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Edgar Ramírez Mella:
“A veces se escribe para el futuro, otras para el ingrato olvido”

domingo 16 de julio de 2023
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Edgar Ramírez Mella
Edgar Ramírez Mella: “Creo que en mi trabajo creativo actual hay un regreso a un raciocinio amplio que no desdeña las imágenes desconcertantes y las metáforas deletéreas conquistadas en su inicio”.

Edgar Ramírez Mella (San Sebastián, Puerto Rico, 1954) es pintor y poeta. Realizó estudios en literatura comparada en la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez y Río Piedras. Es autor de siete poemarios publicados entre 2006 y 2021: Estación de lirio y Máquina emotiva (2006), Marginalia (2006, 2010), Púrpura (2014), Jardín en ascuas (2017), Bitácora de nieblas (2020), y Razón de Covid-19 y otros artefactos (ad)yacentes (2021). Su obra poética ha sido publicada en Argentina, Estados Unidos, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela. Edgar ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

 


 

—Hace algún tiempo publicó usted Estación de lirio (2006). ¿De qué trata este poemario y cómo recorre usted entre la literatura y la realidad o no ficción? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo?

—Este libro está conformado por dos poemarios, Máquina emotiva (que obtuvo un tercer premio en el primer certamen de poesía de la revista Tríptico en 1988) y se compone de poemas que fueron escritos desde la década de 1970, y por Estación de lirio que da nombre al libro. Trata de todo lo humanamente tratable, de la muerte, del amor y el desamor, del dolor y la traición, de descomunales soledades, de superar límites, de encuerarse (de aperturas totales, de sexo y rock y notas siderales), del sueño utópico fallido, del país intervenido, de todo mal repartido, de los desastres y guerras constantes, de ilusiones vivas y de la tenacidad de acusar o denunciar y de continuar cantando en un universo resquebrajado y malamente herido; ¡ah!, sin olvidar, hay que decirlo, la alegría y lo sagrado, aunque entre tanto descalabro parecieran inadecuados. Creo que el artista filtra lo real que lo circunda con su capacidad emotiva, imaginativa y estética creando sus estratagemas y artefactos como una realidad alterna. Decía Jung: “Lo que le debemos al juego de nuestra imaginación es incalculable”. La literatura como arte al fin usa la ficción, construye mundos, usa leyendas, fábulas y mitos que incitan, mueven e inspiran, pero la flor más sencilla, personal e íntima y difícil de la literatura, y de un poeta, es lo auténtico que va sabiendo y consignando, en un oficio tal, el único beneficio que se obtiene si alguno sería cierta iluminación profana, es el de atreverse a la desnudez y lucidez total y poder acariciar la luz más cercana a la verdad; la poesía viene a ser la crónica emocional de la humanidad. La oportunidad de publicarlo surge a raíz de la antología El límite volcado (sobre la generación de poetas de los 80, Alberto Martínez-Márquez, Mario R. Cancel, Isla Negra Editores, 2000), donde felizmente fui incluido; entonces surgieron buenos lazos con la editorial Isla Negra y su gestor Carlos Gómez Beras, a quien ya conocía de la universidad, que me invitó y tendió la mano a trabajar con ellos todo aquel bagaje de tiempo, de textos sin libro en su mayoría inéditos, lo que sería mi primera publicación en solitario.

Hoy pienso más lo que construyo y voy más lento, menos divertido, ya no es tanto una fiesta y duele y me asfixio.

—¿Qué relación tiene Estación de lirio con su trabajo creativo anterior y hoy?

—Pues, como decía, en Estación de lirio en una primera parte incluía textos de la década del 70 (unos muy sociales y otros muy experimentales, descargas, improvisaciones, vaciados síquicos) y en la segunda propiamente Lirio son trabajos a caballo entre dos siglos, entre las postrimerías del XX e inicios del XXI. La poesía estaba a flor de piel en mí y era tierna y ruda, apabullante, exigente, y me ocupaba tan cabalmente en sus orgías de bohemia que casi no me daba cuenta, era un modo de vida absoluto, mi único aire (la materia prima de las palabras es el aire). Por poco me muero. Hoy pienso más lo que construyo y voy más lento, menos divertido, ya no es tanto una fiesta y duele y me asfixio, con harta angustia, pero más seguro. Sin embargo, hay un continuum donde me reconozco el mismo. El río sigue abriéndose camino. Aunque ya no sean tan fáciles el sortilegio y los felices encuentros.

—Si compara su crecimiento y madurez como persona, pintor y escritor, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo o no inicial con el de hoy?

