
El Festival Benengeli 2025, semana internacional de las letras en español, acaba de reunir a más de cien invitados para profundizar en la idea de “Escribir con los cinco sentidos”. Con este evento el Instituto Cervantes despertó un río creativo que se está expandiendo en el tiempo y en los cinco continentes.
El eje temático de la celebración es una singularidad definitiva de la obra de Santiago Gamboa, reconocido escritor quien participó desde Seúl y ahora desde Letralia.
Filólogo, periodista, diplomático y viajero empedernido, Santiago Gamboa (Bogotá 1965), ha publicado diecisiete libros. Con prosa clara y estilo narrativo directo, consigue estimular los centros perceptivos del lector para generar emociones intensas. El cerco de Bogotá, Páginas de Vuelta, Necrópolis y El síndrome de Ulises (premio de novela La Otra Orilla en 2009), entre otros textos, lo señalan como un agudo y desinhibido relator de las más despiadadas sociedades, donde la corrupción, la violencia y la miseria humana conviven con el humor, la solidaridad y la denuncia. Traducido a dieciséis idiomas, para este connotado autor política, droga, sexo y religión no son temas tabú, de hecho, los desarrolla con ritmo sincopado de modo que el lector considerará viable la existencia de una “Estructura del pensamiento vaginal”, por ejemplo. “No le tenga miedo. Usted es un tipo leído, usted sabe que la vida comienza detrás de la verdad” (Perder es cuestión de método).
—Has revelado que te identificas con el personaje cervantino Cide Hamete Benengeli sin dar muchas pistas a tus lectores. A partir de tus textos me atrevo a elucubrar que te sientes como un historiador subjetivo que da vida a lo que pudo ser y a lo que no. ¿Cuál es tu verdadera afinidad con “el autor” de Don Quijote de la Mancha?
—La presencia de Cide Hamete Benengeli en el Quijote es un rasgo extremadamente moderno, pues determina la existencia del narrador como un personaje más de la novela. Quien relata la historia no es directamente el autor, sino una voz intermedia. A partir de este descubrimiento, el narrador es uno de los personajes más estudiados del género novelesco. La crítica ha reflexionado mucho sobre él, especialmente durante los siglos XIX y XX. Esta reflexión contiene la idea del narrador como una especie de testigo, alguien que observa y refleja su visión de una época. “La novela es la historia secreta de las naciones”, decía Balzac, y Vargas Llosa lo cita en el epígrafe de su grandiosa novela Conversación en La Catedral.
—En Necrópolis, Perder es cuestión de método y El cerco de Bogotá desarrollas historias detectivescas que profundizan en los rasgos psicológicos de sus personajes; incluso, El síndrome de Ulises contiene un sorprendente caso que sigue esa línea. Al mismo tiempo, es evidente que te interesa exponer y denunciar las caras más duras de sociedades como la colombiana, la parisina, las de Europa del Este... Ningún lugar del mundo se escapa de tu mirada crítica, periodística, ni de tu humor. ¿Cuáles serían las nominaciones más adecuadas para categorizar tu obra? ¿Realismo social? ¿Novela de viaje? ¿Novela negra?
—Creo que mis novelas se ajustan a la idea del “realismo social”. Todas contienen elementos de novela negra, por supuesto, pero también de periodismo, viajes, política, cultura, literatura, historia, humor, amor, erotismo, sexo, análisis. En suma, lo que se llama realismo social. Ahora bien, en mis dos últimas, Será larga la noche y Colombian Psycho, el componente novela negra es más fuerte y predomina, como en Perder es cuestión de método, que publiqué en 1997. Las anomalías sociales permiten ver a los individuos en situaciones límite y esto es muy atractivo literariamente. Por lo anterior, yo diría que en mis novelas hay un permanente cruce de géneros, que es algo que admiro en las grandes novelas del siglo XX y XXI: su capacidad de saltar de un formato a otro. Es una de las grandes libertades estéticas del género novela.
—Frecuentemente tus relatos alcanzan al lector apuntando a sus sentidos exteroceptivos (vista, tacto, gusto, oído y olfato). Ahora que las neurociencias reconocen como sentidos la interocepción (identificación cerebral de los estados internos como el hambre y la excitación emocional) y la propiocepción (reconocimiento de la posición del cuerpo en el espacio), e incluso alertan sobre la existencia de veintidós o más, ¿te interesa reflejarlos en tus piezas?, ¿cuál es tu sentido más preciado?
—Bueno, gran parte de lo que mencionas, al menos en esos términos, es la primera vez que lo escucho. Pero creo que hay sentidos que para un novelista deben ser prioritarios: el oído que determina el ritmo, por ejemplo, esa prosodia que hay en el lenguaje y que cada autor desarrolla a su modo. La música que está detrás de la escritura de García Márquez o de Marías es diferente, y es muy fuerte. El gusto como una idea general de la composición en un relato, por supuesto. Pero esto no refiere al gusto directo del paladar, sino a una idea abstracta del gusto. Sería igual para el olfato: un sentido metafórico. El de ese olfato que permite que las historias se superen a sí mismas y lleguen a donde deben llegar. En cuanto al hambre y la excitación como estado interno, es curioso. Siempre he pensado que escribir con cierta excitación sexual lleva a tus personajes a tener relaciones sexuales con mayor frecuencia. Pero hay que ser cuidadoso y medir, releer bajo otros influjos. Es como ir a hacer mercado con hambre, antes de almorzar. Se corre el riesgo de comprar demasiadas cosas innecesarias.
