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Todo lejos, de Alfons Cervera

sábado 21 de mayo de 2016
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Todo lejos
Alfons Cervera
Memorias
Editorial Piel de Zapa
Barcelona (España), 2014
ISBN: 978-84-942638-4-2
185 páginas
Precio: 19,50 €

Puede que Alfons Cervera sea uno de los autores españoles más notables del momento aunque siempre se haya mantenido lejos de los cenáculos literarios, de sus pompas y de sus fastos, que tanto odia como desprecia. El autor de Gestalgar, un pequeño pueblo valenciano en donde nació y en donde sigue, fiel a sus orígenes, ha publicado un buen número de novelas y su nombre ha sonado para el Premio Nacional de Literatura: De vampiros y otros asuntos amorosos, Fragmentos de abril, Nunca conocí un corazón tan solitario, La ciudad oscura, El domador de leones, Nos veremos en París, seguramente, Els paradisos artificials, La risa del idiota, L’home mort, La lentitud del espía, Esas vidas, Tantas lágrimas han corrido desde entonces, El color del crepúsculo, Maquis, La noche inmóvil, La sombra del cielo y Aquel invierno, a la que se añade Todo lejos, un corpus literario impresionante y coherente que habla del autor de la memoria: La memoria es el relato de lo que ya no existe.

Es un tópico universalmente aceptado que en cada novela, de las de verdad, de las que se cocinan con el fuego del alma y se escriben con sangre, suele haber mucho del autor. Alfons Cervera convierte en literarias sus vivencias matizadas por el recuerdo selectivo, las personas con las que se relacionó devienen personajes en casi toda su obra; más en Todo lejos, un fresco coral que gira alrededor de esa lucha épica de unos jóvenes contra la dictadura en el tardofranquismo que él vivió.

Con capítulos cortos, algunos de página y media, y mediante la técnica de la entrevista, pero dejando solo la respuesta, Alfons Cervera interroga a una serie de personajes de toda ralea, militantes antifranquistas que se jugaron la vida —No tenía labios la boca de Juan, eso lo recuerdo. Sólo chorros de sangre que se deslizaban por la barbilla y luego por el cuello—, jóvenes que pasaron del asunto político, verdugos que torturaron —¿Que si yo he pegado hostias alguna vez?, le digo claramente que más de una. El orden no es fácil de mantener y la mano dura es una forma de encauzar ese buen orden—, personajes que dudaron, conformistas, traidores, en un momento de nuestra historia presente. Con esa técnica asombrosa, original y ágil, sin respeto al orden cronológico —Se acabó lo de empezar la historia por el principio. Lo que hay que hacer es respetar los flujos inestables de la memoria, la selección de lo que se recuerda, el ir y venir de los sofocos asfixiantes que nos provoca el miedo— Alfons Cervera arma un fresco de una época de no más de 180 páginas de prosa convenientemente destilada y frase corta que, sin embargo, debe leerse lentamente, porque en cada página encontrará el lector una sentencia que le haga recapacitar.

Todo lejos es un relato nostálgico de la épica de una derrota, de unos luchadores idealistas que vieron en qué se convirtió aquello por lo que lucharon.

Cuatro líneas dedicadas al Dauphin Gordini, coche emblemático de la época, le sirven a Alfons Cervera para situar al lector en el contexto temporal —La nube de polvo envolviendo la chatarra vieja del Gordini. El coche de las viudas, lo llamaban. Tenía el motor atrás y bailaba en las curvas como una peonza. ¡Chaf!, un fuelle de hierros retorcidos, el conductor muerto, la mujer sola. Los Gordinis— y pocas más para denunciar el fracaso de una lucha política que nos ha llevado adonde estamos en este preciso momento —Los tipos que acuerdan subsidios de miseria para quien no encuentra trabajo cobran miles de euros al mes y se limpian el culo con papel perfumado, como si fueran Isabel Preysler o las hermanas Koplowitz.

