
Sus ojos han estado en muchas alturas y también en insospechadas profundidades. Ha visto París desde las vigas de la torre Eiffel. Ha transitado por varios lugares del planeta buscando imágenes vitales, conmovedoras, emocionantes, que terminan siendo de alguna utilidad para el alma. Él retrató los espíritus sobrevivientes de Fukushima. La tragedia causada por un terremoto, un tsunami y 54 reactores nucleares a punto de catástrofe. Ciudades abandonadas, evacuadas, miles de muertos.
Ahora desea fotografiar la piel que no soporta el paso de la luna llena, una piel que se pudre ante esa bella luz. Pero: ¿existe algo así? ¿Puede la luna ser fatal?
Hay niños que heredan una rara enfermedad: el sol los mata literalmente. Y ya se sabe: la luz de la luna es un reflejo de las llamas solares.
Esa rara enfermedad es una herencia. Quienes la sufren heredan la imposibilidad de salir a la calle durante el día. Tienen que aceptar la noche como hábitat. Incluso, deben esconderse si hay luna llena porque esa luz también les deja la piel en carne viva y a veces les desprende los cartílagos de la nariz.
Son los niños que sufren de una enfermedad genética: la xerodermia pigmentosa, imposible de curar por ahora. La radiación ultravioleta del sol les causa ampollas, cáncer de la piel, costras. Padecen aislamientos como los que apartaban hacia la soledad de la muerte a los leprosos, a los lazaretos.
Esos niños que han heredado la xerodermia pigmentosa son conocidos como “los niños de la luna”. Y en estos tiempos hay un fotógrafo percibiendo el gran dolor, el enorme drama de estos seres. Este fotógrafo que desea mostrar a cabalidad todo lo que sucede con ellos es Carlos Ayesta hijo. Sus series fotográficas son una revelación. Carlos Ayesta hijo vive en París. He tenido el privilegio de conocer sus fotografías y de conversar con él.

Carlos Ayesta padre, Carlos Ayesta hijo
El profesor Carlos Ayesta es el jefe del Laboratorio de Fotografía de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela. Un laboratorio que fue fundado por el maestro de la fotografía venezolana Carlos Herrera.
Todos los días pongo sus fotos en Instagram y Facebook para que la gente lea mis poemas: sus fotos atraen miradas. Cada una de sus fotos contiene muchas historias. Y le agradezco profundamente que me las preste.
Carlos Ayesta ama la fotografía desde la niñez. Su segundo amor siempre fue salvar vidas. Estuvo entre los fundadores del grupo Rescate Venezuela. Hizo paracaidismo, era rescatista. Pero la fotografía copó su existencia.
Carlos Ayesta es serio, concentrado, le gusta apartarse, detesta figurar. Tiene un hijo llamado Carlos Ayesta y ese hijo también es serio, concentrado y le gusta apartarse de todo bullicio. Nadie debe sorprenderse: es fotógrafo como su padre. Y ha realizado una carrera propia en Francia. Desde que vi sus fotografías y conocí la calidad de sus andanzas quise entrevistarlo. Para lograrlo me sirvió de puente su padre, mi amigo de aventuras fotográficas-poéticas.
Carlos Ayesta hijo es un fotógrafo joven que verdaderamente ha puesto su nombre entre los grandes fotógrafos de varios continentes. Lean algunos datos sobre su persona:
Carlos Ayesta, nacido en Caracas, Venezuela, en 1985, trabaja como fotógrafo independiente en París, entre otras cosas en el seguimiento de obras y la fotografía arquitectónica. Miembro del estudio Hans Lucas desde 2015. En 2017 ganó el prestigioso Premio Descubrimiento en los encuentros de Arles, con su trabajo artístico en torno a Fukushima.