—Eso es ¿cómo se cambia un goliardo, o juglar, al mester de clerecía? [risas]. Antes era despreocupado, había algo de desaliño, accidentes propicios, más intuitivo y automático, sin duda influencias del dadaísmo, del surrealismo y del misticismo, patear a la burguesía era divertido entonces, ya el sistema asimiló esas soberbias escaramuzas, hizo suyos de mala manera esos programas o estéticas. Hoy soy mucho más cauteloso, ¡hay que cuidarse!, ¿sabes? Y saber qué se dice (risas); tengo más heridas y experiencia vital, una mirada obsesiva e incisiva escarbando en la noche. Al perder cierta ilusión y la apabullante energía inicial hay caídas, ciertos golpes a la musa, la Noche Oscura, reticencias, los años intentan mancillar cierta ingenuidad en la sonrisa y su vocación insobornable de la alegría del oficio, sopesados análisis, búsqueda de la utilidad o inutilidad de los desgarros que la palabra o los colores concitan. Ya no es tanto el juego, aunque siempre se juega, pero se piensa en responsabilidad y algo de sobriedad, la palabra, la obra, puede destruirte o salvar. Suena dramático dicho así, pero es verdad. Un gesto puede hundir o salvar un destino y no precisamente manifiesto (risas). Creo que en mi trabajo creativo actual hay un regreso a un raciocinio amplio que no desdeña las imágenes desconcertantes y las metáforas deletéreas conquistadas en su inicio.

—¿Cómo visualiza su trabajo creativo con el de su núcleo generacional de escritores con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera?

—En este renglón tengo muchas dudas; no puedo tener clara esa visualización, siento como si no encajara correctamente en ninguna generación, como si fuera un outsider, también he pensado que estoy haciendo quizás algo completamente diferente, no sé si complicado, obtuso o contrario al gusto de mi tiempo, o que no estoy yendo por dónde van los tiros, espero no estar “quedao” o fundido; en el mejor de los casos quisiera que mi obra sea realmente complementaria con el trabajo de mis amigos del gremio, que son la mayoría excelentes poetas y además célebres, con quienes he compartido aquí en Puerto Rico, aunque debo decir que estoy bastante retirado del mundanal ruido. Suplo ese retiro o alejamiento con el mundo virtual, donde tengo muchos contactos con artistas locales y extranjeros con quienes nos mantenemos al día y celebramos la poesía.

—¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo dentro y fuera de Puerto Rico, y la de sus pares, bien sean escritores de poesía u otro género?

—Aquí también se me aturrulla el contestar, uno lanza sus botellas al mar y nunca sabe si alcanzan algunos ojos en alguna orilla; la poesía puede ser atemporal, el ser humano no ha cambiado mucho en tantos siglos; a veces se escribe para el futuro, otras para el ingrato olvido, hay poetas obviados por su época y luego en otro tiempo resarcidos. Dentro y fuera de Puerto Rico no he notado recepción alguna, tengo siete poemarios en la calle muertos de miedo y frío, ningún eco ha resonado cuando he lanzado mis pedruscos contra el seto (por eso me sorprendió gratamente tu invitación a esta entrevista). Ni una reseñita, si alguna, ha sido al haberla rogado con mis propios labios. Hasta para la contratapa he tenido apuros. Mantenerse libre y fiel a uno mismo puede ser parte de esa no recepción, aunque sabes que son horribles tiempos para la lírica, cada vez se lee menos poesía y no quieren publicarla, no es rentable, pero nunca lo ha sido, sin mecenas o patrocinadores siempre fue cuesta arriba, tampoco existen eficaces canales de distribución que mueva su producto, es necesario que el poeta se encargue de hacer ese trabajo enojoso y yo tan vagabundo, hasta ahí llegué, mi santo. Si estuviera al menos en la academia, sería quizás otro el cantar, pues te invitan a congresos y ferias, que también se me hace cansino, pero se hacen contactos y se airea el grano y se comparte el fruto. No se enseña en las aulas la poesía, es más lo que se la desprecia y minimiza que lo que se la estima, es el patito feo del cuento… Pues sí, encima de todo eso, vivimos tiempos feroces y de barbarie rampante, sólo mira alrededor y te será obvio y comprensible. Afortunadamente, con mis pares he tenido mejor recepción aunque, comprenderás, todos tienen su agenda llena, moviendo y encarrilando sus propios trabajos, sus múltiples asuntos. Pero es importante trabajar lo que uno quiere y sabe, el listón hay que mantenerlo alto y no hacer chapuzas ni contaminarse con banalidades por ganarse un público.

