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Érika Reginato es una bella historia de poesía
(prólogo de Catorce días en el Paraíso, mi vida / Quattordici giorni in Paradiso, la mia vita)

sábado 28 de octubre de 2023
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Érika Reginato
Érika Reginato es una poeta que continúa ejerciendo la vida en cada uno de sus lectores. En cada verso que nos regala.

Érika Reginato es una poeta auténtica. Es más poeta que ciudadana. Es más poeta que persona. Es más poeta que mujer. ¿Les parece absurdo que afirme esto? Experimento la más serena convicción de que estoy en lo cierto, aunque no pueda explicarlo. Todo lo que adviene de poesía es tan inatrapable como un crepúsculo en el agua.

No lo expreso para retratar su intimidad. No deseo lastimarla en lo más mínimo, ni jugar con el drama que ha copado su juventud. Pero ella es poeta de un modo definitivo. Creo, inclusive, que después de pronunciar cada palabra siente la obligación de recordarla como si estuviera comenzando a vivir.

Érika es una poeta determinante, una neuralgia en cada letra. También es, de un modo hermoso y franco, un canto a la existencia, una casi exótica honestidad de la alegría. Ha escrito un libro que muestra nítidamente todo lo que ha sufrido y sin embargo lo ha titulado Catorce días en el Paraíso, mi vida (Quattordici giorni in Paradiso, la mia vita).

Érika es una poeta que continúa ejerciendo la vida en cada uno de sus lectores. En cada verso que nos regala.

“Catorce días en el Paraíso, mi vida / Quattordici giorni in Paradiso, la mia vita”, de Érika Reginato
Catorce días en el Paraíso, mi vida / Quattordici giorni in Paradiso, la mia vita, de Érika Reginato (Kalathos, 2023). Disponible en Amazon

Catorce días en el Paraíso, mi vida
(Quattordici giorni in Paradiso, la mia vita)

Érika Reginato
Poesía
Kalathos Ediciones
Madrid (España), 2023
ISBN: 978-8412671261
222 páginas

Lo digo para reconocer la poesía que florece en sus poemas, que deslíe la dureza cuando ella se queda mirando la piedra. Sus palabras son como retazos de alma infantil que de un instante al otro se tornan aves maduras por obra y gracia de la agonía, que jamás la abandona. Del drama que va y viene, que se distancia y retorna porque ella es el muelle de un sufrir. Y lo acepta. Porque ella ha visto lo que muchos otros seres humanos no hemos podido ver. Y lo escribe. A cada rato. Y lo dice. Sin mostrar cansancio. Con voz que en ocasiones es como una impertinencia, un fuera de lugar, un trozo de cristal caído desde la rotura del mejor de los cielos.

Yo la he confundido con un ángel. Es algo que dulcifica su mirada. Es algo que ennoblece cada uno de sus gestos. Quizás sugerido por ese pañuelo que cubre su cabeza como un ala que la abraza y la protege.

Érika Reginato es una bella historia de poesía. Y yo agradezco estar cerca de lo que hace. Gustosamente le rendiría homenaje a su sombra. Al eco de su voz. A la sensación de que nos interesa todo lo que ella siente. Nos interesa porque lo necesitamos. Después de conocer su voz ansiamos poder compartir sus emociones, su amor por cada amanecer.

 

La admiraba porque supe que desde que era estudiante deseaba traducir la poesía de Giuseppe Ungaretti.

Encuentro en Génova, año 2018

La primera vez que vi a Érika Reginato fue en el año 2018. Me la presentó otra escritora venezolana residenciada en Italia: Ingrid Dussi. Érika estaba llegando a Génova para presenciar el Festival Internacional de Poesía, en cuya programación aparecía como invitado especial el poeta venezolano Armando Rojas Guardia.

Me asombró el rostro dulce y sincero de aquella muchacha que sonreía con frescura desde una silla de ruedas. Ni siquiera me imaginaba que poco tiempo después la entrevistaría. La admiraba porque supe que desde que era estudiante deseaba traducir la poesía de Giuseppe Ungaretti y logró hacerlo a pesar de todo el drama que vivió: estuvo en coma varios días.

Érika Reginato estudió Letras en la Universidad Central de Venezuela. Su carácter dulce, apacible, la retrataba, la hacía notoria. Quienes la conocían recuerdan que a veces parecía adolorida. Mientras estudiaba sufría a causa de síntomas y dolencias cuyo origen se desconocía. Una pesada tristeza comenzó a acompañarla. Llegó a pensar que no había futuro para ella. Pero deseaba terminar los estudios, vencer esa oscuridad que se le venía encima. La alegría de vivir iba desapareciendo de manera paulatina y hubo duros momentos en los que ella creyó que “estaba por morir”.

Sus compañeras de estudio más fraternas la ayudaron a estudiar, a no dejarse vencer. Y fue entonces cuando comenzó a escribir en cuadernos lo que sentía, lo que pensaba. Escribía notas diversas.

En el mes de julio, estando de vacaciones, ella y sus amigas fueron a la playa. Recorrían la playa de madrugada para ver el amanecer. Y en uno de esos amaneceres se quedó sorda. El mar dejó de escucharse. Veía el movimiento angustiado de los labios de sus amigas, pero no se oían las palabras. Estaba completamente sorda. A partir de ese momento descubrieron que tenía un tumor cerebral.

