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La autora puertorriqueña habla sobre su poemario El libro azul:
Iris Mónica Vargas o la poesía como ciencia

jueves 17 de febrero de 2022
Iris Mónica Vargas
Iris Mónica Vargas: “No creo que la poesía conteste las preguntas, necesariamente, pero no sé si está hecha para eso”. Fotografía: Zenaida Marie Photography

Que la formación científica le ha dado a la puertorriqueña Iris Mónica Vargas una perspectiva singular para la expresión poética es algo que podemos ver claramente en El libro azul, su segundo poemario y con el que ganó en 2019 una mención honorífica en el premio del PEN Puerto Rico Internacional. “Ciencia y poesía representan la combinación perfecta”, nos dice en esta entrevista sobre este título y en la que también conversaremos en torno al primero, La última caricia, y el tercero recién concluido, El día en que dejamos la tierra.

Ella es capaz de preguntarse de qué está hecho el tiempo y qué de nosotros queda cuando morimos. Se define a sí misma como “híbrido de la literatura y la ciencia”. Y es que esta autora que aparece en revistas como Latin American Literature Today, Otro Lunes, El Coloquio de los Perros, Letras Salvajes, El Post Antillano o Harvard Gazette, además de Letralia, claro, donde colabora desde 2011, tiene estudios graduados en física y escritura de ciencia en la Universidad de Puerto Rico y el Massachusetts Institute of Technology (MIT), trabajó en astrofísica en el Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics y actualmente completa un doctorado en medicina en Saint James School of Medicine.

 

Lee también en Letralia: reseña de El libro azul, de Iris Mónica Vargas, por Alberto Hernández.

El libro azul: estaciones de papel

El libro azul es tu segundo poemario. Está dividido en cuatro secciones tituladas con los nombres de las estaciones. ¿Puedes hablarnos de las razones de esto?

Yo quería que el libro funcionara como un mapa cuyos puntos de referencia fueran las asociaciones que forma uno, algunas como individuo y otras como parte de un colectivo. Me interesaba que esas asociaciones le sirvieran, de algún modo, a la pregunta de lo que puede significar ser un ente consciente, es decir, un ente que tiene una experiencia concreta sobre lo que se siente ser lo que es. Para mí esa era la pregunta que intentaba contestar.

De ahí las piezas que juegan con las posibilidades de lo que somos bajo diversas circunstancias: cuando creamos, cuando enfermamos, cuando ya no nos reconocemos o cuando ya no somos reconocidos como quienes éramos —o sea, todo lo que pueda ser aquello a lo que hemos llamado tener/ser/estar como ese fenómeno de la consciencia (lo que sea que ello sea verdaderamente), como entidad en una máquina de carne y de hueso que se piensa a sí misma, que se crea y se reconstruye constantemente, o como sustancia que existe independientemente del organismo físico que habita, si es que fueran estas dos cosas por separado. De nuevo, todo esto es un juego. Yo sólo quería explorar, y me divertí mucho haciéndolo.

Se me ocurrió que las estaciones podían, tal vez, servir como reloj sobre el papel, como representación de ese otro concepto, misterioso también, al que llamamos tiempo, y esa sensación de su paso en nosotros, y/o alrededor nuestro.

Quería que quien se permitiera posar su mirada sobre cada “estación de papel” encontrara algo que fuera similar a lo que se encuentra en muchos espacios de la vida: cambios físicos y concretos, y cambios abstractos. Intenté jugar con esas similitudes y contradicciones que se advierten en diferentes lugares del tiempo en el pensamiento propio, y encontrar alguna manera de modelar eso que llamamos consciencia, que crea patrones a través del tiempo. Uno casi nunca es capaz de notar esos patrones en el pensamiento propio a menos que alguien los señale o que uno escriba y después observe todo desde cierta distancia, que generalmente es adquirida conforme pasa el tiempo, ¿no? Así que, bueno, eso fue lo que intenté hacer.

