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El nervio poético, de Alberto Hernández

miércoles 11 de agosto de 2021
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“El nervio poético”, de Alberto Hernández
El nervio poético, de Alberto Hernández (Fundación para la Cultura Urbana, 2018). Disponible en Amazon

El nervio poético (2018) de Alberto Hernández (Premio XVII Concurso Anual Transgenérico 2017 de la Fundación para la Cultura Urbana) es un entramado de sustancia verbal que reúne a dos poetas de la vanguardia venezolana. El nervio poético es un libro que refleja el conocimiento que tiene Alberto Hernández de la poética venezolana. Se afirma en Eugenio Montejo y José Barroeta. Los dibuja como poetas y los transparenta como personajes porque las palabras redimensionan los mundos de los hombres-poetas. Es como que importara poco el tiempo-espacio y se universalizan desde la otra escritura, no desde el poema porque cada poema tendrá la existencia que le confiera el lector, sino la transfiguración que el escritor Alberto Hernández, como poeta que es también, les revela: Una sonrisa apareció en el rostro de los hombres que guardaban luto por los ausentes (p. 89). Hernández nos entrega a los poetas desde un mundo ficcionado, entonces se configura como el narrador que cuenta; valga la insistencia, el narrador los abre, no los cierra con el análisis académico. Los desacraliza para que el lector los digiera con la otra realidad, desde lo humano, lo frágil y lo comprensible. Los expone, entonces no los guarda en los anaqueles o en las páginas de los libros. Los redimensiona desde la crítica/poema/narrativa: serán entonces poetas/personajes o personajes/poetas; importa poco el orden, en todo caso es la consonancia con la palabra escrutada por otro poeta que respira el gran poema conformado por la dualidad Montejo/Barroeta. Los poetas no se encuentran con Dios, Dios exalta la eternidad del texto, dice el narrador, que no es Alberto Hernández pero sí el otro, el narrador, insistimos. En tanto los poetas configuraron con sus poemas otro universo creativo. Juan Cristóbal Castro plantea en el libro Alfabeto del caos: crítica y ficción en Paul Valéry y Jorge Luis Borges (Comisión de Estudios de Postgrado de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela, 2007): La poesía, por el contrario, va a ser el lugar de la posibilidad. En ella caben los juegos y los retos, las diferentes modalidades de enunciación y enunciado. Es en su seno donde la letra se abre a distintas formas y experimentaciones, y así se hace protagonista del texto. No queda de esa manera sujeta a la necesidad de mostrar una verdad (pp. 79-80). Entonces juegos, retos, enunciación y enunciado, es allí donde El nervio poético nos persuade con la palabra. Ese vocablo de Hernández adquiere un rigor, un comportamiento y otro sentido para que el lector lo goce a plenitud. Los poetas le confieren ese rol protagónico a la palabra para que se convierta en el argumento del escritor-poeta. Es la palabra en constante movimiento y mutación. Es la relación íntima entre poema hecho libro ante el lector que asume la herencia dada por el poeta: CADA POEMA ES ÚNICO. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema... (p. 37). Todo es emoción, luego deviene el instante del tejido con lo entrañable: la memoria. En El nervio poético las palabras adquieren independencia desde que el escritor las ubica en el texto. El texto único en constante conversión, cada lectura es un cambio. La palabra por sí sola es cuerpo y significado, la palabra con sus múltiples combinaciones es alma y significante. En esa composición se centra Alberto Hernández en El nervio poético y el narrador en primera persona es quien materializa el universo de significantes: LAS PALABRAS ME BROTAN DE LAS MANOS. Emergen silenciosas por los ojos y se posan sobre la pared que me mira y me dicta con una voz casi inaudible lo que ahora no puedo colocar en el papel (p. 55). Es como el árbol en comunión con el resto de la naturaleza, las raíces llegan al interior, al alma de lo supuestamente invisible a los ojos y las hojas van en el exterior como alcanzando las alturas: Hojas de árbol alfabético. Dialéctica permanente entre cuerpo y alma. Las palabras son eso, las raíces que, como el hallazgo, redimensionan la escritura. Es la permanente creación de un algo que sólo el lector desentrañará en su comunión con la lectura. Entonces, quién libera a quién, quién es el espejo del otro redescubierto en el lenguaje. Los textos: diálogos, narraciones, entrevista y crítica van en búsqueda de un mundo propio de reflexiones y concepciones teóricas (quizás, lo menos importante). Las palabras puestas en El nervio poético son una rebelión de las formas establecidas y, aunque ya lo habían aplicado Paul Valéry y Jorge Luis Borges, en este caso Hernández lo dialoga con los poetas Montejo/Barroeta. Es una