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Amarú Vanegas, la poesía como puente
“Todas mis partes rotas se amalgaman en la escritura”

domingo 29 de noviembre de 2020
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Amarú Vanegas
Amarú Vanegas: “La poesía no es algo ‘bonito’ ni ‘cómodo’, la poesía muerde y bien duro”.

Cuando Amarú Vanegas ganó el Premio Internacional de Literatura Alfonsina Storni por su libro Añil, los integrantes del jurado estaban reconociendo con mucha seriedad a una poeta portadora de una pasión inteligente. Llamo pasión inteligente a ese torrente creador que se desborda en ella y que sin embargo no improvisa.

En ese poemario, Añil, cada poema es una entidad que ha surgido de un cuerpo poseído por la escritura como fe, por la escritura como oficio de un espíritu con mucho fulgor. Pueden probar un poco de tales virtudes con estas cinco líneas:

Esperaba la hora
y esa pesadilla para inmolarme.
La hora en que los pájaros
cerraban sus ojos
y otros mundos se mezclaban con mi herida.

No hay necesidad de explicar nada. Todo significa y te atrapa en lo que de momento no entiendes, pero sientes. Todo fluye allí. Y si lees con detenimiento, alumbrado por la conciencia, el poema te mostrará todo su esplendor.

Lee también en Letralia: poemas de Añil, de Amarú Vanegas.

El lector se convierte en parte de lo que se dice porque hay un misterio compartido. Y es un misterio mostrado con plena claridad. Como una parábola en Jerusalén. Y se experimenta un temblor, unas ganas de salir del poema y huir, porque se presiente que la existencia no es común y corriente y sin embargo es nuestra.

El desafío es evidente. La poeta desafía su propia capacidad de generar verdades y belleza. Del poemario Cándido cuerpo mío, he tomado este fragmento de un poema titulado “Le advierto”:

Sospeche usted
de mis mejores intenciones.
Nada en mí es inocente.
Su torso me hiere el instinto.
Esas aves de rapiña
agolpadas en sus ojos
inflaman mis huesos. Anhelo la mordida.
Sospeche si cruzo las piernas
y una rosa enhebra esencias.

La sensualidad es sólo una fragancia que el alma femenina usa para que todo lo que pueda ser bestial, soberbio, apabullante, avance y trate de vencer a una naturaleza cuyo toque más delicado encierra el zarpazo de una pantera.

Robert Graves escribió esto en La diosa blanca:

Mi tesis es que el lenguaje del mito poético, corriente en la Antigüedad en la Europa mediterránea y septentrional, era un lenguaje mágico vinculado a ceremonias religiosas populares en honor de la diosa Luna, o Musa, algunas de las cuales datan de la época paleolítica, y que este sigue siendo el lenguaje de la verdadera poesía, “verdadera” en el moderno sentido nostálgico de “el original inmejorable y no un sustituto sintético”. Ese lenguaje fue corrompido al final del período minoico cuando invasores procedentes del Asia Central comenzaron a sustituir las instituciones matrilineales por las patrilineales y remodelaron o falsificaron los mitos para justificar los cambios sociales. Luego vinieron los primeros filósofos griegos, que se oponían firmemente a la poesía mágica porque amenazaba a su nueva religión de la lógica, y bajo su influencia se elaboró un lenguaje poético racional (ahora llamado clásico) en honor de su patrono Apolo, y lo impusieron al mundo como la última palabra respecto a la iluminación espiritual: opinión que ha predominado prácticamente desde entonces en las escuelas y universidades europeas, donde ahora se estudian los mitos solamente como reliquias arcaicas de la era infantil de la humanidad.

Cuando se comprende el planteamiento de Robert Graves, es inevitable pensar que nadie ha resistido la tentación de buscar partida de nacimiento a la poesía y de paso retratarla, aunque no la haya captado en toda su invisible y desesperante extensión.

Lo terreno me convence sin dejarme del todo satisfecha, por eso la poesía es una bitácora del viaje que quizá nunca toque a su fin y que no conoce regreso.

Sin embargo, esta tesis de Robert Graves se acerca bastante al proceso cautivante que logra construir poemas leves y volcánicos, femeninos de mujer íntegramente sincera, en la poeta Amarú Vanegas.

Sus poemas son estructuras dialogantes, que ipso facto introducen al lector en un escenario donde hay que estar a la altura. Con los poemas de Amarú se recibe la poesía y al mismo tiempo tienes que entregar algo a cambio. Se podría decir que así es todo poema, pero el asunto es que esta poeta consigue un efecto constante de conmoción y emoción. Es imposible evadir la fascinación que ella ejerce. Amarú es como un puente entre la realidad y el sentimiento, entre las matemáticas y la poesía.