 

“El libro azul”, de Iris Mónica Vargas
El libro azul, de Iris Mónica Vargas (Snow Fountain Press, 2018). Disponible en Amazon

En este libro advertimos cómo, mediante juegos verbales, le inyectas al verso una belleza y un ritmo que, en ocasiones, funcionan casi como si hubieras trabajado con sílabas métricas. Es un efecto difícil de lograr y sin embargo lo encontramos aquí en muchas de sus páginas. ¿Cómo fue el proceso de creación de este libro en el aspecto formal?

Recuerdo que tenía mucho miedo de escribir este libro porque sentía muchos deseos de hacer cosas distintas a las que hice en mi primer trabajo. Me provoca mucha alegría que menciones la palabra “jugar” porque, de nuevo, realmente eso hacía mientras escribía. Quería descubrir lo que era capaz de hacer, en ese momento del tiempo, con el lenguaje. Conceptualmente, quería entrelazar ese juego con las ideas que otros seres humanos han propuesto para explicar muchos de estos conceptos o preguntas sobre lo que significa ser un ente consciente de sí mismo. Son preguntas que a mí me resultan fascinantes. Sentía la necesidad de retar las cosas que había aprendido como ciertas, como normas, como cánones, y de adoptar otras como mías, autorizándome a mí misma a hacerlo. Tenía muchos deseos de hacer un duelo con los obstáculos del camino, y plasmarlo sobre el papel de algún modo que les hiciera menos terribles. Sobre todo, me permitía cuestionarme mis propias maneras de pensar, contradecirme, desatarme, permitirme la flexibilidad y la libertad de preguntar y preguntarme, de ser pregunta; construir un argumento y luego destruirlo; y al final, recrear un ente (identidad) distinto en cada poema.

Todo lo anterior se me hace difícil hacerlo fuera del papel, por estar, casi siempre, como casi todo el mundo, limitada por las circunstancias, por las ideas que tienen otros sobre lo que uno es, por el momento histórico en el que una vive y por todas las ideas que han surgido en ese contexto, que ya todos aceptamos como ciertas y que pocas veces cuestionamos, o casi nunca advertimos estar pensando, más que por otra razón, por encontrarnos habitando, precisamente, la idea que ha formado todo lo anterior sobre lo que somos.

En general, cuando escribo, estoy buscando sumergirme dentro de una atmósfera específica. Puede ser que lea un poema que me coloque en ese lugar, o alguna canción genere en mí cierto sentimiento de nostalgia que sea incapaz de resistir en ese momento. Construyo múltiples borradores de un poema, coloco las ideas en el lugar en el que creo deben ir, y entonces la melodía empieza a interesarme. Leo el poema infinidad de veces —siempre en voz alta— y continúo jugando con la sintaxis y la prosodia hasta que esté convencida de que quien lo lea tenga que hacerlo respirando exactamente donde lo hago yo al leerlo. En ocasiones, sin embargo, construyo a la inversa: siento el ritmo primero, y es ese ritmo el que me sirve de andamio para colgar en él las ideas.

No sé si tenga lo siguiente algo que ver, pero cuando niña estudié piano. No provengo de un entorno donde eso fuera algo común; mis padres eran gente de escasos recursos económicos pero, curiosamente, entendieron era necesario y se sacrificaron mucho para llevarme a tomar lecciones. De todos modos, lo que estoy diciendo es que muchas veces pienso mi proceso de escribir poesía (al final, ya cuando ha llegado a mi mente el borrador inicial) como algo parecido al método del solfeo con el que aprendí a leer los signos musicales, su valor, sobre una partitura.

A propósito de ritmo: Ezra Pound decía que el ritmo en la poesía era cortarle una forma al papel del tiempo. Me gusta mucho eso.

