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Ángel Hurtado:
“Sigo hundiendo mi pincel en el mismo azul de la infancia”

domingo 14 de septiembre de 2025
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Ángel Hurtado
Hurtado: “Yo no me considero pintor ni cineasta, me considero un artesano visual”. 📷 Vasco Szinetar
Entrevista realizada en 2012

Las sombras, las luces, las sensaciones de los paisajes que sirven de escenario a la vida, están ahí sin necesidad de que estén. Se miran perfectamente y hasta se podría beber agua en ellos, caminar en ellos y dormir en sus recovecos o zanjones, aunque sean unos toques, unos parches, unos rasguños de colores en el lienzo. Lo que ocurre con eso es que están pintados más en el alma que en la tela.

Referirse a la pintura del maestro Ángel Hurtado es un oficio sagrado por obligatoriedad: lo que ha hecho es mejor presentirlo en la poesía porque su arte va más allá de los ojos. Ha pasado la vida creando imágenes que sólo él ha sabido presenciar.

¿Cuántos años benditos se acumulan a su favor? ¿Ochenta y cinco y pico, casi ochenta y seis? No se puede razonar con el tiempo. El tiempo está quieto ahí presenciando el marchitamiento de los cuerpos y uno se conforma con que el alma se transforme en luz y se salve de la debacle.

Sólo existen dos momentos en que Dios hace acto de presencia y no parece aburrido de la humanidad: cuando los niños en un arranque sublime deciden para siempre lo que serán, y cuando la gente siente lástima profunda por los animales. En ambas ocasiones, la sinceridad y la misericordia, que son como unicornios, también se dejan ver.

En su infancia, que aún no concluye, Ángel se quedaba extasiado observando a su madre mientras pintaba flores y demás rosas en unas telas delicadas, que luego convertía en vestidos dignos de la Divina Pastora o de Judy Garland. Y su padre, dueño del único cine que existía en El Tocuyo, pintaba los cartelones de las películas usando un pincel milagroso y azul añil. Era un mago colocando mensajes sin ninguna conexión con la realidad. “Hoy: La mano que aprieta, con Lon Chaney y Bela Lugosi. ¡Misterio! ¡Sangre! ¡Terror! A precios populares...”.

Ha podido escribir: “Mi hijo Ángel quiere saber cómo se hacen las películas”, pero había que prevenir otras cosas y finalmente su papá le dijo: “Haz los cartelones tú”, y lo dejó entrar al cuarto donde estaban el proyector y el proyeccionista, un señor que trabajaba con gran soltura aunque tenía una sola pierna.

 

El cine como clave

En la Venezuela de los años cuarenta y cincuenta bullía una pasión virginal por el cine. La vida se transformaba y mostraba su cambio públicamente, sin mayores sutilezas. La gente podía sentarse en unas sillas o en unas butacas y estar dos horas mirando lo que en otras épocas habría sido catalogado como magia.

Aunque nació un arte que generaba millones de seguidores, muy pocos espectadores venezolanos se habrán dado cuenta de que en algunos instantes de la trama, las películas parecían parpadear o dudar, como si de repente hubiesen olvidado una escena. El proyector presentía un agujero negro que se había tragado una fracción de segundo de Oklahoma, del Sahara o de Bela Lugosi.

Esta alusión al cine puede explicar perfectamente por qué en El Tocuyo, estado Lara, nació y comenzó a formarse como artista irreductible el pintor y cineasta Ángel Hurtado, cuyo lúcido talento es vanguardia perenne. El cine tiene mucho que ver con esa genialidad, porque cuando Ángel era un adolescente coleccionaba pedacitos de películas que luego crecían en su cuarto al ritmo de sus ilusiones.

En el año 1992, Ángel Hurtado escribió lo siguiente:

Cuando empezaba a tener uso de razón mi madre me dijo: “Tu abuelo se llama Leonardo, tu padre Miguel Ángel y tienes un tío que se llama Rafael. Deberías ser pintor”. Con aquella amenaza renacentista sobre mi cabeza no me quedaba otra alternativa. Ella y mi abuela pintaban ocasionalmente y me ayudaron en los primeros pasos.

Todo está registrado en el justo y perfecto libro de vida que escribió y coordinó Marta de la Vega, una investigadora y ensayista excepcional.

Cuando era un niño que ya sabía leer y escribir, Ángel disfrutaba una escena que jamás olvidaría: su padre pintando los cartelones para anunciar las películas.