—Las relaciones sexuales tienen un sitio prominente en tus escritos: convencionales, extremas, insólitas, crueles... pienso que no sólo conectan con los sentidos de quienes los leen, sino que provocan estallidos neuronales por asombro. ¿Por qué son tan recurrentes en tu obra?
—El sexo es tan recurrente en la literatura como en la vida, de ahí su valor. Un novelista elige qué cosas muestra en sus libros de acuerdo con lo que quiere contar y al efecto que quiere producir. Todos los personajes comen, beben, hablan con sus amigos, a veces se alegran y otras son muy infelices, tienen relaciones sexuales, trabajan, gastan dinero, duermen... Hacen exactamente lo mismo que un ser humano en su vida cotidiana. No es nada excepcional hablar de sexo o de enamoramientos o de comida, sólo depende de cuál sea la historia que se está contando. Por lo demás, el sexo es importante en algo que todos los seres humanos compartimos y es la vida imaginaria, que no coincide con la realidad. En el sexo está el anhelo imposible, el deseo irracional que de algún modo cobra vida en el cuerpo. Todo esto es muy literario. Ahora bien, odio ese sexo edulcorado del cine, de cuerpos moviéndose rítmicamente contra un atardecer en el mar y veladuras de luz, y cuando lo encuentro en la literatura, cubierto de adjetivos cursis, o me salto las páginas o directamente dejo el libro.
—El ajedrez es también es una constante en tu literatura. “El ajedrez es sólo una batalla. Dos estrategias, dos temperamentos encontrados” (El síndrome de Ulises). ¿Quién te enseñó a jugarlo y por qué consideras valioso destacarlo?
—Simplemente porque me gusta y porque creo que es uno de los grandes regalos que la humanidad se dio a sí misma. Yo diría que es un arte, pues combina la inteligencia con la memoria, y además pretende una intención estética. Juego desde que era niño. Mi padre y mi madre me enseñaron. Luego me apasioné por su historia y por algunos grandes maestros, como Bobby Fischer. Cuando viví en Madrid descubrí un lugar llamado Capablanca, en la calle Augusto Figueroa, en el que se jugaba en todas las mesas e incluso en la barra. Está Una novela de ajedrez, de Stefan Zweig, y menciones al ajedrez en novelas que amo, como Paradiso, de Lezama Lima. Y el poema “Ajedrez”, de Borges. Atesoro las menciones al ajedrez en la literatura.
—Los impostores comparte con otras novelas de tu autoría el humor, la historia, los viajes, secuencias detectivescas, finales inesperados, pero también una inquietud espiritual según la cual por medio de un símbolo, letra o palabra el hombre podría convertirse en Dios, en un creador. Me recordó la kabbalah; el arameo, cuya letra aleph conecta con el sitio más elevado del árbol de la vida, donde están las posibilidades infinitas, según este misticismo antiguo. ¿Qué se activó en Santiago Gamboa para desarrollar la trama de esta novela?
—Bueno, escribí Los impostores con el material literario que recopilé cuando hice mi primer viaje a China, en 1999. En ese material había muchas lecturas de historia y sobre todo una profunda impresión de lo que vi durante mi estadía. Todo eso quedó plasmado en otro libro, una crónica de viajes que titulé Octubre en Pekín. La novela vino después. Claro, cuando uno escribe novela operan otras cosas, no sólo lo visto y oído y experimentado en un viaje. Hay ciertos elementos que podrían ser llamados “de orden espiritual” que están en toda mi literatura y que no dependen del tema de un libro, sino del paisaje general y humano. Esos temas están siempre latentes. El simbolismo y la necesidad de una espiritualidad en la cual encontrar alivio persigue a mis personajes. Ellos suelen lanzar preguntas a la noche, al universo. Son plegarias nocturnas que nadie escucha porque, al igual que los demás seres humanos, están solos en un mundo abandonado por los dioses.
—Estoy segura de que tus lectores se han sentido como el más brillante de tus personajes investigadores cuando han conectado que el protagonista de Vida feliz de un joven llamado Esteban es el mismo de El síndrome de Ulises, cuyo nombre mencionas una sola vez casi al final de la novela parisina. ¿Siempre pensaste en vincularlas? ¿Esteban es una versión de Santiago Gamboa?
—Ese narrador en primera persona es una especie de alter ego que va creciendo y modificándose a lo largo de mis libros, incluso en Necrópolis, Plegarias nocturnas y Volver al oscuro valle. Yo creo que la creación de un narrador es lo más importante para un novelista. En mi caso, ese narrador se acerca a los personajes para escucharlos y transmitir su historia. Es el narrador el que escribe mis libros, y su sensibilidad la que les da el color particular que tienen. Sería mi Cide Hamete Benengeli particular, hecho a la medida de mis historias y al modo en que me gusta contarlas.