 

“¿De qué está hecho / quien no está hecho / de tiempo?”, te preguntas en uno de los poemas. Un poco antes escribes: “El tiempo es una ruina. / Minino que rebuzna. / Es luz incandescente hundiendo / sin clemencia la arruga / de la frente (…)”. Es un tema, el tiempo, sobre el que vuelves una y otra vez en este libro.

El tiempo es fascinante. En la mitología hindú, el cosmos es concebido como un río donde la imagen de Shiva, bailando, es, en sí misma, el flujo del tiempo. Como si ser tuviera significado, únicamente, dentro de la acción, que tiene un comienzo y un final. El baile, el movimiento, ocurre y, por consiguiente, ocurrimos. La naturaleza del tiempo es uno de los misterios que aún nos capturan, y existe en paralelo, conectado tenuemente, al misterio de la naturaleza de la mente, de la consciencia. No tenemos (no realmente) explicaciones para ninguno de los dos. Y hay algo esencial en la naturaleza de ambos. No parecen funcionar exactamente del modo en que creemos lo hacen. Un reloj puesto sobre el suelo se mueve un tanto más lento que uno colocado sobre una mesa. Eso se ha visto en experimentos realizados en laboratorios de física especializados, por ejemplo. Inventamos sistemas que intentan medirlo, fragmentándole en unidades que se repiten y marcan el flujo de algo, pero el tiempo de todos los organismos no es el mismo, ni siquiera el nuestro. Para mi abuelita Panchi, que en paz descanse, por ejemplo, la vida era felicidad, y felicidad, una entidad que sólo existió los nueve años durante los cuales tuvo la oportunidad de asistir a la escuela. Nunca más, me dijo una vez. Tal vez exageraba, pero, de todos modos, el caso es que una vida puede medirse en una exclusiva colección de minutos, siendo el resto sólo remanentes, extras, nada, inclusive. Tiempo, sí, pero tiempo muerto. Entonces, ¿qué es el tiempo? ¿Existimos dentro del tiempo o acaso existe dentro de nosotros, generado por nosotros, o surgiendo de nuestra interpretación, tal vez, de esa reconfiguración constante de las cosas? ¿Qué es lo que pasa cuando pasa? Aceptamos como una de las convenciones el envejecer. Pero algunas personas envejecen muy rápido, mientras que otras parecen conservar su juventud por largos años. ¿Por qué? ¿Qué hacen que sea distinto? ¿Acaso pasa el tiempo más despacio para quien aún sueña? ¿O para quien concibe nuevos viajes, para quien continúa hilvanando aventuras nuevas en su mente, para quien ama de nuevo? ¿Por qué algunos han hecho los inventos más increíbles, los libros más maravillosos después de los sesenta años y otros antes de los treinta? ¿Cuál de esas es la “verdadera” juventud? ¿Acaso ambos eran jóvenes al momento de concebir su creación? ¿Qué del tiempo es subjetivo? ¿Qué del tiempo nos hace quienes somos, en particular, y qué como colectivo? ¿Cuál es el verdadero reloj, el verdadero marcapasos? ¿La flor que va perdiendo los pétalos o la idea que va creciendo y creciendo hasta convertirse en arte? He estado pensando que el tiempo también tiene un impacto importante en nuestro constructo sobre nuestra propia identidad. Porque esta última también es un constructo humano y el modo en que ilustramos al tiempo, la manera en que lo concebimos, tiene muchas repercusiones importantes sobre nuestra identidad, todo eso que entendemos nos representa.

 

“He estado fuera / de este cerebro / mucho tiempo”, escribes en otro poema. El libro encierra todo un planteamiento estético alrededor del extrañamiento. ¿Cuál sientes que es tu búsqueda en este sentido?

