
Si bien el género de la narrativa de ciencia ficción puede percibirse como saturado, a veces aparece una novela que se atreve a ir más allá de los tópicos más comunes. Es el caso de El mundo de las seis ruedas, una obra que no se queda en la imaginación de una sociedad futura —una donde la vida orbital forma parte de la normalidad— sino que además se interna en sus tensiones políticas y morales.
Historia de iniciación en el mundo de la navegación espacial —comienza en una academia situada en una estación espacial en la que se forma un grupo de jóvenes cadetes—, la novela del español Julio Salvatierra deviene progresivamente una trama de intriga que pone en cuestión el funcionamiento de las estructuras de poder encargadas de dirigir la expansión humana fuera de la Tierra. El dinamismo de la ciencia ficción clásica es aderezado con preguntas muy contemporáneas sobre el control de la información, la responsabilidad colectiva y el futuro de la civilización.
Dramaturgo, guionista y productor, Salvatierra llega a la narrativa después de un largo camino en el ámbito teatral y audiovisual. Obras de su autoría han sido representadas en numerosos países y galardonadas con premios como el Ojo Crítico de Teatro de Radio Nacional de España o el Premio Teatro de Autor de la Universidad de La Laguna. Tras la publicación de su primer libro de relatos, Tu sangre es deliciosa, se adentra ahora en esta ambiciosa novela que combina imaginación científica, reflexión social y un ritmo narrativo que mantiene al lector en constante movimiento.

El mundo de las seis ruedas, fondo y forma de una novela futurista
Tu novela El mundo de las seis ruedas es de una complejidad avasallante, no sólo por sus 572 páginas sino por la multitud de personajes, diálogos y acciones que controlas capítulo tras capítulo. Me gustaría que comenzáramos por el principio y nos contaras cómo llegas a este libro, cómo se te ocurrió contar esta historia.
Mi madre, médico especialista en ginecología psicosomática a la que siempre fascinó la neurología, decía que había dos tipos de mentes, las analíticas y las sintéticas. Yo siempre me he considerado más sintético que analítico. Me gusta relacionar cosas aparentemente diferentes, pero que igual no lo son tanto. Esta novela surge de las ganas de escribir una historia que pudiera interesar a mis hijos adolescentes, hablando de la salida al mundo que supone esta edad. Pero también de las ganas de hablar de mi fascinación por los territorios inexplorados, entre los que hoy el cosmos destaca. Y, por tanto, de reflexionar sobre si seremos capaces —como conjunto de sociedades— de asomar nuestra cabeza más allá de la atmósfera para semejante exploración. Empresa que, además de ingentes cantidades de energía y recursos, necesitaría de un nuevo orden mundial que evite que los gastemos en guerras y conflictos repugnantes y dolorosos. Estos planteamientos me llevaron a multitud de cuestiones: la cuestión colectiva, la demográfica, los recursos, los posibles futuros... A partir de ahí la novela comenzó a definirse como una aventura de iniciación en un contexto especulativo, cósmico.
Junto a este fondo, había también una preocupación por la forma. Yo he sido un lector muy ecléctico que ha leído de todo desde pequeño, pero ya no podemos escribir como Verne, Wells, Doyle, Haggard, Salgari, Dumas, Stevenson, etc. Hay otro tempo, otro nervio. Y otra cultura científica, otras referencias. También era un reto escribir una novela compleja con un estilo ágil que mantuviera la tensión mediante una trama tipo thriller. La novela intenta ofrecer acción y pensamiento al mismo tiempo.
La tensión entre colectividad e individuo, entre distintos sistemas de organización social, atraviesa muchas escenas del libro. ¿Qué papel jugó esa preocupación en la concepción inicial de la historia? ¿Cómo influyó en la forma en que se desarrollan los conflictos dentro de la estación y del sistema político que la rodea?
