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Leyla C. Méndez Caro:
“Crear en investigación es escuchar con cuidado

domingo 14 de noviembre de 2021
Leyla C. Méndez Caro
Leyla C. Méndez Caro: “Me considero una investigadora del sur y sus texturas”.

Leyla C. Méndez Caro (Chile) es docente e investigadora en el Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Antofagasta, Chile. Complementó sus estudios de grado en Psicología Social con estudios terciarios en el Programa Interuniversitario de Estudios de Género: Cultura, Sociedades y Políticas, en la Universidad Autónoma de Barcelona, España. Su tema de investigación es la articulación entre el espacio-cuerpo-género y la subjetividad. Corpolugaridades y contrapaisajes de la nación: mujeres migrantes sudamericanas y las disputas por el estar en campamentos de Antofagasta, Chile (España: Barcelona, 2021), es su tesis doctoral. Leyla me ha dado la oportunidad de entrevistarla sobre su tesis doctoral y su trabajo creativo. Comparto con vosotros sus respuestas.

 


 

Su tesis doctoral en la Universidad Autónoma de Barcelona lleva por título Corpolugaridades y contrapaisajes de la nación: mujeres migrantes sudamericanas y las disputas por el estar en campamentos de Antofagasta, Chile. ¿De qué trata en ella?

Fue un trabajo desarrollado en colaboración con mujeres migrantes sudamericanas, principalmente del macrocampamento Los Arenales y también del campamento Génesis II, ambos de Antofagasta, ciudad que está emplazada en el norte del país. Este territorio, dentro de la geopolítica de Chile, tiene características históricas interesantes; antes de las invasiones hispánicas estuvo habitada por el pueblo chango, un pueblo costero con un patrón de asentamiento disperso, que mantenía y mantiene una territorialidad vinculada al mar y que en la actualidad reivindica su existencia pese a los expolios y negaciones históricas. A fines del siglo XIX, este territorio fue anexado a Chile producto de una guerra (la guerra del Pacífico) contra la Confederación Perú-Boliviana. A diferencia de los brutales procesos de chilenización llevados a cabo en regiones de más al norte del país y la persecución y genocidio de la población aymara y afrodescendiente, en esta ciudad las tropas chilenas fueron ovacionadas por una parte de la población, pues antes de su llegada ya habían desembarcado empresarios chilenos que mantenían el control territorial y la explotación minera. Situación que sigue caracterizando a la región, en torno a la extracción del cobre, economía principal de la región y el país, y la creciente explotación del litio. Esta economía neoextractivista, pese a sus indicadores de desarrollo económico, paradójicamente ha contribuido al empobrecimiento de poblaciones indígenas y campesinas, así como al daño de sus ecosistemas, propiciando procesos de diásporas.

A través del espacio relacional de esta investigación, pude advertir otras formas de relación y cuidados que develan economías propias dentro de estos espacios.

En la actualidad, Antofagasta posee una importante presencia de población migrante sudamericana proveniente principalmente de Colombia, Perú y Bolivia, y en los últimos nueve años ha corporizado un aumento de tomas de tierras impulsadas por familias migrantes articuladas con familias nacidas en Chile. Estas tomas de tierras son las que posteriormente reciben el nombre de campamentos en el contexto chileno; es decir, asentamientos informales que se convierten en el lugar de habitación de familias que por el alto costo de vida de esta ciudad minera deben trasladarse a campamentos, o por otro lado, llegan por procesos de desplazamiento forzado; por ejemplo, familias colombianas afectadas por el conflicto armado y que ven en los campamentos una posibilidad de reunificación familiar y sobrevivencia, tal como lo ha reportado Margarita Echeverri. O, como pude observar en esta investigación, se convierten en espacios vivos, en gran parte articulados por la diáspora indígena y afrodescendiente, la que pese a las expoliaciones y violencias coloniales sigue agenciando lugares y territorialidades, impulsadas principalmente por mujeres y sus familias (noción que, en este contexto, tensiona el imaginario colonial de familia). Cabe señalar que los campamentos no son necesariamente lugares de paso, sino una alternativa de habit-habilidad, que históricamente ha estado bajo la vigilancia del Estado nación, sus políticas neocoloniales de negación y abandono o en el último tiempo bajo nuevas estrategias de control basadas en la integración de la “diversidad” de campamentos; sin embargo, bajo profundas desigualdades sustentadas en un sistema capitalista moderno colonial heteropatriarcal, usando la nomenclatura de Catherine Walsh en diálogo con Quijano, o sistema mundo europeo/euronorteamericano capitalista/patriarcal moderno/colonial heterosexual, siguiendo las claves de Ochy Curiel en diálogo con Grosfoguel.