Puedo intentar contestar esta pregunta haciendo alusión a una sospecha. Específicamente, que ese entrañamiento como brazo, como pozo, como contenedor, puede que surja del sentimiento algo frecuente de que no pertenezco realmente a nada externo, que no encajo, que amo el mundo pero me siento, de algún modo, inadecuada en él. Entonces, mi solución es poder crear algo que tenga sustancia, y que pueda servir y establecer vínculos. Pienso ahora en una frase que leí de un poema de Louise Glück. Miramos el mundo sólo una vez, durante la niñez. El resto es memoria. Mencioné hace poco que encuentro infinitamente triste esa perspectiva. Puede que sea la soledad de concluir que uno ha de experimentar la vida de un modo específico, y que una vez han de formarse esos puentes, ya sólo habrá una manera de cruzar de un lado al otro. Lo demás habrá desaparecido. Es una inflexibilidad ubicua. Puede que sea fijada por (en) el mundo exterior, fuera de ti, de manera independiente de lo que sea que somos cada uno. Y por eso, tal vez, sea que tiendo a mirar hacia otra parte, hacia algo que se sienta más hondo. Tal vez por eso no me siento ser mujer, hombre, niña o niño, sino simplemente ser humano, aunque aún no entiendo bien, tampoco, lo que ello significa. Pero estando adentro no tengo que decidirme por ninguna definición que me represente. Puedo simplemente existir y escoger lo que contengo, jugar mezclando y creando, hacerme del brazo que tal vez no tenga físicamente. No realmente. Algo así. Sin embargo, puede que sea también, simplemente, otra forma de enfrentar soledad.

 

Iris Mónica Vargas y la necesidad de reinventarse

En tu libro anterior, La última caricia, hay una preocupación por el cuerpo, por eso que nos une en aspectos biológicos y especialmente en la muerte. En uno de sus poemas un cadáver se pregunta: “¿Qué parte de mí / convalida ahora / mi humanidad?”. En otro, cuentas cómo sostienes el cerebro de un hombre muerto y lo llamas “aquella caja negra de segundos donde ha vivido”. ¿Te sirvió ese primer libro para vislumbrar qué es lo que nos hace humanos?

Creo que lo que quería era plantearme la pregunta, tomarme un momento para saber qué preguntar, o simplemente sentir que alguna vez había logrado hacer una pausa sustancial para plantearme esa pregunta. Ese ejercicio me pareció importante.

Lo que quise hacer en ese libro, La última caricia, fue concebir mis propias preguntas, y es posible que lo que haya encontrado hayan sido numerosas hipótesis y nada más. Me resulta bien interesante que en las ocasiones cuando he tenido la oportunidad de conversar sobre el libro con un grupo de personas, lectores y lectoras, siempre ha habido quien se acerque a preguntarme: ¿qué piensas que somos los seres humanos? ¿Qué piensas que existe después de la muerte? La primera vez que alguien me hizo esa pregunta no tuve respuesta alguna. Últimamente he experimentado cosas que me hacen pensar en que, tal vez, lo que exista sea energía, y de alguna manera volvemos a ser parte no sólo de los componentes de las estrellas, como decía el astrónomo Carl Sagan, sino también de una sustancia, una consciencia que está en todas partes, en el ave, en el cactus y en nosotros. Claro que, de nuevo, estoy jugando: no sé la respuesta. Soy agnóstica. Pienso que no tenemos las herramientas ni para negar ni para afirmar una u otra cosa. Creo que por eso me dedico a sentir, a explorar el mundo alrededor, y sólo después escribo.