La dialéctica insoluble y fundamental entre el individuo y el grupo ha sido un tema central en mis obras de teatro, mis relatos y mis intereses. En la novela está muy presente en el entorno cotidiano de los personajes. El protagonista ha crecido en familia, su universo es individual y occidental, sus valores son los de la cultura del esfuerzo y la lealtad familiar. Pero la mayoría de sus compañeros han sido criados en Instituciones de Desarrollo Humano, sin relación genética con su madre portadora, y una educación muy cuidada pero con un componente colectivo y social mucho mayor. Esto me sirve para plantear la cuestión de la tribu, las lealtades y las responsabilidades, tan importante en la maduración del ciudadano.
Por otro lado, a nivel geopolítico, también se refleja una dialéctica entre la cultura individualista occidental y un cierto colectivismo oriental. El que mejor lo hace debe ganar más que el que lo hace peor. Bien, ¿pero cómo lo conjugamos con el logro de una igualdad de oportunidades real, a nivel planetario? El debate está servido.
La tradición de la ciencia ficción ha producido innumerables relatos ambientados en estaciones espaciales, academias militares o misiones de exploración, escenarios que en principio podrían parecer familiares para cualquier lector del género. ¿En qué dirías que se distingue El mundo de las seis ruedas de otras novelas de ciencia ficción que transcurren en entornos similares?
Por una parte, aspiro a que el libro no sea considerado sólo como una novela de ciencia ficción. O dicho de otro modo, 1984, Un mundo feliz, Walden Dos: ¿son primordialmente novelas de ciencia ficción? Mi novela no es tan social como las que acabo de citar, pero diría que se halla en un punto medio entre éstas y una novela clásica de aventuras e iniciación, como, por ejemplo, La isla del tesoro.
Por otra parte, la aproximación actual al espacio comienza a ser una aproximación realista. Ya hay astronautas que duermen todos los días en la ISS, durante muchos meses. Ya existe la cotidianeidad dentro de ese extraordinario. Multitud de películas y de libros se acercan al espacio desde la realidad. Ese ha sido mi intento también. No creo ser el único, pero el pacto de verosimilitud con el lector es muy importante para mí.
Y, para terminar, hay un modesto intento de novela total. No se trata de reflejar sólo una historia y un entorno espacial, sino una posible realidad de colonización del sistema solar a nivel planetario. La aventura no es sólo de Demian y sus amigos, es de todo el planeta: la sociedad, sus dirigentes políticos, la gente de a pie, la historia reciente. Hay una cierta ambición por reflejar muchos ámbitos y realidades.
Vivimos lamentablemente en un mundo en guerra, y pareciera que en los últimos años las cosas se nos están yendo de las manos. En este escenario, ¿crees pertinente preguntarse si llegaremos a un tiempo y un entorno como el que describes en tu novela?
No sólo pertinente, sino necesario. En un mundo en el que, como decía mi maestro José Monleón, se han globalizado de forma autónoma cuestiones como el tráfico de capitales, de armas, de personas, de estupefacientes, el comercio, la acumulación personal de la riqueza, etc., es imperativo plantear cómo podemos globalizar también cosas como el concepto de ciudadanía, la justicia, la educación, la sanidad, la igualdad de oportunidades, los derechos humanos, etc.
No soy optimista, no creo demasiado en la capacidad previsora y rectificadora de la humanidad. Pero sí un poco. Y creo en la historia. Tras la primera guerra mundial surgió la Sociedad de Naciones, para evitar las guerras, pero fue profundamente inoperativa. Tras la segunda guerra mundial surgió la Organización de Naciones Unidas, llena de mejores propósitos y emisora de los derechos humanos, los derechos del niño, etc. Papel mojado, pero al menos ya estaba escrito un balbuciente orden internacional. Una utopía que comenzaba a concretarse. Por desgracia la ONU nació herida de muerte debido a su Consejo de Seguridad, como por desgracia hoy estamos constatando.