El macrocampamento Los Arenales está llevando a cabo luchas por la radicación en el mismo territorio de su emplazamiento, y para ello mantiene procesos organizativos activos. Asimismo, a través del espacio relacional de esta investigación, pude advertir otras formas de relación y cuidados que develan economías propias dentro de estos espacios. Éstas tejen redes descolonizadoras que se niegan a desaparecer y que tensionan las habituales formas de relación con el Estado y las continuidades de un sistema de dominación colonial que produce procesos de otrificación o de lo Otro de la nación, tal como ha desarrollado extensamente Rita Segato, y que en Chile, de manera similar a Argentina, ha intentado por mucho tiempo homogeneizar y “blanquear” a la población, negando por ejemplo las alteridades históricas o instrumentalizándolas. En mi trabajo construyo la noción de corpolugaridades para, en parte, dar cuenta de estos procesos pero también para enunciar las resistencias y la apropiación de espacios en torno a los desplazamientos y violencias neocoloniales; racismo y particularmente colonialidad del género, noción propuesta por Lugones. De allí el título de la investigación: Corpolugaridades y contrapaisajes de la nación y, en este contexto, las disputas por el estar. Toda vez que entendemos el estar como un estar/siendo, como diría Kusch, en permanente movimiento pero que produce territorios políticos.

 

¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarla? ¿Qué relación tiene su tesis doctoral con su formación educativa y trabajo creativo previo, durante y hoy en Psicología y Estudios de Género?

Creo que existe una conexión profunda con mi trayectoria vital, con mis corpolugaridades, no sólo con aspectos de formación académica, aun cuando éstos estén implicados. En lugar de aspectos identitarios, yo prefiero hablar de corpolugaridades, que es la propuesta que hago en mi trabajo en diálogo crítico con la noción de identidad política.

Esta tesis habla sobre migraciones, otrificación y resistencias impulsadas principalmente por mujeres frente a un orden colonial-patriarcal. Es decir, opresiones múltiples que también he podido reconocer en mi escenario familiar, una familia campesina en el sur del país y donde las mujeres con las que me he criado, o que intervinieron fuertemente en mi construcción subjetiva (corporal), no calzaban necesariamente con el imaginario de mujer moderno-colonial, ni por consiguiente con los “roles tradicionales de género”. Siempre me ha gustado la historia, y sobre todo la historia social, por lo que las lecturas de investigaciones de Gabriel Salazar en Chile han sido muy importantes para poner en diálogo las corporalidades de mujeres significativas en mi trayectoria vital y aquellas que él corpolugariza en sus textos. Y antes de estas lecturas, las mismas canciones de Violeta Parra que canturreaban mis abuelas. Violenta Parra es una sentipensadora fundamental para entender otras formas de relación y corporalidades.

El espacio relacional de investigación en campamentos nuevamente me llevó a problematizar la noción “mujer”, es decir, me interpeló sobre las complejidades de hablar de “mujeres” en función de un criterio común colonizado.

Las mujeres del campamento, desde trayectorias y lugares distintos, pero también vivenciando procesos históricos de desterritorialización, habitan y se organizan de otro modo.

