
Ángel M. Díaz Miranda es poeta, editor y docente-investigador de Literatura Española y Latinoamericana en Hollins University, Virginia, Estados Unidos. Obtuvo su doctorado en Emory University, Georgia, Estados Unidos. En 2014, fue becario Andrew W. Mellon en Agnes Scott College, Georgia. Su investigación se centra en la poesía y literatura contemporáneas mexicana y chilena, así como en sus relaciones con la violencia, el trauma y la memoria desde el Modernismo hasta la actualidad. Ha publicado artículos en revistas sobre el poeta mexicano Octavio Paz, el surrealismo y el trauma; la toma fantasmagórica de la voz poética de Leopoldo María Panero por parte de su padre Leopoldo Panero, y sobre el vocabulario visual compartido del director de cine Alfonso Cuarón y la fotógrafa coreano-americana Miru Kim, como una manera de cuestionar las estéticas del apocalipsis. También ha presentado su trabajo en Estados Unidos y otros países. Él ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.
Hace poco publicó usted Escala Richter (2024). ¿De qué trata dicho poemario? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo?
Para mí es importante que los procesos creativos en los que me sumerjo ahonden en las repercusiones de la historia de Puerto Rico, por medio de la memoria, sea ésta personal o comunal o una combinación de ambas. Escala Richter entonces surge o emerge de la secuencia de enjambres sísmicos que sacudieron el sur de Puerto Rico entre 2019 y 2020. Surge también de mis recuerdos de la niñez. Mi familia pasaba los veranos de mi infancia en la zona del suroeste. Regreso a ella, adulto, y en compañía de mi compañera Érika, tras la muerte de mi padre. Confieso que no sabía qué buscaba o si llegar allá era parte del duelo: una excusa para trazar algo que no entendía bien y que culminaba un ciclo de vida.

En Escala Richter experimento con la forma y el contenido para pensar, precisamente, en los fragmentos del poema como una secuencia de temblores, escapes y rupturas. Tanto así que los versos sueltos (muchos de ellos endecasílabos), las imágenes y las fórmulas matemáticas se establecen como aristas entre la memoria personal de abandono, sufrimiento, impotencia por y con los problemas de nuestra historia reciente. Intenté lograr un efecto de escombro y silencio en la arquitectura del poema. El poema-libro se interrumpe a través de una estética de la ruina y también por medio de elementos biográficos de las vidas de los científicos Charles Richter y su profesor y colaborador, Beno Gutenberg. Además, creo establecer una función alegórica que pretende cambiar las perspectivas del lenguaje científico y mnemotécnico a través de la poesía y la evocación personal. Escala Richter fusiona las experiencias de una voz poética fantasmática entre los escombros sociales y políticos del Puerto Rico intra y postraumático del huracán María, la época colonial “tardía” y los temblores del sur de la isla grande.
¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a Escala Richter y su trabajo creativo-investigativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño y su memoria personal de lo caribeño dentro de Puerto Rico y Estados Unidos?
Durante mucho tiempo estuve en una suerte de silencio autoimpuesto. No publicaba poesía. Sólo la escribía como ejercicio personal y no la compartía más que con mi compañera Érika y algunas amistades. Mi silencio fue parte de un exilio autoimpuesto, de obligarme a vivir en Estados Unidos lejos del barrio Asomante en el que me crie. En 2014, ya asentado y con seguridad laboral como profesor, decidí diseminar mi trabajo creativo otra vez. Tuve la suerte de ganar el segundo lugar del Premio Guajana de poesía novel. Luego el Instituto de Cultura Puertorriqueña aceptó uno de mis manuscritos de poesía, Catálogo de inconsistencias, en 2017, pero aún en 2024 continúo esperando su publicación. De ahí surgió la oportunidad de fundar y dirigir Distrópika junto a Margarita Pintado y Juan Carlos Rodríguez. Como académico investigo la tradición poética moderna y contemporánea de México y la novelística de Chile. Creo que es claro que decidí incorporar en Escala Richter procedimientos de las literaturas de los países que investigo y que tomo de sus dispositivos formales para recomponerlos y difundirlos desde una perspectiva invariablemente puertorriqueña, aunque viva en la diáspora hace más de veinte años. Escala Richter también se ancla en una experiencia de desolación que es muy caribeña pero especialmente puertorriqueña. Es el desafío de vivir a la intemperie dentro del desastre, y seguir.
Si compara su crecimiento y madurez como persona, docente, investigador y escritor con su época actual, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?
