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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Elisa Lerner: musa y voz de la república literaria

domingo 20 de junio de 2021
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Elisa Lerner
Elisa Lerner: “Mi padre a su llegada se avecindó en Valencia. Ahí llegó mi mamá, al año nací yo. El gran afecto de esa breve familia, algo de su disciplina, quizá hicieron de mí una escritora”. Fotografía: Efrén Hernández

Elisa Lerner puede inundar tu existencia como si pudiera transformarse en una emanación líquida. Entra en la sangre, circula, ardiente y graciosa, irónica y cortante, despertando emociones. Y te hace ver la realidad con otra inteligencia. Eso es: ella nombra la realidad de otra manera y uno la percibe como si recibiera una civilización que se creía extraviada. Basta leer una sola de sus frases. Y si tienes la suerte de conocerla en persona la fascinación será determinante.

Nunca llegará un tiempo de olvido para la escritura de Elisa Lerner; no habrá jamás un alejamiento de lectores para ella. El ser humano siempre anda buscando una fascinante orilla donde recalar y descubrir lo que desconoce. Y la poética que predomina en su oficio de escritora es como un faro que tarde o temprano atrae a los exigentes. A los lectores que verdaderamente necesitan ese algo más que el arte de escribir logra añadir a las palabras.

Tampoco podrán comerse sus páginas y borrarlas de las bibliotecas los insectos que devoran el papel: termitas, pescaditos de plata, la polilla, los diminutos escarabajos, que atraviesan con troneras y grutas todos los tomos de la cultura universal. Porque las bibliotecas digitales son una memoria imposible de masticar. Y Elisa será protegida por las nuevas tecnologías. Es una señora sagrada. Su talismán, el cine, ha sobrevivido a todas las generaciones pesimistas, dictatoriales, equivocadas y catastróficas del siglo veinte y lo que va del siglo veintiuno.

 

De su escritura han hablado los seres más luminosos y elevados. Monstruos del habla, grandes escribidores.

Su estilo

En la novela La señorita que hablaba por teléfono se pueden encontrar muchos tesoros verbales:

En el rectángulo de la esquina seguía incólume la plaza de La República. Ahí el sol parece trajeado por nubes como arrancadas de un velo de novia. No es ese verdugo sin cordura tan frecuente en el trópico. Mi infancia cree recordar, entre los parterres, criadas de uniforme azul ligeramente grisoso y delantales blancos. Trastienda del deseo de los hombres sus traseros muy orondos, sol amigable y tibio instalado en lo bajo con intimidad de vida. Y como en las camareras inglesas de Mayfair una cofia igual de blanca: rosa amputada que ha encontrado cobijo en sus cabezas.

En Carriel para la fiesta escribió así:

En mi personilla, el sufrimiento de la gordura y el sufrimiento del arte se convierten en la misma cosa. No ha sido la influencia de un Kafka o de un Cortázar lo que me ha conducido a un envidiado triunfo literario, sino henchidos platos de avena Quaker, rebosantes tazas de chocolate. Una mujer gorda no tiene a nadie a su lado. Una mujer gorda sueña siempre. Escribe siempre. ¡Triunfa!

 

Voces que resuenan

De su escritura han hablado los seres más luminosos y elevados. Monstruos del habla, grandes escribidores. Pero ella ha permanecido casi encerrada en sí misma. No se aferra a esos reconocimientos, aunque los respeta.

En una carta fechada el 1 de febrero de 1979, Julio Cortázar le hizo a Susana Rotker este comentario: “Excelente el monólogo de Elisa Lerner. Díselo si la ves”.

Alicia Perdomo, quien analizó minuciosamente su escritura y personalidad, escribió lo siguiente:

La escritura de Elisa Lerner es importante porque, por una parte, el conjunto de su obra es una lectura de la historia cultural política y social de Venezuela. Elisa Lerner ha sido, y es, una sagaz lectora, y ha comprendido los procesos que mueven a esta sociedad. También, por otra parte, porque ella recurre a las estrategias literarias del siglo XX; recoge todos los géneros y los revisita logrando articular los vacíos historiográficos en la narrativa de su país.

