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Fotomontajes mínimos, de Roberto Echeto

lunes 20 de diciembre de 2021
“Fotomontajes mínimos”, de Roberto Echeto
Fotomontajes mínimos, de Roberto Echeto (El Taller Blanco, 2021). Disponible para su descarga gratuita en la web de la editorial

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No se necesita una tela, un canvas, una pantalla o la destreza del cielo para imaginar, ir más allá de la corriente del río o de las tormentas del espíritu: Roberto Echeto crea, inventa microbiografías, montajes para filmar cortos y fondos blanqueados para imprimir el estilo o la libérrima existencia de los personajes que por aquí andan, ambulan, aparecen y desaparecen en un inteligente efecto de magia en el que la realidad no es nada extraña, pese a que —ah, esa incomodidad que provoca el talento— suele vernos desde las diversas perspectivas de la confusión. No, no se trata de decir que el extravío es una condición para no leer: se trata de que este libro de Echeto es tan diverso que aligerará en algunos lectores el desvarío, cosa buena si tomamos en cuenta que la ironía, el humor y esa aforística intención de no andarse por las ramas, no puede ni debe ser gratuita en este mundo.

Fotomontajes mínimos, publicado por El Taller Blanco Ediciones, en la colección “Comarca mínima”, en Cali, Colombia, en 2021, es un laboratorio de recreaciones, de sensaciones ilusorias, de combinaciones que nos ofrecen disímiles personajes que disfrutan el haber sido incorporados a este resumen de revelaciones. No es fácil entonces —para quien vive adosado a viejos argumentos— admitir la relación entre Duchamp y Andrés Eloy Blanco. Pues bien, Echeto lo logra en un juego que convierte a los sujetos en un juego de espejos, en una delirante decantación imaginaria en la que lector participa como un tercero que podría envidiar, no sólo al narrador, sino a los mismos personajes.

Se toma una fotografía de, por ejemplo, Marie Curie, y se la aproxima al grito de Munch. El resultado: la ironía, la metáfora de las proporciones (o desproporciones, también válidas), porque es bueno decirlo, no hay límites que detengan el aliento del dragón, por añadir que todos estamos en la candela cuando leemos estos textos del escritor venezolano que hoy traemos a esta crónica.

EDVARD MUNCH conoce como nadie el hielo.
Por eso el color de su voz se expande sobre las aguas
más allá del mundo.
La voz del grito no es biológica;
es metafísica
vertical.
El grito que se eleva
más allá del frío,
más allá del tiempo,
más allá del aire de los días,
hasta Encélado,
perdura,
a pesar de la oscuridad.

 

2

Y mínimos son. La pantalla grande le queda pequeña a estas elucubraciones. La tela para pintar es todo un paisaje que hay que forjar con los ojos bien abiertos. Se ve lo invisible desde este museo de estrategias que nos ofrece Echeto.

Intercalados poemas y narraciones. Poemas narrados y narraciones para pensar en poesía o en ciencia o regodeos de la diversidad cultural. Lecturas para entrar o salir. O para no retornar de las imágenes en las que el lector se siente envuelto.

¿Qué puede importar si se califica o ubica (sí, ubicar, por ser ubicuos) el estilo, el gracejo, el toque ficcional, surrealista (se sigue el empuje de un imaginario dinámico), imaginístico, metafórico, en resumen, creativo, de quien reparte sensaciones?

 

3

Que sean leídos en todas las personas gramaticales, pero más si los nombres representan el viaje, las peripecias creativas aquí aludidas en Marie Curie, Robert Fludd, Malevich, Chirico, Mingus, Munch, Eugenio Montejo, Mishima, Nemo, Eiffel, Coltrane, Borges, Cervantes, Calvino, el rampante Cósimo Piovaso de Rondó (mientras un Mustang se detiene, acelera y arranca), Dante, Miguel Ángel, Fellini, Braxton, Vasari, Cocteau y Lorca, Gregory Peck, Teresa Carreño y Cecil Taylor, Buñuel, Carlos Zerpa y José Gregorio Hernández, entre otros, en una danza verbal que no se limita, porque ser parte de textos cortos los extiende, los estira, los hace indetenibles.

EUGENIO MONTEJO viste un traje gris muy claro, camisa blanca y corbata negra; lleva en sus manos una lámpara encendida y la escopeta para matar guacamayas que le regaló Alonso Arquímedes Future.

(…)

Eugenio Montejo viste un traje gris muy claro, camisa blanca y corbata negra; no nos mira ni nos sonríe; se mantiene atento al jabillo que le enseña el idioma de las espinas.

 

4

Y luego, como si no bastara la tierra que nos soporta un rato, “El cielo portátil” en el que navegan las clases de palabras que a diario conjugamos para vivir en metáforas o en pesadillas, que a veces resultan tan pasajeras como algunos sueños y tentaciones.

Un sustantivo. Ningún adjetivo lo acompaña.


El beso de los sustantivos en la sombra, entre la música.


Bolsa de mensajes los paréntesis elásticos.


Las comas ancianas no duermen; dan volteretas en la playa.

Pintores, cineastas, cantantes, actores, músicos: todos fotomontados en cuadros de pequeño formato de los que emerge una intensidad que hace del lector otro invento, porque el narrador inventa muchas veces al lector, lo imagina, lo recrea y hasta lo desecha, si él quiere o lo desea con las ganas de continuar creando.

Alberto Hernández
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