Mi vida ha sido signada por varias tragedias y por alegrías profundas. A mí me parece que no habría podido escribir Escala Richter si no hubiese pasado por un proceso de maduración personal y creativa que tardó muchos años. Cuando joven publiqué muy rápido y luego nada, no se me tomaba en cuenta porque, ahora entiendo, esos poemas juveniles no estaban listos, y decidí dejar de escribir. Entonces me enfoqué en la universidad y en publicar trabajos académicos. Gran parte de mi investigación es guiada por un interés genuino en la teoría del trauma (psíquico y recientemente físico) y los estudios de la memoria como fenómeno personal, social y cultural. Ahora ese interés se filtró en mi poesía de una manera bastante orgánica.
¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de docentes, investigadores y estudiantes con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico, Estados Unidos y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer de docente e investigador y su trabajo escrito de interés y cruce entre Puerto Rico, América Latina y el Caribe?
Tuve la oportunidad de estudiar con compañeros como Urayoán Noel y Lena Burgos en una clase de filosofía y literatura que impartía Esteban Tollinchi en Río Piedras. Casi nunca llegaba porque era a las 7 de la mañana y yo era barténder y salía tardísimo de trabajar. En Cayey estudié bajo Rafael Aragunde. Fue el primer profesor que me hizo pensar más allá de lo que yo creía posible. Mi generación no es mi generación porque siempre fui un poco marginal. No encontraba grupo y no publicaba en revistas. Estuve moviéndome mucho entre universidades. Trabajaba en restaurantes y no podía ir a lecturas. Ahora mi trabajo académico se centra en México especialmente, así que es difícil hablar de un núcleo porque serían más bien de otros países, no de Puerto Rico. En la poesía es diferente. Creo que mis afinidades poéticas en Puerto Rico son con poetas como Roque Salas Rivera, Mara Pastor y mis cómplices Margarita Pintado y Juan Carlos Rodríguez. Todos son menores que yo menos Juan Carlos. También le debo mucho a Eddie Ortiz-González, un poeta nacional un poco mayor que yo. Él también me instó a seguir escribiendo cuando pensaba que debía dejar de ser poeta y sólo ser crítico.
Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en México, América Latina y el Caribe en y desde Estados Unidos. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico, Estados Unidos y fuera, y la de sus pares?
Mis más recientes trabajos de investigación se publicaron en el International Yearbook of Futurism Studies y en A History of Mexican Poetry de Cambridge University Press. En el primero escribo, junto a mi gran amigo Claudio Palomares, de Queens University en Ontario, sobre las influencias del futurismo italiano en un grupo marginal de poetas mexicanos de los 70 que se hacían llamar “infrarrealistas” o “infras”. El grupo era liderado por el ahora famosísimo Roberto Bolaño, quien era un pésimo poeta en su juventud, y por el poeta, mucho más talentoso, Mario Santiago Papasquiaro. El segundo capítulo es un ensayo sobre cómo Octavio Paz funge como motor y dimensiona las instituciones de la poesía en el México moderno. Explico cómo Paz se hace una fuerte presencia modeladora para la cultura literaria y artística de la república. Ambos trabajos han sido bien acogidos por mis pares acá en Estados Unidos, en México y en Europa. En Puerto Rico se leyó bastante una corta reseña sobre el trabajo del poeta Eddie Ortiz, pero creo que como académico-investigador soy más leído afuera que dentro de nuestro archipiélago.
En torno a mi trabajo creativo: creo que Escala Richter está dando de qué hablar entre mis pares, poetas puertorriqueños que admiro por ser una propuesta de algún modo “novedosa”, aunque no me gusta usar ese adjetivo (tampoco me gusta “experimental”). Creo que sería fácil trazar contactos y líneas de fuga entre mi trabajo y los de Che Melendes, Giannina Braschi, Roberto Net, José María Lima, Mara Pastor, Roque Raquel Salas, Sandra María Esteves y Pedro Pietri, entre otros.
Sé que es usted de Puerto Rico. ¿Se considera un autor puertorriqueño o no? O, más bien, un autor caribeño, sea éste puertorriqueño o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?
Casualmente unas horas antes de recibir sus preguntas había escrito en las redes: “Soy poeta puertorriqueño. Carajo, se siente bien escribirlo (y decirlo)”. Soy un poeta aiboniteño que fue influenciado por las tradiciones poéticas de México y Chile, con las que creo estar más alineado. Pero eso no quita que sea, y me sienta, poeta puertorriqueño a pesar de haber vivido fuera del archipiélago por tanto tiempo. En realidad, yo soy un poeta aiboniteño y eso conlleva saber que si te posicionas del lado de la trinchera de Asomante vas a ver siempre el Caribe.
