera.

 

Tu experiencia y ese tema son interesantes en los Estados Unidos, donde se aspira a que todo el mundo tenga un grado universitario, y donde, desafortunadamente, muchos estudiantes adquieren deudas impagables persiguiendo ese sueño.

Ese es el método de la “muerte a crédito”, expuesto en el libro de Louis-Ferdinand Céline, que es una maravilla. Los jóvenes empiezan la vida ya endeudados por algo que nunca podrán usar ni nunca pagar, encima. Mi padre es pintor, todavía vive, estudió publicidad y trabajaba en prensa. Yo me crie en un periódico. Mi padre era dibujante de prensa. Yo ya había visto que el mundo del periodismo no tenía nada que ver con una carrera: es un mundo de perros que husmean, buscan la información, y encuentran la información. Es parecido a la literatura: en la literatura nadie te pide un grado en nada. Tu primera novela, la mandas a una editorial, tienes una buena reseña y se acabó la historia. Cuando escribes una novela y te la reseña El País aquí, o el New York Times, o Le Monde, nadie te va a preguntar qué diploma tienes ni qué carrera has hecho. Pues, nunca le vi la necesidad.

 

¿Podrías contextualizar Rendición dentro de tu novelística?

Es una novela rara en su escritura en el sentido de que me llevó siete años. Entre escribir el primer bloque y terminar la novela dediqué siete años. En medio escribí otra novela, Tza Tza, emperador de Ibiza, cosa que no solía hacer, escribir dos novelas a cabalgadas, como diríamos aquí. Pero había algo muy raro en el tono de Rendición que me parecía muy diferente a otros tonos que yo había utilizado, por la voz del narrador. Otros personajes míos han sido otras voces, han sido más cosmopolitas, más irónicas, más cínicas, y esta historia sólo la podía contar desde la voz entre ingenua y no demasiado capacitada del narrador al que el mundo transforma tanto que no tiene herramientas para entender o manejarlo. Con esta novela, tenía la sensación de que el tono en momentos se me iba a otros tipos de tonos que yo había usado. Entonces, escribí otro medio, un poco para quitarme esa tentación, y luego volví a Rendición. Es una novela que me ha seguido durante casi siete años de mi vida, la escritura, y luego, gracias al premio Alfaguara, pues, otro año y pico de hablar de ella, de Rendición.

 

¿Ya estás rendido?

Estoy un poco ya rendido. Aun así, estoy muy agradecido a la novela porque ha funcionado muy bien y se ha vendido muy bien.

 

“Rendición”, de Ray Loriga
Rendición, de Ray Loriga (Alfaguara, 2017). Disponible en Amazon

¿Te interesa el tema de la identidad? En una entrevista has dicho que te identificabas más con Múnich que con Buenos Aires.

Durante mucho tiempo fue así, e incluso cuando empecé a publicar. Creo que tiene que ver con mi peripecia personal. No sé cómo afectó a mis novelas, pero cuando publiqué mis primeras dos novelas, las primeras dos traducciones que tuve fueron la holandesa y la alemana, y pasé largas temporadas en viajes en promociones y festivales en esos países, incluso para un proyecto de una película que estuve trabajando en Alemania. Fue en Pankow, ya en Alemania unificada, pero todavía tenía todos los rasgos de la Alemania, del Berlín Oriental. Allí pasé casi un año. Pues, de alguna manera, también por la literatura centroeuropea, que sí ha tenido una influencia muy directa en mi obra. Estudié en un colegio inglés aquí en Madrid: todas las clases eran en inglés. Por lo cual, todos mis viajes eran siempre a Inglaterra. Estudié un curso en Cardiff. Entonces, de alguna manera, aunque leía también en castellano, mi peripecia personal tenía más que ver con Europa.