Manuel Puig comentó un día, hablando sobre su amiga Elisa Lerner: “Comparto su realización estética y ese modo de usar la ironía sin quedarse ahí, yendo más allá”.

Eugenio Montejo especificó su admiración en un prólogo que podría servir para todos los libros de Elisa:

La escritura de Elisa Lerner parece estar guiada por un ojo que, sin distraerse propiamente de ver, se muestra destinado sobre todo a oír. Tal vez sea por esto que las palabras, además de sus significados, trasmiten la impresión de haber sido elegidas por su misterio acústico, por la forma como mejor se adaptan al tempo que gobierna cada párrafo. De los reconocidos dones de su escritura, por cierto, una de las más personalizadas y singulares con que cuentan nuestras letras, el distingo que más a menudo sobresale es el de su habilidad para armonizar las frases, el modo de afortunado acompasamiento mediante el cual se van nombrando las cosas.

Emir Rodríguez Monegal también valoró el oficio de Lerner, pero ella prefirió no escucharlo:

—Entre los dieciséis y los veintitrés años escribí un libro de relatos, pero en el camino se perdió. Y comencé a escribir crónicas y teatro y tenía una novela que se desarrollaba en Nueva York. Cuando conocí a Emir Rodríguez Monegal él se interesó en la novela, yo le leí unos capítulos y me dijo que ahí había una novela estupenda. Pero cometí el error de leérsela a otra persona, porque era como un elogio desmesurado ese comentario viniendo de Rodríguez Monegal para una joven venezolana, y la respuesta no fue buena, entonces me desanimé, no seguí el libro y eso me apartó de la narrativa. Después, quizá por la muerte de mi mamá, la enfermedad, los cambios en el país, me fui hacia la narrativa.

 

Salamanca

Carmen Ruiz Barrionuevo​, directora de la cátedra Ramos Sucre de la Universidad de Salamanca, “una mujer sumamente humana y muy sabia, entrañable”, escribió un ensayo diciendo, entre otras cosas, lo que se lee a continuación:

Elisa Lerner (1932) es un ejemplo, dentro de la literatura venezolana, de acentuada inquietud por el desbordamiento de los géneros de la escritura. Muy recordada por su faceta de dramaturga desde el estreno en 1960 de Una entrevista de prensa o La bella de inteligencia, también publicada en ese mismo año en la revista Sardio, grupo de vanguardia en el que se integró. Le han seguido otras varias obras dramáticas como El país odontológico (1966), La mujer del periódico de la tarde (1976), En el vasto silencio de Manhattan (1964), El último tranvía (1984) y Vida con mamá (1975), todas ellas recuperadas hace pocos años junto con La envidia o la añoranza de los mesoneros en un único volumen que, con el título de Teatro (2004), prologó Rodolfo Izaguirre.

Entre todos esos títulos, sin duda la que le ha dado mayor fama es Vida con mamá, en la que se entrelaza un ininterrumpido diálogo entre una hija y una madre de la ajada aristocracia venezolana, cuyo pasado se confronta con un presente inexorable. En ese espacio dramático, sobrio y desvaído, algunas imágenes olvidadas emergen como fantasmas irrecuperables de lo que ya pasó, como el “traje de novia”, atuendo que evoca distintas vivencias en las dos mujeres, y si la madre setentona destaca que las novias se tomaban retratos con collares “nítidos y disciplinados” en referencia al “ordenamiento a que estaban expuestos los que se casaban” (Teatro: 161), la hija, ya en la cuarentena, ironiza acerca del paradero de tan “dudosos collares” trascendiendo en una crítica que va más allá de sus experiencias cotidianas, pues se llega a preguntar inquisitiva: “El diálogo ¿siempre ha sido un desprestigio en el país?” (Teatro: 162). Tras ese intercambio de frases, chispeante, inconexo adrede, como muestra de su desacuerdo, brotan temas tan trascendentes como el paso del tiempo, la mudanza de las costumbres que ha relegado sus vidas a meras antiguallas: lo que pudo ser y ya no fue adopta en el recuerdo la forma de una visita eternamente esperada.