Cuando yo llegué a Estados Unidos me sentía y me entendía de Asomante, más que aiboniteño, más que puertorriqueño, más que caribeño. Pasé mucho tiempo trabajando en restaurantes de alta cocina con gente de todas partes del mundo. Vivía en New Haven, Connecticut, y leía poesía latinoamericana obsesivamente. Creé mi propio canon porque había dejado de estudiar. La poesía me llamaba desde otras coordenadas que no eran ni puertorriqueñas ni caribeñas, aunque siempre he sido y siempre seré puertorriqueño. Ahora entiendo que soy un puertorriqueño anacrónico y un poco melancólico. Mi acento y mi jerga son los de los muchachos de Aibonito y Cayey de mediados y finales de los 90, no los de hoy día. Soy el fantasma de ese yo posible que nunca partió de Puerto Rico o quizá el fantasma es aquel que nunca pudo regresar. Es esa sensación de espectralidad la que me hace afianzarme en la memoria como campo de la experiencia poética, aun si es un campo minado por el olvido.
¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política con o en su trabajo creativo-investigativo y su formación en Puerto Rico y fuera?
Acerca de la construcción de mi género: soy un hombre cis que lleva años tratando de dejar de ser machista. Intento diariamente desechar conductas aprendidas de mi cultura y de la de la cultura en la que vivo. Estados Unidos es una nación supermachista también, como o más que cualquiera de Latinoamérica. Incluso el colonialismo es también machista, misógino y violento. Soy independentista melancólico desde los trece o catorce años cuando Wilda Rodríguez, quien era maestra de arte en Cayey y es la mamá de mi mejor amigo, me dio unos libros sobre Albizu y los movimientos independentistas. Meses después visité Vieques por primera vez y me reafirmé en la convicción de que Puerto Rico debe ser independiente. Acá en Estados Unidos aprendí a ser parte de una minoría étnica, una “person of color”. Vi la otra cara de la colonización, su parte interna, su racismo, su recreación de y en el poder. Mi trabajo académico no se relaciona con Puerto Rico, pero en mi trabajo creativo creo que es evidente que me gustaría que mi país fuera soberano e independiente.
¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras su paso por la Universidad Estatal del Sur de Connecticut? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de docente, investigador y escritor en Estados Unidos hoy?
Me formé en Puerto Rico pero siento que soy el fantasma del puertorriqueño que se pudo haber quedado en Aibonito, mi pueblo. Le cuento, yo pasé por varias universidades en Puerto Rico antes de terminar en SCSU. Estudié en Mayagüez, varias veces en Río Piedras y casi termino el bachillerato en Cayey. Trabajaba en restaurantes. En el Ritz de Isla Verde era mesero, luego fui barténder en El Picoteo del hotel El Convento y después en Ostra Cosa, cuando era en la calle del Cristo. Yo me fui a Estados Unidos por dos razones: me secuestraron en la calle Andalucía de Puerto Nuevo y mi tío acababa de perder a su hijo mayor. Mi primo Paúl tendría veintisiete o veintiocho años cuando sufrió un ataque fulminante al corazón. Mi tío y yo compartimos penas y nos acompañamos. Terminé a duras penas en SCSU y de ahí pasé a trabajar de maestro de español y matemáticas (educación especial) en una escuela intermedia. Después pasé a un periódico hispano que ya desapareció. En SCSU tuve un mentor, el profesor Rafael Hernández, que me vio potencial y me alentó a seguir estudiando. Cuando vi que el periódico iba mal, solicité ingreso a la maestría del departamento de español en UConn. Encontré que podía hacer de todo menos dejar de pensar en poesía. Sabía que no había vuelta atrás, iba a dedicar mi vida a estudiarla, aunque yo mismo no publicara.
Me he dado cuenta de que forjar una voz propia requiere estudio, dedicación y mucho tiempo de meditación, además, claro, que de buenas amistades y mi compañera, que me reta intelectualmente y tras que eso me ama. Creo que soy un buen poeta porque aprendí a dejar marinando el trabajo y a editar y cortar con dureza.
¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?
La verdad es que no sé. No creo que sea muy conocido como poeta ni como investigador en Puerto Rico. Ahora mis pares puertorriqueños han empezado a conocerme por mi labor en Distrópika y por Escala Richter. La mayoría de mis publicaciones son en revistas fuera de Puerto Rico. En México mis propuestas creativas han sido muy bien recibidas, especialmente en Michoacán (el estado natal de mi compañera), Toluca, Querétaro y Ciudad de México. Mi trabajo investigativo es citado frecuentemente, pero no soy líder en el campo. Digamos que soy un trabajador de la poesía y laboro porque me interesa que su estudio se disemine.
¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?
Estoy trabajando un texto que cerraría “el ciclo del derrumbe” que comienza con un libro inédito, Leptospirosis, y continúa con Escala Richter. “El ciclo del derrumbe” es uno de los versos de Escala Richter, pero también el título que le dio Néstor E. Rodríguez a su reseña y selección de fragmentos para Claridad. Verlo en el periódico me confirmó el deseo de pensar los libros como parte de un conjunto. Espero que Leptospirosis se publique el año que viene y el siguiente proyecto, que tiene que ver con el espacio y aún no tiene título, unos seis meses después.
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