Nunca he practicado religión alguna (aunque sí crecí en un entorno de gente muy devota), entonces no tengo esa relación con el lenguaje que otras personas tienen para expresar eso que para mí puede ser recogido simplemente con la palabra humanidad. Pero, regresando al momento de la disección en el laboratorio de anatomía, cuando me hallaba rodeada del cuerpo, o los fragmentos, de quienes en vida fueron los donantes, experimenté un gran sentimiento de hermandad, y de responsabilidad por hacerle honor, no a quienes habían sido, sino a quienes todavía eran. Eso que todavía eran, o que yo intuía que eran todavía, yacía en contraste con la acción de diseccionar e investigar su anatomía, a pesar de que en vida hubiesen decidido darnos el permiso para hacerlo. Yo creo que lo que sí pude vislumbrar, si algo, fue el límite de esa humanidad, es decir, nuestra dificultad diaria para concebirla, para definirla, para siquiera ponderarla. (Quizás porque nos recuerda nuestra mortalidad, lo finito de nuestra existencia). Desde mi perspectiva, la muerte y el tiempo se contradecían. La primera no era ya sólo un momento en el tiempo, porque parecía continuar conforme parecía extenderse aquella humanidad hasta quien aún era capaz de respirar. Algunos tocaban el brazo con menos delicadeza que a su teléfono móvil. Otros se burlaban de los secretos de aquellos cuerpos. Me daba la impresión de que diseccionábamos la anatomía humana pero no solamente la externa, no solamente la que yacía sobre aquella mesa de metal.

 

Hay una evidente evolución entre La última caricia y El libro azul, que se puede apreciar en aspectos como, por ejemplo, la construcción del sentido poético, que en el segundo tiende a ser más personal. ¿Qué pasó entre uno y otro libro? ¿Cómo experimenta Iris Mónica Vargas esa evolución?

Honestamente, lo que ocurrió entre un libro y otro es lo que pasa en la vida misma. Te atreves a vivir, entonces te hieren. Te escudas, construyes una cueva oscura donde te escondes. Luego algo empuja para que vuelvas a exponerte. Es lo que ha seguido ocurriéndome. Y lo que seguirá ocurriéndome, si es que continúo persistiendo en vivir. Te inventas otra vez y nada más. La voz se esconde en un principio, como el cuerpo de un cobito se esconde cuando te le acercas a mirarlo.

Recuerdo haber estado en el interior de un ascensor un día. Era la primera vez que pasaba todo un verano fuera de Puerto Rico, haciendo investigación en un hospital de los Estados Unidos. Un hombre mayor entró al ascensor en uno de los pisos. Estábamos solos él y yo. Cuando al fin se detuvo el ascensor en mi piso, y me proponía salir, aquel hombre me dijo: “Tienes miedo hasta de tu propia sombra”.

Me molestó mucho aquel comentario pero comprendí, conforme persistió aquel episodio en mi memoria, que aquel extraño tenía razón. En aquel momento de mi vida andaba como se anda cuando se tiene miedo del mundo entero, como se camina cuando se piensa todo alrededor como un posible peligro. Muchas personas hacen de esta manera de vivir todo un hábito. No se puede vivir de esa manera.

He tenido que reinventarme constantemente conforme llegan los golpes de la vida, pero entiendo que es una flexibilidad necesaria si es que pretende uno ser feliz. Entonces mi segundo trabajo, El libro azul, refleja ese intento de flexibilidad. Y si llegas a leer mi tercer libro (El día en que dejamos la tierra), te darás cuenta de que soy de nuevo otra persona.

Durante mucho tiempo no solía sentirme cómoda en mi cuerpo ni en mi voz, pero he tenido siempre muchísimas ideas. Y cuando tienes ideas te das cuenta de que es necesario encontrarles una voz. Entonces esa necesidad lleva a que poco a poco encuentres cómo atreverte, finalmente, a autorizarte a llevar tu propia piel, y a cantar y contar con tu propia voz, con orgullo y con fuerza, tus historias. Llega el momento cuando finalmente te aceptas, o al menos muchísimo más que antes, y aprendes a sacarle músculos a tus fortalezas; aprendes a comprenderte, a sentir empatía con tus lados más débiles. Cualquier cosa que escribes va a reflejar ese proceso, pienso.

 

Sobre ese tercer libro que mencionas, El día en que dejamos la tierra, ¿qué nos puedes decir? ¿Qué encontrará el lector en sus páginas?