Allá me acosaban por americanito y cuando llegué aquí por españolito, me sentía como the man of nowhere.

—Sé que es usted de San Sebastián, Puerto Rico. ¿Se considera un autor puertorriqueño o no? O, más bien, un autor de literatura, sea ésta puertorriqueña o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?

—Te cuento una anécdota y un sentimiento. Efectivamente, nací en San Sebastián del Pepino en 1954, una comadrona asistió en el parto, consta en mi partida de nacimiento, mi madre es gallega de Santiago de Compostela y mi padre boricua, pepiniano. Me crie en Salamanca desde los dos años hasta los catorce, mi viejo no tenía prisa (risa) en terminar su carrera de medicina, allá me acosaban por americanito y cuando llegué aquí por españolito, me sentía como the man of nowhere, un hombre de ningún sitio. En Salamanca la diáspora estudiantil puertorra había creado el círculo cultural puertorriqueño, que mantenía nuestras costumbres y tradiciones desde la música hasta nuestros platos típicos, lo cual, debido a esos tenues (por la distancia) lazos, significó saber un poco cómo era mi nación. Me costó bastante esfuerzo al llegar a este tórrido trópico esa transición, a esa edad y en plena pubertad, fue un desarraigo y un panorama radicalmente distinto; debido a ese esfuerzo de adaptación que tuve que enfrentar no puedo, ni quiero, eludir esa identidad que tanto me costó descubrir y ganar, con todo y sus duros claroscuros y contradicciones históricas. Se empieza por la casa de uno, pero claro, como dijo Diógenes, soy ciudadano del mundo y añado nada humano nos es ajeno.

—¿Cómo integra su identidad étnica y de género y su ideología política con o en su trabajo creativo?

—Yo no puedo prescindir de lo que soy, hago y pienso en mi trabajo creativo. Aunque uno pueda asumir múltiples voces o personas. No me gusta hacer concesiones ni censurarme. Si hay cosas brutales que expresar tal vez busco la forma mejor de expresarlas por no ser excesivamente urticante. Pongamos que soy omnisexual, caribeño, blanco y sesudamente anarquista. La verdad es necesaria. A veces hay que dorar la píldora, dicen, pues no sabe buena, pero yo siempre me salgo con la mía. Eso de pasar despacito por temas complicados o peliagudos conmigo no va. Ser uno no tiene que ofender a nadie. Y creo que son cuestiones que se notan y no hay que justificar y tampoco explicarlo mucho. Pienso que quien uno es va en mi obra, no me parece posible no ser parte como origen de ella.

—¿Cómo se integra su trabajo creativo a su experiencia de vida? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritor hoy?

—Son dos realidades que no pueden disociarse nunca, se retroalimentan, mi obra chupa de mi vida, se nutre de mis lágrimas y risas, de mis exploraciones, lecturas e iluminaciones, de mis sueños, de mis fracasos y de mis luchas. El hábito no hace al monje, pero se le escurren las hostias y se le notan las costuras.

—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?

—No mucha diferencia en cuanto a la recepción del público, aunque noto cierta apertura favorable, tanto da la gota en la piedra… Y alrededor existe un crecimiento notable de la conciencia literaria y cultural. Contra toda la hostilidad sistémica hacia la poesía surgen aquí y allá editoriales alternativas (gracias a lo cual he publicado mis últimos libros, con La Secta de los Perros y con Editora Educación Emergente que fueron entusiastas y muy receptivos a mi trabajo), proyectos literarios de envergadura, gran efervescencia creativa, buenas voces nuevas y fértil poesía. Se batalla por una visibilidad de Puerto Rico en el espacio que le corresponde en las letras caribeñas, hispanoamericanas y angloamericanas, pues la diáspora que habla inglés también lo escribe y existe robusta y entusiasta. En este panorama de apertura y esfuerzos colectivos la recepción de mi obra ha sido más fecunda. La temática no ha cambiado, se amplía, reverbera y además he mejorado el alcance de atisbos y sustancialmente el pulso.

—¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?

—Tengo un nuevo poemario, Nublado con probabilidad de aguaceros, que parece interesante, ya fracasó en par de intentos cuando lo sometí a sendos certámenes prestigiosos que facilitaban edición en reconocidas editoriales, y platica buena (perdonad la vulgaridad, a veces soy mortal [risas]). Pero nada, no es fácil, seguiremos intentando y editando ad aeternum, mientras continuamos con otro cuadro y nuevos poemas en este telar de hilvanar palabras, historias y sueños hasta que nos aguante el cuerpo.

Wilkins Román Samot

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