Mi novela parte de la hipótesis de que hará falta una tercera guerra mundial, más terrible y dramática que sus predecesoras, para que las naciones y las sociedades del mundo decidan dar el paso para unirse y globalizar todo eso que falta. Pero la historia que relata empieza cuarenta años después de esa guerra: se ha conseguido una gran mejora. Ha habido una época de florecimiento y bonanza. Estamos mejor que antes. ¿Eso quiere decir que se han acabado los problemas? En absoluto.
Julio Salvatierra y la necesaria reescritura
Hay en El mundo de las seis ruedas una escena en la que varios estudiantes discuten sobre la posibilidad de vida extraterrestre. “Nuestra inteligencia no es independiente de la Tierra, sino un producto concreto de su ecosistema”, dice uno de ellos. El episodio será revelador más adelante, pero me gustaría que me comentaras hasta qué punto esa reflexión forma parte del núcleo filosófico de la novela: es decir, cómo la posibilidad de que exista inteligencia fuera de la Tierra nos obliga a reconsiderar qué significa ser humanos, cómo entendemos nuestra propia especie y cuál podría ser nuestro lugar en el universo.
Sí, forma parte de ese núcleo. Definir qué es el ser humano es una tarea con la que, en cierto modo, llevamos toda la historia peleando. Creo que, como señala Hannah Arendt, la naturaleza humana es imposible de definir y, si se intenta, acaba llevando a un planteamiento supernatural, divino, que nos deja como estamos, en un plano de fe. Otra cosa es la condición humana, desde su punto de vista, que es el reconocimiento de que la “vida humana” no es algo absoluto, sino condicionado por múltiples realidades (el nacimiento y la muerte, la biología, el trabajo humano que crea artificio, la pluralidad social y otras). Coincido con ella en esa visión fluida y adaptable de la condición humana. Y también en su percepción de que en cierto modo es la realidad social del hombre, su pluralidad, la dimensión más importante de la condición humana. En este sentido, considerar nuestra inteligencia (¿consciencia?) como un fruto de una evolución en un planeta determinado, me parece consistente. Ahora bien, la posibilidad de abandonar la Tierra y vivir en otro entorno se nos aparece cada vez como algo más posible: evidentemente cambiará la condición humana y nos planteará retos de adaptación muy difíciles, pero quizás no imposibles. Y, desde luego, nos ayudará a profundizar en el conocimiento de nosotros mismos, como especie.
En ese sentido, y esto tiene que ver con la dialéctica individuo/colectivo de la que hablábamos antes, creo que esa dimensión plural —política en el sentido griego de la palabra—, ya sea con individuos propios o con otras inteligencias, seguiría siendo fundamental, seguiría haciéndonos humanos, ya que esa capacidad de compartir y colaborar es la que nos hace felices y la que más nos aproxima a encontrarle un sentido a la existencia.
Otra cosa que me llamó la atención es el cuidado, la minuciosidad con la que te internas en explicaciones técnicas o científicas. Atinadamente integrado al relato, además. ¿Cómo trabajaste el equilibrio entre precisión científica y fluidez narrativa?
Muchas gracias por tus palabras. Como ya comenté, el pacto de verosimilitud es importante para mí: esto me llevó a una documentación amplia y a elaborar con mucho cuidado las acciones de la novela. Trabajé con muchos documentos paralelos sobre cronología, tiempos, distancias, gravedades, etc. Afortunadamente hoy en día hay muchísimos recursos serios al alcance de la mano, aunque elaborarlos bien consume mucho tiempo.
Tras la primera redacción llegó un momento igual de importante, como mínimo, si no más: la reescritura. Hubo varias, puestas a prueba además con lectores beta que me fueron haciendo indicaciones. Creo que reescribir es tan importante como escribir, y me gusta pulir mucho. Desde el primer borrador hasta el libro que salió publicado hay más de cuarenta mil palabras de diferencia (quitadas). Y creo que aún podría quitar alguna más.