Mi tercer trabajo, El día en que dejamos la tierra, es extremadamente personal. Es una meditación, también, como La última caricia, pero de un modo más directo. Puede que sea mi trabajo más vulnerable hasta el momento (porque espero seguir escribiendo). Ahí lo que quise fue explorar nuestra vulnerabilidad, la mía, la de todos. Quise que fuera una contemplación sobre algunos de los momentos que más nos marcan y la experiencia de dejarlos atrás. O tal vez, de las distintas maneras en que dejamos nuestras respectivas “tierras” para poder seguir caminando, para poder seguir adelante no importa las circunstancias. Yo creo que es un libro sobre transformaciones, pero ya ustedes me dirán. Uno hace lo que puede en el momento, con las herramientas que tiene y, mientras tanto, simplemente, continúa aprendiendo.

 

Lo que más amo en la vida (y eso lo saben bien mi familia y amigos) es estudiar, aprender y pensar.

La poesía y las preguntas

Tienes estudios en física y medicina y te has dedicado también a la literatura. Parecieran dos ramas opuestas de la experiencia creativa, pero lo cierto es que han sido muchos los científicos que han destacado como escritores. Pienso en Ernesto Sábato, que era físico, o Lewis Carroll y Bertrand Russell, que eran matemáticos. ¿Crees que tu formación científica condiciona tu mente para hacerte preguntas y plasmarlas en la poesía?

Hay muchas personas que han cultivado ambas ramas, literatura y ciencia. Admiro mucho a Perri Klass, médica y escritora; a Patricia Churchland, filósofa y escritora que trabaja temas de neurociencia; o la filósofa británica Mary Midgley, por ejemplo, que escribió numerosos libros, absolutamente fascinantes y repletos de ideas profundas e innovadoras sobre ciencia, ética y filosofía. Midgley escribió su primer libro, Bestia y ser humano, a sus 59 años, porque, según dijo, “antes de eso no sabía aún qué es lo que realmente pensaba”. A mí lo que me fascina de estudiar ambas disciplinas es precisamente eso: estudiar ciencia representa un continuo desarrollo e intercambio de ideas; escribir me permite otorgarme a mí misma el tiempo para pensar en eso que estoy acumulando y darme el permiso para descifrar qué es lo que realmente pienso al respecto.

Para mí, contrario a como piensa, por ejemplo, el científico y escritor E. O. Wilson, por dar un ejemplo de alguien a quien acabo de leer, la ciencia y la poesía sí tienen en común las metáforas. La ciencia es generada mediante experimentos y datos acumulados, pero no está exenta de metáforas. Necesita la metáfora para ser interpretada y transmitida; la necesita para ser comprendida, aunque sea del modo más superficial. Inclusive el modo en que elegimos investigar lo que investigamos, muchas veces, parte de la metáfora inicial con la que hemos concebido el significado de lo que investigamos.

Personalmente, ciencia y poesía representan la combinación perfecta. Hay muchísimos temas que me resultan interesantes. Me fascina observar y le otorgo muchísimo valor al ejercicio de tomar el tiempo para digerir, poco a poco, lo que leo u observo. Lo que más amo en la vida (y eso lo saben bien mi familia y amigos) es estudiar, aprender y pensar. Descubrí, agraciadamente, que la poesía me sirve bien para ese ejercicio, y eso me hace muy feliz. De nuevo, no es que sean lo mismo la poesía y la ciencia. La ciencia trabaja, de manera rigurosa, con un método que puede ser utilizado para plantear ciertas preguntas y tratar de contestarlas de manera reproducible, corroborable, independientemente de quien realice el experimento para intentarlo. La poesía puede, o no, ser metódica, y puede, o no, tener más libertad sobre cómo plantea una pregunta, y sobre cuáles preguntas se permite plantear. No creo que la poesía conteste las preguntas, necesariamente, pero no sé si está hecha para eso. Yo pienso que existe en capacidad de exploradora, y que su importancia nace del valor de esa libertad de exploración, al ser lo que otorga sentido a la vida.

