
Hijos de la iglesia, del escritor peruano J. Miguel Vargas Rosas, reúne cuatro cuentos que se internan en el territorio del terror desde escenarios reconocibles: una casa familiar marcada por una herencia siniestra, una iglesia donde el silencio oculta crímenes enterrados, un río amazónico que parece custodiar presencias ajenas a lo humano y un pueblo pobre sitiado por una jauría fuera de control. En todos los casos, lo cotidiano se fractura por la irrupción de fuerzas oscuras que desbordan la razón y obligan a los personajes a enfrentar aquello que no puede nombrarse sin miedo.
El libro trabaja con una intensidad sostenida: golpes en la noche, voces infantiles, cuerpos mutilados, criaturas que emergen del agua, animales que dejan de obedecer a su naturaleza conocida. Pero bajo esas imágenes de horror se advierten también preocupaciones más hondas: la infancia vulnerada, la culpa familiar, el encubrimiento religioso, la precariedad de las comunidades abandonadas y la incapacidad de las instituciones para proteger a quienes deberían estar a salvo. El miedo, en estos relatos, no es sólo una reacción ante lo sobrenatural; es también la forma que adopta una violencia largamente escondida.
Escritor, cineasta, investigador y docente, Vargas Rosas ha transitado por la poesía, el cuento, el teatro, el cine y la escritura periodística. Esa diversidad de registros se percibe en una narrativa visual, sonora y dramática, atenta a la construcción de escenas de tensión progresiva. En esta entrevista, el autor habla sobre las motivaciones que dieron origen a Hijos de la iglesia, sus procedimientos narrativos, la presencia de la infancia y de los espacios peruanos en su imaginario, y la manera en que el terror puede convertirse en una vía para explorar los secretos que una familia, una comunidad o una institución prefieren mantener bajo tierra.

Hijos de la iglesia: los monstruos existen también fuera de nosotros
—Cuando un libro de cuentos se inscribe de manera tan decidida en el terror, suele surgir una pregunta sobre el punto de partida: no sólo qué historias querías contar, sino qué clase de miedo te interesaba explorar. Me gustaría que comenzáramos hablando sobre cómo llegas a estas cuatro historias que parecen compartir una misma atmósfera de amenaza y desamparo.
—Existe una cita de Stephen King que reza más o menos así: “Los monstruos son reales: viven dentro de nosotros”. Pero a ésta podríamos añadir lo siguiente: los monstruos existen también fuera de nosotros, porque nuestro interior se alimenta de experiencias, miedos y terrores que perviven fuera de nosotros. Citando a Shakespeare: “El infierno está vacío; todos los demonios están aquí”. El psicoanálisis indica, por ejemplo, que el inconsciente está formado, en gran parte, por recuerdos y/o traumas reprimidos y por instintos salvajes naturales que también ocultamos, pero son construcciones a partir de la interacción entre el “yo” y el mundo externo. Me apasiona demasiado estudiar y explorar la mente humana, incluyendo el inconsciente; me gustaría revelar la relación de la mente con el mundo objetivo. Por eso, cada historia parte de hechos reales, reconstruidos o nutridos con misticismo, leyendas y mitos que me transmitieron mis abuelos y la villa donde crecí, ubicada en la selva peruana. Entonces, los monstruos pueden ser un grupo humano, un gobierno o un sistema imperante. Es lo que trato de transmitir, más allá del terror que habita en nuestro yo, explorado por escritores como Poe, Quiroga o Stephen King.
—El libro trabaja con formas distintas del horror: la casa familiar, la iglesia, el río, el monte, el pueblo sitiado por animales. En todos los casos hay un espacio cotidiano que se vuelve hostil. ¿Te llama la atención transformar lugares reconocibles en territorios perturbadores? ¿Puedes hablarnos de esa pulsión?
—Efectivamente, anhelo convertir las historias en una alegoría aplicable a la realidad del propio lector, por lo que condenso experiencias que vi vivir o que experimenté en carne propia, ornamentadas con lo que se podría llamar lo real maravilloso que abunda en la selva peruana y que, de una u otra manera, impactó profundamente en mí. Luego, inclino mi narrativa un poco hacia lo escabroso, el suspenso y lo tétrico. Además, busco que los lectores sientan o respiren aquello que manifiesta uno de los personajes de mi libro: “El terror puede estar en un simple armario”, pero en un armario que puede encontrarse en cualquier lugar común y corriente.
—Siempre me ha parecido que la infancia es un tema especialmente efectivo para la narrativa del horror. Pienso en el maestro Quiroga, por ejemplo, y más recientemente en algunos cuentos de Samanta Schweblin. Y ahora leyendo tu libro veo cómo vuelve la infancia como materia prima, víctimas y testigos a un tiempo. ¿Por qué la infancia es un centro tan importante de este libro?
