
Divagando
A veces me quedo abismado mirando fotografías: una venta de aguacates; una pared con un letrero interrumpido por afiches y alguna persona atravesada como huyendo de una persecución adentro de una foto. Pienso en las imágenes que entre un día y otro salen de la cámara de Jorge Gómez Jiménez revelando su deambular por la Caracas de este tiempo. Con esas imágenes siento a Jorge caminando por La Candelaria. Invento que lo encuentro y hablamos. Por sus fotografías rememoro su escritura. Es un placer.
Roberto Echeto, con quien no tengo amistad, vive en Bogotá y también me conmueve y me regala muy buenos momentos cuando encuentro alguno de sus escritos. Pienso que camino por Bogotá y de repente coincidimos en alguna exposición o en alguna venta de libros usados y hablamos de algún libro que nos haya hecho coincidir en el gusto y el tiempo literario. La escondida espada de su escritura parece de oro cuando corta con un tajo la mediocridad. Y eso me hace retornar al Quijote. Y es un placer presentir que Bogotá podría ser una Dulcinea metafísica.
Hace tiempo que no hablo con Jorge, pero veo sus fotografías de La Candelaria y me siento jubiloso, como si caminara por ahí y pudiera encontrarlo y decirle: “Te voy a enviar otra entrevista” y sé que no me preguntaría a quién entrevisté porque nunca lo hace. Divago, pierdo tiempo, afectado por la desaparición de tantos amigos. Vacilo, trastabillo, no me concentro. Ya no es una cosa de amigos escogidos por la muerte al azar: es una generación en vías de extinción.
Hace tanto frío que me puse una camisa sobre dos franelas y un suéter encima de la camisa y después me dediqué a leer un rato, haciéndome el loco, porque el frío es de los que dan sueño, pero si duermo en el día entonces la noche se pone más lenta que viajar catorce horas en un avión.
Ahora he tenido un buen instante: encontré un destornillador mínimo para ajustar los tornillos microscópicos de los lentes. Cada tanto tiempo se me dañan los anteojos.
Jorge se sorprenderá cuando le diga que le hice una entrevista corta a Roberto Echeto. Porque Roberto escribe en Letralia también. No sé si todavía escribe ahí, pero yo lo leía en Letralia. Y Roberto Echeto es un personaje tan interesante que cuando le diga “entrevisté a Roberto” no me va a creer. Los tres estamos flotando en un universo donde no nos vemos: nos imaginamos.
Uno de mis mejores entretenimientos es buscar escritos de Roberto. Es un vicio. Lamento no tener todos sus libros. En Letralia leí un ensayo que escribió sobre el dibujo y desde el inicio abre puertas señalando que el dibujo “más que un oficio es una forma de pensamiento, un sistema de expresión paralelo al código lingüístico”.
Creo que podríamos formar equipo quienes tenemos el vicio de coleccionar escritos de Roberto, cuya puntería recomendando lecturas es insuperable.
Ahora sí me voy a dedicar a esa entrevista. Mañana le diré a Jorge para que esté pendiente porque a veces envío materiales que no llegan. Mi computadora es tan sensible que cuando llueve y empiezan los rayos y los truenos, se apaga y revela que soy cero tecnología: me borra todo lo que escribo.

Roberto Echeto
Todos los versos y toda la música son promesas de la tierra prometida, la cual no existe, decía Marina Tsvietáieva, una de las poetas que he leído con más fervor.
Cuando leo esa frase de Marina se me vienen a la mente las ideas de Roberto Echeto, su modo de ser como artista y como escritor.
Marcel Duchamp, hablando con Pierre Cabanne, dijo algo que lo define sabiamente y creo que también podría escribirse en una postal que se enviara —afectuosamente— a un creador como Roberto Echeto:
Me gusta más vivir y respirar que trabajar. No considero que el trabajo que he realizado pueda tener en el futuro ninguna importancia desde el punto de vista social. Así pues, si usted quiere, mi arte consistiría en vivir; cada segundo, cada respiración es una obra que no está inscrita en ninguna parte, que no es ni visual ni cerebral, y sin embargo, existe. Es una especie de constante euforia.
Para que un artista realice lo que se propone debe, por supuesto, estar vivo y saber disfrutar la excitatriz existencial que pone en marcha la respiración. Y todo debe poder decirse, escribirse. Para aprender y disfrutar de la literatura hay que respirar profundamente y tal vez estornudar porque las alergias respiratorias se activan ante libros guardados quietamente, sean o no inmortales sus autores. La biblioteca es como un paraíso perdido, aun siendo tan fácil de encontrar.
Cuando alguien posee una intelectualidad evidente y definida como Roberto Echeto, puede parecer una redundancia entrevistarlo porque su obra ya lo dice todo, expresa su camino, su modo de andar y avanzar. Lo valedero es la obra y el entrevistado tiene una obra sólida que no requiere reconocimiento. Creo que la obra de Roberto Echeto será siempre una buena cosecha para el mañana.
Roberto Echeto es extraordinariamente distinto a todos los que escribimos con amor o sin amor por lo que hacemos: él es la voz de la navaja del barbero; conoce la puerta de la imaginación que atravesó Mary Shelley en el laboratorio de crear monstruos con voces esenciales. Él es una sabiduría que quizás se niega a serlo, una poesía que no desea ser nombrada. Pero su poesía es inevitable y creo que los auténticos lectores de poesía apreciarán sus logros. Sirvan estos versos para conocerlo y respetarlo como escribidor:
Ahí está, rota,
la ciudad rota,
el árbol quieto,
los edificios asfixiados
por el cuerpo del silencio,
ese animal de tentáculos
mudos y jamás tocados
que abarcan
nuestro mundo,
que es el único
que tuvimos
y conocimos.