Hans Lucas es un estudio de producción dedicado a la fotografía. Desde 2006, su actividad se ha centrado en la producción de vídeo y multimedia, así como en la distribución de las obras de seiscientos fotógrafos a través de una plataforma de colaboración. HL apoya el surgimiento de la escritura contemporánea y crea sinergias a través de las fronteras disciplinarias. Es un colectivo abierto que invita a autores y artistas, emergentes o reconocidos, a trabajar juntos.
He pasado horas viendo sus fotografías, y no es difícil decir que su visión es acentuadamente propia, muy personal: como si soñara con la cámara. Es uno de los fotógrafos más avanzados y originales de estos tiempos. Tengo la impresión de que si no encuentra lo que busca en una imagen se retira fastidiado a un rincón oscuro del universo y se lanza a meditar hasta que percibe una solución. Es muy subjetivo lo que digo, pero Carlos Ayesta hijo es tan carismático y misterioso como su padre.
Ha fotografiado París y ciertos ángulos desde la propia torre Eiffel. Lean estos otros datos:
Carlos Ayesta trabaja en Epadesa desde 2013 realizando trabajos arquitectónicos sobre cuerda densa, y continúa colaborando con el establecimiento para proyectos de seguimiento de obra y fotografía arquitectónica. También es fotógrafo oficial de Epaps, desde hace más de tres años, en el marco de las obras del nuevo centro científico París-Saclay. Evolución de las obras, vistas desde las grúas, operaciones especiales. Carlos se formó en el trabajo con cuerdas, lo que le permitió un acceso excepcional y ya ha tomado fotos desde la torre Eiffel, en el Louvre, desde la cúpula de Los Inválidos, (Hôtel National des Invalides).
“París es un laberinto extraordinario”
—¿Cómo llegaste al tema de las fotografías de altura?
—Siempre me ha gustado estar guindado en una cuerda, comencé a escalar a los doce años de edad en Caracas y desde entonces no he parado; ahora vivo al frente de una montaña. Cuando llegué a París, trabajé durante cinco años en trabajos verticales en los edificios parisinos; me pareció natural desarrollar un proyecto sobre el tema, simplemente me forcé a fotografiar lo cotidiano o lo que había visto.
—¿Cómo llegaste al tema de las fotografías que parecen remansos misteriosos?
—Si hablas de fotografías de montaña, son la prueba, más que nada, de ir un poco más allá de la claridad de lo digital, también de mostrar el movimiento frenético y lo inútil que puede llegar a ser esquiar.
—¿Cómo definirías París desde tu mirada de fotógrafo?
—Para mí, París es un laberinto extraordinario, es una ciudad enorme, con mucha densidad humana. También es el epicentro mundial del arte y la cultura, es el mejor lugar para enriquecerse artísticamente.
—¿Qué es lo que más te emociona de la fotografía?
—Hacer un proyecto y reflexionar durante las tomas, conocer personas y realidades diferentes. Al final me importa menos hacer las fotografías, el conjunto es lo que me importa, el acto fotográfico menos, la experiencia mucho más.
—¿Qué es lo que se te plantea de ahora en adelante en la fotografía?
—Me gustaría hacer un proyecto sobre los “niños de la luna”, se trata de niños que tienen una enfermedad genética muy rara, de hipersensibilidad a los rayos ultravioleta. No pueden salir a la calle sin protección solar, parecen astronautas con los cascos que llevan, sólo pueden salir en la noche (sin luna llena, a pesar de como los llaman). Deben tener una manera de ver el mundo muy diferente, como los ciegos. Me gustaría intentar representar estas realidades diferentes.
“Sin la imaginación no se puede crear”
—¿Cómo influyó el oficio de tu padre en tu decisión de ser fotógrafo?
—Cuando era niño, me gustaba escuchar las charlas de mi padre en la universidad, me escondía detrás de una escalera para que no me vieran sus alumnos, es un muy buen orador, siempre contaba historias fabulosas relacionadas con el arte en general. También me encantaban sus cuentos imaginarios en la casa; los que más me gustaban eran las aventuras de Ulises moderno en el espacio. Estos relatos tenían mucha fantasía e imaginación. Creo que fue eso lo que influyó en mí; sin la imaginación no se puede crear.