También he ido mucho a Latinoamérica, desde hace veinticinco años. A los veintiséis años ya tuve una gira larga desde Miami, y me dio la sensación de estar en otro planeta, como Marte, donde por alguna extraña razón hablaban mi mismo idioma, pero todo lo demás me pareció muy diferente. Sin embargo, cuando viajaba a Alemania o a Inglaterra, o a Holanda o a Francia, aun con la diferencia de idiomas, a veces, las costumbres, la manera de entender las cosas se parecían bastante a España. Y por supuesto Italia y todo el mediterráneo. También es lógico porque Europa es muy chiquitita. Más o menos comemos los mismos quesos, con nombres distintos, tenemos las mismas tradiciones, tenemos una manera de vivir bastante similar, y las distancias son mucho más reducidas. Hay muchas cosas en Europa que, con todo lo diferentes que somos, parecen más familiares. En cambio, Latinoamérica es más sorprendente. Me encanta ir y me gustaría vivir una buena temporada allá. Por ejemplo, México, que es el país al que más voy, es el que es más brutalmente diferente en casi todo. Sin embargo, es donde más me siento en casa, porque es el que conozco más. También eso me pasa incluso en Nueva York, donde viví seis años. Aunque había ciertas cosas que echaba de menos de Europa.

 

Lo bueno de la literatura es que lo trasciende todo.

Sí, afortunadamente. Cuando leo a Juan Carlos Onetti o a Sergio Ramírez, es literatura lo que me llega. Y luego de paso aprende uno de diferencias locales, diferentes sabores. Pero la literatura trasciende; trasciende épocas y fronteras.

 

¿Quiénes son los escritores o libros que más han influido en tu trabajo literario?

Yo lo divido en la etapa fundacional, que de alguna manera es la que te hace como escritor, por lo menos el primer golpe esencial. En mi caso, es la literatura clásica castellana, todas las clásicas del siglo de oro, La Celestina, Lazarillo de Tormes, todos esos libros que se leen siendo chico y soñando con la literatura. Y luego, en seguida entró toda una influencia bastarda, por así decirlo, en el buen sentido de la palabra, mestizaje, que incluye literatura centroeuropea e inglesa. Leí mucha literatura anglosajona, tanto americana como inglesa, por el idioma. Y luego se fue ampliando ahí. Luego empecé a ir por épocas, según mis intereses literarios, iba buscando cosas que estaban de alguna manera, o intuía que estaban, donde yo quería estar trabajando. Siempre me he movido, no de una manera académica, un poco como un perro que busca en un jardín la yerba que le va a hacer vomitar, cuando está amargo el estómago. Con esa intuición, he ido buscando lo que pensaba que iba a ser más cerca. Entonces, ha habido épocas en que he leído más poesía, o novela, o ensayo. Hay autores que recuerdo siempre como impactantes como Virginia Woolf, William Carlos Williams, Jack Kerouac, William Burroughs, Marguerite Duras y Robbe-Grillet. Son como capas y capas y capas, las lecturas.

Por supuesto, hay que incluir mucha literatura hispanoamericana. Cuando buscaba una voz para mi novela Rendición, recordé el impacto que me causó Juan Rulfo. Un narrador en primera persona, una persona inculta, sin estudios superiores, pero con una visión rudimentariamente poética, de alguna manera, pero muy potentemente poética también. Yo estaba buscando algo así; esa visión de la voz rulfiana la tenía muy presente.

De mis contemporáneos, los escritores de mi generación, Bolaño ha sido una influencia para todos. Otros han sido Javier Marías, Eduardo Mendoza, Sergio Ramírez y Elena Poniatowska. Hay autores que son imprescindibles como Arturo Pérez Reverte, Julia Llamazares, Ignacio Martínez de Pisón, Soledad Puértolas, para citar así algunos de memoria.

 

En este momento, en que predominan las novelas largas, es curioso que tú escribas novelas cortas, que van al grano, como Rendición.

Cuando iba a concursar al premio Alfaguara, las bases del concurso pedían un mínimo de doscientas páginas, y yo mandé doscientas dos por si acaso; no fuera a ser que me quedara corto.

 

Como Crónica de una muerte anunciada y otros libros de García Márquez, es de letra grande también.

Es verdad que cuando empecé a escribir ya había leído por supuesto novelas de Proust, Cervantes, Melville y otros textos muy grandes, pero siempre me parecía que para que una novela tenga ese volumen tiene que tener un sentido de que sea de ese volumen. Al mismo tiempo, cuando empecé a escribir, estaba pensando en novelas como El extranjero de Camus, El amante de Margarita Duras, novelas que me encantan como Crónica de una muerte anunciada —que puede que sea el libro que más me gusta de García Márquez­­— y las novelas cortas de Bolaño, y El gran Gatsby, la gran novela americana, que también es una novela corta.

