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Teódulo López Meléndez:
“Encasillarse en conceptos rígidos conduce al fracaso”

domingo 21 de marzo de 2021
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Teódulo López Meléndez
Teódulo López Meléndez: “Estamos en un interregno y en un proceso de redefinición del pensamiento. El hombre debe volver a encontrarse a sí mismo”.

Teódulo López Meléndez usa las palabras para difundir ideas y planteamientos, pero siempre deja que se cuele en sus mensajes el areté de su poesía, la virtud de su espíritu observador.

Dicen que Hermes inventó el alfabeto y pensó la letra V mirando el vuelo de las grullas. Teódulo usa la inconformidad para aguzar su mirada.

Teódulo López Meléndez ha traducido a Pessoa, Montale, Ungaretti y Quasimodo; ha escrito más de treinta libros de ensayos, narrativa y poesía. Cada página suya ha sido creada a partir de un conocimiento profundo de los temas que aborda. Teódulo no es de los autores que escriben buscando renombre: él escribe porque quiere decir algo que considera importante para los demás. Y esa es la misma sensación que se experimenta cuando opina sobre política: desea aportar soluciones. Es un hombre de soluciones.

Teódulo López Meléndez tiene la resistencia de los terrones y la arena bajo el sol más implacable.

Es fácil y a la vez muy complicado definir a alguien como Teódulo. Es un sabio. Es un intelectual intensamente polémico. En un mundo donde la corrupción, la delincuencia y la doble moral se multiplican como monte, su decencia es ofensiva. Habla duro, con voz de trueno, porque no tiene miedo a las consecuencias de sus palabras. Cree en lo que dice y en lo que escribe. Es narrador, poeta, filósofo y luchador político.

En alguna ocasión ha dicho: “Soy el único larense que no canta, pero habla duro”.

Desde que lo conozco me ha interesado como poeta, aunque sus artículos de opinión y sus ensayos son muy claros, avanzados y rotundos. Es su poesía lo que me atrae más porque lo refleja como si él constituyera una tribu que ha sobrevivido en el desierto. Teódulo López Meléndez tiene la resistencia de los terrones y la arena bajo el sol más implacable. Resiste como el cují y las tunas. Como las piedras y los cardones.

Hemos estado juntos en Carora, leyendo poesía en los viejos caserones. Y ha sido una experiencia que no se puede expresar porque leer poesía en Carora es pura emoción bajo la intensa luz solar. Pero esa experiencia supo reflejar perfectamente la verdad de seres humanos como Teódulo: él surgió de esa naturaleza árida pero tocada por los libros y la música.

En el libro El escritor de la palabra delirante, lo describió con hondura y certeza la escritora Marisol Marrero:

La impronta de López Meléndez es la tierra seca. Esta aridez crea, como polo opuesto, la abundancia de la imaginación; por eso dice: “Un mundo deformado asomaba en la canícula”. Salir de Carora implicaba sobrepasar 365 curvas —aquellas famosas de San Pablo, en la vieja carretera—, una por cada día del año. Después de las curvas el mundo sorprendía, aparecía después de la tortuosidad. La geografía marca la memoria infantil y conlleva a mundos signados por la palabra alucinante, por los delirios de la imaginación, características de la escritura de Teódulo López Meléndez.

Recuerdo una lectura de poesía que nos tocó ante jóvenes estudiantes de Carora, en la antigua casona de Chío Zubillaga. Antes de comenzar, y al ver la sala llena, Teódulo parecía dudar. “¿Crees que nos entenderán?”, me preguntó. Desde hacía un tiempo yo conocía a ese público infantil y juvenil y sabía que leían bastante bajo la guía del poeta Jesús Enrique León y de la poeta y artista Yuril Crespo, también conocida como Úrsula Rey.

Después de aquella experiencia Teódulo escribió un alentador texto sobre esos jóvenes que lo aplaudieron y le extendieron sus cuadernos pidiéndole autógrafos como si fuera un señor del rock.

Teódulo López Meléndez es serio y sereno. Su presencia es la de un árbol que ha resistido todos los embates de la naturaleza sin dejar de quererla y sin dejar de reverdecer. Su seriedad es como de bravura. Pero su sensibilidad puede hacer que muestre una sonrisa leve de valiosa sinceridad.

 

Redefinición del pensamiento

Tu preocupación por la suerte del país no es sólo la del hombre democrático, es también la del hombre filosófico. ¿Qué debería sustituir en esta época a la ideología?

Una ideología es un cuerpo cerrado de doctrina. Creo anticuadas las definiciones que sobre ella han vertido las ciencias sociales, puesto que se han convertido en una especie de closets de donde salen dogmas. La realidad mundial las muestra agonizantes, como camisas de fuerza que aprisionan a sus detentadores y, por ende, a la población donde buscan adeptos. También es incongruente oponerles otra vieja acepción, la del “libre pensador”. Lo que quiero significar es que conceptos y definiciones están agotados, que estamos en un interregno y en un proceso de redefinición del pensamiento. El hombre debe volver a encontrarse a sí mismo.