Me impresionaba la seguridad con la cual mi padre trazaba aquellas letras con un azul añil que me fascinaba y que hasta hoy sigue siendo uno de mis colores favoritos. En vista de mi interés, mi papá me entregó los pinceles, el azul añil y la tarea diaria de hacer los cartelones. Por la noche me iba a la cabina de proyección y ayudaba al proyeccionista. Se llamaba Lino, le faltaba una pierna y era impresionante verlo subir la escalera sin usar su muleta.

La película se desarrollaba en la pantalla y la veía por la estrecha ventanilla de la cabina. No seguía ni la acción ni el argumento. Lo que me interesaba eran las imágenes. ¡Oh! Aquellos paisajes majestuosos de las películas de vaqueros donde corrían veloces los caballos de Back Jones y Tom Mix. Cuando una de aquellas escenas me impresionaba, miraba el aparato y memorizaba: “En la mitad del cuarto rollo”. Al día siguiente, antes de devolver la película al distribuidor, tenía yo que rebobinarla, tarea que había pedido que se me encomendara también. Al llegar a la mitad del cuarto rollo, ¡ahí estaba la escena!

En el misterio de aquella cabina de proyección, solitaria y silenciosa, que olía a celuloide y a éter acético con el que se pegaban las películas, se cometía un sacrilegio: yo cortaba un fotograma de aquella escena de mis sueños. Como esto sucedía todos los días, y eran muchas las escenas, llegué a tener una impresionante colección. Con una lata de galletas vacía, un bombillo y el lente de un viejo proyector, me construí una linterna mágica que me permitía ver aquellos minúsculos trozos de película perforada. Era extraordinario poder tener en mi absoluta posesión aquella imagen estática, robada de un sueño, proyectada en las paredes de mi cuarto. Aquella imagen silenciosa y sin movimiento era más fascinante que la misma imagen, sonora y con movimiento, proyectada en la pantalla del teatro.

Significa, ni más ni menos, que en la infancia y la adolescencia todo se confabuló para que Ángel Hurtado iniciara el camino que lo ha llevado al elevado lugar de creación donde está.

Al ponerme a trabajar en su cine, mi padre sembró otra vocación. Desde entonces hasta ahora, no he hecho otra cosa que manipular las imágenes. Aquellas de mi niñez son las mismas de hoy. Las añoro, las reinvento, las transformo. Sigo hundiendo mi pincel en el mismo azul añil de mi infancia, y cuando brotan en la tela, me parece que surgen de la misma manera que aquellas imágenes de la linterna mágica en las oscuras paredes de mi cuarto.

 

La historia de su vida

Ángel María Hurtado Leña nació el 27 de octubre de 1927 en El Tocuyo, estado Lara. Cuando era estudiante de bachillerato, Ángel se enfermaba cada vez que había un examen de matemáticas, según ha confesado en varias ocasiones. Sin haber terminado el cuarto año de bachillerato, decidió irse a Caracas a estudiar en la Escuela de Artes Plásticas. No deseaba estudiar una carrera distinta y tuvo el apoyo ferviente de su madre, quien siempre reconocía y motivaba la vocación artística de su hijo. Su padre lo apoyó también. La escuela estaba dirigida por el maestro Antonio Edmundo Monsanto y ahí se conversaba y se analizaba lo que ocurría en el arte contemporáneo del mundo. Ya para el año 1945, Ángel Hurtado se expresaba en el paisaje como un viejo maestro.

El poeta José Antonio Escalona Escalona respaldó en Caracas a ese joven talentoso.

En el año 1950, Hurtado formó parte de una exposición colectiva de los alumnos de la Escuela de Artes Plásticas, que resultaron expulsados porque protestaban la situación que vivía la institución. Allí estaban, entre otros, Genaro Moreno, Ángel Hurtado, Emma García, Víctor Valera, José Maraver, Omar Carreño, Alirio Rodríguez y Jacobo Borges. Ellos redactaron un manifiesto que decía: “Agotados todos los recursos de conciliación, hemos abandonado la Escuela con la melancólica certeza de que ella, con su actual organización, nada puede aportar a nuestra formación. A esta situación nos ha llevado el no querer aparecer como cómplices pasivos de una situación engañosa, que repugna a nuestros sentimientos de hombres jóvenes lejanos a intereses distintos a otros que no sean los del arte y la cultura nacional”.