—En Salamanca dejé una extraordinaria amiga, la profesora, escritora, ensayista e investigadora, doña Carmen Ruiz Barrionuevo, fundadora junto a Gustavo Arnstein —y colaboración de José Balza— de la Cátedra de la Literatura Venezolana Ramos Sucre. Fue su directora durante muchos años. También, buena amiga, la profesora y fina poeta María Ángeles Pérez López —comenta hoy Elisa.

 

Visité a Cabrera Infante en Londres y a veces le llamaba desde Madrid. Ahora entiendo más que nunca el serio dolor que le embargaba.

Tres cinéfilos

Elisa, Manuel Puig y Guillermo Cabrera Infante conformaron una amistad entre escritores que amaban el cine. Elisa recuerda al autor de Tres tristes tigres:

—El maestro Cabrera Infante estaba orgulloso de su origen judío. En una semana de homenajes que se le hizo en una fundación (creo ya desaparecida: Sánchez Ruipérez), recordó que su familia provenía de un pequeño pueblo español de origen judío. El pueblo se llamaba Cabrera. Recordaba con enorme afecto a sus amigos judíos de juventud en La Habana. Hollywood, en parte, creo que para él era una metáfora judía. Agradeció a las autoridades franquistas que no le hubieran dado residencia finalmente en España. Prefirió Londres como exilio y ver a los españoles estrictamente cuando le urgían compromisos en Madrid. En mí quizá apreciaba la mescolanza judía-caribeña. Le oí reír más de una vez las pocas veces que le llamé; en un momento no lo hice más, abrumada por cosas que debía resolver, y creyó que ya me había ido para Venezuela. Visité a Cabrera Infante en Londres y a veces le llamaba desde Madrid. Ahora entiendo más que nunca el serio dolor que le embargaba. Recuerdo que su último saludo para mí fue: “Lerner, Hollywood”.

 

Elisa Lerner
Elisa Lerner: “Quizá sin darme mucha cuenta viví el país petrolero, pero también algo de la ilusión de libertad que se gestó todavía bajo la pobreza del posgomecismo”.

La breve familia

Viviste de alguna manera la Venezuela que fue refugio para los crudos recuerdos de los campos de concentración, del sufrimiento judío. ¿También lo escribiste?

No recuerdo haberlo escrito. O, muy de pasada. Mi padre llegó al país de seguro acorralado por la depresión económica del año 1929 del pasado siglo que dejó su nefasta secuela en un confín tan lejano como Nova Solitza, una pequeña ciudad de la Besarabia, entonces de Rumania, en la frontera con Rusia. Antes su hermano mayor había probado suerte por diez años en los States, regresó para casarse con una chica del lugar. Eran tres hermanos, luego emigró, aunque era el más mundano, a lo que ese momento era conocido como Palestina. Mi padre, de esencia tan religiosa, inexplicablemente tomó rumbo para Venezuela. El menor se quedó con los padres y corrió la peor de las suertes. Recién casado, murió junto a su joven mujer y sus padres me figuro ya no tan jóvenes, baleados camino del campo de concentración de Transnizia. De esta última noticia tan penosa me he ido enterando con mayor precisión al paso de los años. Mis padres eludían mencionar los “lagers”. Mi madre se resistía a viajar a los trópicos. Llego finalmente en 1931 con mi hermana Ruth, una niñita de tres años y medio. Ella era de una ciudad considerada importante, de habla alemana, Chernowitz (Bucovina); ahí habían convivido diversas culturas bajo el sabio mandato del Kaiser Francisco José, a quien evocaba amorosamente bajo el nombre de Kaiser Franciolo. Todo ese mundo idílico pareció terminar al final de la primera guerra mundial. Quizá con la guerra mi madre no llegó a culminar el “gimnasium” sino que vino la pobreza, la ruina para la familia. Ella sólo recuerda con algo de sosiego los viajes que para entonces pudo hacer en compañía de su progenitor a algunas ciudades checas. Desde entonces siempre amó Checoslovaquia. Mi padre a su llegada se avecindó en Valencia. Ahí llegó mi mamá, al año nací yo. El gran afecto de esa breve familia, algo de su disciplina, quizá hicieron de mí una escritora.