—La infancia es una etapa dócil, moldeable con mayor facilidad y, por ende, muy sugestiva. Es ahí donde despiertan nuestras fobias. Como dijera Freud, los adultos somos todo lo acumulado en nuestra infancia (esa infancia influencia en nuestras fobias, nuestros amores, nuestro entorno social, etc.). Además, en el cine se maneja el concepto de que el dolor o la tragedia provocada en un niño impacta con mayor fuerza en la susceptibilidad del espectador. En mi caso, los cuentos básicamente exhiben la realidad de la infancia peruana y latinoamericana: niños arrojados al terror, a la desprotección, al horror y al desamparo. Es una realidad que veo vivir cotidianamente y que observé con mayor dolor en la propia infancia dentro del grupo de amigos que tuvimos. Algunos pudimos emerger del terror, mientras que otros no pudieron, resignándose a sucumbir en la oscuridad. En conclusión, mediante aquella ficción llamada literatura, es posible decir verdades... Y qué verdades las que tienen que arrostrar nuestros infantes.
—En Hijos de la iglesia recurres con frecuencia a la representación de sonidos como potenciadores del efecto deseado: golpes, rasguños, risas infantiles, voces, aullidos, cantos, pasos. Muchas veces el terror empieza antes por el oído que por la visión. ¿Qué importancia tiene para ti la dimensión sonora en la construcción de la atmósfera?
—Sonidos sencillos pueden despertar la neurosis en un hombre que se sofoca por el estrés social, por el caos, la soledad o el aislamiento; son esos sonidos, aparentemente suaves, los que pueden exasperar una mente que se considera cuerda y sobria, asomándola un poco a la posible locura. Por ende, es un recurso muy realista y portentoso, en el sentido de que despierta la curiosidad, el miedo, la duda o cualquier otra emoción que debería ser momentánea, pero a veces tiende a prolongarse e intensificarse. Ese sonido, aunque sea una onomatopeya, creo yo, es un detalle particular que influencia en el lector tan sutilmente que éste no se da cuenta de lo que está experimentando, pero lo siente tan vívidamente y le permite introducirse en la historia. En toda mi narrativa tiendo a describir ciertos sonidos: los necesarios e indispensables para reforzar el realismo de las historias, claro está.
La denuncia, materia prima en los cuentos de J. Miguel Vargas Rosas
—En “Armario”, el objeto central funciona como puerta, depósito familiar y condensación de una herencia oscura. El mueble no es sólo un elemento escenográfico, sino una presencia en la que se concentra la culpa. ¿Qué desafío narrativo representó para ti volcar en un objeto doméstico el eje simbólico de esta historia?
—En ese aspecto, el desafío fue centrar la atención tanto de los personajes y de los lectores sobre un elemento inhumano, utilizando prácticamente la prosopopeya, ya que al dotar al “mueble” de la condición de “presencia” —tal como lo señalas— cobra dimensiones más relevantes; se constituye en una entidad o ser que aglutina el horror, que guarda la herencia macabra, la obsesión, el dolor y otros sentimientos y emociones trágicos que llevan hacia el fatalismo para el cual está predestinado. Es darle vitalidad, pero teniendo cuidado de no caer en construcciones o narraciones “falsas” e “irreales”.
—El cuento que da título al volumen introduce una dimensión particularmente dura: el horror no nace únicamente de lo sobrenatural, sino también del encubrimiento, la culpa y los abusos cometidos bajo una institución que debería representar protección espiritual. ¿Te presentó alguna dificultad abordar este tema, en que el terror fantástico da paso a una denuncia moral, sin convertir el relato en un texto puramente testimonial?
—En nuestras fronteras todavía supervive el dogmatismo que ciega y convierte al hombre en un ser anquilosado e irascible; eso constituye una gran dificultad para cualquier espíritu libre que ose demandar delitos encubiertos. Obviamente, hacer una denuncia de este calibre llevó a que el libro estuviese algo silenciado y que grupos dogmáticos expresasen su rechazo, condenándolo por “diabólico” o “satánico”, escrito por alguien también “luciferino”. Estas “críticas” no sólo surgieron de grupos católicos, sino también desde otras religiones. Los hechos denunciados en Hijos de la iglesia han ocurrido en mi ciudad natal; como se diría, fue un secreto a voces así como son secretos a voces la pedofilia, el machismo y la degradación dentro de grupos que supuestamente fueron erigidos para defendernos. Mi labor fue dotarle de un tono más literario, fantástico y ficcional, motivo por el cual podría perder cierta verosimilitud, pero los acontecimientos esenciales que se narran se suscitaron en la realidad, que a veces resulta más espantosa que la ficción. Pese a todo ello, tenemos que asumir ciertas responsabilidades para con el mejoramiento de la sociedad.
