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Julio Á. García Rosado:
“No seremos el país que más lee, pero la lectura interesa”

domingo 6 de julio de 2025
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Julio Á. García Rosado
Julio Á. García Rosado: “La experiencia personal, la identidad, la idiosincrasia, siempre terminan colándose en lo que producimos”.

Julio A. García Rosado nació en Guaynabo, Puerto Rico, y ha trabajado en el terreno como escritor, diseñador gráfico, fotógrafo y editor de video. Es autor de La caja italiana y Scenarium Maleficarom, cada una de las cuales incluye tres obras de teatro. Su segunda obra recibió el Premio Nacional de Teatro en 2008, otorgado por el PEN Club de Puerto Rico. En 2011 publicó su primera novela, Ombligo de luna. Además, algunos de sus cuentos han sido publicados en diversas antologías, revistas y blogs literarios. Él ha respondido a todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

 


 

—No hace poco publicó Ombligo de luna (2011). ¿De qué trató dicha novela? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarla?

Ombligo de luna se publicó algunos añitos atrás, aunque fue una novela que escribí mucho antes, por los años noventa. Estuvo guardada y un día la saqué de la gaveta para revisarla. Pasé otros tantos años corrigiendo y reescribiendo. Es una historia queer que trata sobre la obsesión. Un chico universitario, Fernando, se siente atraído por otro, Nico. Son panas, así que es un sentimiento solapado. Yo había visto por televisión, años antes, la tragedia del hotel Dupont Plaza y, mientras veía las imágenes, me dije: “Voy a escribir una historia que se desarrolle ahí, este día, 31 de diciembre de 1986, y culmine con esta desgracia. El gran motivo será el fuego”. El conflicto entre estos chicos se incrementa cuando, tras la ruptura de la amistad, Fernando secuestra al Nico y lo lleva a una habitación de ese hotel.

“Ombligo de luna”, de Julio Á. García Rosado
Ombligo de luna, de Julio Á. García Rosado (La Tuerca, 2011). Disponible en Amazon

—¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a Ombligo de luna, y su trabajo creativo-investigativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño, caribeño, y su memoria personal de la ilustración, la literatura y las artes plásticas de Puerto Rico y el Caribe?

—Desde niño me gustaba crear historias; leía mucho: ciencia ficción y horror, y también dibujaba, lo que completaba la tríada que, hasta el día de hoy, me apasiona. Me interesaba todo tipo de tema: desde la psicología y la historia hasta la mecánica cuántica. Cualquier simpleza, cualquier lugar detonaba mi mente; me iba en un viaje y tenían que jamaquearme el cuerpo para devolverme a la realidad. A menudo protagonizaba estas historias mentales, me las creía. Así aprendí a ver desde ojos ajenos. Yo me crie en el campo, escenario perfecto para la aventura y el riesgo. El escenario ideal para detenerse y observar y pulirse en el arte pictórico. Disfrutar de estas curiosidades influiría luego en el trabajo. Veía el mundo de otra manera: un lugar lúdico, creativo. Aunque el arte da trabajo, no puedo negar que es divertido. La experiencia personal, la identidad, la idiosincrasia, siempre terminan colándose en lo que producimos. Somos este clima caribeño. El boricua entre las palabras.

—Si compara su crecimiento y madurez como persona, investigador y escritor con su época actual, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?

—He madurado. Y sin haber perdido la inocencia de maravillarme por las simplezas de la vida. Acostumbro a contemplar los detalles. Conservo el afán desenfrenado de probar, de aprender cosas sin que importe el tópico o la complejidad. Tengo la fortuna de haber vivido la transición entre el mundo análogo y el mundo digital. No cabe duda de que, constantemente, comparo uno y otro, en la vida real y en la ficción, y puede que tenga una preferencia. La nostalgia ejerce cierto peso, pero más allá late otra cosa. Mi escritura no se parece a la que escribía cuando tenía veinte años, tampoco el modo de ver ni la manera de plasmar la realidad. La evoluciona constantemente.

—¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de dramaturgos, ilustradores y narradores con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer de investigador y escritor, y su trabajo escrito o no de interés teatral?

—Como dramaturgo escribí dos libros, La caja italiana y Scenarium Maleficarom, que reúnen varias obras. Por entonces trabajé como diseñador gráfico para la publicidad de proyectos teatrales de unas cuantas teatreras. Me contagió la magia del teatro y se me ocurrió probar suerte. Investigué, leí textos del patio y extranjeros. Metí mano. Infortunadamente, el tipo de teatro que más me atrajo fue el teatro experimental. No es lo que más boletos vende en este país. No creí que me animaría por la comedia fácil. Los teatreros hacen de tripas corazones para sacar a flote sus producciones en un país que va poco al teatro. Con los narradores es distinto; he tenido buenas experiencias e intercambio. Nos leemos, nos criticamos, nos peleamos, pero en el fondo nos respetamos; los autores tienen una visión particular de lo que es buena escritura. No seremos el país que más lee, pero la lectura interesa y crea curiosos que sienten la piquiña de escribir. Toman talleres, ven videos de YouTube sobre escritura creativa, y viven pendientes de las convocatorias de alguna revista o antología de cuentos. Tienen la oportunidad de crecer. La autopublicación es una opción que debe acompañarse de un proceso riguroso.

—Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en la narrativa y el teatro en y desde Puerto Rico. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?

—He tenido buenas experiencias con personas que me han leído, comentarios que, a veces, emocionan más que cualquier premio. Y lo veo también en el trabajo de otros compañeros; hay gran interés por todo tipo de historias: fantasía, horror, identidad queer, policial, cómics, cuentos, novelas, etc.

—Sé que es usted de Puerto Rico. ¿Se considera un investigador y escritor puertorriqueño o no? O, más bien, un dramaturgo y narrador, sea éste puertorriqueño o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?

—Me considero boricua, no hay duda. Y quien me lea, que conozca algo de esta tierra, lo imaginará. Yo tomé clases en la UPR con José Luis González, Luis Rafael Sánchez y Edgardo Rodríguez Juliá, y lo que más aprendí, aparte de escribir cuentos, fue ser más y mejor puertorriqueño. Ha pasado tiempo de no trabajar algo relacionado con el teatro; creo que quise concentrarme en cuento y novela. En una gaveta tengo dos primeros borradores de novelas que duermen el sueño de los justos. Esperan por revisión. A ver cuándo las despierto. Me publicaron algunos cuentos en antologías y seguiré cultivando la narración, aunque me cuesta ponerme ese titulazo de “escritor” que mencionas. Muy común de engancharse tan pronto se publica un libro. Prefiero usar “redactor de oraciones que, una detrás de otra, cuentan desgracias”.

—¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política, con su trabajo creativo-investigativo y su formación y desarrollo profesional en Puerto Rico y fuera?

—Lo que somos se cuela, queramos o no, por pedacitos, como un rastro de ADN, en todo lo que producimos: la identidad, el sexo, las creencias y la visión de mundo. Yo he tenido suerte en muchos aspectos de la profesión. He hecho carrera en la Universidad de Puerto Rico como diseñador gráfico, colaborado en fotografía, video, publicidad con teatreros, con editoriales y autores (maquetación de libros, revistas, portadas, etc.) y entidades dentro y fuera del país. He participado de colectivos literarios con los que crecí en múltiples aspectos, que han dejado amistades duraderas.

—¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras sus estudios en la Escuela de Artes Plásticas? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de investigador y escritor en Puerto Rico hoy?

—La Escuela de Artes Plásticas fue el punto donde, durante aquellos años lejanos de estudio universitario, se abrió la puerta a una experiencia enriquecedora. Una escuela llena de artistas sonaba tentadora, una escuela llena de gente bohemia sonaba a perdición. Y aproveché todo lo que ofrecía. Fue la herramienta que pulió mis habilidades, que moldeó mi percepción del mundo. Creció mi deseo por conocer. Después de ahí pasé a la Universidad de Puerto Rico, en Río Piedras, y me fui por el camino literario. Me quedé a trabajar en el recinto, y ahí sigo hasta el presente.

—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?

—En el pasado puede que las personas evitaran a propósito ciertos temas: porque en verdad no les interesaban, por prejuicios, a saber qué gríngolas se metían en la cabeza. Pero con el paso de los años el mundo sigue cambiando a un ritmo acelerado. Indudablemente, las personas y sus intereses también; a veces quisiera que desacelerara un poco ese ritmo. La gente, de entrada, se interesa por todo tipo de ideas. Pasado el umbral, es otro asunto. Debemos encontrar la manera de seguir captando la atención por largo rato; encontrar un ángulo o punto de vista virgen. Vivimos en la época del exceso de información. Hemos visto de todo, bueno y malo, y cuesta un gran esfuerzo maravillarse o escandalizarse. En ello está el reto de escribir sobre temas como los que me interesan, y por eso mi proceso es lento. Hasta que yo no encuentre ese punto de expresión refrescante, no estoy tranquilo.

—¿Qué otros proyectos creativos tienes recientes y pendientes?

—Como te comenté, tengo pendiente revisar dos textos que están en etapa de primer borrador. En la actualidad he estado trabajando en una colección de relatos de horror. Hay una tradición milenaria de novelas contadas con relatos. Lo llaman novela compuesta, novela en historias, short story cycle, en inglés. Un ejemplo que admiro es Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, uno de mis autores favoritos. Siempre me llamó la atención escribir un texto así, y por fin saqué tiempo para trabajarlo. La idea es que los relatos funcionen de modo individual con su trama única, pero en conjunto se interconecten de múltiples maneras, que una trama influya sobre otra, causa y efecto, como en una novela, y desarrollen una historia global amplia. Es un proyecto que requiere de gran planificación. Ya veremos qué surge de ahí.

Wilkins Román Samot
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