Amarú Vanegas nació en Mérida, Venezuela, en 1977. Es poeta, ingeniera, actriz y productora de teatro. Miembro del consejo editorial de Nueva York Poetry Review y curadora de la revista literaria Ablucionistas. Magister e investigadora en Literatura. Fundadora de Catharsis Teatro y de Púrpura Poesía. Ha realizado tertulias artísticas desde 2012 en Venezuela, Ecuador, Colombia, Chile, Uruguay y Argentina. Ha publicado Mortis (monólogo, 2001); El canto del pez (2007); Criptofasia, que obtuvo el premio del V Concurso de Relatos SttoryBox (España, 2016); Dioses proscritos, libro con el cual ganó el Premio Internacional de Poesía Candelario Obeso (Colombia, 2016); Añil, Premio Internacional de Poesía Alfonsina Storni (España, 2019); Cándido cuerpo mío (España, 2019), y Fisuras, Premio Ediciones Embalaje del XXXV Encuentro de Poetas Colombianas del Museo Rayo (Colombia, 2020). Algunos de sus poemas han sido incluidos en varias antologías internacionales impresas y virtuales y traducidos al inglés, al italiano, al polaco, al portugués y al lituano.

 

“Siempre siento que estoy dando el primer paso”

—Hay una profundidad, una búsqueda muy propia, cierta tendencia a entender unos orígenes… ¿Es lo que sientes más importante? ¿Orígenes divinos o terrenales?

—La incertidumbre es la piedra angular de esa búsqueda. Tratar de comprenderme es acercarme a la comprensión del afuera, a lo superior, pero también a lo mínimo. Busco en lo otro el camino hacia mi propia alma, más desde una curiosidad vital que desde el convencimiento dogmático; siempre siento que estoy dando el primer paso y que no alcanzo a pisar firme en ese terreno. Creo en la ciencia, en la exactitud aparente de todo lo que en ella reposa, pero en paralelo algo divino me coquetea sin ser devota: el eterno misterio de la vida. Lo terreno me convence sin dejarme del todo satisfecha, por eso la poesía es una bitácora del viaje que quizá nunca toque a su fin y que no conoce regreso. La poesía es el germen de la dualidad donde todo sueño humano se erige.

—La muerte es como un centro, un punto primordial en algunos de tus poemas. ¿Tiene un significado superior al amor, por ejemplo?

—La muerte me cruza, me estremece, me apasiona. Siempre he sentido una seducción especial por ese instante que tanto tememos y al que nos acercamos cada vez que respiramos. Encuentro belleza en su turbación, no puedo evitar escribir a partir de esa fascinación, aunque no tengo pensamientos sobre mi propia muerte, ni he buscado apresurarla. En una ocasión, estando anestesiada por una intervención quirúrgica, sentí una sacudida brutal, como si algo me desgarrara, como cuando le quitas la piel a una fruta aún verde y la cáscara trae consigo algo de la pulpa. Esa sensación fue vertiginosa, como el vacío que te producen las caídas en picada, cuando pendulas en rapel o te agarra la bajadita de la montaña rusa. Desde ese lugar he vibrado con muchos poemas que me han erizado por completo, a veces más que el amor.

Mi pasión más grande es el arte, todas las artes. Siempre quise cantar, bailar, actuar, pintar, escribir, hacer cine, música, todo, todo.

—Escribir, en el fondo de todo, ¿es encontrarte con cierta felicidad de ser tú?

—Escribir, definitivamente, es el oasis. Es el lugar, el tiempo y el espacio donde todo lo demás deja de existir y me encuentro poseída por una fuerza feroz que, siendo mía, me sobrepasa. En ese caldo que no puedo controlar del todo (por fortuna) me encuentro frente a mi propia imagen, a veces en contradicción, a veces en yuxtaposición y otras en plena conjunción. Todas mis partes rotas se amalgaman en la escritura. He tenido problemas con mi familia para hacerles entender cómo, en ese momento de posesión, ni siquiera puedo escuchar lo que intentan decirme. Cuando estoy en mi oficio, me separo del resto del mundo y siento que desde ese estado puedo percibir mejor lo que no entiendo en la sobriedad del reposo.

—¿Cuál es tu sueño más preciado en este tiempo?