—El estrés crónico y múltiple que padecen algunos migrantes, cada vez más, demuestra que la globalización, las redes sociales y el internet no se corresponden con la complejidad del fenómeno migratorio en este momento. Publicaste El síndrome de Ulises en 2005, pero está muy vigente. ¿Qué tuvo que ocurrir para que se engranaran tus vivencias en París de 1990 a 1997, la novela y el término síndrome de Ulises acuñado por el psiquiatra Joseba Achotegui en 2001?
—Mi relación con París fue muy difícil en los inicios. Ahí experimenté la pobreza, el hambre, el abandono general. Sentí que lo perdía todo y que volvía a nacer de una forma diferente. Todo ese proceso fue muy largo y doloroso para mí, y sólo tuvo sentido cuando, un día, sentí que debía escribirlo. Mi salud mental estaba en juego. Siempre he dicho que la literatura es también un hospital psiquiátrico. Y así fue. Escribiendo El síndrome de Ulises me di cuenta de que ese período de mi vida, tan difícil y cruel, era en realidad mi mayor tesoro. Y que no había concluido, pues sus ramificaciones y metamorfosis seguían operando en mi literatura.
—Un colombiano sostiene las cenizas de su amigo norcoreano en un aeropuerto europeo; la narración es tan vívida y humana que muchos lectores reaccionarán con llanto. La amistad es un valor universal que priorizas en tus textos. ¿Por qué? ¿Podrías compartir con nosotros alguna experiencia personal donde la amistad te haya hecho sentir eminente? No importa si ya la escribiste y publicaste.
—Lloré al escribir la escena, te confieso. Un llanto antiguo que tenía cristalizado por dentro y que sólo emergió al escribir esa página final, que me fue sugerida por un documental de Fellini sobre el mundo de los payasos que, por pura casualidad, vi una noche en la televisión. La amistad fue mi gran protección, pues yo hice la vida solo, lejos de mi familia. La amistad me protegió y me llevó a ser el escritor que soy. Es una forma de amor, claro. Es el amor sin sexo. Como decía Julio Ramón Ribeyro, la amistad puede incluso ser superior al amor, pues uno puede amar a alguien que no lo ama, pero es imposible ser amigo de quien no es tu amigo. La amistad es por definición recíproca.
—¿Qué sientes cuando eres espectador de las recreaciones de tus novelas Colombian Psycho y Perder es cuestión de método en las tablas y el cine?
—Gratitud, asombro. Las historias literarias tienen un espacio y un escenario en la imaginación del lector, pero verlas por fuera, en una pantalla o un teatro, e interpretadas por alguien más y con la visión de un arte diferente, es francamente enriquecedor. La cultura es eso: un diálogo de puntos de vista y de lenguajes. Estar en medio de algo así me da mucho gusto y me permite compartir mis propias obras con otros creadores. Tanto Sergio Cabrera como Diego Barragán son ahora autores de obras que llevan el nombre de mis novelas.
—“Y luego el exilio, la lejanía. ¿Cuáles son las palabras del exiliado? Triturar la propia cultura y devorarla. Desenterrar sus muertos y comerlos, chupar sus huesos mientras se respira el aire de una metrópoli alocada” (El síndrome de Ulises). Viviste tiempos difíciles en Francia, mas no has sido un exiliado. ¿Qué pasaría con Santiago Gamboa si no pudiese volver a Colombia?
—No poder volver a Colombia sería imposible de imaginar, excepto en el caso de que me metiera en algún proyecto delincuencial. Viví treinta años fuera y me acostumbré a estar lejos del país. De hecho, cuando regresé, me sentí un exiliado y tuve que aprender de nuevo a ser colombiano. Me gustan las ciudades en las que he vivido. Madrid, Roma, París, Delhi, y ahora Pekín. Ciudades de dos sílabas, con excepción de Bogotá. Creo que la vida, como escribió Hölderlin, es la tarea del hombre sobre la Tierra. Cumplir esa misión, extenderse en el mundo, vivificarla a través de los demás, potenciarla con el arte, es uno de los mejores modos de vivirla. Y luego desaparecer, pues no soy creyente. Todo se acaba. Me gustan las religiones, pero no creo en ellas. Las religiones contienen la clave del ser humano y son, para mí, grandes obras colectivas y asombrosas experiencias estéticas: utilizan lo mejor del arte y del pensamiento: la pintura, la música, la poesía, la arquitectura, el teatro, la escultura. También las ciencias sociales: la filosofía, la historia, el derecho, la sociología. Dan cuenta y están construidas sobre las grandes preguntas y sobre todo el gran misterio de la vida, que es la muerte. Las religiones son maravillosas porque son creaciones humanas complejas y sofisticadas. Pero no hay dioses ni milagros, estamos solos en el universo.
- ¡Viva Grecia! - domingo 22 de marzo de 2026
- El hombre de la Mancha, musical de Broadway:
venezolano como un bienmesabe de coco con ron - domingo 5 de octubre de 2025 - De lo sutil a lo feroz:
La Fura dels Baus y su Carmina Burana - viernes 15 de agosto de 2025