 

Para Rendición me interesaba que sólo tuviéramos la referencia del mundo que el protagonista nos da. Eso nos permite dudar sobre el territorio de qué es verdad.

El título con que concursaste al premio Alfaguara fue Victoria, que parece lo contrario del título final, Rendición.

Aparentemente opuesto, pero para concursar hay que usar un título falso. Escogí ese título, en primer lugar, porque es el título de Joseph Conrad, por el cual no pude usar ese título al publicar la novela. Y luego, porque es precisamente lo contrario. También porque pensé: si pongo “Victoria” en el título, lo gano, así de infantil. Y luego, porque pensé que había un juego en la novela —no quiero revelar el final para los que no la hayan leído— entre ese largo proceso de confesión del personaje principal, de la propia historia, y algo que me gustaría que fuese una epifanía final, cuando él reflexiona en un segundo lo que reflexiona: que su tiempo se ha acabado. Y eso, reconocerlo, pocos lo logran. Y eso me parece una victoria personal de parte del personaje.

 

¿Por qué prefieres los narradores en primera persona? El narrador de Rendición es interesante; mantiene el interés del lector, pero no es exactamente un personaje atractivo, loable o notable.

No, es un miserable, yo creo. Probablemente es una mezcla de miserable y enajenado. Tengo otras narraciones como Tza Tza, que está en tercera persona. Pero para esta novela me interesaba que sólo tuviéramos la referencia del mundo que el protagonista nos da. Eso nos permite dudar sobre el territorio de qué es verdad. La verdad como existe en la película Rashomon, de Kurosawa, donde cada uno cuenta la verdad desde su punto de vista, desde su ángulo y desde su bagaje personal, emocional, cultural, es lo que me interesaba indagar en Rendición. Cabe la posibilidad durante la novela, y yo la pensé así, de que la sociedad de la ciudad de cristal en la novela, con todas sus fallas, sea una mejora en la vida semifeudal en la que vivía el protagonista, que era todavía más injusta. En esa vida, sólo importan el poder y la tierra, el agua y los dueños de las cosas. Nada se comparte. Nada es por consenso. Y hay la otra sociedad, de la ciudad transparente, de cristal, a la cual le cuesta al protagonista adaptarse porque es una sociedad más desarrollada.

 

¿Qué es lo que hemos perdido y ganado al trasladarnos del mundo del campo a la ciudad transparente, de cristal?

Me interesaba que en la novela se estableciesen parámetros no maniqueos, sino exactamente como tú lo has descrito. ¿Qué se gana y qué se pierde en cada situación? Con cada progreso, cada avance y cada revolución, por justa que sea, hay un cambalache, y hay cosas que se quedan atrás, cosas que en teoría se mejoran, pero por encima de otras cosas sobre las que se imponen. Y en ese sentido, lo que se gana evidentemente es el consenso, algo más democrático, en realidad. Y se pierde identidad.

 

Pero en la ciudad transparente, los individuos no tienen voz.

Acaban teniendo una voz en común, y una voz común excluye al individuo. Todo progreso por consenso —y la democracia es un movimiento de consensos— excluye, o va dejando fuera de importancia al individuo. Es decir, puedes discrepar, incluso en una democracia muy desarrollada tienes permiso de discrepar, pero no te sirve de absolutamente nada. Si somos diez, y uno quiere vivir en la cueva y nueve quieren ir a la montaña, acabaremos en la montaña. Y si yo prefiero la cueva, eso ya no significa nada. Y tampoco se puede decir que los otros sean malos, sino que son más los que coinciden. O se va, o se adapta. Eso es lo que pasa ahí.

 

El concepto de la ciudad transparente se me ocurrió pensando en la arquitectura utópica soviética, rusa, pero también de otros países, esas arquitecturas con las que planeaban futuros que luego los deshicieron.

La pareja tiene un hijo adoptivo, Julio, que representa un arquetipo muy fuerte con su relación con su padre, ¿no?