—En estos tiempos tan extraños que vive la humanidad entera, he pensado mucho en lo que quiero para la vida. No se me ocurre otra cosa que poder vincular de forma eficiente mis diversas actividades, equilibrar todos mis intereses hacía el mismo fin y que ello signifique la integración con mi propio ser, con mis seres amados y con el mundo.

—¿Qué parte de la vida no puedes explicar, qué se te escapa?

—No puedo explicar muchas cosas, pensar en lo infinito del universo realmente me ha dejado en zozobra, me rompe el coco. Imaginar que físicamente pertenecemos a algo y que después de ese algo ya no existe nada más, es un misterio que me deja sin sueño. Tampoco sé si quisiera una respuesta definitiva, la posibilidad de una solución es quizá más aterradora.

—¿Cuál es tu gran pasión?

—Mi pasión más grande es el arte, todas las artes. Siempre quise cantar, bailar, actuar, pintar, escribir, hacer cine, música, todo, todo. Muchas artes se me negaron, las disfruto como espectadora, mi consuelo es que al menos he podido acercarme desde diversos ángulos y muchas de mis grandes amistades son artistas. También me gustan las ciencias, me apasionan la física, la astronomía, la biología y la ingeniería. Tengo hambre de conocimiento y cada bocado incrementa mi curiosidad.

 

“La idiosincrasia del venezolano ha mutado”

—¿Estás muy cerca de ti o te mueves como si estuvieras en un lugar que no te corresponde?

—En algún tiempo estuve descentrada, no me hallaba en mi propia casa, en mi piel, no me sentía a gusto conmigo. Pero ese tiempo pasó, puedo decir con convicción y alegría que he logrado mi lugar, disfruto mi forma de vida, la compañía, amo mis actividades, mi hogar, soy plena y agradecida por la vida que vivo y gozo.

—¿Dónde vives? ¿Casa? ¿Apartamento? ¿Perros? ¿Gatos?

—Vivo en mi casita, logré comprar mi casita con mucho esfuerzo y trabajo. Es una casa pequeña donde nos acomodamos mi hijo, Eros, mi gato bipolar, Tutú-Lestat, mis plantitas sin patio, mis libros y yo. Sólo le hace falta un patio a mi casa para que sea perfecta, por lo pronto tengo mi huertito en casa de mi nono que vive a tres cuadras. Los míos y yo somos felices.

—¿Qué haces en esta etapa de peste y dramas?

—He hecho muchísimas cosas en estos meses de cuarentena, al principio me sentía culpable y egoísta por dedicarme tan de lleno a escribir, pero muy rápido se fue esa sensación y lo estoy disfrutando en grande. Terminé un poemario que había empezado antes del encierro y estoy terminando otro que comencé en este periodo, además inicié un libro de cuentos y un proyecto de puesta en escena para teatro. He aprendido muchas cosas por videotutoriales, desde programar en varios lenguajes iniciales de informática, hasta cultivar y hacer mis propios germinados, fermentos y platos especiales. También aprendí a maquetar libros y logré afianzar mis conocimientos en corrección de estilo. Retomé la bicicleta y ya hago rutas un poco más largas los fines de semana fuera de la ciudad, entre semana hago delivery en la bici de algunos productos de gastronomía artesanal que estoy vendiendo y pude reactivar mi taller de bordados computarizados; acepté ser miembro del consejo editorial de dos importantes revistas literarias y mis días son bastante activos, me gusta mucho ser productiva.

—¿Cómo ha cambiado dentro de ti la ciudadanía, en un país que ha cambiado tanto?

—Para mí, que decidí quedarme en Venezuela, ha sido un proceso doloroso, desgarrador, vivenciar y ser testigo de los cambios en nuestra sociedad. La idiosincrasia del venezolano ha mutado, esa alegría que siempre nos caracterizó, podría decir que sobrevive en parte, porque la otra parte se ha visto comprometida ante la desgracia y el peso de unas circunstancias que nos superan. Lo más doloroso es ver a las familias desmembradas, separadas con sus integrantes dispersos en diversas partes del mundo, a veces sin poder comunicarse; eso para nuestra sociedad, que siempre valoró tanto a la familia, es un golpe duro. También se ha instaurado un sentimiento que nos era ajeno y es la desconfianza, es sumamente triste. Sin embargo, seguimos luchando por tratar de sostenernos los unos a los otros, en medio de estas aguas cenagosas apostamos por el futuro para no terminar de naufragar.

Amo más a Venezuela en cada uno de sus fragmentos rotos, porque en los trozos de su enfermedad hay una gran verdad de vida, de aprendizaje y de crecimiento.