apuesta válida. Hernández no separa, en todo caso une con la palabra las diferentes formas discursivas, y producto de ese ejercicio obtiene un libro polifónico, pues los sonidos del ensayo, la crítica, la narrativa y la poesía se conjugan en El nervio poético. Es la suma de su experiencia sensible por la escritura que transmite una suerte de ondas continuas dispuestas a llegar a un destino: el lector. La palabra no es de él —la entrega a los lectores convertida en un volumen poético—, es dignidad espiritual. La palabra no vacila, es transgresora y valiente: El poema respira y funda otra realidad tanto en espacios como en momentos puntuales en la historia de los poetas y en consecuencia en una Venezuela que desea respirar literatura. Facilita el cuadro dialógico entre los poetas en primera instancia y luego une las historias no sólo de estos dos poetas referenciales, sino que mueve a otros poetas. Hernández une poetas como espacios en su memoria, ríos con sus caudales, puntos geográficos y espejos para replicar imágenes y ensueños: Mérida con la Cordillera de los Andes, La Culata, Valencia, Patanemo en Puerto Cabello, el Delta del Orinoco, Trujillo, Caracas, Catia, Margarita, Pampanito, Choroní, Puerto Malo, París, Galicia, Islas Canarias, Barcelona, Salamanca, Madrid, Las Malvinas, México, entre otros. Lugares que parecieran disímiles, pero el poder de la palabra acorta tales distancias: EL MAR DE LISBOA va y viene en los ojos del hombre que advierte la presencia de Güigüe en la mirada perdida (p. 48). Sucede entonces que en la vida acontecen situaciones que marcan a sus protagonistas como la muerte, viajes o separaciones, pues acontece igual con las palabras, ellas contienen una clave y ello está en su aplicación. La palabra se redescubre constantemente con la presencia de la polisemia como rasgo fundamental. La palabra se reinventa en cada lectura. La palabra tendrá un sentido especial en el libro de El nervio poético porque el poeta-escritor se deja conmover por un caudal de nuevas significaciones. El libro se va haciendo y las palabras se van convirtiendo en una figura nómada, recorren distancias, lugares y memorias de las ciudades y de los poetas y sobre todo se fusionan ideas y formas discursivas como el país. Los poetas entonces van por el mundo, como se afirmó antes, pero regresan al país: VENEZUELA ES UN PAÍS AGRESIVO, amoroso, duro y blando. Engreído y sumiso. Levantisco y pacífico. Loco y desmemoriado. Venezuela es el poema que nunca ha dejado sobre la mesa. El trópico es absoluto, radical y embustero, breve y largo, eterno y temporal. Venezuela es una planta a punto de secarse, pero también una semilla que brota (p. 50). Estos poetas, insistimos, recorren su país de origen pero igual transitan por el mundo y vuelven para instalarse en otro mapa, un mapa único porque no es una mera enumeración de acontecimientos. Es una mirada sin ambigüedades donde coexisten los instantes del pasado y del presente. Es una mirada que se trastoca, se pelea y se reconcilia: Cierro el libro y tomo rumbo a casa. Con esas palabras me calmo. Me reconcilio con lo que veo. Con lo que espanta mi espíritu. Sigo hasta el ruido de otros mundos (p. 61). La palabra, ella misma se critica y se cuestiona, se vomita y luego se lame para buscar su esencialidad: la unidad del libro no está en el argumento —aunque éste se reescribe— ni en la historia —aunque éstas se reinventan—, ni en el final —éste gira alocado—; la unidad del libro está en la propia palabra y el poeta-escritor, es decir Alberto Hernández, porque propone un diálogo con los lectores y los poetas. Es un acto-diálogo amoroso entre autor y lector: Ya la noche es una sombra sobre la ciudad. El silencio se adueña de todos. Los ojos se dirigen al cielo. Amenaza lluvia. Una brisa fresca, agradable, baja del cerro El Café. Unas nubes brillantes aparecen de pronto. Miramos hacia el sitio de donde proviene la luz. Un relámpago alumbra sin ningún pudor todos los rincones de Valencia (p. 160). El escritor recopila y urde datos biográficos y los redimensiona con el compás musical de la palabra. Posibilita el vuelo de los poetas. Suerte la nuestra al conseguirnos con los Montejo/Barroeta en este desborde de ecos con la naturalidad de su cadencia. Nos atrevemos a afirmarlo en este instante: El nervio poético es el ars poética de Alberto Hernández, el hombre que anda y desanda con sus duendes. Entonces la palabra en Hernández alcanza la transparencia, la emotividad y su independencia y en consecuencia su autonomía de significantes: el sonido vital de la palabra. Alberto Hernández es como el músico que marca el compás o la clave para que luego: la poesía recupera el todo y lo hace visible; entonces en El nervio poético la tonalidad emotiva invade los sentidos del lector para hacerlo parte de su juego amoroso.

José Ygnacio Ochoa
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