No soy un filósofo. Puedo aceptar la denominación de filósofo político, es decir, el que piensa y escribe sobre las formas de gobierno y de organización social, pero también está claro, para quienes privilegiamos al hombre como el sujeto esencial de toda acción política, que irremediablemente vamos hacia él, dado que consideramos esa esencia humana la determinante de todo accionar. Así nos detenemos en él, no en una generalización sobre el ser a la manera tradicional de la filosofía, sino desde una visión de bien conjunto que le permita una plena realización.

He dicho muchas veces que se requiere pragmatismo para enfrentar los problemas de organización humana y sus requerimientos concretos y específicos, pero no uno determinado por un accionar de logro y conservación de poder. He dicho de un pragmatismo con ideas que sustituya a las rancias ideologías. Encasillarse en conceptos rígidos conduce inevitablemente al fracaso. Pragmatismo con ideas significa adecuar las segundas a las exigencias de la realidad y a un método eficiente de lograr la resolución de las necesidades del hombre en sociedad.

Me preocupa nuestro país venezolano, con su crisis y deterioro, por el apego a donde uno nació y se hizo, pero también por lo que considero una obligación, un deber, de todo intelectual honesto; por cierto, esta última palabra también sometida a vilipendio, pero es obvio que cuando se teoriza sobre la organización política del hombre se excede a los propios confines y se va a conceptos abarcadores. Mis ideas al respecto las he denominado “democracia del siglo XXI”. Seamos obvios y reconozcamos que si algo anda muy mal es la democracia, violentada por populismo, el mesianismo y un condenable pragmatismo de mentir —posverdad— para engatusar y conservar el poder a cualquier costo.

 

Lo más notorio de mi producción literaria fueron los ensayos, pero nunca dejé de escribir poesía.

La poesía está en todas partes

Tu poesía eres tú. ¿Cuándo comenzaste a detallarte, a analizarte, a sentirte que escribías y vivías poesía? ¿Qué marcó en tu infancia el destino poético?

Diría de una combinación de factores. Una anécdota quizás sea una marca. Tenía siete años en los tiempos de aquella elección de Pérez Jiménez en 1952 y dormía. Cuando abrí los ojos tenía enfrente a mi madre, que pacientemente aguardaba que despertara. Le dije: “¿Quién ganó las elecciones?”, y ella: “Ganó URD, pero Pérez Jiménez desconoció el resultado”. A la distancia se ve como una irrefrenable inclinación hacia la política. Añadamos que soy miembro de la generación del 58 y que, por tanto, nací a la vida pública a la caída de esa dictadura. Días después de ese 23 de enero, sin saber muy bien cómo, me encontré con un megáfono en la mano y hablando por radio. Ignacio Herrera Silva, un prominente socialcristiano, comenzó a ponerme en las manos a Chardin y Maritain y a otros tantos pensadores. Mi abuela —siempre digo que no hay nada más peligroso que una abuela— comenzó a relatarme impresionantes historias del abuelo, un coronel de guerrillas de final del siglo XIX —inventadas o reales, poco importa— y comencé a escribir cuentos costumbristas. De allí comencé a devorar libros, especialmente poesía.

¿Los primeros poemas? Suele suceder que se comience por un enamoramiento de adolescente. En 1972 publico mi primer poemario, Alienación itinerante. Venía de un largo viaje por Estados Unidos invitado por el Departamento de Estado en consideración a mi condición de dirigente estudiantil. Entonces vi a Whitman que se me mezcló con Saint-John Perse. Al mismo tiempo los libros políticos, como Introducción a la política. Siempre ha sido una constante en mí. Por ejemplo, como cónsul general de Venezuela para el sur de Italia me tocó asistir en Sicilia, en la población de Monte Vago, a la inauguración de la plaza Bolívar que emigrantes de allí entre nosotros habían construido como agradecimiento. Sicilia es espectacular y los sicilianos más. Me llevaron a unas ruinas griegas, a Selinunte, y allí me impresionó muchísimo la transparencia del mar; podía verse el fondo profundo, y en ese instante decidí escribir una novela con ese nombre, Selinunte, a la que le han seguido otras cuatro.

En definitiva la poesía está en todas partes, desde un niño escolar que separa la clorofila para un trabajo de la escuela hasta el que sale al jardín interior de la casa y se topa con una inmensa lechuza a centímetros de su cara.

 

A veces pareces dejar de lado tu poesía para enfrascarte en una lucha de ideas, ¿es así?