—Tu poesía eres tú, ¿cuándo comenzaste a detallarte, a analizarte, a sentirte que escribías y vivías poesía? ¿Qué marcó en tu infancia el destino poético?

—Mi relación con la poesía comenzó desde niña; antes de ir al colegio, a las 6 de la mañana nos despertaba mi padre, a mis hermanos y a mí, para leer algún libro y darle un resumen antes de salir a las clases. Esos libros eran aburridos y mi hermano mayor, que ha sido de buen dormir, sufría con este ejercicio. No me gustaban los libros que papá nos ponía a leer, pero hacía la tarea porque me tocaba. Un día maravilloso, entre los libros de mi padre, encontré Giraluna, de Andrés Eloy Blanco; amé ese libro y me aprendí los poemas de memoria. Así comencé a escribir, imitando ese tipo de poesía. Luego descubrí Y enseguida anochece, de Salvatore Quasimodo, que fue para mí una revelación porque hasta ese momento pensaba que sólo era poesía aquella que rimaba, así que Quasimodo significó un gran descubrimiento. En adelante busqué más poetas en la biblioteca pública de mi ciudad y el universo se abrió ante mis ojos; leí a Giuseppe Ungaretti, Ramos Sucre, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath y Joumana Haddad, entre grandes poetas. Accedí al mundo adulto de golpe, no comprendía todo y eso me provocaba, en estas voces descubrí formas de poesía transgresora que se apropiaban de los espacios desgarrados, sin discursos edificantes, alejados del romanticismo y la complacencia. Una de las cosas que más me impactaron fue Ungaretti con sus testimonios como soldado de la Primera Guerra Mundial. La guerra le reveló el lenguaje, sus imágenes eran rápidas, crispadas, hendidas en una experiencia trepidante, quizá no habría un mañana que contar, así que su palabra era intensa y fulminante.

—Tu poesía es el país y la gente del país y el tiempo pasando y haciendo lo que ha hecho… ¿Cómo vives y sientes tu país en estos tiempos?

—Mi país es una herida abierta, una herida profunda y dulce, un amor que aguijonea, que escuece, que, aunque duele nombrar sus males, no puedes dejar de amarlo; al contrario, amo más a Venezuela en cada uno de sus fragmentos rotos, porque en los trozos de su enfermedad hay una gran verdad de vida, de aprendizaje y de crecimiento. Nací en este país que nos obliga a madurar pronto, he vivido la tragedia y mi propia guerra siendo ciudadana fronteriza: ciudadana del puente. En medio de estas experiencias, de la trocha, de las dinámicas de una frontera tan movida y justo ahora en medio de esta crisis, no puedo estar de acuerdo con quienes aborrecen a Venezuela porque, más allá de cualquier experiencia amarga, mi país es un ente vivo, que ha dado al mundo grandes frutos en todas las áreas del conocimiento, un país que canta cuando bendice, y esto lo digo distanciada de cualquier fervor nacionalista per se. Ahora estamos en un periodo difícil, turbio, pero debemos entender que también es nuestra responsabilidad sanar las heridas y construir un mejor futuro para este gran país.

—Hay gente siempre definiendo lo que es poesía y hasta apropiándose de la poesía, aunque es tan inatrapable. ¿Tienes una idea que te defina lo que es poesía?

—Debo reconocer que carezco de palabras, imágenes, discursos que puedan acercarme a la definición de la poesía, sólo puedo decir que la poesía es un absoluto, algo que pertenece a un reino escurridizo y que supera las pretensiones de cualquier poeta. Siempre he pensado que la poesía no es algo “bonito” ni “cómodo”, la poesía muerde y bien duro. Quienes nos acercamos a ella apenas logramos desvelar un escaso hálito de su visión total, y eso arriesgándonos a quedar ciegos en la potencia de tanta luminosidad, como en las posesiones platónicas; la locura es uno de los misterios de la poesía.

—¿Qué duele más hoy en día? ¿Qué te conmueve más?

—Me duelen las distancias, las reales y las que nos inventamos, en tiempo, espacio y ganas. Si bien he sido un ser solitario gran parte de mi vida, siento que nuestra era es una suerte de desencanto, un espejismo que se fundamenta en la prisa y que hacemos una carrera en el tiempo para obtener cosas, dejándonos en la recta final sin las cosas que pretendemos atesorar y sin vida. Perdemos la compasión, perdemos el alma en una apuesta por guijarros de cristal, perdemos la capacidad de jugar y el espíritu de aventura. Nos falta valentía para vivir con verdad, eso es una pena.

José Pulido

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