—¿Cuál fue tu primera cámara? ¿Y tu primera foto?
—Una cámara 24x36 no sé qué modelo que me prestó mi padre. Hice unas fotos de paisajes en una hacienda, en donde se ven unos árboles con neblina. Días después, mi padre hizo las copias y me las regaló, fue toda una sorpresa ver el resultado. Hoy no nos damos cuenta de la sorpresa que suscita ver el resultado días después. Me acuerdo más de ese momento que de haber tomado las fotos.
“Una imagen natural no existe”
—¿Qué es lo más importante que has aprendido sobre la fotografía y la imagen?
—Que hay multitudes de maneras de ver, la imagen no puede sintetizar todo, lo importante es lo que representa para uno mismo.
—¿Cuál es el tema que más te interesa hoy en día?
—Me gustaría experimentar algo más “artístico”, utilizando procedimientos antiguos, como el cianotipo, el paladio o el fotograbado, hacer algo más abstracto, como esculturas; estoy cansado de la fotografía comercial y el numérico.
—¿Blanco negro o color? ¿Qué te resulta más expresivo o importante?
—Sin duda los dos me parecen igual de expresivos, todo depende de los temas. Los dos son artimañas, pero el blanco y negro me parece más real de lo que parece, permite concentrarse en la luz, el color tiene mucha información.
—¿Cuál fotógrafo te ha impresionado más?
—Muchos; de los que me acuerdo ahora, el italiano Alex Majoli, con su proyecto “Teatralización y realidad”, su exposición en Arles me dejó boquiabierto. Sus fotos son magníficas y sus copias son impresionantes; hay más verdad en sus fotos que en cualquier foto actual sobre migrantes. Duane Michals es otro fotógrafo que me gusta mucho, por su sinceridad, simplicidad, sin nada de espectacular, es el Dalai Lama de la fotografía.
—Ahora que todo el mundo carga una cámara en el teléfono, ¿qué ocurre con la fotografía, con la imagen, con el fotógrafo profesional y su arte?
—Desde el punto de vista de la imagen o del fotógrafo no creo que ocurra gran cosa, o me da igual. Desde el punto de vista societal o informativo, me parece que es un desastre para la humanidad, estamos invadidos por imágenes y las personas reflexionan cada vez menos. Hoy en día debemos redoblar la vigilancia, las imágenes son creadas por cualquier persona, circulan de manera arbitraria y sin ninguna ética.
—¿Qué diferencia establecerías entre una imagen natural, que está enfrente de tu cámara, y una imagen que tú intervienes?
—Ninguna diferencia desde mi punto de vista, puesto que una imagen natural no existe; el hecho de ver y encuadrar con la cámara ya es intervenir. Una imagen natural (documental) o intervenida puede decir exactamente lo mismo. En el cine, por ejemplo, si vemos un documental o una ficción sobre un mismo tema, ¿cuál es el que representa mejor la realidad? Los dos, diría yo, lo importante es la sinceridad del creador y cómo se maneja el tema. En mi caso me gusta mezclar los dos, como los retratos que hice en Fukushima; las personas son reales, los lugares también, pero es una puesta en escena, una ficción, el conjunto debe dar a reflexionar, poco importa si la imagen fue intervenida.
—¿Qué autores has leído que te hayan impactado, interesado o conmovido en estos tiempos?
—Últimamente libros sobre el alpinismo, como el libro Los conquistadores de lo inútil o Alimentar a la bestia, son libros más bien de filosofía; la montaña nos enseña mucho sobre la vida, cómo ponerse a prueba y llevar la resistencia física y mental al límite, pero sobre todo nos enseña la humildad y el compañerismo.
—Por dentro, una parte de ti ¿se convierte en cámara?
—En realidad no creo que sea fotógrafo, no veo las imágenes de manera “mecánica”, simplemente veo las cosas tal como me parecen, así de simple.
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