Una noción que también trabajo en esta investigación es el “entre lugar” en las trayectorias migratorias y diaspóricas, y creo que, desde mi lugar de investigadora, también pude vivenciar un “entre lugar” dentro del campamento. Los espacios de conversación, solidaridad y cuidados me evocaron momentos de mi infancia en el campo, así como mi posterior migración campo-ciudad hacia Antofagasta. Asimismo, recordé fuertemente el lugar de las mujeres dentro de mi familia, quienes ocupaban un lugar fundamental en la toma de decisiones y organización de espacios. Ellas tuvieron que organizar la vida frente a la desdicha, ejercían poder tanto a nivel público como privado (distinción moderno-colonial que también problematizo en la investigación), creaban con otras mujeres y hombres a la par, debieron quedarse al “mando” de las familias, con el apoyo de sus hijos y hermanos, cuando nuestros abuelos fueron detenidos y torturados, otras hicieron frente al patriarcado y machismo mediante la migración campo-ciudad. Siempre sentí esa fuerza, me costaba imaginar a una “mujer sumisa”, aquella idea de mujer la fui construyendo en el imaginario de la ciudad, en espacios institucionalizados, como en las escuelas y las universidades; allí noté con mayor fuerza aquella institucionalización de la jerarquía y la “ocupación de espacios de poder y visibilidad machocéntrica”.

Las mujeres del campamento, desde trayectorias y lugares distintos, pero también vivenciando procesos históricos de desterritorialización, habitan y se organizan de otro modo, y nos interpelan constantemente a transformar nuestros marcos analíticos y epistemológicos, incluso desde el feminismo. Así, por ejemplo, Ochy Curiel sugiere un desenganche epistemológico, desde un feminismo descolonial, lo que no es nada fácil, pues implica un desaprender para construir y crear otras formas de investigar, o como diría Donna Haraway, conocer desde una perspectiva situada, parcial y responsable. Eso implica también revisar nuestras corporalidades y los lugares desde los que estamos mirando, o sentipensando, los cuales transforman a la vez los espacios “disciplinares” desde los cuales nos hemos formado.

Por lo anterior, en mi caso, en un gesto descolonial prefiero hablar de abordajes transdisciplinares e incluso de “indisciplinas” más que de una disciplina en particular o de interdisciplinas. Esto de alguna forma ya lo ha planteado un tipo de psicología social crítica, sobre todo desde autores de América Latina y el Caribe. Así también los abordajes anticoloniales, antirracistas y descoloniales dentro de los feminismos de Abya Yala. Existe un libro editado por Yuderkys Espinosa Miñoso, Diana Gómez Correal y Karina Ochoa Muñoz, Tejiendo de otro modo: feminismo, epistemología y apuestas descoloniales en Abya Yala, muy importante, creo yo, para estas problematizaciones.

 

Si compara su crecimiento y madurez como persona, investigadora y psicóloga entre la época que se licencia en Psicología con su época actual de psicóloga en Chile, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo?

Es interesante la pregunta, pues no me lo había planteado del todo, aun cuando suelo interrogarme constantemente. Me parece que el crecimiento y la madurez son algo relativo, no lo veo como un proceso lineal que avanza superando etapas, pues esta lógica muchas veces responde a un discurso de colonialidad en torno al desarrollo, o de otro modo, articulado con un modelo neoliberal capitalista moderno-colonial heteronormado. Esta pregunta me lleva nuevamente al espacio/tiempo, temas de mi interés en distintos momentos de mi vida pero que los he ido abordando con matices diferentes; este núcleo lo imagino bajo un modelo más bien circular. Es decir, desde nuestra socialización colonial basada en una concepción lineal del tiempo tendemos a pensar que la etapa siguiente será mucho mejor que la anterior pues hemos superado algo. No obstante, a mi entender, el tiempo opera bajo “entre lugares”, donde el pasado/presente están siempre conectados, a veces estos “entre lugares” producen mucho dolor, pero a la vez fisuras que permiten resistencias y transformaciones profundas. Es en ese diálogo donde creo se van dando los procesos de madurez o crecimiento, si es que les queremos llamar así. Un situarse desde el ahora sin olvidar el pasado ni despreciar el futuro. Cabe señalar que al hablar de este ahora no estoy pensando en las perspectivas humanistas moderno-coloniales, sino que lo he ido construyendo a partir de las interpelaciones de, por ejemplo, la episteme aymara, la que tiene una concepción muy interesante respecto a lo geográfico, el espacio y el tiempo, a la que también pude acercarme durante el proceso de creación de esta investigación. Los trabajos de Silvia Rivera Cusicanqui también me ayudaron a repensar estas nociones.