Sólo en apariencia. En 2000, un poco irritado por las discusiones banales sobre fin o comienzo de un siglo o sobre los tambores en una isla del Pacífico que la televisión magnificaba para celebrar la fecha, entré a reflexionar con sistema sobre la situación mundial. En ese lapso publiqué dos tomos de mi poesía, Viaje en la comedia y Fin de la comedia. No obstante lo más notorio de mi producción literaria fueron los ensayos, pero nunca dejé de escribir poesía. Tengo un tercer tomo terminado que no me llama para nada la atención publicar —y ahora mismo trabajo uno de poesía en prosa. Si me preguntas por qué no me provoca publicar poesía te respondo con toda sinceridad que no lo sé. A ratos bromeo y digo que para que dentro de cincuenta años un joven investigador tenga de qué ocuparse, si es que le provoca. Son más de trescientos poemas.

Por lo demás, hace años dejé de publicar libros impresos. Los pongo en Internet para acceso gratuito, como es el caso del último —y que provoca esta entrevista—, Breve resumen del hombre.

 

Un escritor lo es en la medida en que conoce la condición humana. Luego de eso puede arribar el aburrimiento o a una tranquila alarma.

“Ya no tengo pasiones”

Escribir, en el fondo de todo, ¿es encontrarte con cierta felicidad de ser tú?

Escribir es un acto doloroso y la felicidad nunca un estado permanente. ¿En el fondo de todo? Sí, en el fondo de todo, pues un escritor se hace él mismo un vocablo y no podría concebirse sin la palabra.

 

¿Cuál ha sido tu sueño más preciado?

Se puede soñar dormido y de hecho se sueña, pero se despierta. Los científicos han demostrado que si se priva a alguien de dormir sobreviene la muerte. Peligroso es el que sueña despierto, dejó dicho T. E. Lawrence. También el que deja de soñar despierto arriesga la muerte. Cada día puede tener un sueño, desde el anhelo de que unos ojos se vuelvan hasta un deseo de justicia, desde la espera de una palabra hasta la ilusión de haber logrado un poema.

 

¿Qué parte de la vida no puedes explicar, qué se te escapa?

He aprendido a entender. Un escritor lo es en la medida en que conoce la condición humana. Luego de eso puede arribar el aburrimiento o a una tranquila alarma. Puede que ambas cosas sean lo mismo.

 

¿Cuál es tu gran pasión?

Ya no tengo pasiones. Resto tranquilo conmigo mismo.

 

¿Estás muy cerca de ti o te mueves como si estuvieras en un lugar que no te corresponde?

A veces no estamos ni adentro ni afuera. No hay lugar que corresponda. Quizás no haya lugar.

 

¿Dónde vives? ¿Casa? ¿Familia? ¿Apartamento? ¿Perros? ¿Gatos?

En apartamento. Me encantan las mascotas. Aún puedo recordar los perros de mi infancia. En los últimos años estuvo por aquí una gata maravillosa ya fallecida. Es notoria la identificación entre gatos y escritores, con miles de ejemplos. Me he hecho enemigo de los zoológicos, con animales en jaulas para que los animales humanos vayan a mirarlos.

Mi gata ordenaba y cuando consideraba que era ya tiempo se posaba al lado de la computadora y con las patitas golpeaba el teclado indicando que bastaba, que la tarea escritural debía terminar por esa noche. Por supuesto que la novelé, con nombre falso, para preservar su identidad.

 

¿Qué haces en esta etapa de peste y dramas?

Me ocupo de la cotidianeidad y de escribir y, sobre todo, de sobrevivir, siempre con mi fiel compañera la muerte.

 

¿Cómo ha cambiado dentro de ti la ciudadanía en relación con Venezuela?

Reitero cada vez que puedo que soy un político. Lo es todo ciudadano; esto es, todo el que se interesa en los asuntos públicos, en la marcha de la comunidad social. Una de nuestras mayores fallas como pueblo fue pensar que esos eran temas reservados a los activistas que buscaban el poder y aislarnos en nuestros propios intereses sin pensar en el común. Soy venezolano con todo lo que ello conlleva, en especial en esta crisis que ya afecta la propia identidad.

 

Hay gente siempre definiendo lo que es poesía y hasta apropiándose de la poesía, aunque es tan inatrapable. ¿Tienes una idea que te defina lo que es poesía?

La poesía está hecha de palabras, unas que previamente han nacido en la emoción de saber. Si no sabemos del ser no podemos escribir poesía. Digo mirar adentro y afuera o a ningún lugar. Poesía es indefinible, entendiendo esta última palabra como todo.

 

¿Qué duele más hoy en día? ¿Qué te conmueve más?

Me impresiona el deslave del hombre. Me impresiona la capacidad de asimilar y de entender, como un dolor. Me digiero el cansancio y cómo desde él se puede crear, como una conmoción.

José Pulido