Todo lejos es un relato nostálgico de la épica de una derrota, de unos luchadores idealistas —Las revoluciones están hechas de tiros pero sobre todo de sueños— que vieron en qué se convirtió aquello por lo que lucharon y que llegó casi como una secuencia natural, sin importar que ellos hubieran intervenido.

Cargarse la memoria, olvidarse de los muertos en las cunetas como machaconamente predica la derecha política de este país con su política del olvido, que es como si a los alemanes les dijeran que olvidaran Auschwitz, es borrar la historia, nuestra responsabilidad en lo que aconteció y de lo que venimos. Alfons Cervera escribe en su novela historia con mayúsculas de lo anecdótico, de esa lucha invisible que seguramente sólo sirvió para tranquilizar la conciencia de los que la llevaron a cabo pero que dejó rastros de dolor insoportable —Uno no sabe, nadie puede saberlo, hasta dónde puede llegar la resistencia humana cuando te enchufan los cables en la nuca y puños adiestrados te golpean en todo el cuerpo en una rueda de caras rabiosas y risas aún peores que los golpes—, pero que aun así fue necesaria para poder sobrevivir en la grisura insoportable del franquismo.

Todo lejos es una novela política y humana, nostálgica y triste, de un tiempo pasado en donde primaban los conciertos de Los Taburos en la terraza del bar Tropical cuando tocaban piezas de The Platters —Las discotecas acabaron con los conjuntos y las salas de baile. Y todo ello escrito con una lírica seca, que huye de la belleza formal del sonajero que denuncia Juan Marsé, para ir directamente al alma por los vericuetos de la memoria.

Y como siempre, también, otra obsesión aclaratoria: la memoria habla de ahora mismo y nunca del pasado. De ahí que esa memoria sea menos refugio que intemperie, menos seguridad que incertidumbre, dice el autor de la memoria.

José Luis Muñoz
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Comentarios (7)

La derecha política, sr. Muñoz, y por muy buen escritor que se considere usted, tiene más respeto, más conocimiento, más sentimientos por los muertos que la izquierda política: jamás ha perdonado ni perdonará su derrota con Franco; y gracias a él España no es ni ha sido un país comunista, totalitario: por eso le escuece a usted. Y los sueños de los revolucionarios, son utopías que no conducen a nada positivo, sino todo lo contrario: terminan en totalitarismo; o se está con ellos o contra ellos: un ejemplo muy clarificador: Venezuela. Y en España: Podemos.

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Ya estoy harto, sr. Muñoz, de que la izquierda política dé ejemplos de moralidad pública a los demás en todos los ámbitos. Deberían ustedes de esconder sus cabezas entre las piernas de vergüenza. Ustedes, allí donde gobiernan, hay más paro; no respetan las creencias de los demás con todo tipo de limitaciones; imponen su educación al resto de ciudadanos, ahogando la enseñanza privada; hay más impuestos; se fomenta la violencia con sus actitudes; no respetan la opinión de los otros, llamándolos fascistas (¡¡¡ja, me río yo de ustedes!!!) cuando se les critica, etc., etc. Esto quiere usted para España, esto es democracia, esto es vivir en un país libre. Usted, sr. Muñoz, no sabe nada, aunque escriba un tanto bien.

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La dignidad del hombre exige que viva en libertad. Por eso todo
sistema político que garantice mejor la libertad será un factor de
progreso. Pero si ese sistema no respeta los valores morales propios de
la dignidad de la persona, la misma libertad queda frustrada,
malgastada. Pues el sistema político no es un valor en sí mismo, sino un
marco para que el hombre viva de acuerdo con su dignidad.

Una sociedad sana se construye sobre el cimiento de la libertad.
Pero luego hay que aportar materiales que no dejen a la intemperie la
dignidad del hombre; soluciones que no dejen abierta esa casa de todos a
los vientos del egoísmo, de la injusticia o de la degradación. Porque
aunque se edifique con toda libertad, si no se respetan los principios
arquitectónicos fundamentales, la casa puede acabar hundiéndose hasta
los cimientos.