Es cierto que la escuela del teatro es buena para trabajar la síntesis, y esto me ayudó en la búsqueda de esa precisión narrativa.
La novela tiene tantos personajes que se agradece el apéndice que los nombra y los describe. Un autor amigo me dijo una vez que un buen personaje es algo más que un nombre y un diálogo: cada personaje debe agregar una capa de complejidad al relato. ¿Cómo mantuviste el control en este aspecto? Supongo que influyó tu dilatada experiencia en la dramaturgia, ¿es así?
Como decía antes, creo que el teatro me ha ayudado, sí. En la síntesis, en los diálogos y también en la gestión de los personajes. Aun así, cuando acabé el libro me di cuenta de que en el archivo de personajes tenía tres o cuatro profesores que no me habían hecho falta, aunque en la ideación primera de la estructura habían aparecido. Supongo que esto tiene que ver con la forma en que fui organizando la novela. Quería hablar de los diversos entornos que conforman, a veces desde muy lejos, el día a día de los personajes. No sólo estaba la estación espacial y sus historias, sino los escenarios en la Tierra donde, por ejemplo, los políticos o los militares toman decisiones que influyen allá arriba. Las escenas del pasado que han llevado al presente, los momentos familiares que influyen en las reacciones actuales. No sólo me importaba traspasar la acción y la trama al lector, sino elaborar una consistencia emocional y psicológica de los protagonistas y de todo un proceso histórico. Por eso han surgido muchos personajes secundarios, porque la vida es compleja y multifactorial y, sin darnos cuenta, mucha gente toma decisiones que acaban afectándonos.
“En cada trabajo te enfrentas a un territorio inexplorado”
Volvamos a tu trayectoria previa como dramaturgo. Es evidente en la narrativa tu dominio de la escena y tu capacidad para hacer que los diálogos deriven a la situación que desde el principio has planeado como autor. Esto resulta en una novela con un gran potencial cinematográfico. ¿Has pensado en esa posibilidad? ¿Ver esta obra en la pantalla grande? (o en cualquier otra pantalla, como van las cosas).
¡Por supuesto que la veo! Como te decía, la realidad está cada vez más cerca de ese lugar que hasta ahora resultaba prohibitivo y lejano: el espacio. Las novelas y las películas cada vez incursionan más en él, con propuestas cada vez más realistas. Mi novela va en ese sentido. Pero además, cuenta una historia de iniciación, tanto para lectores adultos exigentes como para lectores de narrativa juvenil sofisticada. Y plantea cuestiones actuales muy candentes: China vs. Estados Unidos (oriente y occidente), capitalismo liberal vs. capitalismo de Estado, las materias primas críticas, el control demográfico, el mestizaje social, la selección genética. Una de mis lectoras beta me dijo: “En esta novela hay mucha tela que cortar”. Y así es. Este libro es autoconclusivo, pero la puerta está claramente abierta a un desarrollo posterior. Y ya te avanzo que será ambicioso.
Como dije antes, la ciencia ficción tiene un enorme contingente de historias que transcurren en el espacio. Es inevitable encontrar en esta obra conexiones de todo tipo —literarias, claro, pero también técnicas y hasta filosóficas— con otras anteriores. Me gustaría entonces que me hablaras de tus influencias, de tus autores de cabecera, sean o no del género.
En la literatura de aventuras ya he mencionado a alguno de los clásicos del siglo XIX que forman parte de la literatura universal. Aunque se me había olvidado incluir, entre medias, a Karel Čapek (de cuyo nombre surge el del instructor de mi protagonista) y su Guerra de las salamandras. Y, por supuesto, a J. R. R. Tolkien, al que comencé a leer en inglés, antes de que se tradujera a nuestra lengua. También disfruté con muchos clásicos de la “época dorada” de la ciencia ficción: Clarke, Heinlein, Asimov, Anderson, Sprague de Camp, Bradbury, Wyndham, Sturgeon, Hubbard, Pohl. Aquellas novelas que leí muy joven ofrecían una diversidad muy grande (mi hermano mayor era un lector empedernido y ya poseía una estupenda biblioteca de ciencia ficción), así que pasaba sin transición de una space opera como Tropas del espacio a la narrativa especulativa y poética de Crónicas marcianas, o a las sagas científico-políticas de Fundación.