El estar sorda me hizo descubrir que el silencio tiene un dolor, un ruido, una profundidad. Aquel tumor crecía en mi cerebro como una estrella en el centro del universo: hacía presión en mi cuerpo, como la galaxia que explota en miles de fragmentos microscópicos. Escuchaba sólo aquel ruido del viento que se introdujo en mi existencia.

La operaron. Entró en una oscuridad que podría significar dos cosas: la desaparición para siempre o el retorno a la luz de la vida, pero sin ninguna garantía de normalidad.

Érika Reginato estuvo en coma durante varias semanas. Una joven que estudiaba Letras, que leía incansablemente, que soñaba con realizar una obra que mostrara la creatividad de una mujer con dos países, con dos tradiciones. Y de repente se quedó en blanco. O en negro.

Como consecuencia de mi operación cerebral, perdí casi todas las funciones físicas innatas, aquel que está preprogramado por orden genético. No podía caminar ni hablar, y aprendí a escribir de nuevo; es por eso que me conmueven mis cuadernos de notas y me dan las fuerzas necesarias para seguir soñando, escalar las montañas y atravesar los Alpes. Las montañas de mi corazón.

El asunto esencial es que estando en coma pudo haber perdido todo: memoria, sensaciones, la vida incluso. Cuando despertó, no sabía quién era, había enmudecido, no podía caminar. Apenas agitaba las pestañas, sus párpados saltaban con leves pulsaciones. Capullos de mariposas. El silencio queriendo volar hacia la luz. Algo así.

Y después de todo eso, sin embargo, se sobrepuso y comenzó a dar pasos, leyó de nuevo, tradujo poetas italianos y escribió sus poemas, que cada vez eran más conmovedores y aporreadores.

He ahí lo sorprendente, lo admirable: cómo reaparece su poesía, abriéndose paso a través de cortinajes densos.

Érika habla de los ángeles, de espacios que se presienten infinitos, como de una geografía celestial.

De ella surge esa poesía que es como de blancuras imposibles emergiendo de oscuridades que asustan de sólo imaginarlas; una poesía nacida para expresar una situación dolorosa y asombrosa, que sin embargo motiva un placer natural por su belleza, por su música, por su ritmo de valentía femenina. Érika habla de los ángeles, de espacios que se presienten infinitos, como de una geografía celestial, y su manera de escribirlo hace que parezca una verdad evidente, una realidad, un mundo revelado cuando el sufrimiento se transforma en una puerta completamente abierta.

¿Qué pienso de la muerte que me tocó? La oscuridad acarició mi herida en la cabeza, pero no atravesó mi ser. Pienso en el frío que se acercó un poco a mi vida y pienso que fui elegida para enfrentar y aceptar ese espacio terrible de la enfermedad. Escribo en mi libro de poesía Los elegidos: “La muerte es el aire más íntimo / arde en el corazón / canta, duerme junto a mí / siento su peso ligero (…)”.

Terminaré este prólogo de un modo inusual: con un poema que le escribí a Érika después de leer su libro existencial.

—Érika: ¿te parece bien que ponga este poema? Bueno: aquí va. Ya conoces el título:

El vuelo de la esperanza

Los ángeles no usan reloj
aunque les debe gustar
el átomo que sobrevive
cuando cada segundo se disuelve

Respiran tiempo
pueden oler la eternidad
y el instante del polen

—Si crees que es un huracán lo que ruge encima
no sabes lo que significa un parpadeo de las alturas—
Les debe gustar la espuma cuando sus burbujas
se revientan en ritmo encadenado
espumas de orilla, intimidad de lavadora automática
—En una batea algo de ellos se irisaba—

Desconocen el limen
todo lo saben y no dudan
observan el engurrio como frailecillos
mirando a un ornitólogo

Les inquieta el dolor
están en el deber de percibirlo
y tomar decisiones al respecto
cada segundo es un clavo en la carne agrietada
Por tu dolor que se remonta hasta nublarse
ellos bajan
—uno quiere imaginarse que ellos bajan—
por tu dolor que es un tumor herido y zaherido
como un derrame oscuro ahogando algas
ellos descienden con menos ruido
que una pelusa de algodón
llegan para alumbrar
si es que la hambrienta noche
devora pedazos del alma que era fresca

Dicen que hay un río manando ángeles
—el hálito de Dios—
de vez en cuando un ángel
hace un collar ensartando planetas
y entonces se apasionan de niebla todas las islas de la vida
una golondrina se enamora de un caballito de mar
y, en un oficio súbito, el mismo ángel se trasnocha
curándote lo triste
y se queda dormido encima de una lágrima

 

Final preconcebido

—Hola, Érika, ¿cómo estás?

Ahora que viajo con una maleta ligera, donde llevo mis libros, siento que la verdad que me acompaña es la plenitud de la vida. En la búsqueda de tranquilidad, me mudé al norte de Italia, donde ahora está mi historial médico en los archivos de mi computadora y en los registros médicos de los hospitales de Bassano del Grappa y Vicenza.

José Pulido

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