Mirar corporal y críticamente lo que se ha hecho, reconocer “lo propio” dentro de las diferentes influencias que hemos tenido durante nuestros procesos de formación académica y política.

Concretamente entonces, pensando en mi trabajo creativo, creo que una frase de una de las colaboradoras aymaras de esta investigación lo define bien. Ricci hablaba de “deshilvanar para hilvanar con punto propio”; esta frase me interpeló profundamente, por su belleza, por su fuerza creadora, al mismo tiempo que hablaba sobre aquellas sabidurías negadas o mandadas a olvidar. Lo “propio” como noción contenida aquí debe alejarse de una mirada individualista y mercantil construida desde parámetros colonizados. Es decir, en este contexto, un punto propio que permita construir investigaciones colectivas, respetuosas de las palabras, de las corporalidades y sus lugares. El aforismo descrito anteriormente se conecta con lo que advierte la escritora Daniela Catrileo, del colectivo mapuche feminista Rangiñtulewfü (Entre Ríos), en tanto doblegar el silencio y “desenredar la madeja para comenzar a tejer un nuevo witral”.

En relación con lo anterior, mirar corporal y críticamente lo que se ha hecho, reconocer “lo propio” dentro de las diferentes influencias que hemos tenido durante nuestros procesos de formación académica y política. No tiene que ver con borrar lo que hemos hecho, sino justamente lo contrario, visualizar lo que nos sigue haciendo sentido y construir sentido cuando ya no lo hay.

 

Usted combinó su conocimiento en Psicología con un posgrado en Estudios de Género. ¿Cómo visualiza su trabajo creativo con el de su núcleo generacional de psicólogos con los que comparte o ha compartido en Chile y España? ¿Cómo ha integrado su conocimiento científico de la psicología a sus estudios de género relacionados o enfocados en las sociedades, las culturas y las políticas, y los antedichos en su trabajo creativo hoy?

Mis conocimientos de psicología se han fortalecido desde la parcialidad de la psicología social crítica, sobre todo considerando referentes de América Latina y el Caribe. Asimismo, mi formación ha sido influenciada por feministas postestructuralistas con quienes pude tomar cursos y posteriormente trabajar, como la profesora Jimena Silva Segovia, en Antofagasta. También tuve el privilegio de poder trabajar con profesores y otros compañeros de la carrera de psicología con quienes impulsamos un centro de atención psicosocial a inmigrantes en la Universidad Católica del Norte. Asimismo, en un período importante, pude construir caminos con amigos y compañeros de la Agrupación Fractal en la misma ciudad. En estos y otros espacios, he tenido la posibilidad de coconstruir en un lugar geográfico en el que en un momento fue difícil articular instancias de organización y donde el feminismo aún no alcanzaba la visibilidad que en la actualidad tiene en Chile, aunque siempre ha habido agrupaciones e individualidades muy comprometidas con estas problematizaciones pero sin mayor visibilidad lamentablemente.

Paralelamente, con procesos de trabajo psicosocial y comunitario he podido combinar la docencia e investigación, prácticas que me apasionan y que he tenido el privilegio de poder desarrollar, en un escenario en que la práctica de la psicología social se ha visto constantemente precarizada. Tuve la oportunidad de postular a un concurso público en una universidad estatal, algo muy excepcional, y finalmente quedé en ese trabajo, el que ha sido un desafío por el tiempo y dedicación que implica, así como las tensiones que a veces emergen en el habitar más de un lugar, es decir, espacios políticos dentro y fuera de la universidad. Posteriormente pude postular a una beca de ANID en Chile, la que me permitió continuar con los estudios de doctorado con el respaldo de la Universidad de Antofagasta.