Un poco más posteriores, también dentro del género, destacaría a Phillip K. Dick, a Úrsula K. Le Guin (sobre todo La mano izquierda de la oscuridad), Frank Herbert o Stanislav Lem. De los 80-90, me impactaron Kim Stanley Robinson y su trilogía marciana, a la que debo bastante. También Orson Scott Card, con cuyo Juego de Ender algunos lectores han encontrado similitudes. Y, en España, siempre he disfrutado con César Mallorquí, un autor maravilloso.
Entre los escritores de ciencia ficción más contemporáneos me declaro admirador de Andy Weir, su Marciano me gustó, pero Artemis y, sobre todo, Proyecto Hail Mary, me han fascinado. También me ha interesado mucho el Liu Cixin de la primera novela de la Trilogía de los tres cuerpos. O Anna Starobinets y sus relatos.
Fuera de la ciencia ficción, la lista sería también muy larga e imposible de resumir (¡son muchos años!). Una de mis referencias siempre ha sido Italo Calvino. También José Saramago. Oriana Fallaci. Kundera. En cuanto a literatura en español, Ciro Alegría, García Márquez, Alejo Carpentier, Ferlosio, Cela, Laforet, Reverte.
Y por supuesto, clásicos: Chejov, Dostoievski, Gógol, Shakespeare, Molière, Goldoni, Cervantes y Lope. ¡Y aún me dejo fuera los ensayos!
En tu tránsito desde la dramaturgia hasta la narrativa larga, ¿qué descubriste sobre tu propia manera de contar historias? ¿En qué género sientes que te mueves con más gusto?
He descubierto que, en cierto modo, cada nuevo trabajo parte de cero. No digo que no se cree oficio, se crea. Pero la sensación de vértigo y de búsqueda permanece. Tampoco me resulta desagradable. Te aporta libertad saber que en cada trabajo te enfrentas a un territorio inexplorado. Y creo saludable olvidarse de todo lo anterior que has escrito. En cuanto a los géneros, me siento más cómodo, al menos de momento, en el teatro y en el relato. Pero reconozco que el desafío de una novela me electriza más, aunque me supone mucho más trabajo. Pero a la vez te permite procesos más largos, con más tiempo para madurarlos. Soy, ya lo he dicho, ecléctico. Y contradictorio: amo la inmediatez del poema pero también el proceso, largo y a veces árido, de la novela.
Estás escribiendo teatro, veo en tu web, desde 1995. Es una vasta trayectoria, y no cualquier trayectoria, sino una premiada, representada en muchos países, traducida a muchos idiomas. Entonces en 2023 publicas un libro de relatos, Tu sangre es deliciosa, y ahora en 2025 esta novela, El mundo de las seis ruedas. ¿Qué viene ahora? ¿En qué está trabajando Julio Salvatierra?
Estoy terminando una obra de teatro, cuyo título (provisional) es La princesa de Jutlandia. Una obra contemporánea sobre lo colectivo y lo individual en un entorno sanitario-pandémico y que bebe del príncipe de Dinamarca (Hamlet). Y, por otro lado, me han encargado una adaptación para teatro de un relato de Hans Cristian Andersen, para otoño.
En narrativa voy sumando relatos poco a poco, para un nuevo libro, cuyo título (provisional también) sería Cuentos para una guerra que se avecina. Y por último, estoy empezando a trabajar, de momento sin fecha, en la estructura de la segunda parte de El mundo de las seis ruedas. Pero la lista de proyectos sería larga, lo que falta es tiempo.
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