—En “Extraños habitantes” el miedo surge de la memoria de una pandilla infantil, de una experiencia compartida que marca para siempre a quienes sobreviven. Hay allí una mezcla de aventura y pérdida. ¿Qué te interesaba explorar en esa relación entre la amistad infantil y la aparición de una fuerza incomprensible?
—“Extraños habitantes” me conduce a mi propia infancia, a la pandilla de amigos que lideraba mi hermano y a esa felicidad que nos prodigábamos entre todos pese a las adversidades que teníamos que afrontar en una villa pequeña llena de carencias. Aparte de que soy una persona muy atada al pasado; aparte de buscar una forma de enmendar lo que no se pudo lograr en la infancia, busqué revivir esos años floridos, recordar y vivificar a cada uno de los integrantes de aquella pandilla, hoy inexistente, porque me permitía y me permite confiar aún en la humanidad, porque en esos lazos de la infancia pudimos descubrir la solidaridad humana, esa solidaridad de la que habla Vallejo en su famoso poema “Masa”; solidaridad humana que puede ser capaz de vencer a la muerte misma —en mi cuento, vencer a la monstruosidad que asesina niños. “Extraños habitantes” es una historia muy personal, pero que deja lecciones acoplables en los lectores: es el desafío o la lucha que emprenden unos niños por salvar sus vidas y a la humanidad; nos permite confiar en el futuro; nos permite creer lo que metafóricamente enseñó Lu-Xin en Diario de un loco: “Quizá haya niños que aún no coman carne humana... ¡Salvemos a los niños!”. A la vez, me ha permitido explorar la conexión infancia-adultez y conocer cómo los destellos del pasado se tornan tan intensos que remecen nuestro presente. Es esta conexión la que me lleva a trabajar hoy una novela que será la continuación de dicha historia, cuya construcción resulta ser una especie de catarsis para mí.
—“Jauría” desplaza el horror hacia una comunidad asediada y hacia una respuesta institucional que termina siendo también violenta. Los perros atacan, pero el Estado tampoco aparece como refugio seguro. ¿Hasta qué punto ese relato puede leerse como una historia sobre el abandono de los pueblos pobres y sobre la fragilidad de quienes viven en los márgenes?
—No sólo se puede, debería leerse como una denuncia contra el abandono de los pueblos por parte del Estado. En este relato predomina lo panóptico como elemento principal y se denuncia también el daño feroz contra la naturaleza, reflejada en los perros, que tarde o temprano tendrá que reaccionar por ser depredada salvajemente debido a las políticas consumistas de los gobiernos de turno que no temen destruir a la naturaleza y, con ella, al hombre mismo. El Estado, lejos de constituirse en un refugio seguro, es, desgraciadamente, un creador más del horror en los pueblos similares al pueblo descrito en “Jauría”.
“El ejercicio de la cinematografía te permite una imaginación y una escritura más plástica”
—Además de literatura haces cine, y tienes una película titulada Tras la oscuridad. Por otro lado, en Hijos de la iglesia la oscuridad es casi un territorio narrativo: oculta, revela, encierra, transforma. Esta pregunta es en realidad dos preguntas: ¿cómo influye tu formación cinematográfica con tu obra narrativa?, y ¿qué pasa con la oscuridad en tu obra, más allá de su función inmediata dentro del género de terror?
—La cinematografía es muy enriquecedora en la literatura, pues proporciona o agiganta la destreza para construir descripciones más detalladas, haciendo que las historias se tornen más realistas y evitando caer en el alargamiento o el tedio involuntario. El ejercicio de la cinematografía te permite una imaginación y una escritura más plástica, de tal manera que entregas al lector un texto o producto que le haga imaginar en detalle, involucrándolo en el suspenso y el misterio. En cuanto a la oscuridad, creo que mi propia vida posee ese tono, en el sentido de que soy una persona muy parca, que le cuesta socializar; en consecuencia, se me ha catalogado de “extraño” o “anormal” en muchas ocasiones. Esto, a su vez, me ha permitido identificarme con narrativas de género oscuro, ligado a lo gótico. Esta característica mía puede descubrirse leyendo mi poesía u otros cuentos, incluso en aquellos que se apartan del terror.
—En tus relatos se perciben ecos de distintas tradiciones del terror: la casa familiar tomada por una presencia maligna, el espacio religioso contaminado por secretos, las criaturas que desbordan la comprensión humana y la comunidad asediada por una violencia que parece crecer fuera de control. Más que pedirte una lista de nombres, me interesa saber qué autores, libros, películas o experiencias narrativas han formado tu manera de entender el miedo, y cómo dialogan esas influencias con los escenarios peruanos y las preocupaciones propias que aparecen en Hijos de la iglesia.