(Nota pertinente: Su padre se llamaba Noich Lerner, de Nova Solitza, ubicada en Rumania, pero ahora es territorio ruso, y su madre se llamaba Matilde Nagler Péretz, nacida en Chernowitz, la Pequeña Viena rumana, que actualmente le pertenece a Ucrania).

 

Durante ese tiempo de castigo los momentos fugaces de amistad por parte del doctor Velásquez (pasó tiempo en la cárcel) fueron hacia mí de aprendizaje.

Viviste la Venezuela del petróleo y sus signos de modernidad en un país agrícola y también la escribiste.

Quizá sin darme mucha cuenta viví el país petrolero, pero también algo de la ilusión de libertad que se gestó todavía bajo la pobreza del posgomecismo. De esto último sí creo haber escrito algo. Durante los años de Pérez Jiménez me parece que, por momentos, vivimos un país del lucro. Pero aparecieron libros espléndidos de poesía como Elena y los elementos, de Juan Sánchez Peláez; Poemas, de Ida Gramcko; La espiga amarga, de Luz Machado, y esa encantadora revelación que fue La gruta venidera, de Elizabeth Schön. Pudimos leer la gracia de los relatos de don Julio Garmendia en La tuna de oro. Admirar al mismo don Julio que se paseaba vespertinamente como un fantasma desocupado a lo largo de la avenida Urdaneta. Además, fue el comienzo del teatro moderno en Venezuela con puestas en escena irrepetibles como las dirigidas por Alberto de Paz y Mateos. A comienzos de la década de los cincuenta aparecería la revista Signo con los estupendos reportajes nunca firmados de Ramón J. Velásquez. Durante ese tiempo de castigo los momentos fugaces de amistad por parte del doctor Velásquez (pasó tiempo en la cárcel) fueron hacia mí de aprendizaje y de clementes visitas para mi familia. Y, en el diario El Nacional, la columna diaria de Alejo Carpentier fue la mayor dádiva.

 

Lo que se dice de sus estudios

Elisa estudió la primaria en la escuela José Enrique Rodó, de Cipreses a Velásquez, y el bachillerato entre el liceo Fermín Toro (de primero a cuarto año) y el Aplicación de El Paraíso (quinto año). En el ambiente liceísta conoció a varios jóvenes que después integraron con ella el grupo vanguardista Sardio: Adriano González León, Luis García Morales, Guillermo Sucre y Rodolfo Izaguirre. El siempre visionario Izaguirre dijo en una ocasión: “Elisa era nuestra escritora antes de haber escrito nada”. Aunque su verdadera pasión era la escritura, ingresó en la Universidad Central de Venezuela, en los años cincuenta, para estudiar leyes. Dos de sus maestros fueron Rafael Caldera y Jóvito Villalba. Se graduó de abogada, pero se quedó ejerciendo como escritora).

 

Conociste la verdadera magia del séptimo arte y de alguna manera creaste una visión de conciencia crítica a través de sus historias, y la incorporaste a tu escritura.

No estoy tan segura. Cada uno por su lado, tanto mi mamá como mi papá, a veces juntos, me llevaron desde muy pequeña a una sala de cine quizá por añoranza. Lo tengo dicho: éramos una familia breve y, durante las proyecciones podíamos proveernos de una familia cercana. “Mira”, me decía mi mamá, “Luisa Rainer es judía, Paul Muni es judío, Norma Shearer está casada con Irving Thalberg que es un productor judío”. Lo de mi papá eran Charlie Chaplin y las películas de Nelson Eddy con Jeannette McDonald. El cine (aparte de que podía ser divertido) nos daba parentesco, pertenencia.

 

Tu narrativa ha sido desde un principio una voz original, culta, irónica, que le pone nombre a los hechos, a los gestos, a la experiencia, y esa originalidad fue reconocida en una etapa determinada de buenos lectores. Creo que si hubieras realizado tu obra en Europa o Estados Unidos habrías sido tan considerada como cualquier autor de los que han nominado, mencionado o ganado el Premio Nobel. Esa es mi opinión sincera de lector, ¿no lo has pensado alguna vez?

De manera alguna. Lo consideraría una extravagancia de parte mía.