 

Premiado y viajando

En el VIII Salón Anual Arturo Michelena del año 1950, Hurtado se ganó el segundo premio Antonio Edmundo Monsanto por el mejor paisaje. Ángel Hurtado deseaba seguir sus estudios en Europa, pero no tenía los recursos económicos. El pintor Ramón Vásquez Brito era su amigo. Vásquez Brito ganó el Premio Nacional de Pintura, que en esos días era de cinco mil bolívares y un pasaje de ida y vuelta a Europa en avión. Vásquez Brito, solidario, cambió los pasajes por tiquetes de tercera en barco para los dos. Ángel Hurtado nunca olvidó ese gesto de Vásquez Brito: “Tengo con él una gran deuda de reconocimiento”. Hurtado trabajaba en una agencia de publicidad y había ahorrado lo suficiente como para pasar tres meses en Europa, pero no tenía como para pagar el pasaje. El pintor confiesa que la alegría del viaje se vio ensombrecida cuando la radio del barco dijo que había muerto Armando Reverón.

Vásquez Brito regresó a Caracas tres meses más tarde, pero Hurtado se quedó en París. Posteriormente diría: “Es en París donde mi juicio ha madurado más en tres años que en todo el resto de mi vida anterior”.

Desde el año 1952 adoptó la abstracción.

Roberto Guevara escribió: “Lentamente sus obras comienzan a perder toda referencia al mundo de la visión inmediata; el artista no mira ya el paisaje, sino la emoción plástica que sus formas despiertan en él. La fotografía y el cine cerraron para él toda posibilidad de imitación ‘realista’ y, como él mismo lo dice, ‘la ventana al mundo que era el pintor se cerró’”.

 

Retorno metafórico al paisaje

Llegó a pintar cuadros con colores y texturas tan densos, y sin embargo tan luminosos, que se volvían transparentes. Algunos se parecían al espacio sideral con sus cuevas llenas de estrellas. Y también aludían, aquellos toques de espátula y pincel, a la geografía más íntima que se pueda imaginar. Esos cuadros eran una poesía de la abstracción. Y de repente, las masas de colores comenzaron a desplazarse y a convertirse en paisajes completamente limpios y perfectos. Era como retornar, en cierto modo, a los primeros tiempos, cuando el artista iniciaba su trayecto.

Interiormente tiene la frescura y la curiosidad de un niño. Es posible que en algún instante sienta que un desconocido lo mira desde el otro lado del espejo. Lo cierto es que nació en 1927 y ahora tiene 98 años de edad.

Antes de terminar el bachillerato se fue a Caracas porque quería estudiar artes plásticas. Ya pintaba paisajes cuando tomó esa decisión.

“Yo no me considero pintor ni cineasta, me considero un artesano visual, para mí todo lo que entra por el ojo es lo mismo... es la creación de lo visual, de lo que tú interpretas por el ojo”, le dijo en una entrevista a Teresa Casique y Oscar Garbisu. A Manuel Trujillo le dijo que había pintado su primer cuadro al óleo cuando tenía dieciséis años.

 

Un prólogo de Jesús Soto

Cuando en el verano del año 1950 yo encontré por casualidad a mi amigo el pintor Ángel Hurtado en las calles de Caracas, aproximadamente unos quince días antes de mi viaje a París, hablamos largo rato, sin duda con toda la pasión debida a la plena interrogante de nuestro porvenir creador. De toda aquella conversación me ha quedado grabada, de una manera persistente, una afirmación suya: “Para mí, el futuro del arte está en el cine”.

Indudablemente que yo apoyé con entusiasmo aquella toma de posición, pues en mí hervía, intuitivamente, la idea de que el arte pictórico debía desembocar, de una u otra manera, en el movimiento. Sólo que, para mí, la manipulación de la cámara de cine o fotográfica estaban descartadas de antemano, ya que esos dos maravillosos instrumentos me han intimidado durante toda mi vida.

¡Y bien! Ángel Hurtado, además de ser dotado indudablemente para el arte de pintar, como lo demuestran sus obras de factura densa, de una gran libertad, y sus collages, en donde su poder de invención nos revela, por un golpe de magia, la coherencia en lo incoherente, es cineasta.

Nuestro artista, consecuente con su intuición de juventud, ha dedicado la mayor parte de su actividad creadora a enseñarnos que la cámara cinematográfica es algo mucho más noble que un simple instrumento reproductor de la realidad cotidiana. Su primer impacto en París fue, sin duda, la creación de su cortometraje Vibraciones sobre mis trabajos cinéticos. Metido en el corazón de la obra, nos estimuló a ver valores casi microscópicos, los cuales escapaban a la mirada habitual del espectador. Recuerdo que, después de la primera proyección, los dos convertimos a muchos amigos recalcitrantes en adeptos. El arte, y el continente latinoamericano en particular, tienen una gran deuda con Ángel Hurtado. Este libro se encargará de reunir su enorme trabajo, dedicado a la severa responsabilidad de crear y de difundir el arte para beneficio de la humanidad.

(Jesús Rafael Soto, París, 9 de junio de 1992)

 

José Pulido
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