—Después de los clásicos de la literatura, del realismo, del romanticismo, etc., el maestro del horror: Edgar Allan Poe, aunque Poe, como buen romántico, añoraba el pasado y detestaba el futuro (si leemos entre líneas “La casa Usher”, por ejemplo); Horacio Quiroga, que tiene ese tono escabroso y terrorífico, analizando también el inconsciente y asomándose por ratos a lo sobrenatural; Mary Shelley, que tiene una sutileza y fineza para denunciar la capacidad deshumanizadora del humano en Frankenstein; me impacta lo detallista que puede llegar a ser Lovecraft, sin caer en lo tedioso; también cómo se explora el lado de lo absurdo existencial y el anhelo de vencer a la muerte por parte de W. W. Jacobs en “La pata de mono”; la capacidad metafórica para representar la mente o el subconsciente en los recovecos de una casa abandonada que reluce la escritora Shirley Jackson en La maldición de Hill House; creo que nadie escapa a la literatura, aunque más comercial, de Stephen King. Son las películas rodadas con base en las obras de este último las que acompañaron mi infancia e influenciaron bastante, como Pet Sematary o It (la de 1999), aunados a largometrajes como La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero, donde abundan la reflexión y la filosofía. Tengo una inclinación hacia largometrajes y cortos del tinte de Tim Burton; literaturas oscuras como Cuentos malévolos, de Clemente Palma, o las leyendas de Bécquer o la forma filosófica de los relatos góticos del propio César Vallejo, y no podría obviar a alguien que impactó en mi adolescencia, el colombiano José María Vargas Vila y su espíritu anticlerical y rebelde. La lista puede seguir, pero no es nuestro objetivo aburrir a nuestros lectores.
—Has escrito poesía, cuento, teatro, cine y escritura periodística. En este libro, aunque predomina el terror, también hay momentos de lirismo sombrío, especialmente en las descripciones del paisaje, la noche o la memoria infantil. ¿Qué diálogo estableces entre tu trabajo poético y tu narrativa de horror?
—La poesía se constituye en un recurso muy poderoso en la narrativa, en cualquier tipo de narrativa, aunque es un recurso muy complicado. Podríamos comparar la poesía en la narrativa como la miel que se le añade a un postre o a algún otro bocadillo que necesita de miel; si se le agrega en abundancia, empalaga, y si se es avaricioso al momento de añadirla, dicho postre o alimento pierde exquisitez. Así, la poesía en la narrativa adopta formas diferentes a los poemas propiamente dichos. En mi experiencia como lector, la poesía resulta un ingrediente importante en la narrativa porque le permite al escritor tocar las fibras más sensibles del lector, envolviéndolo y marcándolo, indirectamente, ya sea de por vida o durante un lapso medianamente extenso. Con ese fin aplico la poesía en mis narrativas y espero haberlo logrado con cierto éxito.
—Después de Hijos de la iglesia, y tomando en cuenta que tu trabajo se ha desarrollado en varios territorios creativos, resulta natural preguntarse hacia dónde se orientan ahora tus búsquedas. ¿En qué proyectos literarios o audiovisuales estás trabajando actualmente?
—Llevo algunos años trabajando en dos novelas, una de ellas basada en el amotinamiento de presos políticos ocurrido en el año de 1992 en una prisión muy famosa del Perú y el develamiento propulsado por el gobierno de entonces que conllevó a una masacre. Resulta intenso trabajar en una historia real para la que debes conocer los lugares y a los personajes que se citan en ella. La otra es la continuación de “Extraños habitantes”, que ya te había comentado. Continúo escribiendo poesía, esbozando guiones y dramaturgia que aún no decido montarlos, pero que se deberá concretizar en un momento adecuado. Por otro lado, estoy bastante abocado al trabajo de investigación e intento coadyuvar a la difusión de la literatura, del arte y la cultura en general, aprovechando los medios masivos del ciberespacio.
- En los cuentos de Hijos de la iglesia lleva el terror a los espacios cotidianos
J. Miguel Vargas Rosas, narrativa que emerge de la oscuridad - domingo 14 de junio de 2026 - Su libro Cuentos derramados reúne siete historias unidas por un hilo secreto
Gladys Ruiz de Azúa Aracama: escribiendo desde el desconcierto - jueves 11 de junio de 2026 - Su libro Historias en miniatura le da al lector relatos de esperanza
Indira Geovana Bush Tapia, la escritura como consuelo - martes 9 de junio de 2026