Fotomontajes mínimos
(fragmento-página del libro de Roberto Echeto)
EUGENIO MONTEJO viste un traje gris muy claro, camisa blanca y corbata negra; lleva en sus manos una lámpara encendida y la escopeta para matar guacamayas que le regaló Alonso Arquímedes Future.
Eugenio Montejo viste un traje gris muy claro, camisa blanca, corbata morada y no calza medias ni zapatos; en una mano tiene una piedra negra y en la otra un pan redondo.
Eugenio Montejo viste un traje gris muy claro, camisa blanca y corbata verde. A su lado, y ante una grabadora, John Ford lee Los persas, de Esquilo.
Eugenio Montejo viste un traje gris muy claro, camisa blanca y corbata vino tinto; en una mano lleva un muñeco igual a sí mismo y en la otra una maceta con un cactus.
Eugenio Montejo viste un traje gris muy claro, camisa azul y corbata verde oscuro; sonríe porque se encuentra junto a Simonetta Vespucci, Margaret Atwood, Sara Jay, Herta Müller y Ernest Borgnine.
Eugenio Montejo viste un traje azul oscuro, camisa rosada, corbata verde y medias rojas. Una rubia anónima en shortcitos le entrega un mapa roído de Puerto Malo.
Eugenio Montejo viste un traje gris muy claro, camisa blanca y corbata negra; no nos mira ni nos sonríe; se mantiene atento al jabillo que le enseña el idioma de las espinas.
Algunos datos biográficos
Artista gráfico, productor de espacios radiales, docente y escritor. Roberto Echeto fue el ganador del Segundo Premio del IV Salón Pirelli de Jóvenes Artistas (1999-2000). Es licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello (1995).
Ha sido docente en historia del arte y expresión oral y escrita en la Asociación Prodiseño, en Caracas. Trabajó como redactor de La Brújula, semanario cultural editado por el Conac. Fue editor de publicaciones del Centro de Estudios y Promoción del Libro Infantil y Juvenil del Banco del Libro. Ha presentado dibujos y pinturas en diversas exposiciones en Caracas, en recintos prestigiosos como la Sala Mendoza, el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber y el Museo Cruz Diez.
Ha colaborado con ensayos, crónicas y artículos en distintas publicaciones periódicas de circulación masiva, como el diario El Nacional y las revistas EI Malpensante, de Colombia, y Letralia, de Venezuela. Ha publicado los libros Cuentos líquidos (1997), No habrá final (novela, 2006) y La máquina clásica (2011), y las compilaciones Barry White no es el único que sabe de amor (2007) y 70 años de humor en Venezuela (2014).
Su libro de cuentos Breviario galante tuvo recomendación especial del jurado del III Concurso Anual de la Fundación para la Cultura Urbana, y fue publicado en 2004. Luego, en 2015, fue el ganador del XV Premio Anual Transgenérico, de la Fundación para la Cultura Urbana, con la obra Maniobras elementales.
El arte que muestra de dónde viene
—Cuando ya nada te asombra, ¿no es el arte un modo idóneo para asombrar cuando ya nada te asombra?
—Cualquier idea es una versión o una variante de otra idea. El gran reto consiste en tratar de conocer el linaje, la línea, digamos, ascendente, de las ideas y las formas. El arte que me interesa, el que me parece luminoso, es aquel que muestra de dónde viene.
—Eres un artista consciente de que necesitas adivinar o saber lo que vendrá, ¿es algo así lo que buscas en el arte?
—Por ingenuo que suene, mi interés consiste en ayudar a diseñar el futuro; participar en la creación del porvenir, no tratar de adivinar cómo será el próximo desastre de improvisación generalizada.
—Eres un lector con quien coincido casi plenamente, un devorador de libros que a veces son como secretos ante la vista pública. ¿La lectura ha logrado que tu arte se incline más hacia la escritura?
—La lectura es un arte en sí mismo; el más sencillo y arcano. Con respecto a escribir, yo sólo tomo notas.
—¿Has notado que tu escritura se está convirtiendo en tu más elevada expresión?
—No comprendo la pregunta. La más elevada expresión es respirar.
—¿Has notado que la ironía es parte indisoluble de tu voz?
—La ironía no existe.
—¿Es tu poesía lo que más satisfacción te produce?
—Poesía en el sentido de “concebir”, “hacer”, “fabricar”, sí. Poesía en el sentido de poemas, no.
—El mundo —convertido en gente insensible— a veces se estrecha demasiado en torno a tu ser. ¿No es esa una de tus inquietudes como escritor, como artista, como poeta?
—Sí, pero no hay nada que hacer. El mundo siempre ha sido así. Los neandertales seguro tenían un susurro o una expresión que significaba lo mismo que dice el tango “Cambalache”.
—Una buena biblioteca ¿es como una madre para nacer de nuevo? ¿Es el verdadero paraíso?
—Una biblioteca no es una acumulación de libros en un espacio; es decir: una biblioteca no necesariamente es un asunto material. De hecho, creo que lo más importante de los libros es intangible. Así, podríamos asociar esa idea de paraíso librero que mencionas con amigos, conversaciones, recomendaciones, refutaciones, entusiasmo y amistad.
—¿Cómo te complementa o te ayuda la música hoy?
—Me incomoda oír música en teléfonos y televisores, de manera que ya no me acompaña tanto como antes. El silencio no necesita aparatos.
—La imaginación ¿no es la mejor esperanza que tenemos?
—La imaginación es el futuro desarmado (y sin instrucciones).
—¿Qué te satisface más en este tiempo?
—Seguir vivo.
—¿Dónde vives? ¿De qué vives?
—Vivo en Bogotá, Colombia. Vivo corrigiendo y editando libros.
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