 

¿Cuánta familia te queda?, ¿cómo haces para sobrevivir en un mundo tan cruel y duro como el que hoy tenemos?

Tengo dos sobrinas y tres sobrinas nietas. Tres fuera desde hace años. Trato de molestarlas lo menos posible. Si no tuviera glaucoma, esa distraída ceguera, desde tan temprano, quizá sobreviviría mejor. No tuve el lujo como herencia.

 

¿Qué lejos estás ahora de aquella muchacha que quería ser escritora?

Con la muerte de mi madre esa muchacha también dejó de existir.

 

¿A qué se debe que tus novelas y todo lo que has escrito no ha sido traducido y lanzado al mercado internacional?

No me lo he preguntado.

 

El doctor Rafael Caldera, profesor de Sociología Jurídica, decía: “Doña Elisa Lerner, escritora”. Todo a resultas de un pequeño trabajo que escribí para un seminario de la novela venezolana.

Una honda herida irreparable: la caída de Gallegos

Has expresado, has interpretado el país como nadie lo ha hecho, ¿cómo lo mencionarías hoy?

No me atrevo a tomar como cierto lo que dices. De seguro influyó haber vivido en una calle variopinta del centro de Caracas. A las maestras sabias que tuve en la escuela federal pública. A la temprana lectura del diario El Nacional con su prédica antigomecista y a favor de la república liceísta. A haber estudiado y compartido con estudiantes muy politizados durante mis años de secundaria. A la honda herida irreparable que causó a nuestra generación, yo acababa de cumplir dieciséis añitos, la caída de la presidencia de don Rómulo Gallegos. A que cuando comencé a estudiar primer año de Derecho y algunos profesores al pasar la lista decían: “Fulano, bisnieto de Rojas Paúl”, “Fulanita, tataranieta del general Urdaneta”, “Fulano, sobrino del doctor Jiménez Rebolledo, ministro de la Defensa del general Gómez”; al contrario, el doctor Rafael Caldera, profesor de Sociología Jurídica, decía: “Doña Elisa Lerner, escritora”. Todo a resultas de un pequeño trabajo que escribí para un seminario de la novela venezolana que, paralelamente, daba los sábados en la mañana el doctor Caldera. Más que un inmenso y anticipado elogio para la muchachita de dieciocho años cuyos padres no hablaban español en casa, afianzó en mí ese sentido de pertenencia que mi madre buscaba para su pequeña hija llevándola al cine.

 

Sobre Gallegos

Elisa Lerner meditó bastante sobre lo que significó la caída de Rómulo Gallegos como presidente de la república:

“Pero algo maravilloso habría de ocurrir en los breves días presidenciales de 1948. Lo diré con las frases de una antigua pasión literaria. Para los jóvenes que apostábamos a ser escritores se ocultaron los machetes que arruinan la sangre de los bosques. ¿Quién lo creería? Era frecuente nuestra aparición en la primera página de los diarios. Se nos ilusionó, por un tiempo, con lo que nunca fuimos: un país para la inteligencia y la creación literaria (…). Respecto a la caída de Gallegos se invocan muchas buenas y malas razones. Es como en Rashomon, singular película japonesa que viera en mi juventud, donde cada quien adelanta una versión distinta, dispar, del crimen. Mi creencia es que Gallegos se viene abajo no por una razón política determinada. Responde, más bien, a que el alma nacional, para nada, es literaria. En este país, no en balde, los escritores somos almas en pena”.

(Después, Elisa contó esto, cuando recibió un homenaje en la Feria del Libro de Chacao: “No me di cuenta de que, de alguna manera, fui resarcida de un despecho primerizo cuando, hacia 1958, casi a rastras llevada por mi hermana, fui a conocer en su casa de Altamira a don Rómulo Gallegos recién llegado de su exilio mexicano. Con esto rindo justísimo homenaje a nuestro primer ciudadano cultural y esclarecido vecino del municipio Chacao. Mi timidez me dejó ver poco. Había un barullo de gente en el balcón. Pero, aún con talante que quería ser amable, quizá lo era, don Rómulo Gallegos semejaba estar sólo como una torre en la oscuridad. Era un viudo en toda la regla. Viudo de su amada esposa Teotiste y viudo de la traición del 24 de noviembre de 1948. Temo que nunca se recuperó. La sonrisa en don Rómulo Gallegos era una mariposa preciosa y no demasiado atareada. Desaparecía pronto del rostro”).