Hay un poco de eso, y otra parte es que tengo hijos y he sido hijo, y el desconocimiento que tenemos de nuestros propios hijos es mayúsculo. Aunque convivamos con ellos día a día, son otros seres completamente. Creo que un padre que entiende eso tiene más posibilidades que uno que lo ignora.

 

Hay una mezcla de elementos modernos y antiguos en Rendición, de lenguaje, de tecnología y de cultura. ¿A qué se debe?

Algunas cosas son incluso rancias, como diríamos aquí, o retrógradas. Me parece que, primero, así se daba más claro el conflicto entre los dos mundos, y el conflicto que le desgarra a él como dos caballos salvajes, tirándole de los dos lados. También la muerte de un mundo, que es algo que puede pasar mientras cambiamos de una sociedad agrícola a una industrial, de una sociedad industrial a una de tecnología y servicios, como lo es ahora. Todo eso afecta mucho al individuo, al individuo que se pensó fuerte en ciertas condiciones, armado con unas capacidades, y que de pronto se encuentra desarmado ante un progreso en el que sus habilidades están obsoletas. También, estéticamente, el concepto de la ciudad transparente se me ocurrió pensando en la arquitectura utópica soviética, rusa, pero también de otros países, esas arquitecturas con las que planeaban futuros que luego los deshicieron. Eso me interesaba, ¿cómo era el futuro que se había soñado antes y que nunca sucedió?

 

El protagonista poco a poco va perdiendo su masculinidad y su voluntad de resistencia. ¿Es la situación del hombre en la actualidad?

Ese tema, curiosamente, salió mucho en México, un lugar donde mejor ha funcionado la novela. Se vende allá más que aquí. Pero me regañaban más las mujeres mexicanas, que me han dicho: “¿Qué clase de hombre es ese que deja que otro hombre tenga relaciones con su mujer? ¡Ese no es un hombre!”. Me gustaría pensar que eso, ese tipo de machismo, no es la masculinidad. Él acepta una posición con su mujer —”ella” en la novela— de aprendizaje; la respeta y casi la venera. Le instruyó a él hasta en la forma de expresarse. Y cuando el otro hombre no sólo tiene relaciones con ella, sino que él está obligado a verlo por las malditas paredes de cristal, él dice que ella siempre tuvo razón, ¿por qué no la va a tener ahora? Él piensa que este hombre será más útil para ella ahora, y para Julio. La mujer y el hombre han tenido más espacio para desarrollarse.

 

¿El protagonista de Rendición tiene algo de ti?

Es curioso porque, vitalmente, él es lo más alejado de mí que me puedo imaginar: no soy un hombre del campo. Creo que sólo he tirado una vez con una escopeta, cuando yo era niño, a botes, no a animales. Vengo de otro tipo de cultura, más cosmopolita. Nunca he vivido en una granja. La primera vez que vi una vaca de niño fue en una excursión escolar a un central lechero. Así que no tengo ninguna experiencia campestre ni campera. Pero supongo que, en lo esencial del personaje, evidentemente algo mío le he tenido que poner para que sea creíble. Supongo que sea algo mío, disfrazado en él de otra manera, con una dosis grande de distancia de los demás, sobre las ideas de los demás y sobre los consensos de los demás y sobre sus maneras de medir el éxito y el fracaso de los demás. Sí, ahí tengo algo parecido a él.

 

Quiero tocar el tema de la política. Por lo general, muchos de los que quieren o tienen el poder mienten, dicen cosas bonitas, pero a la hora de la verdad no las cumplen.

Aquí en Europa, y también en otros países como los Estados Unidos, ha habido ideas socialistas y de cambio socialista. Pero aquí en España, con la caída de la dictadura franquista, tuvimos el sueño del cambio muchos, realmente la mayoría de los intelectuales, un gran número de artistas y escritores de la izquierda: la izquierda igualitaria, la izquierda del progreso, la izquierda social. Lo más natural era que todos empezásemos siendo marxistas. Luego, viendo lo que fue el estalinismo, el sueño de Gorbachov y todo lo que vino después, incluso Putin, fuimos perdiendo la fe. La gran decepción política. Pero creo que la política es necesaria para cada grupo. Pero tampoco soy un iluso.

Edward Waters Hood

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