
Nacida en 1946 en Santurce, Puerto Rico, Magali García Ramis es escritora, periodista y catedrática emérita de Periodismo en la Universidad de Puerto Rico. Se graduó con un bachillerato en Historia de la Universidad de Puerto Rico en 1968 y obtuvo una maestría en Ciencias del Periodismo en Columbia University, Nueva York, en 1969. Más tarde, realizó estudios de doctorado en la Universidad Autónoma de México y en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.
Inició su carrera como reportera en el diario El Mundo mientras aún era estudiante universitaria y posteriormente se desempeñó como periodista y columnista cultural en diversas publicaciones, como Avance, El Imparcial, El Nuevo Día y el suplemento cultural En Rojo de Claridad. También trabajó como diseñadora y asistente de impresión en el Taller Polilla en Santurce.
En el ámbito literario, se destaca en la prosa. Entre sus obras más reconocidas se encuentran la colección de cuentos La familia de todos nosotros, las novelas Felices días, tío Sergio, y Las horas del sur, así como los ensayos y columnas La ciudad que me habita y La R de mi padre. Ha publicado una vasta cantidad de artículos y relatos en revistas tanto de Puerto Rico como internacionales. Entre sus numerosos reconocimientos, destacan el premio a la mejor novela del Pen Club de Puerto Rico (1986), la Beca John Simon Guggenheim (1988) y la Beca de Residencia en Bellagio de la Fundación Rockefeller (2000).
Fue elegida en 2008 como miembro de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, ocupando el sillón K. Su toma de posesión tuvo lugar el 16 de abril de 2009, durante la cual pronunció el discurso titulado “La erre de mi padre y otras letras familiares”. Mercedes López-Baralt respondió en representación de la institución. García Ramis contestó todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

—En 2025 publicó usted El libro de las tías. ¿De qué trata dicho libro o proyecto de vida? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo?
—Este libro es una memoria de mi familia materna, los Ramis Díaz, y, a la vez es una radiografía del surgimiento de la clase media en Puerto Rico. Desde finales del siglo pasado, cuando van muriendo mis tías, encontramos en su apartamento cientos y cientos de documentos, cartas, fotos y objetos que la mayor de ellas, María Luisa Ramis, había guardado toda su vida. A punto de ser echados a la basura me di cuenta de que muchos tenían un valor histórico, como los contratos de compras de haciendas en el Valle de Caguas durante el siglo XIX; otros tenían un valor familiar, como las notas de amor de mi abuela a mi abuelo a principios del XX. Decidí que era importante salvar ese legado para las futuras generaciones de la familia; luego me di cuenta de que era para el país que debería salvarlo. Pude trabajarlo porque tenía a la mano todo, pero este proyecto me envolvió demasiado y me tomó más de un cuarto de siglo ponerle fin.
—¿Qué relación tiene su trabajo creativo-investigativo previo a El libro de las tías y su trabajo creativo-investigativo posterior? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueña y su memoria personal de lo caribeño dentro de Puerto Rico y fuera?
—A veces pareciera que estaba destinada a hacer este libro. Porque de joven a mí no me interesaba nada el pasado familiar y, sin embargo, en 1976 publiqué un cuento, “La familia de todos nosotros”, en el que presagio que estoy indagando en ese pasado. Una de las razones de por qué me tardé tanto en escribirlo es que me detuve/deleité muchísimo haciendo investigación. Más que trabajo, fue un viaje deleitoso, pues no estaba obligada a entregar el manuscrito en una fecha específica. Cuando me surgía una duda, como por ejemplo: ¿por qué emigraron tantos mallorquines a la isla en el siglo XIX y no antes?, podía tomarme días y días leyendo sobre la historia de Mallorca. Curiosamente, aunque tiene tanta información acerca de la injerencia cultural de Occidente en Puerto Rico, es un libro caribeño porque lo que ahí narro está afincado en las Antillas. Y claro, entronca con mi trabajo anterior porque siempre me ha gustado trabajar cuentos que tienen que ver con las familias.
—Si compara su crecimiento y madurez como persona, docente, investigadora y escritora con su época actual de catedrática emérita en la Universidad de Puerto Rico, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo-investigativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?
—“Madurar” es un término ambiguo (por describirlo de algún modo). Lo usamos con vehemencia, al menos yo, pero sigue siendo algo relativo. Trabajando por tantos años un mismo texto, pude rescribirlo una y otra vez, practicar con afán el oficio de la escritura; no sé si eso sea “madurar”. Ahora, en cuanto al presente, mi visión de mundo es más sosegada; eso sí, ya no disparo tanto de la vaqueta, pero no sé si se debe al pasar del tiempo, que nos permite poner en perspectiva muchas cosas, o a que he “madurado”.
—¿Cómo visualiza su trabajo creativo-investigativo con el de su núcleo generacional de docentes, investigadores y estudiantes con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo-investigativo a su quehacer de docente e investigadora y su trabajo escrito de interés y cruce entre Puerto Rico y el Caribe?