 

¿Cuál es tu nostalgia de mayor peso en estos tiempos?

Un país donde impere la gentileza, no la desolación, el agobio.

 

Los escritores

Pongo en este lugar otro fragmento del discurso que Elisa pronunció en la Feria del Libro de Chacao:

“Los escritores no están muy acostumbrados a homenajes o reconocimientos. Al contrario, casi siempre han sido inquilinos provisorios del país. Nada extraño que así suceda o haya sucedido. Las borrascas de la historia siempre quisieron asestarle un dardo fulminante a lo que fue lucha y afirmación civil; decorosa paciencia donde atesorar un futuro en el que cupiéramos todos en el espejo sin romperlo.

”La más bella página literaria, en definitiva, es esclarecimiento civil. Estupendos escritores de mi generación y otros de períodos anteriores rindieron su vida en medio de la mayor displicencia. Se suele escribir desde un coraje de soledad. No a la búsqueda de brillos para un abecedario pasajero. La lentejuela suele ser anecdótica. Un país es su varia gente, los pájaros —trabajadores incansables que vuelan entre cielo y tierra— y los árboles de las plazas saludando como pañuelos verdes cuando algún airecillo mueve la fronda. Pero, de igual manera, el país es la batalla de la tinta silenciosa del escritor donde, también, le va la sangre”.

 

Elisa Lerner y Manuel Puig
Elisa Lerner sobre Manuel Puig: “Manuel no era dócil. No le gustaba todo el mundo. Era muy observador”.

Manuel siempre me pareció guapísimo, el pelo sí comenzaba a escasearle; era de buen tamaño.

Última pregunta, retornando a Manuel Puig

Creo que tú misma eres obra de tu imaginación y de tu don de escritora. Creo que tu talento milagroso que convierte palabras comunes en bellezas descriptivas y determinantes, sólo ha tenido un similar en Manuel Puig, en especial porque ambos supieron ver lo que significaba en la gente el lenguaje del cine. Él me dijo una vez que no sentía influencias literarias, que sentía más la influencia cinematográfica. Cuando le hablé de la amistad contigo, que nos era común, me dijo más o menos esto, según recuerdo: “Comparto su realización estética y ese modo de usar la ironía sin quedarse ahí, yendo más allá”.

¿Qué podía decir sobre sus muestras de afecto que no se desbordaban con facilidad? En Manuel, como es bien sabido, privaba una severidad tremenda y eso incluía la elección de sus amigos, de sus afectos.

Creo que la última vez que vi a Manuel fue en 1978 en Nueva York. Presentaban Vida con mamá, si mal no recuerdo, en la Universidad de California, y aproveché varios enlaces de avión para llegar a Nueva York y verme, sobre todo, con Manuel.

Sí, con Manuel y su mamá fui a la ópera, no recuerdo cuál, en el Lincoln Center. La mamá era una señora blanca, muy amable. No dejaba todo el tiempo, todo el tiempo, de darme las gracias por lo que yo había hecho por su hijo durante la estadía venezolana de medio año de Manuel. Yo me sentía confundida. Yo no había hecho nada. Fabulaciones de Manuel. Sí, creo que por un tiempo me encargó que me comunicara con la persona que en Caracas estaba a cargo de sus derechos de autor. Creo que un español muy simpático de apellido Verde. No recuerdo la editorial. Manuel no era dócil. No le gustaba todo el mundo. Era muy observador.

Manuel siempre me pareció guapísimo, el pelo sí comenzaba a escasearle; era de buen tamaño. Quizá ese cuerpo no lo acompañaba en la guapura. Porque, finalmente, era un cuerpo de hombre.

Cada mañana (durante esos días), Manuel me llamaba para puntualizar mi agenda. Recuerdo que me recomendó que fuera a ver a Greta Garbo en Mata Hari en el cine de la calle Bleeker, cine y calle muy conocidos por esta servidora.

José Pulido