Nunca como hoy se ha proclamado tanto y con tanta fuerza la libertad
como un valor supremo, y nunca como hoy también se ha conculcado tanto.
Precisamente en nombre de la libertad se justifican hoy toda clase de
ataques a la libertad y a los derechos fundamentales de la persona
humana. Es el mismo hombre quien, al no asumir la responsabilidad que la
libertad comporta, levanta las barreras o pone los obstáculos o
impedimentos que se oponen a la felicidad propia y ajena en el seno de
la sociedad.

En una sociedad en donde no se reconoce ninguno de los principios
morales fijos, en donde se enseña que todo es relativo y subjetivo y que
nada debe considerarse sagrado ni merece un respeto absoluto, no es de
extrañar que muchos terminen, de hecho, por no respetar nada en
absoluto, por no respetar ni lo personal ni lo social, ni propiedad, ni
ley, ni libertad, ni vida.

Enseñar y educar no es otra cosa que transmitir el sistema de ideas,
de cultura, de ciencia, de moralidad y de religión. Por consiguiente,
las libertades de cultura, de las conciencias y religiosa quedan
gravemente cercenadas —y reducidas a la triste condición de libertades
residuales— sin verdadera libertad de enseñanza.

Por eso es regla elemental de una verdadera democracia el respeto a
la libertad de pensamiento filosófico, científico y cultural y, con
ella, la libertad de comunicación, de palabra.

No hay sociedad libre si la cultura y su transmisión están en manos
del poder. Si el Estado se convierte en el sujeto de la cultura y en sus
manos está el medio de su transmisión, que es la enseñanza, no es
posible el hombre libre. Para construir una sociedad verdaderamente
libre es indispensable que la ciencia y la cultura estén en manos de la
propia sociedad. No hay peor encadenamiento de la persona y de la
sociedad que el dirigismo cultural, o sea atribuir al Estado la función
de dirigir la cultura y su transmisión.

Sin libertad de enseñanza no hay libertad de pensamiento y de
conciencia; hay en cambio —decíamos—, dirigismo cultural, pretensión de
imponer desde el Estado una determinada concepción del mundo, del hombre
y de la sociedad. Sin libertad de enseñanza no hay verdadera democracia
ni sociedad libre. En todo caso habrá votaciones y asambleas, pero no
libertad.

Un pueblo manipulado, unos ciudadanos masificados, por mucho que
participen en asambleas y votaciones no forman un pueblo libre, ni son
ciudadanos que vivan en libertad. Son marionetas del grupo manipulador,
que convierte el régimen político en una dictadura oligárquica, aunque
tenga la máscara de una democracia.

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Aplique, sr. Cervera, el cuento de sus palabras a la actual Venezuela o a Cuba, China, etc., es decir, a regímenes políticos de izquierda: —Los tipos que acuerdan subsidios de miseria para quien no encuentra
trabajo cobran miles de euros al mes y se limpian el culo con papel
perfumado, como si fueran Isabel Preysler o las hermanas Koplowitz.

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Aquellos que tanto critican o han criticado el régimen franquista yo les hago responsables de la actual España: la han convertido en un estercolero, en un país bananero: no hay respeto; se pisotea la libertad; no se puede ir por la calle con tranquilidad a ciertas horas; cierta prensa y TV no son independientes: mienten con frecuencia o los silencios informativos son muy habituales; no se puede hacer crítica, aunque sea constructiva, del adversario político… por las amenazas verbales…, tachándolo de “fascista”; la mentira reina por doquier; se roba siempre que se puede; el “amiguismo”-“enchufismo” predomina en todos los ámbitos…: esto es, sr. Muñoz, la grisura insoportable de la propia libertad.

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Le hago un trato, sr. Cervera: si usted comparte su sueldo y su vivienda con al menos un parado, yo me limpio el culo con una piedra.

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No se tiene más autoridad moral, ni razón suficiente… ni se es más democrático por luchar, hablar o escribir, o haberlo hecho en su tiempo, contra el régimen franquista si no se hace lo mismo con regímenes actuales totalitarios, sr. Muñoz.

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