—Aunque soy profesora retirada de la Universidad de Puerto Rico, donde laboré por 38 años, mi producción intelectual nunca fue “académica”, sino creativa. Esto fue posible gracias a que la unidad donde enseñé, la Escuela de Comunicación, enfocaba dos áreas de desarrollo, la profesional y la teórica. Yo vengo del mundo del periodismo profesional, de ser reportera y redactora, no investigadora de los medios y las mediaciones, así que mis pasos por esa unidad académica, y mis ascensos y mis logros, no están basados en publicaciones en revistas arbitradas fruto de investigaciones, sino en la publicación de columnas periodísticas y de ficción narrativa, en la conceptuación y desarrollo de múltiples clases y talleres de redacción y de clases de historia de los medios, en la investigación para la presentación de libros de todo tipo de quehacer cultural: arquitectónico, urbanístico, artístico, literario, histórico. Mi núcleo generacional fue una fuente constante de aprendizaje y reto intelectual, pues tuve la suerte de trabajar en la Universidad de Puerto Rico durante los 1980, 1990, 2000..., cuando hubo, literalmente, una explosión de talento docente y estudiantil, personas que me nutrieron, y junto a las cuales laboré.
—Ha logrado mantener una línea de creación-investigación enfocada en el periodismo y la literatura (narrativa). ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo-investigativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?
—La recepción a mi trabajo siempre me ha parecido dinámica y retadora. Hay libros, como la novela Felices días, tío Sergio, que se han vendido con gran éxito y del cual me invitan a hablar todavía, a tantos años de su publicación; hay columnas escritas hace más de cuarenta años que todavía provocan debates; la producción literaria y ensayística a la que me he dedicado me ha provisto muchísimas satisfacciones, pero más bien en mi lar nativo. En el exterior no creo que se conozca mi obra, más allá de lo que se trabaja en algunos círculos académicos, no sólo porque, siendo una colonia, no tenemos embajadas ni consulados fuera del país para promover nuestras variadas culturas, sino porque yo no he sido una consecuente promotora de mi propia literatura. Ni me muevo entre grupos de literatos, ni aparezco en las redes sociales publicitando mi quehacer. Sé que ahora se hace muchísimo, y con gran éxito, porque las nuevas generaciones quieren ver en persona a los hacedores y escucharlos, pero ese gen no está en mi naturaleza.
—Sé que usted es de Puerto Rico. ¿Se considera una escritora puertorriqueña o no? O, más bien, una escritora caribeña, sea ésta puertorriqueña o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?
—Sí, me considero una escritora puertorriqueña; no sabría definirme de otra manera. José Luis González (quien fue el director de la tesis doctoral que nunca terminé en la Universidad Nacional Autónoma de México) lo que afirmaba era ser “un universitario mexicano, pero un escritor puertorriqueño”, y era natural, pues tuvo que adaptarse al país que le dio cobijo y brindó nacionalidad jurídica cuando el Gobierno Federal de Estados Unidos le prohibió volver a Puerto Rico con su familia. En mi caso, aunque viví por breve tiempo en Nueva York y en México, nunca tuve prohibido el regreso a mi lugar de origen, ni me tuve que desterrar.
—¿Cómo integra su identidad étnica y de género, y su ideología política, con su trabajo creativo-investigativo y su desarrollo profesional dentro o fuera de la Universidad de Puerto Rico?
—Como la de todo caribeño, mi identidad étnica tiene un trasfondo amplio. Eso no quiere decir que necesariamente el componente indoamericano o africano o ibérico que forma parte de mi ADN se manifieste de manera culturalmente definitoria. Yo sé que hay personas que, por ejemplo, se identifican con sus ancestros taínos y tratan de reconstruir un pasado cultural muy complejo. Para indagar en mis identidades yo parto del momento en que nací y de las culturas que me formaron, a saber: isleña, urbana, costera, puertorriqueña de la posguerra, educada en colegios privados americanos, angloparlantes y católicos, y parto de las influencias progresistas que me ayudaron a desarrollar como joven adulta en la Universidad de Puerto Rico, o en la de Columbia en Nueva York, y de lo que experimentamos en todo el mundo durante el glorioso año de 1968 los jóvenes de mi generación... Creo que todo eso está presente en mi trabajo creativo.
—¿Cómo se integra su trabajo creativo-investigativo a su experiencia de vida tras su paso inicial por la Universidad de Puerto Rico? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de docente, investigadora y escritora en Puerto Rico hoy?
—La experiencia universitaria en la UPR no sólo me ayudó a desarrollarme intelectualmente, también me sensibilizó respecto a la responsabilidad social de toda persona pensante que viva en una colonia. Porque no se trata sólo de los cursos que uno toma, sino del ejemplo de vida que ofrecía el profesorado comprometido con su país, y del intercambio de vivencias con compañeros estudiantes de todos los estratos sociales que brindan las universidades públicas. La universidad me marcó, como si fuera con un tatuaje que aún hoy día no se ha borrado.
—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo-investigativo y a la temática del mismo? ¿Cómo ha variado?
—Uno va cambiando, al igual que la sociedad; es ley de vida. No sé si lo que escribo tenga menos recepción en los lectores de hoy día que en los del pasado. Recuerdo que hace muchos años, el poeta Pedro Mir le dijo a Olga Nolla que quizás debería cesar de escribir porque él sentía que su poesía ya no encontraba eco en los jóvenes, y a ella le dio mucha pena escuchar eso. Es posible que eso suceda a veces. En mi caso, no estoy consciente de algo así.
—¿Qué otros proyectos creativos tiene usted pendientes y recientes?
—Tengo varios, es cuestión de ponerlos en orden, pero yo siempre trabajo más de un libro a la vez. Ahora me propongo terminar una novela que comencé hace mucho tiempo y que puse a un lado para trabajar en El libro de las tías. Se titula Matadero Road y es sobre el Puerto Rico contemporáneo, donde tantos muertos tenemos. También quiero darle forma a otro libro de ensayos, sobre el Viejo San Juan, donde viví tantos años y de donde me mudé hace poco. Proyectos no me faltan; tiempo para completarlos, quizás...
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