 

Por otro lado, eres una mujer que por diversas razones ha estado ligada a la salud, o a la falta de ella. Y no me refiero sólo a tus estudios: tu familia sintió el embate del alzhéimer en una tía y una abuela. En estos momentos en que tratamos de sobrevivir a una pandemia, ¿qué crees que puede hacer la poesía por nosotros?

De esta pandemia, lo que ha sido más interesante para mí es la pausa que ha representado para todos como colectivo. Por primera vez en mucho tiempo en nuestra historia reciente, hemos observado una pausa general. Casi en todas partes del mundo, la prioridad ha sido, por un instante y para muchos, la misma. Una preocupación en común nos ha embargado, un miedo común. Ha sido un período de pausas simultáneas. Y me ha llamado mucho la atención escuchar una contemplación casi global sobre el evento y lo que esa experiencia significa. Muchas personas, que jamás se hubieran tomado un momento para detenerse, en medio de sus ajetreadas agendas diarias, tuvieron que hacerlo, y se encontraron, de pronto, pensando en asuntos que usualmente son territorio únicamente de poetas: quiénes somos, qué buscamos, qué es lo más importante, qué significa estar vivo, qué cosas dan sentido a esta gran cosa a la que llamamos “vida”. Nacieron muchos poetas durante la pandemia. Y es que la poesía es simplemente eso: una pequeña pausa para permitirse pensar, con las capacidades que tenemos como entes que no sólo sobreviven sino que se permiten otorgarle sentido a lo que experimentan cada día, lo que significan los momentos que conforman una determinada existencia.

 

¿Cómo es al escribir Iris Mónica Vargas? Al escribir tus libros, ¿te ciñes a una estructura preconcebida o por el contrario escribes en el momento en que se te presentan las ideas?

Llevo un registro de las ideas que me van surgiendo, de las cosas que me llaman la atención, lo que leo, lo que escucho, lo que encuentro interesante. Anoto estas cosas cada vez que las encuentro en el camino. A veces algún encuentro me resulta tan fascinante que no sólo anoto la idea que surge de éste, sino que empiezo a desarrollar el borrador de un poema. Otras veces tan sólo anoto una pequeña oración, inclusive una frase o una palabra. Cuando empiezo el borrador de un poema, lo coloco en otro documento: el documento de los borradores. De esa manera casi nunca estoy ante una página en blanco, porque siempre tengo algo que puedo seguir trabajando o explorando. Y cuando me aburre un borrador, busco algún otro que haya hecho, o regreso al documento donde he guardado las ideas. Hago todo poquito a poquito. Soy madre, estudio y trabajo. De modo que nunca tengo muchísimo tiempo ininterrumpido para escribir. Sí tengo un compañero de vida que entiende muy bien la necesidad que tengo de aprender y de pensar, y él facilita el que tenga, de vez en cuando, estos momentos de soledad que me permitan experimentar la creatividad de un modo ininterrumpido. No obstante, como esos momentos no son la norma, estoy acostumbrada a recibir las ideas cuando toquen a la puerta, sin importar en qué momento ello ocurra. Siempre se puede uno permitir, al menos, treinta segundos para anotar una idea.

Lo que es más importante: ya no me censuro al escribir un borrador. Mi borrador es siempre horrendo. Jamás perfecto. La prioridad es que exista, que tenga la oportunidad de ser semilla, de crecer. Para crecer, tiene primero que ser puesto sobre el papel. Lo demás se logra con perseverancia, poco a poco, con mucha calma, y con la confianza en que estás haciendo lo mejor que puedes en este momento.

Algo que no comprendía antes es que este momento está constantemente evolucionando. De modo que, lo que tiene uno es que procurar divertirse mientras escribe, y hacer lo que uno hace con pasión, calma y cariño. Eso es lo que te provee la tranquilidad necesaria para seguir adelante.

Jorge Gómez Jiménez