Respecto a mi núcleo generacional de psicólogos, pienso que he optado en gran parte por fortalecer reflexiones epistemológicas, abriendo problematizaciones por ejemplo en el campo de la investigación social. Apuestas epistemológicas que, en mi caso, no las veo separadas de luchas ontológicas. Asimismo, me he interesado por explorar otros campos, a propósito de la transdiciplinariedad que mencionaba previamente, donde las dimensiones de corporalidad y espacio han sido fundamentales desbordando el diálogo sujeto-sociedad, clave dentro de la psicología social. En este sentido, los marcos conceptuales de la psicología social crítica han estado permanentemente en diálogo con aspectos sociohistóricos y geográficos, así como con los estudios de género desde un posicionamiento descolonial.

 

¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo dentro de Chile, y la de sus pares?

Es una pregunta compleja, pues mi trabajo es un trabajo en construcción que no es conocido dentro del país, quizá ni siquiera dentro de la región. Sobre todo considerando la manera en que circula el conocimiento en un lugar como Chile, que está supercentralizado, todo ocurre en su capital, Santiago de Chile, y existe poca visibilidad de los trabajos realizados en otras partes del país, sobre todo en el ámbito de las ciencias sociales, aunque hay excepciones, por supuesto. En mi caso, soy una investigadora neófita, alejada de las grandes redes académicas, y vivo y trabajo en la ciudad de Antofagasta, al norte de un país “largo y angosto” y a varios kilómetros de su capital.

Mi trabajo, aunque poco conocido, ha sido recibido con cariño en algunos espacios pequeños.

Creo que el trabajo que he venido construyendo es una apuesta interesante, con diferentes momentos dentro de mi trayectoria de investigación. Busco, como señalé, un abordaje transdisciplinar en diálogo con un posicionamiento feminista antirracista y descolonial. He trabajado desde la psicología social crítica y comunitaria y mis líneas de investigación y acción han sido: migraciones, género, corporalidad, espacio e interculturalidad. Mi deseo es poder compartir mi trabajo en los lugares en que quieran escucharlo y sobre todo ponerlo a disposición en espacios formativos. En mi caso, además de hacer investigación, hago docencia en espacios universitarios, por lo que me interesa que la producción de saberes esté conectada con los diálogos que podamos construir en el aula (y fuera de ella), desde una perspectiva pedagógica crítica y feminista descolonial que resista también a los procesos de colonialidad del saber, tan marcados en nuestras universidades.

Por lo anterior, mi trabajo, aunque poco conocido, ha sido recibido con cariño en algunos espacios pequeños, tanto académicos como no académicos, aunque también creo que ha sido poco entendido en otros lugares, incluso cuestionado, pero supongo que esa es una buena señal.

 

Sé que es usted de Chile. ¿Se considera una investigadora chilena o no? O, más bien, una investigadora, sea ésta chilena o no. ¿Por qué?

Me considero una investigadora del sur y sus texturas, así como lo puse en un artículo reciente. Actualmente abordo procesos psicosociales y culturales en Antofagasta.

 

¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo y a las temáticas del mismo? ¿Cómo ha variado?

Aún no alcanzo a observar una variación, pues creo no estar pendiente de eso; asimismo, estoy recién intentando construir algo o “deshilvanando para hilvanar con punto propio” tal como sabiamente compartió Ricci en un taller de esta investigación y que previamente ya comenté su sentido. Asimismo, estoy bregando para visibilizar de mejor forma mi trabajo, para encontrar una forma de dignificar los relatos que hemos ido construyendo. Esto ha llevado un tiempo largo de desaprendizajes y también de volcar la mirada hacia mis corpolugaridades como sujeta.

 

¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?

En toda la entrevista hemos hablado de creación, pero no nos hemos detenido en su sentido. Desde mi perspectiva, crear en investigación es escuchar con cuidado, desmantelar las certezas para construir otros mundos posibles. Efectivamente requiere proyectos recientes y pendientes… proyectos que como señalé se construyan en un ahora que no olvida el pasado ni el futuro, aquel ahora que aprendí con Lorenza, una mujer del macrocampamento Los Arenales. Concretamente, me gustaría seguir trabajando con relatos, creo que los relatos son muy poderosos y necesarios en estos tiempos para interrogarnos. Las artes en general tienen un potencial gigante, así como los trabajos transdisciplinares. Espero continuar construyendo desde un feminismo antirracista y descolonial, ese es mi deseo, contribuyendo en la articulación de redes descolonizadoras.